La revisión que mi novio no debió mirar
Todo empezó por un atraso. Llevaba casi tres semanas esperando algo que no llegaba, y la cabeza se me había llenado de cuentas, de fechas y de un miedo sordo que no me dejaba dormir. Mi prima Carla, que para estas cosas siempre tiene un nombre a mano, me pasó el número de su ginecólogo.
—Es serio, tranquilo, no te va a hacer sentir mal —me dijo por teléfono—. Andá sin vueltas.
Pedí turno para un viernes a la tarde. No quería ir sola, pero tampoco quería que Damián, mi novio, estuviera ahí mirándome la cara mientras me revisaban. Llegamos a un arreglo: él me llevaba en el auto, esperaba afuera y después pasaba a buscarme. Simple. Eso era todo lo que yo necesitaba de él esa tarde.
El consultorio quedaba en un edificio antiguo del centro, de esos con ascensor de reja y pasillos largos. Subimos sin hablar mucho. Yo iba nerviosa, con las manos frías, repasando mentalmente lo que le iba a contar al médico.
Cuando la secretaria me llamó, me levanté de un salto. Damián se quedó sentado, revisando el teléfono. Pero el doctor, en lugar de hacerlo esperar afuera, abrió la puerta él mismo y lo miró.
—Pase, pase, así me cuentan los dos —dijo con una sonrisa amable.
Yo no dije nada. No supe cómo decir que prefería entrar sola. Entré adelante de los dos, casi empujada por la cortesía, y la puerta se cerró detrás de nosotros con un clic que en ese momento no significó nada.
***
El consultorio olía a alcohol y a un perfume tenue, masculino. Era un hombre de unos cuarenta y tantos, de manos grandes y una calma que daba seguridad. Me hizo sentar frente a su escritorio y empezó a anotar mis datos.
—¿Quién me la recomendó? —preguntó sin levantar la vista.
—Mi prima. Carla.
Levantó la cabeza despacio y sonrió de un modo distinto. No fue una sonrisa de cortesía.
—Ah, Carla. Sí. La conozco muy bien.
Hubo algo en cómo lo dijo que me revolvió el estómago. Algo que pensé mal en el acto y que enseguida traté de borrar. Estás nerviosa, no inventes cosas. Damián, a mi lado, no notó nada. Seguía con cara de querer irse a casa.
El doctor empezó a preguntarme por mi vida sexual con una naturalidad de oficio. Cada cuánto cogía, con quién, desde cuándo, qué método usaba, si me venía adentro, si me lo había hecho por el culo alguna vez, si me gustaba mamársela. Todo dicho con la misma calma con que se pregunta la fecha de la última menstruación. Yo respondía bajito, con la mirada en el borde del escritorio, sintiendo cómo a Damián se le tensaba la mandíbula cada vez que yo daba un detalle. Cuando terminé de contarle todo, el médico cerró la carpeta.
—Para descartar cualquier cosa vamos a hacer una ecografía. Recostate ahí, por favor.
Señaló la camilla del otro lado del biombo. Me levanté, me saqué las sandalias de taco y las dejé prolijas al costado, como si ese gesto ordenado pudiera devolverme el control. Me recosté y suspiré.
—No te pongas nerviosa —dijo él, acomodando el aparato—. Relajate. Esto no duele nada.
***
Llevaba puesto un vestido azul con flores chicas, suelto, de esos que en verano son lo único que se aguanta. El doctor empezó a remangarlo hacia arriba, muy despacio, con una delicadeza que no parecía del todo clínica. Lo fue subiendo hasta dejar a la vista mi tanga blanca, de encaje, casi transparente. Por debajo se me marcaba la raya del coño depilado, y el encaje mojado empezaba a pegárseme en los labios. Me dio vergüenza y al mismo tiempo no la cubrí.
Damián se había sentado en la silla, a un costado, justo en el ángulo desde donde podía verlo todo. Lo miré un segundo. No dijo nada. Tampoco apartó la vista. Le vi el bulto marcándose contra el pantalón y algo dentro de mí, algo muy hijo de puta, se puso contento de saber que estaba dura mirándome así.
El médico me puso el gel frío en el vientre y apoyó el transductor. Empezó a hablar como si estuviera dando una clase: que el útero, que los ovarios, que todo se veía bien, girando la pantalla hacia Damián para mostrarle imágenes que ninguno de los dos entendía. Mientras tanto, con la otra mano, hacía algo que yo tardé en registrar.
Me acariciaba por dentro del muslo.
Fue tan suave, tan disimulado, que al principio pensé que era casualidad, que necesitaba acomodarme la pierna para la ecografía. Pero la mano subía. Despacio, en círculos, sin prisa, mientras su voz seguía explicando cosas en un tono perfectamente profesional. Los dedos me rozaban cada vez más arriba, hasta que el pulgar apoyó justo sobre el encaje de la tanga y sentí que ahí abajo estaba empapada, que se me marcaba todo el coño hinchado contra la tela mojada. Sentí un calor que me subió desde el vientre, una mezcla de pánico y de algo más, algo morboso que no me animaba a nombrar porque Damián estaba a un metro, mirándome.
Con dos dedos, el doctor empujó apenas mi rodilla hacia afuera. No lo hagas, me dije. Y abrí la pierna un poco. Después un poco más. No sé por qué lo hice. Hasta quedar con las piernas tan abiertas que sabía, sin necesidad de mirar, que la tanga de encaje se me había metido entre los labios y que él lo estaba viendo todo: la humedad, los labios hinchados asomando a los costados de la tela, el clítoris marcado como un botón bajo el encaje.
—Vamos a tener que tomar una muestra —dijo, como si nada.
Yo no contesté. Y entonces, de un solo movimiento, me bajó la tanga hasta los muslos.
***
El aire frío del consultorio me tocó donde nunca antes me había tocado el aire de una habitación con otra persona mirando. El coño depilado, brillante de flujo, quedó ofrecido bajo la luz blanca de la lámpara. Por reflejo intenté cerrar las piernas, pero él apoyó las dos manos en la cara interna de mis muslos y me lo impidió con una firmeza tranquila, sin violencia, como quien sabe que no hace falta forzar nada.
—Quieta —dijo bajito—. Ya casi.
Se levantó y fue hasta la mesada a buscar los instrumentos. Quedé ahí, expuesta, completamente depilada, con las piernas abiertas y el vestido arremangado hasta la cintura, sintiendo el hilo de humedad que me chorreaba entre las nalgas hasta la sábana de papel. Giré la cabeza hacia Damián.
Él me miraba en silencio. Tenía las manos cruzadas sobre las rodillas y los ojos clavados entre mis piernas. Se le notaba la respiración pesada, la nuez subiendo y bajando, la mano derecha bajando disimulada a acomodarse la verga tiesa por encima del pantalón. No había enojo todavía, no del todo. Había otra cosa. Una atención que yo nunca le había visto, una respiración que se le había acelerado. Y yo, que tendría que haber sentido humillación, sentí que algo se me prendía fuego adentro al saberme observada por los dos, con el coño abierto de par en par para el doctor mientras mi novio se aguantaba las ganas de meterse la mano en el pantalón.
El doctor volvió. Se sacó los guantes de látex con un chasquido seco y los dejó sobre la bandeja. Cuando sus dedos, ahora desnudos, tocaron mis labios, todo pretexto de revisión se cayó al piso. Me acarició con una lentitud experta, separándome los labios mayores con el pulgar y el índice, abriéndome como si me estuviera mostrando por dentro. Los otros dedos empezaron a recorrerme la raja de arriba abajo, untándose en mi propia humedad, subiendo a masajearme el clítoris con círculos precisos, bajando otra vez hasta rozar la entrada. Abrí las piernas todo lo que pude. No quedaba nada que disimular.
—Eso es —murmuró—. Así. Bien mojada estás, nena. Mirá cómo chorreás.
***
Me tocó como si me conociera de memoria. Primero por fuera, dibujando círculos sobre el clítoris con la yema del dedo medio, esperando a que yo empujara las caderas buscándolo, obligándome a mendigarlo con el cuerpo. Después metió un dedo, despacio, muy despacio, sintiendo cómo el coño se lo tragaba con un ruido húmedo que se escuchó en todo el consultorio. Lo hundió hasta los nudillos y lo dejó ahí, quieto, mientras el pulgar seguía haciendo su trabajo arriba. Yo jadeaba sin poder evitarlo, mordiéndome el labio para no hacer ruido, agarrada al borde de la camilla con las dos manos.
—Estás apretadísima —dijo—. ¿Hace cuánto no te la meten bien?
No le contesté. No podía. Un dedo se volvieron dos, y los dos se movieron dentro de mí con un vaivén constante, curvándose hacia arriba, entrando y saliendo con un chapoteo obsceno. Dos se volvieron tres. Sentí cómo me abría, cómo el coño cedía a esa mano ajena, cómo mis paredes se cerraban alrededor de sus dedos cada vez que los sacaba hasta la mitad y volvían a hundirse. Encontró un punto adentro, esa zona rugosa detrás del hueso, y empezó a masajearlo con la punta de los dedos en un movimiento de gancho que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido que rebotó en las paredes del consultorio.
—Sh —murmuró—. Callada. No queremos que la secretaria escuche cómo se te encharca el coñito.
Con la otra mano me subió el vestido hasta el cuello y me bajó el corpiño de un tirón. Las tetas me saltaron afuera y se puso a jugarme con los pezones, apretándolos, pellizcándomelos hasta que se pusieron duros como piedras. Me tocaba entera mientras me abría desde adentro, sin apuro, con esa seguridad de quien ha hecho esto cien veces. Los dedos entraban y salían de mi coño produciendo un ruido pegajoso, y yo sentía cómo el flujo me bajaba por la raja del culo, cómo la sábana debajo de mí ya era un charco.
—Mirá a tu novio —me dijo al oído, sin dejar de coger mi coño con la mano—. Mirá cómo te mira mientras te dedeo.
Giré la cabeza. Damián seguía detrás de él, parado ahora, sin decir una palabra, con la verga marcándosele en el pantalón y una mano apretándosela por encima de la tela. Yo lo veía de reojo, su silueta recortada contra la ventana, y saber que estaba ahí, mirándome retorcerme y chorrear bajo las manos de otro, escuchando los ruidos húmedos que salían de mi coño abierto, me llevó más rápido al borde de lo que jamás había llegado sola.
—No te aguantes —dijo el médico, leyéndome la cara y acelerando los dedos adentro mío—. Acabá, puta. Acabame en la mano.
Y acabé. Acabé de una manera que no había conocido nunca. Todo el cuerpo me empezó a temblar, las piernas se me cerraron por instinto sobre su brazo, el coño se me apretó alrededor de sus dedos con espasmos que no podía controlar. Sentí cómo me venía en oleadas, cómo un chorro tibio se me escapaba y le mojaba la mano, la muñeca, el puño de la camisa; cómo me derramaba sobre sus dedos mientras él me sostenía las caderas con la otra mano para que no me escapara del placer. Grité algo entre los dientes, algo que ni yo entendí, mientras seguía corriéndome y corriéndome, con la vista nublada y las tetas al aire subiendo y bajando descontroladas. Fueron segundos eternos. Los dedos siguieron adentro mío hasta la última contracción, sacándome hasta la última gota. Cuando volví, estaba empapada de la cintura para abajo y sin aire, con el vestido pegado a la piel y el pelo revuelto sobre la almohadilla de papel.
El doctor se incorporó con una calma absoluta. Sacó los dedos de mi coño con un ruido de succión, los levantó hasta la altura de mi cara para que yo viera cómo brillaban de flujo, y después se los llevó a la boca y los chupó, uno por uno, sin apuro, sin dejar de mirarme. Se limpió la mano con una toalla de papel, como si acabara de terminar una consulta cualquiera.
—Listo —dijo—. Limpiate y llevate a tu novio. Volvé cuando quieras.
***
Me bajé de la camilla con las piernas todavía flojas, sintiendo cómo el semen ajeno que no había recibido me lo imaginaba igual bajando entre los muslos, confundido con mi propia corrida. Me acomodé el vestido, me guardé las tetas dentro del corpiño con manos torpes, recogí la tanga de encaje empapada y la metí en la cartera porque no me daba la cabeza para nada más. Salimos al pasillo. Damián caminaba dos pasos adelante, rígido, sin mirarme, hasta que llegamos a la calle y se dio vuelta.
—¿Qué pasó ahí adentro? —preguntó con la voz tensa.
—Nada. Me revisó. ¿No viste?
—Vi más que eso. —Tenía los puños apretados—. Te estaba metiendo los dedos. Te estaba haciendo acabar como una puta y vos abriste las piernas.
—Son ideas tuyas —mentí, sosteniéndole la mirada.
Entonces me levantó el ruedo del vestido de un tirón, ahí, en plena vereda, y vio que iba sin nada debajo. Vio el coño depilado, todavía hinchado y brillante, todavía chorreando en la cara interna de los muslos. Se quedó duro un segundo. Después soltó la tela como si quemara, dijo algo que no quiero repetir y se fue caminando rápido, dejándome parada sola frente al edificio, con el corazón golpeándome todavía, el coño latiéndome entre las piernas y una sonrisa que no podía borrarme.
***
Pasaron unas semanas. Damián me buscó de nuevo, me pidió que volviéramos, y yo acepté porque lo extrañaba. Pero ya no fue lo mismo. Empezó a celarme por todo, a controlarme la ropa, a hacerme sentir que aquella tarde yo había cruzado una línea que él no me iba a perdonar nunca. En la cama tampoco: cada vez que me la metía, cada vez que yo me corría abajo de él, sabía que estaba comparándose con los dedos del doctor, y sabía que perdía. Terminamos peor de lo que ya estábamos.
De todo aquello me quedó una sola certeza, una que no le confesé jamás a nadie hasta ahora. No fue una infidelidad, no fue un engaño, no hubo nadie a quien traicionar más que a mí misma. Fue, simplemente, la mejor vez que me tocaron en mi vida. Y todavía hoy, cuando lo recuerdo, cuando me toco sola en la cama pensando en esa tarde, vuelvo a sentir el frío del gel en el vientre, los dedos de aquel hombre abriéndome por dentro, la lengua chupando mi corrida de sus nudillos, y los ojos de Damián mirándome desde la silla, con la verga dura marcándosele en el pantalón, sin animarse a moverse.