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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cena de oficina

Los últimos sábados del mes casi siempre acababan igual: la empresa alquilaba un salón, pagaba la cena, corría el alcohol y todos fingíamos que fuera del horario laboral nos caíamos mejor de lo que en realidad nos soportábamos. Yo iba por inercia, por no hacer el feo y porque la cerveza gratis siempre ayuda. Aquella noche, sin embargo, fui con otra clase de expectativa, una más sucia, más difícil de disimular, porque me habían sentado junto a Lara.

Lara era la compañera con la que mejor me llevaba desde hacía meses. Nunca habíamos pasado de las pausas del café, de los chistes compartidos y de esa comodidad rara que aparece cuando dos personas se gustan pero todavía no lo dicen. Era reservada en la oficina, prudente, incluso seria a veces, pero cuando se relajaba tenía una forma de mirar que parecía meter mano sin tocarte.

Nos habían puesto en una esquina del salón, lejos de la mesa de los jefes, medio ocultos por una columna decorativa y por el ruido de los demás. Entre la música, las carcajadas y la gente ya pasada de vino, podíamos hablar sin que nadie prestara atención. Eso nos dio una intimidad absurda para estar rodeados de compañeros.

Ella llevaba una blusa clara, una falda oscura y el pelo recogido de una manera simple que le dejaba el cuello despejado. No iba exageradamente arreglada, pero justamente por eso estaba más buena. Había algo en esa sobriedad que me ponía peor: tetas grandes sujetas con firmeza bajo la tela, caderas marcadas al sentarse, labios pintados apenas lo justo para llamar la atención sin parecer que lo había planeado.

La primera copa me soltó la lengua. La segunda me aflojó los filtros. La tercera hizo que dejara de mentirme con eso de que podía mirarla como un compañero normal.

—Te noto muy callado hoy —me dijo, llevándose la copa a la boca.

—Te noto muy guapa hoy —respondí antes de pensarlo.

Sonrió. No de forma tímida ni sorprendida. Sonrió como quien comprueba algo que ya sospechaba.

—¿Hoy nada más?

—Hoy especialmente.

La temperatura del salón subía a medida que avanzaba la noche. O tal vez subía la mía. Ella se tocó el cuello con el dorso de la mano y se desabrochó el primer botón de la blusa. Después el segundo.

—Hace un calor de mierda aquí dentro —murmuró.

Yo asentí y traté de no quedarme mirando, pero fue inútil. Entre el escote que acababa de abrirse y la manera en que la tela se separaba cuando se inclinaba hacia mí, mi atención empezó a escaparse sola. Podía ver el borde del sujetador, liso, oscuro, sosteniendo unas tetas llenas que se adivinaban firmes. Cada vez que alzaba la vista para encontrar sus ojos, me daba cuenta de que me había pasado más de la cuenta recorriéndole el pecho.

Ella lo notó. Claro que lo notó. Y en vez de cerrarse o fingir incomodidad, se acomodó mejor en la silla, cruzó una pierna sobre la otra y volvió a tirar apenas de la blusa, como si se diera aire.

—¿Tan interesante es mi ropa? —preguntó con una media sonrisa.

Me reí, incómodo y excitado a la vez.

—La blusa está bien.

—Qué diplomático.

—No estoy siendo diplomático. Estoy intentando no ser un cerdo delante de ti.

—¿Y te está costando mucho?

La miré a los ojos. Ahí fue donde entendí que no estaba jugando yo solo. En su voz no había reproche; había provocación pura.

—Bastante —admití.

Ella abrió un poco más la blusa con dos dedos, sin llegar a enseñar nada que pudiera delatarla desde lejos.

—Toca la tela —dijo—. Es suave.

La excusa era tan mala que casi me hizo reír, pero puse los dedos en la solapa y rocé la tela. Al hacerlo, el escote se abrió lo suficiente para mostrarme mejor el sujetador y la curva apretada de sus tetas. Tragué saliva. Ella no apartó la mirada.

—Sí, muy suave —dije.

—También estás mirando otra cosa.

—También.

Se humedeció los labios despacio. El ruido del salón desapareció por un segundo. O quizá dejé de oírlo.

—Pensé que tardarías más en admitirlo.

—Con tres copas encima ya no me queda mucha capacidad para mentir.

—Mejor. Las mentiras cansan.

Estuvo unos segundos girando la copa entre los dedos, como si midiera hasta dónde quería llevarlo. Luego se inclinó hacia mí, lo justo para que su perfume me llenara la nariz.

—Entonces dime la verdad —susurró—. ¿Cuánto rato llevas imaginando cómo se ven mis tetas sin esa blusa?

Sentí la polla endurecerse dentro del pantalón de una manera inmediata, casi dolorosa. Me moví en la silla buscando una postura menos obvia, pero ella bajó la vista un instante y se dio cuenta.

—Joder —murmuré.

—Eso no responde.

—Desde antes del postre.

—¿Solo mis tetas?

Se me secó la boca.

—No.

—Eso está mejor.

Se echó a reír por lo bajo y el movimiento de sus pechos dentro del sujetador me terminó de rematar. Después hizo algo mucho peor que desabrocharse otro botón: deslizó una mano por debajo de la mesa y la apoyó en mi muslo. No arriba, no todavía. Lo bastante cerca de la entrepierna como para hacerme apretar los dientes.

—Si te pones así solo por mirar —dijo—, no quiero imaginar cómo estarías si te dejara tocar.

—No me provoques si no piensas hacer nada.

—¿Y quién te dijo que no pienso hacer nada?

Mi respiración cambió. La suya también. A nuestro alrededor seguían brindando, riendo y pidiendo otra ronda, pero en esa esquina ya había otra cena, otro lenguaje.

—Lara...

—Mírame —ordenó.

La obedecí. Su mano subió un poco más por mi muslo. Los dedos se clavaron con firmeza, tanteando, marcando territorio.

—Si vuelves a bajarme la vista al escote, al menos hazlo sin disimular —dijo—. Quiero ver la cara que pones.

Lo hice. Miré directamente sus tetas, el sujetador insinuado entre la blusa abierta, la piel del escote enrojecida por el calor. Cuando regresé a sus ojos, estaba sonriendo de una forma descarada, completamente distinta a la mujer prudente de la oficina.

—Así me gusta —murmuró.

Su mano terminó por rozarme la polla por encima del pantalón. Solo un roce, pero fue suficiente para que se me escapara el aire. La tenía dura de verdad, tensa, marcada bajo la tela.

—Joder —repitió ella, ahora con la voz más baja—. No exagerabas.

—Tú tampoco deberías seguir tocándome si quieres que pueda levantarme de aquí sin hacer el ridículo.

—Tal vez no quiero que te levantes todavía.

Me acarició despacio, apenas con la yema de los dedos, siguiendo el contorno. Yo tenía la mano aferrada a la silla para no hacer una locura ahí mismo. Sentía el pulso en la garganta.

—Dime que pare y paro —dijo.

—No te atrevas a parar.

Sonrió otra vez, satisfecha. Debajo de la mesa, mi mano buscó su rodilla. Ella abrió apenas las piernas, dándome permiso. Subí por el muslo, lento, encontrando la piel caliente bajo la falda. Cuando llegué al borde, me detuve.

—¿Tú sí llevas ropa interior? —le pregunté.

Se inclinó hasta casi tocarme la oreja con los labios.

—Compruébalo.

Metí la mano. Llevaba unas bragas finas, ya húmedas. Muy húmedas. El descubrimiento me soltó un gemido ahogado que tuve que convertir en tos para que nadie mirara. Ella soltó una risita casi cruel.

—Eso te pasa por ir de correcto —susurró.

Le acaricié el coño por encima de la tela, notando cómo reaccionaba enseguida, cómo apretaba las piernas y volvía a abrirlas para darme mejor acceso. Sus pezones empezaban a marcarse bajo la blusa.

—Estás empapada —le dije.

—Y tú estás duro como una piedra. Estamos empatados.

El postre terminó, la gente comenzó a moverse y alguien gritó que había barra libre en la terraza. Fue la mejor interrupción posible. Entre el desorden, las sillas arrastrándose y los compañeros levantándose, ella apartó mi mano de un tirón suave y se puso de pie.

—Ven conmigo —dijo.

No esperó respuesta. Caminó hacia el interior del local, lejos de la terraza y de la música. Yo fui detrás, tratando de parecer sobrio y normal mientras la polla me latía dentro del pantalón. Cruzó un pasillo, dobló junto a una cocina de servicio y abrió una puerta que daba a una pequeña sala de descanso del personal, vacía a esa hora.

En cuanto cerró, la cerradura sonó como una provocación.

Nos quedamos mirándonos medio segundo. Al siguiente ya la tenía contra la puerta, besándola con toda la tensión acumulada de meses y de esa última hora de juegos en la mesa. Ella me respondió con la misma hambre. No fue un beso bonito ni delicado: fue un choque de bocas, lenguas y dientes, respiraciones cortadas y manos desesperadas.

—Ya era hora —gruñó contra mi boca.

Le metí una mano por dentro de la blusa y por fin le agarré una teta. Llena, pesada, caliente. Soltó un gemido ronco y arqueó la espalda cuando le apreté el pezón entre los dedos.

—Así que esto era lo que querías desde el café de las mañanas, ¿no? —le dije, mordisqueándole el cuello.

—Quería esto y bastante más —contestó, metiéndome la mano dentro del pantalón para agarrarme la polla a través del bóxer—. Joder, la tienes enorme cuando estás cachondo.

—Y tú llevas semanas provocándome sin decir nada.

—Porque quería que llegara un día como hoy y me follaras con ganas.

Esa frase me reventó el poco control que me quedaba. Le abrí la blusa de un tirón suficiente para dejar al descubierto el sujetador. Se lo bajé junto con una copa, liberando una teta redonda que saltó casi a mi mano. Me incliné y la chupé sin rodeos, metiéndome el pezón en la boca mientras la masajeaba con fuerza.

—Ah... sí, joder, así —jadeó.

La otra mano se la llevé entre las piernas. Aparté la braga y encontré el coño abierto y resbaladizo. Le metí un dedo de golpe, luego dos. Se agarró a mis hombros y echó la cabeza hacia atrás, golpeando la puerta.

—Hostia... —soltó—. No vayas tan despacio ahora.

Moví los dedos dentro de ella, entrando y saliendo con firmeza, frotándole al mismo tiempo el clítoris con el pulgar. Su cuerpo reaccionaba entero: se retorcía, se abría más, me buscaba la mano. La humedad le corría por los muslos.

—Mírate —le dije—. Hace un rato te hacías la tímida y ahora me estás chorreando en la mano.

—Cállate y sigue —gimió—. O fóllame de una vez.

Me arrodillé frente a ella sin dejarle tiempo de nada. Le levanté la falda, le bajé las bragas hasta los muslos y la dejé con el coño completamente expuesto para mí. Levantó una pierna y la apoyó en una silla cercana. Lo vi de cerca: los labios hinchados, brillantes, abiertos por la excitación.

—Joder, Lara...

—Come, no admires.

Le hundí la cara entre las piernas y la lamí de abajo arriba, lenta la primera pasada, para saborearla bien. Gritó y me agarró del pelo con fuerza. La segunda vez fui directo al clítoris, lamiéndolo con la punta de la lengua mientras le separaba más los labios con los dedos. Ella tembló.

—No me jodas... —jadeó—. Sigue así, así mismo.

Comencé a comerle el coño con hambre, alternando lamidas largas con succiones cortas en el clítoris. Después volví a meterle dos dedos, curvándolos dentro, y supe por cómo se apretó alrededor que estaba cerca. Sus gemidos ya no sonaban contenidos; salían crudos, desordenados, chocando contra las paredes de la salita.

—Si viene alguien, que se joda —dijo entre jadeos—. No pares.

Le chupé más fuerte mientras los dedos la follaban por dentro. Su cuerpo se tensó de golpe. Me tiró del pelo y se corrió en mi boca con un gemido roto, moviendo las caderas contra mi cara, apretándome la lengua entre los labios del coño. Seguí lamiéndola durante el espasmo, recogiendo todo, hasta que tuvo que empujarme por puro exceso de sensibilidad.

—Hostia... hostia... —repetía, respirando a sacudidas.

Me puse de pie y la besé. Probó su propio sabor en mi boca y le brillaron los ojos, todavía nublados por el orgasmo.

—Ahora tú —dijo.

Me abrió el pantalón con una urgencia nada elegante, bajó la cremallera y me sacó la polla. La agarró con una mezcla de curiosidad y necesidad, recorriéndola de arriba abajo antes de escupir en la palma para deslizar mejor la mano.

—Llevas toda la noche deseando que te tocara esto —murmuró.

—Y tú llevas toda la noche deseando tragártela.

—No te pongas chulo.

Se agachó y me la metió en la boca de golpe hasta donde pudo. Me estremecí entero. Tenía una forma de chupar que no se parecía en nada a su actitud reservada en la oficina: directa, sucia, segura. Me lamía la punta con la lengua antes de volver a tragársela, me apretaba la base con la mano y marcaba el ritmo mirándome desde abajo, como si disfrutara de verme perder compostura.

—Joder, qué boca... —solté.

Ella respondió con un gemido alrededor de la polla, vibrando sobre mí, y casi me hace correrme ahí mismo. La saqué un momento para no acabar en treinta segundos.

—No —protestó, incorporándose—. No te corras todavía. Quiero sentirla dentro.

La giré y la incliné sobre la mesa pequeña que había junto a la cafetera. Le subí más la falda y aparté la braga. Estaba otra vez mojada, abierta, ansiosa. Me pasé la punta por el coño, frotándola entre sus labios para empaparla más. Ella echó el culo hacia atrás, buscándome.

—Métela ya —me ordenó—. No me hagas rogar.

Le agarré la cadera con una mano y con la otra me guié hasta la entrada. Empujé despacio al principio, notando cómo se abría para mí, caliente y apretada. Cuando estuve dentro hasta el fondo, los dos soltamos un sonido sucio, casi animal.

—Joder... —murmuré, inmóvil un segundo para disfrutarlo—. Qué coño tienes.

—Uno que llevaba demasiadas semanas esperándote —dijo entre dientes.

Empecé a follármela con embestidas firmes, cada vez más largas. La mesa crujía contra la pared. Ella apoyó los antebrazos y me ofreció más el culo mientras yo le entraba una y otra vez, sacando casi toda la polla y clavándosela de nuevo hasta el fondo. El sonido húmedo del vaivén llenó la sala.

—Así... así, no pares —jadeaba—. Más fuerte.

Le agarré una teta por encima de la blusa desordenada y seguí dándole más duro. El culo le rebotaba contra mi pelvis y la visión me encendía todavía más. Cada empujón levantaba pequeños gemidos o insultos de su boca.

—Te quería follar desde el primer día que te vi cruzar la oficina —le dije, inclinándome sobre ella.

—Pues menuda paciencia de mierda has tenido —respondió—. Más, joder, más.

Apreté la mano en su nuca y aumenté el ritmo. La estaba follando de verdad, sin cuidado, como ambos habíamos querido desde que cerró la puerta. Su coño me apretaba cada vez que cambiaba el ángulo. Bajé una mano y le encontré el clítoris para frotárselo mientras seguía embistiendo. Gritó.

—Ahí, ahí, no lo quites.

Supe que se acercaba cuando las piernas le empezaron a temblar. La incorporé un poco, le metí la mano entre las piernas y seguí estimulándola mientras la penetraba rápido, constante, duro. Ella empujaba hacia atrás buscando más fondo, más roce, más castigo.

—Voy a correrme otra vez —avisó con la voz quebrada.

—Hazlo. Córrete en mi polla.

Se corrió sacudiéndose entera, apretándome dentro con una fuerza que me nubló la vista. Aproveché ese apretón para sacarla un instante y girarla. La senté sobre la mesa, le abrí más las piernas y volví a metérsela de frente. Nos miramos a los ojos justo cuando entré otra vez hasta el fondo.

—Así te quería ver —dije.

Ella me rodeó la cintura con las piernas y empezó a recibirme con el cuerpo entero, subiendo y bajando apenas para encontrar mejor el golpe. Desde esa postura podía verle la cara, las tetas medio fuera del sujetador, la blusa abierta, el pecho agitado. Era una visión indecente y perfecta.

—Fóllame —me dijo sin adornos—. Fóllame hasta que no pueda volver a caminar al salón como si nada.

Le obedecí. Le entraba con empujones secos, profundos, notando cómo me tragaba y me soltaba. Ella me arañaba la espalda, me besaba a mordidas, me decía guarradas al oído entre jadeos.

—Me pone pensar que hace veinte minutos estábamos brindando con todos —dijo—. Y ahora me tienes abierta sobre esta mesa como una puta.

—Como la puta que me estaba provocando debajo de la mesa.

—Sí... joder, sí... tu puta esta noche.

Esa frase me acabó de empujar al borde. La agarré de los muslos y aceleré todavía más. El sonido de nuestros cuerpos chocando era obsceno. Mi respiración ya salía entrecortada. Ella lo notó y me apretó con las piernas.

—No te salgas todavía.

—Si sigo así, me corro dentro.

—Entonces correte donde quieras, pero no pares hasta el último segundo.

Seguí clavándosela unas cuantas veces más, con una desesperación ya casi ciega. Luego salí a tiempo, me la agarré y me corrí sobre su vientre y la parte alta de la falda, con una descarga larga que me hizo doblar la cabeza y soltar un gruñido. Ella miró la corrida, luego me miró a mí, y sonrió satisfecha, todavía jadeando.

Nos quedamos un momento en silencio, recuperando el aire. Afuera seguía sonando la fiesta, lejana, como si perteneciera a otra noche y a otra gente. Ella bajó de la mesa, se limpió con unas servilletas del mueble y me ayudó a acomodarme el pantalón.

—Tenemos que volver —dijo.

—¿Después de esto?

—Después de esto, sí. Y vamos a sentarnos como si no hubiera pasado nada.

Me besó una última vez, más corta, más íntima. Antes de abrir la puerta, me arregló el cuello de la camisa y sonrió con un descaro nuevo.

—Pero mañana en la oficina no me mires así delante de todos —advirtió.

—¿Así cómo?

Se acercó a mi oído.

—Como si te acordaras de cómo me corrí en tu boca y de cómo me dejaste la polla perdida de mis ganas.

Solté una risa incrédula. Ella abrió la puerta y volvió a ser la compañera tranquila de siempre, la que nadie habría imaginado gimiendo contra una mesa de servicio. Yo salí detrás, intentando recuperar la cara de empleado normal.

Cuando regresamos al salón, uno de los compañeros alzó la copa y gritó que faltaba gente para el brindis final. Lara tomó una copa de una bandeja, me miró apenas un segundo y chocó su vaso con el mío.

—Por las confesiones que llegan tarde —dijo en voz baja.

Yo bebí sin apartarle la vista.

Y por las que, una vez que empiezan, ya no hay manera de detener.

Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Palermo, con fotos reales.

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Comentarios(7)

Facundo_GBA

tremendoooo!!! me enganche desde el titulo

ClaraViento_

segunda parte porfa, quede con ganas de mas

NorbertoRJ

Me hizo acordar a una cena de fin de año que tuve hace un par de años... esas tensiones en el laburo se sienten pero casi nunca se actua. Gracias por compartirlo

Marta_91

Muy bien narrado, se nota que fue real. Ese tipo de momentos no se olvidan mas

DiegoRF

excelente!!!

curiosa_lectora

todo bien pero... que paso despues con el resto de los compañeros? jeje eso me quedo re picando

ViajeraOscura

Los relatos de oficina tienen algo que no tiene ninguna otra categoria, esa mezcla de lo prohibido con lo cotidiano los hace especiales. Este esta muy bien escrito, con los detalles justos y sin exagerar. Espero que haya continuacion!

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