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Relatos Ardientes

Mi primera vez anal con mi nueva pareja

Después de cortar con mi ex, pasé unos meses bastante revueltos. No lo digo para hacerme la víctima, sino porque fue así: salía, bebía de más, aceptaba invitaciones que sabía perfectamente hacia dónde iban y luego volvía a casa con esa mezcla rara de rabia, deseo y vergüenza que te deja una relación rota.

Con mi ex había aprendido muchas cosas en la cama. Algunas me gustaban, otras simplemente las hice porque en ese momento me excitaba sentirme deseada, observada, buscada. Cuando lo dejé atrás de verdad, me prometí que con el siguiente no iba a fingir inocencia, pero tampoco iba a entregarle todo de golpe.

Así conocí a Martín. Me lo presentó Clara, una amiga de un curso al que me había anotado para despejarme la cabeza. Clara era descarada, luminosa, de esas mujeres que entran en una habitación y parece que ya conoce a todos. Su pareja, Darío, era más callado, pero tenían una casa pequeña donde casi siempre terminábamos reuniéndonos los fines de semana.

Martín era amigo de ellos desde hacía años. Tenía treinta y dos, una sonrisa torpe y una forma de mirarme que al principio me dio ternura. No era el tipo más lanzado del mundo, pero me gustaba esa mezcla de nervios y ganas. Yo tenía veintisiete, ya no estaba para hacerme la ingenua, y aun así me divertía verlo medir cada palabra cuando me hablaba.

La primera noche que nos besamos fue en su coche, después de una cena con el grupo. Me tocaba con cuidado, como si esperara que yo le diera permiso para cada centímetro. Al final fui yo quien le bajó la cremallera y le hizo una mamada lenta, mirándolo desde abajo para que entendiera que conmigo las cosas podían ser claras. Se corrió gimiendo bajo, casi sorprendido, y cuando me tragué su corrida se quedó mudo.

—No pongas esa cara —le dije, limpiándome la comisura con el pulgar—. Tampoco descubriste América.

Se rió, nervioso, y me besó con ganas. Desde esa noche empezó nuestra relación, aunque no tuvimos un lugar cómodo para estar solos. A veces acabábamos en caminos oscuros, otras en el asiento trasero del coche, siempre con las prisas de quien se está escondiendo aunque no tenga nada que ocultar. Clara, que era cualquier cosa menos discreta, no tardó en darse cuenta.

—Cuando quieran una cama, pidan la llave y listo —nos soltó un sábado, delante de Darío, como si nos estuviera ofreciendo azúcar para el café—. No se hagan los santos.

Me dio vergüenza, pero también me encantó. Clara tenía esa forma de normalizarlo todo que te quitaba peso de encima. Martín se puso rojo hasta las orejas y dijo que no hacía falta, pero dos semanas después, en San Valentín, fue él quien me preguntó durante la cena si quería ir a casa de ellos.

Esa noche me había puesto un vestido negro, ajustado, sencillo, sin sujetador debajo porque la tela me sostenía lo justo. Llevaba un tanga rojo más por juego que por tradición, y desde el aperitivo noté a Martín distraído, mirando mi boca, mi escote, mis piernas bajo la mesa. Me gustaba verlo así, contenido, tragándose las ganas.

Después de cenar llamó a Darío para preguntar si podíamos pasar. Yo escuché la carcajada de Clara al otro lado del teléfono.

—Vengan, tortolitos —dijo ella tan fuerte que la oí desde mi asiento—. Rematen bien la noche.

Cuando llegamos, Darío abrió con el pelo revuelto y una sonrisa demasiado obvia. Clara estaba en el sofá, tapada de la cintura para abajo con una manta, y no se levantó para saludarme. Me incliné a darle dos besos y ella me palmeó el culo por encima del vestido.

—Qué linda vienes —me dijo al oído—. Pórtate mal, pero deja la cama en su sitio.

Me reí, aunque sentí calor en la cara. Martín me tomó de la mano y fuimos al dormitorio de invitados. Apenas cerró la puerta, nos quedamos unos segundos en silencio, escuchando nuestras respiraciones y el murmullo de la televisión en el salón. Luego me empujó suavemente contra la pared y me besó con una decisión que no le conocía.

Sus manos fueron directas a mis caderas. Me apretó contra él y noté su erección dura bajo el pantalón. Yo le desabroché la camisa botón por botón, sin apuro, disfrutando la manera en que se le aceleraba el pecho. Él me subió el vestido hasta la cintura y metió una mano por detrás, agarrándome el culo con fuerza.

—Llevo toda la cena queriendo hacer esto —murmuró.

—Entonces hazlo bien.

Me besó el cuello, bajó a mis pechos y tiró de la tela del vestido hasta dejarme las tetas fuera. Me chupó un pezón mientras con la otra mano me apartaba el tanga y me frotaba el coño, primero por encima, luego metiendo dos dedos despacio. Yo ya estaba mojada. No porque él fuera un experto, sino porque esa torpeza suya, mezclada con las ganas, me ponía más caliente de lo que quería admitir.

Lo llevé hasta la cama y lo empujé para que se sentara. Me arrodillé entre sus piernas, le abrí el pantalón y saqué su polla, dura y caliente. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, escuchando cómo se le escapaba el aire. Después me la metí en la boca, primero hasta la mitad, luego más hondo, marcando el ritmo con la mano.

Martín me acariciaba el pelo sin obligarme, pero sus dedos temblaban. Yo chupaba con ganas, subiendo y bajando, apretando los labios, saboreando esa mezcla de piel limpia y deseo. Cuando sentí que se tensaba demasiado, me aparté.

—Todavía no —le dije—. Esta noche quiero más.

Me tumbó boca arriba y me quitó el tanga con una prisa torpe que casi me hizo reír. Luego se metió entre mis piernas y empezó a comerme el coño. Al principio iba demasiado suave, así que le agarré la cabeza y lo acerqué más.

—Así, con ganas —le dije—. No me voy a romper.

Obedeció. Me abrió con los dedos y pasó la lengua por mi clítoris, primero lento, después más rápido, aprendiendo de mis gemidos. Cuando metió dos dedos y los curvó dentro de mí, sentí el primer golpe de placer subir desde la pelvis. Cerré los muslos alrededor de su cara y me corrí en su boca, mordiéndome la mano para no gritar demasiado.

Él subió a besarme y probé mi propio sabor en su lengua. Me gustó. Me gustó tanto que lo abracé con las piernas y lo guié hacia mí.

—Fóllame ya.

Entró en mi coño de una embestida lenta, hasta el fondo. No era enorme, y eso para mí era una ventaja: podía moverme sin miedo, apretarlo, pedirle más. Martín empezó con cuidado, pero yo le clavé las uñas en la espalda y levanté las caderas.

—Más fuerte, Martín.

Ahí se soltó. Me folló con un ritmo cada vez más firme, sujetándome por los muslos, mirando cómo su polla entraba y salía de mi coño mojado. El sonido de nuestros cuerpos llenó el cuarto. Yo gemía contra su boca, sintiendo el colchón crujir, pensando que Clara y Darío seguramente podían oírnos y que, lejos de darme vergüenza, eso me calentaba más.

Cambié de postura y me puse encima. Me hundí sobre él despacio, apoyando las manos en su pecho. Martín me miraba las tetas moverse con cada subida y cada bajada, y sus manos volvieron a mi culo, como siempre. Lo agarraba, lo abría un poco, pasaba los pulgares cerca de mi agujero sin atreverse a más.

Yo sabía lo que quería. Llevaba semanas notándolo en sus caricias, en sus comentarios, en la forma en que se quedaba pegado a mi trasero cuando me ponía de espaldas. Pero no lo pedía. Martín podía follarme el coño, correrse en mi boca, chuparme hasta dejarme temblando, y aun así se quedaba callado cuando el deseo se le iba hacia mi culo.

Me incliné sobre él, dejé que me besara los pechos y moví las caderas más lento, apretándolo adentro.

—Estás pensando en algo —le dije.

—No.

—Mentiroso.

Sus dedos se clavaron en mis nalgas. Yo me levanté, dejando que su polla saliera de mi coño, brillante de mi humedad, y me puse de rodillas sobre la cama, de espaldas a él. Arqueé la cintura y abrí bien las piernas.

—Si quieres mi culo, pídelo.

Se quedó quieto. Lo sentí detrás de mí, respirando fuerte, con una mano en mi cintura y la otra acariciándome la raja.

—Quiero follarte el culo —dijo al fin, casi en un susurro—. Quiero sentirte así.

Me estremecí. No era mi primera vez anal, pero sí la primera con él, y eso tenía su propio morbo. Me gustaba que creyera que estaba entrando en una parte más íntima de mí, algo que no había tenido desde el principio. Busqué en mi bolso un bálsamo de cacao, saqué un poco con los dedos y me lo pasé por el ano despacio, sin convertirlo en ceremonia. Luego llevé mi mano a su polla y la dejé bien resbalosa.

—Ve despacio al principio —le dije—. Después te digo.

Apoyó la punta contra mi agujero. Sentí la presión, ese ardor conocido que siempre me hacía contener el aire los primeros segundos. Empujó poco a poco, abriéndome, y yo hundí la cara en la almohada mientras mi cuerpo se acomodaba. La cabeza entró, luego un poco más, y cuando por fin lo tuve dentro hasta la mitad solté un gemido largo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. Sigue.

Terminó de metérmela con cuidado, hasta quedar pegado a mi culo. La sensación era distinta a la del coño: más intensa, más apretada, más sucia en el mejor sentido. Martín se quedó quieto, temblando, como si no pudiera creerlo. Yo moví la cadera hacia atrás para provocarlo.

—Ahora fóllame.

Empezó lento, sacando y metiendo la polla con movimientos cortos. Cada embestida me arrancaba un jadeo. Sentía mi ano estirarse alrededor de él, cerrarse cuando salía, volver a abrirse cuando empujaba. Él me sujetaba de las caderas y murmuraba mi nombre como si estuviera perdiendo la cabeza.

—Qué rico estás —le dije, mirando por encima del hombro—. Así, no pares.

Eso lo encendió. Aceleró el ritmo. Sus muslos golpeaban contra los míos, sus dedos me apretaban la carne, y yo me empujaba hacia atrás para recibirlo más hondo. Con una mano bajé a tocarme el clítoris, frotándolo mientras él me follaba el culo. El placer se volvió más denso, más oscuro, una presión que subía desde adentro y me dejaba sin frases completas.

—Dime que te gusta —me pidió.

—Me encanta. Me encanta que me cojas por el culo.

Martín gimió, y esa vez no intentó contenerse. Me dio más fuerte, ya sin miedo, con embestidas que me movían sobre la cama. Yo me tocaba más rápido, usando mi propia humedad, escuchando el sonido crudo de su polla entrando y saliendo de mi ano. Me corrí otra vez, con la cara contra la almohada y el cuerpo entero apretándose alrededor de él.

Sentí que aquello lo empujaba al límite. Su ritmo se desordenó, se volvió urgente. Se inclinó sobre mi espalda, me besó el hombro y siguió follándome con golpes cortos, profundos.

—Me voy a correr —dijo con la voz rota.

—Córrete dentro. Llénamelo.

Lo hizo con un gemido ahogado, clavándose hasta el fondo. Sentí las pulsaciones de su polla dentro de mi culo y el calor de su corrida llenándome. Se quedó pegado a mí, respirando contra mi cuello, todavía enterrado en mi ano mientras sus manos me acariciaban los pechos y el vientre. No dijimos nada durante unos segundos. No hacía falta.

Cuando salió, lo hizo despacio. Yo mantuve una mano debajo por instinto, riéndome bajito porque no quería manchar la colcha de Clara. Algo de semen resbaló, inevitable, y Martín se puso nervioso buscando pañuelos como si hubiera cometido un crimen.

—Relájate —le dije—. Se limpia y ya.

Nos besamos desnudos, sudados, con esa intimidad rara que aparece después de hacer algo que los dos querían y ninguno se animaba a decir. Él me preguntó si me había gustado de verdad. Le tomé la cara entre las manos.

—Mucho. Pero la próxima vez no tardes tanto en pedirlo.

Se rió contra mi boca. Me puse el vestido sin ropa interior para ir al baño, limpiarme bien y recuperar el tanga. Al abrir la puerta del dormitorio, Clara estaba en el pasillo con una sonrisa imposible de disimular.

—¿Todo bien, adultos responsables? —preguntó.

—Perfecto —respondí, pasando junto a ella.

—Se notó.

Me dio tanta risa que tuve que taparme la boca. En el baño, mientras me lavaba, me miré al espejo y vi el pelo revuelto, los labios hinchados, la piel encendida. No sentí culpa. Sentí hambre de más.

Cuando salimos, Darío nos ofreció agua y Clara levantó su vaso como si brindara por nosotros. Martín estaba más callado que de costumbre, pero me tomó la mano bajo la mesa. Yo noté su pulgar acariciándome los nudillos y supe que esa noche le había abierto una puerta.

En el coche, antes de dejarme en casa, me pidió el tanga rojo de recuerdo. Lo miré de lado, fingiendo ofensa.

—¿Recuerdo de la cena o de lo que hiciste después?

—De las dos cosas.

Me reí, me lo quité ahí mismo y se lo dejé en la mano. Desde entonces, cada vez que San Valentín se acerca, Martín me mira con esa misma cara de deseo nervioso. Y yo, que ya no tengo paciencia para los hombres que no se atreven, solo le digo lo mismo que aquella noche: si lo quieres, pídelo.

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Comentarios(7)

CarinaR

Increible!! me quede pegada leyendo desde el principio. Muy bien contado todo

ValexBA

Por favor que haya segunda parte, esto no puede quedar asi jajaja. Me dejo con muchisimas ganas de saber como siguio la noche

MarisolSur

Me encanto lo honesta que es la narracion, sin exagerar ni apurar nada. Esas confesiones reales son las que mas me gustan de este sitio

NicoLibre

Buenisimo, gracias por compartirlo!

Matias_CF

La descripcion del principio con los nervios de los dos me parecio lo mejor del relato. Se siente autentico y eso se agradece

Lorena_CF

Uff que noche debia haber sido esa!! me imagine cada momento perfectamente

DamianaR

corto pero intenso, quiero mas!!! :)

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