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Relatos Ardientes

Mi cita secreta con el masajista

Son casi las cuatro de la tarde y manejo hacia la costa con las manos más firmes de lo que esperaba. No voy a mi sesión mensual con Leonardo, aunque durante meses lo conocí solo como el masajista que me acomodaba la espalda y me preguntaba si la presión estaba bien. Esta vez no hay camilla, no hay agenda, no hay recepcionista ni música suave de consultorio.

Nos habíamos cruzado en una aplicación de esas que una abre por aburrimiento y termina cerrando con la cara caliente. Al principio fingimos normalidad: comentarios sobre trabajo, películas, el clima, cualquier cosa que nos permitiera no admitir que ya sabíamos quién era el otro. Después las conversaciones empezaron a estirarse hasta la madrugada, y cada mensaje parecía tocarme donde sus manos todavía no se atrevían.

Él tenía treinta y tantos, una voz tranquila y esa seguridad de quien conoce el cuerpo ajeno sin apurarse. Yo también era una adulta con mi vida resuelta y, aun así, me descubrí esperando sus audios como si fueran una cita clandestina. Hubo fotos cuidadas, frases a medias, silencios largos y una noche en la que me dijo que no podía seguir imaginándome sin probarme.

Elegimos un motel pequeño, lejos de nuestras rutinas. Nada lujoso, pero limpio, discreto y con una habitación al fondo donde el ruido de la avenida llegaba apenas como un murmullo. Llegué media hora antes porque necesitaba hacer algo con los nervios, convertirlos en movimiento, en detalle, en una escena que pudiera controlar antes de perder el control.

Dejé una botella de agua en la mesa, bajé un poco las cortinas y encendí dos velas aromáticas que había comprado sin saber si serían demasiado. En la maleta puse aceite, lubricante, un par de juguetes pequeños y una caja de preservativos. No era una declaración solemne ni una coreografía planeada; era mi manera de aceptar que aquella cita no iba a quedarse en besos tímidos.

Me duché con calma, aunque por dentro iba deprisa. El agua me cayó sobre los hombros y me imaginé sus manos siguiendo ese mismo recorrido, reconociéndome sin la distancia profesional de otras tardes. Al salir, me puse un conjunto negro que él ya había visto en una foto borrosa, uno que me hacía sentir expuesta y dueña de mí al mismo tiempo.

Cuando tocaron la puerta, respiré hondo antes de abrir. Leonardo estaba ahí, con camisa clara, el pelo un poco húmedo y una sonrisa que se le borró apenas me vio. No dijo nada durante un segundo; solo bajó la mirada por mi cuerpo y volvió a mis ojos como si acabara de entender que todo lo escrito había sido apenas el prólogo.

—Pensé que ibas a recibirme con una copa —dijo, entrando despacio.

—Preferí ahorrarnos los modales —respondí.

Cerró la puerta sin dejar de mirarme. La habitación quedó más chica de golpe. Yo estaba descalza, con la espalda apoyada contra la pared, y él avanzó hasta quedar tan cerca que pude oler su jabón, su piel, algo tibio y limpio que me hizo apretar los muslos.

Su primera caricia fue en la cara, casi prudente. Me sostuvo la mandíbula con una mano y rozó mi boca con el pulgar, como si comprobara que yo era real. Después me besó. No fue un beso de saludo ni de tanteo; fue un beso largo, húmedo, con lengua, de esos que desordenan la respiración y hacen que el cuerpo se incline antes de que la mente decida.

Lo agarré de la camisa y lo atraje más. Él me pegó contra la pared con su peso justo, sin aplastarme, y sentí su deseo duro contra mi vientre. La presión me arrancó un gemido que intenté contener, pero él lo oyó y sonrió sobre mi boca.

—Así sonabas en mis audios favoritos —murmuró.

—Entonces no pares.

No paró. Me bajó un tirante con los dientes y me descubrió un pecho, luego el otro, sin delicadeza innecesaria. Sus manos, que yo conocía por haberme masajeado contracturas y hombros, ahora estaban en mis pezones, apretándolos entre los dedos, tirando apenas, probando qué presión me hacía arquear la espalda.

Me besó el cuello y bajó con la boca hasta mis tetas. La primera lamida fue lenta, caliente, y me hizo cerrar los ojos. Después chupó un pezón con fuerza, lo soltó, lo mordió apenas y pasó al otro mientras yo le metía los dedos en el pelo. Sentí mi piel encenderse con una mezcla de vergüenza y descaro, porque parte de mí todavía recordaba su bata blanca y la camilla, y otra parte quería que me quitara todo ahí mismo.

Le abrí los botones de la camisa con torpeza. Mis manos temblaban, pero no por miedo. Le acaricié el pecho, el abdomen, la línea del cinturón, y cuando bajé más él soltó el aire contra mi clavícula. Lo noté grande y duro bajo la tela, y esa evidencia tan clara me hizo mojarme más.

—Quiero verte —le dije.

Él se apartó solo lo necesario para quitarse la camisa y desabrocharse el pantalón. No había prisa, pero sí hambre. Yo me senté al borde de la cama y lo miré desnudarse hasta quedar frente a mí, excitado, con la respiración pesada y los ojos fijos en mi boca.

Me arrodillé antes de pensarlo demasiado. Lo tomé con la mano y sentí cómo se endurecía aún más con el contacto. Lo acaricié despacio, desde la base hasta la punta, mirando su cara para aprenderlo como él había aprendido mi espalda durante meses. Cuando lo llevé a mi boca, Leonardo apoyó una mano en la pared y murmuró mi nombre como si se le escapara.

Lo chupé sin adornos, con ganas. Primero lento, dejando que mi lengua rodeara la punta y bajara por el largo de su pene; después más profundo, hasta sentirlo tocar el fondo de mi garganta. Él no me empujó, pero sus dedos se cerraron en mi pelo y su cadera empezó a moverse en pequeños golpes que me hicieron salivar más.

—Qué boca tienes —dijo con la voz rota—. No sabes cuánto pensé en esto.

Sí lo sabía. Lo sabía porque yo también lo había imaginado en la ducha, en la cama, incluso en su consulta mientras él me pedía que respirara y yo fingía que sus manos no me alteraban. Lo miré desde abajo y seguí chupándolo, alternando la boca con la mano, mojándolo, escuchando cómo su control se iba quebrando.

Me levantó antes de correrse. Me tomó por los brazos, me hizo ponerme de pie y me besó con la urgencia de quien ya no quiere esperar. Caminamos a trompicones hasta la cama, riéndonos apenas entre jadeos, y caí de espaldas sobre el colchón con las piernas abiertas.

Leonardo se arrodilló entre mis muslos. Me quitó la última prenda con un tirón lento, mirándome como si quisiera guardar la imagen entera. Sentí el aire fresco sobre mi sexo mojado y me cubrí un instante por reflejo, pero él apartó mis manos y negó con la cabeza.

—Déjame mirarte.

La frase me atravesó. Me quedé quieta, expuesta, mientras él me abría más las piernas y bajaba la boca. Primero besó la cara interna de mis muslos, uno y otro, cerca pero no donde yo lo necesitaba. Cada beso me hacía mover la cadera hacia él, impaciente, hasta que por fin pasó la lengua por mi coño y todo el cuerpo se me tensó.

No fue una caricia tímida. Me lamió con hambre, de abajo arriba, separándome con los dedos para probarme mejor. Yo gemí fuerte, sorprendida por mi propia voz, y él respondió metiendo la lengua más despacio, más preciso, como si disfrutara tenerme abierta y temblando bajo su boca.

Me agarré a las sábanas. Él alternaba la lengua con los labios, chupándome el clítoris hasta dejarme sin aire, luego bajaba para meter la punta de la lengua en mí y volver a subir. Cuando introdujo dos dedos, curvándolos con esa paciencia experta que tantas veces había usado para encontrar nudos en mi espalda, se me escapó un grito.

—Ahí, justo ahí —le pedí, sin reconocer mi propia voz.

Lo hizo otra vez. Y otra. Sus dedos entraban y salían con un ritmo firme mientras su boca trabajaba sobre mi clítoris. La habitación empezó a reducirse a eso: su lengua, sus dedos, mi humedad, el sonido obsceno de mi cuerpo recibiéndolo. Sentí el orgasmo crecer como una presión imposible de ordenar.

Me corrí en su boca con las piernas temblando, sujetándole la cabeza contra mí. No fue elegante ni silencioso. Fue un estallido crudo, con la espalda arqueada, los muslos cerrándose alrededor de sus hombros y un gemido largo que me dejó la garganta áspera.

Él subió por mi cuerpo sin limpiarse la boca. Me besó y probé mi propio sabor mezclado con el suyo, algo íntimo y sucio que me excitó de nuevo antes de haber terminado de recuperarme. Le arañé la espalda y lo abracé con las piernas.

—Ahora sí —le dije—. Quiero que me cojas.

Leonardo abrió la caja de preservativos que yo había dejado sobre la mesa. El gesto fue rápido, natural, sin romper el clima. Se lo puso mientras yo lo miraba, todavía abierta para él, y luego tomó un poco de lubricante entre los dedos antes de acomodarse encima de mí.

La primera entrada fue lenta. Sentí la punta presionando, mi cuerpo cediendo, abriéndose para recibirlo. Lo miré a los ojos cuando entró más, centímetro a centímetro, hasta que estuvo dentro del todo y los dos nos quedamos quietos, respirando como si acabáramos de cruzar una línea que llevaba semanas esperándonos.

—Te imaginaba así —susurró—. Pero no tanto.

No pude responder. Moví la cadera para pedirle más y él entendió. Empezó con embestidas profundas, contenidas, midiendo mi reacción. Cada golpe me llenaba de una forma que me hacía apretar los dedos contra sus hombros, y pronto dejé de intentar sonar discreta.

El colchón empezó a crujir bajo nosotros. Él me sujetó una pierna por detrás de la rodilla y la llevó hacia mi pecho, abriéndome más. La nueva posición hizo que entrara más hondo, con un ángulo que me arrancó otro gemido agudo.

—Así —dije, casi sin voz—. Más fuerte.

Me obedeció. Sus embestidas se volvieron más duras, más rápidas, y yo lo recibí con la boca abierta, sintiendo cómo cada golpe me sacudía desde dentro. Ya no había masajista ni clienta, ni mensajes ni fantasías prudentes. Solo dos adultos sudados, desnudos, cogiendo en una habitación que olía a vela, sexo y piel caliente.

Lo empujé para que se sentara contra la cabecera y me subí sobre él. Necesitaba moverme a mi ritmo, sentirlo desde arriba, mirarlo perder la calma bajo mi cuerpo. Lo guié de nuevo dentro de mí y bajé despacio, hasta sentarlo entero en mi interior. Los dos gemimos al mismo tiempo.

Empecé a cabalgarlo con movimientos lentos, circulares, apretándolo con las piernas. Él me sostuvo por la cintura y luego subió las manos a mis tetas, amasándolas mientras yo subía y bajaba sobre su polla. Me encantó verlo así, con la cabeza echada hacia atrás y la mandíbula tensa, tratando de no correrse demasiado pronto.

—Mírame —le pedí.

Abrió los ojos. Lo hice mirar cómo mi cuerpo lo tomaba una y otra vez, cómo desaparecía dentro de mí, cómo mi humedad le brillaba en la piel. La visión pareció romper algo en él. Me sujetó las caderas con fuerza y empezó a levantarme y bajarme a su ritmo, penetrándome más duro, más profundo, mientras yo apoyaba las manos en sus hombros para no perder el equilibrio.

El segundo orgasmo me llegó más sucio, más intenso. No fue una ola suave, sino una contracción brutal que me cerró alrededor de él. Me quedé casi inmóvil, temblando encima de su cuerpo, mientras él seguía moviéndose con golpes cortos para alargarme el placer.

—No puedo más —dijo entre dientes.

—Córrete —le susurré al oído—. Quiero sentirte.

Me tumbó de nuevo y me puso boca abajo, con una almohada bajo la cadera. Entró desde atrás con un gemido ronco, agarrándome la cintura. Esa posición me dejó entregada por completo, la cara contra las sábanas, el culo levantado, su cuerpo cubriéndome mientras me follaba con una mezcla de urgencia y precisión.

Los golpes fueron cada vez más rápidos. Sentía sus dedos hundidos en mi piel, su respiración cortada sobre mi nuca, el sonido de nuestros cuerpos chocando sin pudor. Yo ya estaba sensible, casi demasiado, pero no quería que parara. Quería que terminara así, dentro de esa fantasía que por fin tenía peso, sudor y voz.

Leonardo se corrió con un gruñido bajo, apretándose contra mí hasta el fondo. Lo sentí estremecerse encima de mi espalda, quedarse quieto, respirar como si le faltara aire. Yo cerré los ojos y dejé que el silencio nos cayera encima, roto solo por el ventilador y nuestros cuerpos intentando volver a ser normales.

Pasaron varios minutos antes de que nos moviéramos. Él salió con cuidado, se levantó y volvió con una toalla húmeda y una botella de agua. No hubo discurso ni promesas absurdas. Solo una sonrisa cansada, su mano acariciándome la pierna y esa complicidad rara de quienes ya no pueden fingir que lo imaginado era suficiente.

Me quedé mirando las velas casi consumidas sobre la mesa. La habitación ya no parecía preparada; parecía usada, vivida, nuestra por un rato. Leonardo se acostó a mi lado y me besó el hombro con una ternura que no suavizaba lo anterior, sino que lo hacía más real.

—La próxima vez —dijo— no voy a esperar tres semanas para verte fuera de consulta.

Sonreí sin abrir los ojos. Sabía que habría próxima vez antes de que él lo dijera. También sabía que, cuando volviera a su camilla como si nada, cada roce profesional iba a traerme de golpe esta habitación, mi boca sobre él, su lengua entre mis piernas y la certeza de que algunas citas empiezan mucho antes de tocar la puerta.

Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Villa Devoto, con fotos reales.

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Comentarios(7)

TinaMontiel

Una cita secreta con el masajista... jajaja que fantasiaaaaa!!! Me encanto mucho

Valentina_Cba

Por favor que haya segunda parte, esto no puede quedar asi!!! Quede con muchisimas ganas de saber como termino todo

curiosaBA

Me recordo tanto a una situacion parecida que tuve hace un tiempo, ese ambiente de velas y la tension previa lo describes perfecto. Muy buen relato, seguí así

RodriCba7

muy bueno, bien narrado. gracias por publicarlo

NoemiLect

Quiero saber si el masajista ya lo esperaba o fue todo una sorpresa para el tambien... muy curiosa jaja. Buen relato en serio

PatoDelNorte

Con la puerta entornada ya sabia yo para donde iba esto jajajaja

MarcelaGV

Ese detalle de llegar antes y encender las velas lo dice todo. Que escena tan bien planteada, se siente real

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