Lo que recuerdo en la bañera cuando vuelvo de él
Abro la puerta del apartamento con más dificultad de la que debería. Me descalzo nada más entrar, sin entender cómo he conseguido conducir de vuelta con estos tacones. La próxima vez me traigo otro calzado en el bolso. Lo apunto mentalmente, como apunto siempre todo lo que sé que voy a olvidar.
Enciendo la luz de la cocina. Dejo el abrigo y el bolso sobre el taburete, me sirvo un poco de agua y bebo despacio. Me muerdo el labio sin darme cuenta, recordando sus besos. Mi mano sube sola hasta mi cuello y un calambre me recorre la espalda. Mañana el dolor será peor; lo sé porque ya conozco mi cuerpo después de una noche con Adrián. Debo empezar con los cuidados cuanto antes.
Dudo entre comer o ducharme. Gana la segunda opción sin discusión: mi cuerpo pide el calor del agua, mis músculos reclaman aflojarse de una vez. Voy al baño y abro el grifo. Mientras la bañera se llena, pongo algo de música, un jazz lento que sé que me va a acompañar bien esta noche.
Vuelvo a la cocina a por una copa de vino, uno aromático y un poco dulce, de esos que él me regaló cuando todavía fingíamos que esto era otra cosa. Enciendo las velas con olor a canela que reservo solo para estas noches. Antes de empezar a desnudarme, cojo el teléfono y escribo el mensaje de siempre.
«Ya en casa, Amo».
No espero respuesta. Nunca la espera, no a esta hora. Bajo la cremallera del vestido despacio, me quito las medias una a una. Me miro en el espejo y me reconozco a medias: restos de máscara corrida bajo los ojos, la mejilla derecha algo enrojecida y ni rastro del labial que tan bien aguantó al principio de la noche. Tengo que dejar reseña de la durabilidad. Sonrío sola, como una idiota.
Termino de desnudarme y me meto en la bañera. El agua está demasiado caliente y mi cuerpo protesta, pero a los pocos segundos se rinde y me deja hundirme. Cierro los ojos. El vapor sube, la canela se mezcla con el vino, y por fin estoy a solas con lo que ha pasado.
Es siempre el mismo ritual y siempre me sorprende. Como si el cuerpo necesitara repasar lo vivido antes de poder soltarlo. Las primeras veces me asustaba la facilidad con que me entregaba a estas noches; ahora las espero toda la semana, las cuento en la cabeza igual que cuento la lista de la compra que nunca recuerdo. Él lo sabe. Se ríe de mi desorden y, sin embargo, es lo único ordenado que tengo: las reglas, los permisos, su voz diciéndome qué hacer.
Acaricio mis pechos con suavidad, recordando cómo hace apenas un rato eran sus manos las que los apretaban. Cómo tiraba de mis pezones, cómo los mordía y los soltaba para volver a besarlos. Intento recrear esas caricias, pellizco, tiro, pero mis dedos no consiguen ni de lejos el mismo efecto. Falta el miedo. Falta no saber qué va a venir después.
Bajo por mi abdomen, por la cintura, suspirando y echando de menos sus manos expertas, las que saben erizarme la piel y dejarme húmeda una noche más. Mi sexo palpita otra vez con solo recordarlo. Sigo por las caderas, por el interior de los muslos, suaves bajo el agua. Hay varias marcas de mordiscos repartidas por la zona. Crema especial ahí, no lo olvides.
Una parte de mí me aconseja parar, no seguir, dejar que el cuerpo descanse de una vez. La ignoro. A pesar de todo lo que ha pasado esta noche, o precisamente por eso, necesito recordarlo entero, paso a paso, sin saltarme nada.
Necesito recordar cómo sus manos recorrieron la piel de mis piernas y subieron hasta quedarse cerca de mi sexo, sin tocarlo. Cómo se rió bajito y me advirtió que, si me movía, pararía. Y cómo aguanté las ganas mordiéndome la lengua.
Necesito recordar cómo después su boca bajó hacia mi humedad, se entretuvo en mi pubis, su aliento cálido contra mí, mientras volvía a reírse y volvía a decirme lo mismo:
—Si te mueves, paro.
Y no me moví. No me moví aunque cada músculo me pedía empujarme contra su cara.
Necesito recordar cómo, al fin, acarició mi clítoris con un dedo, círculos lentos, presión justa, y cómo gemí sin poder reprimirlo, mi forma de pedirle más sin palabras. Supo interpretarme. Me consintió. Noté uno de sus dedos entrar despacio hasta el fondo, salir empapado y subir directo a mi boca.
—Saboréate —me ordenó—. Disfruta del sabor de una zorra.
Mientras lo recuerdo, imito el movimiento. Meto un dedo en mí, sigo caliente y húmeda, lo saco y lo chupo, saboreándome igual que entonces. El agua se mueve conmigo, pequeñas olas que rompen contra el borde.
Sigo recordando y sigo imitándolo. Ahora son dos dedos dentro, entrando y saliendo con ritmo, buscando ese punto que él encuentra siempre. Los muevo igual, gimo, me retuerzo en la bañera y salpico agua al suelo. Comprar una alfombrilla. Noto el calor que precede a la marea, subo el ritmo, más adentro, más intenso.
Llega en oleadas. Siento el líquido salir de mí, más caliente que el agua, mezclándose con ella. Mi respiración se descontrola, el cuerpo exhausto del placer acumulado de toda la noche. Pero mi cabeza no frena. Mi cabeza sigue con él.
Necesito recordar cómo, después de eso, metió su polla erecta en mí, aprovechando que estaba empapada, y me folló con las piernas sobre sus hombros. Me perdí en su mirada, en sus gruñidos, en cada cosa que me dijo sobre lo guarra que soy y cuánto le gusta. Pienso en el momento en que me puso a cuatro patas, me escupió en el culo y metió un dedo mientras seguía dentro de mi sexo.
—No te corras todavía —me avisó— o paro.
Solo pude morder la almohada y tragarme los gritos que se empeñaban en salir.
Y necesito recordar el mejor momento. Cuando sacó el dedo y, sin salir de mí, me mordió el cuello y me susurró al oído que iba a usar ese otro agujero. Me agarró del pelo y dio un tirón seco. Un grito breve se me escapó de la garganta sin que yo supiera todavía el grito que venía después, el de verdad, cuando me penetró el culo.
Le supliqué que me dejara chillar. Me consintió otra vez. Con cada embestida grité, vaciándome por dentro a la vez que él me llenaba la cabeza de órdenes. Con la respiración rota entre el dolor y el placer le advertí que estaba al límite, que no aguantaba más, que necesitaba correrme.
Y el permiso llegó.
Exploté primero con un orgasmo anal, profundo, contenido, que se extendió enseguida hasta mi sexo y unió las contracciones en una sola tensión de todo el cuerpo. En una de esas contracciones él explotó también, sus gruñidos sobre mis gritos, una melodía que no pienso olvidar mientras viva.
Me quedo flotando en ese último recuerdo, con los ojos cerrados y los dedos todavía entre las piernas, sin moverlos ya, solo apoyados, como si quisiera retener el eco de lo que acaba de pasar. La música ha cambiado a algo más lento. La vela se ha consumido hasta la mitad. Pienso en él en su casa, dormido o quizá despierto, y en lo extraño que es sentirme tan acompañada estando tan sola en esta bañera.
Me quedo un rato más con esos recuerdos, hundida hasta el cuello, hasta que noto el frío y me doy cuenta de que el agua ya no calienta. Salgo despacio, dolorida en varios sitios a la vez. Busco la loción que reservo para estas ocasiones y me la aplico en los pechos y en los muslos, sobre las marcas. Para el resto del cuerpo uso una crema normal. El olor cítrico me ayuda a aterrizar.
Mi estómago protesta, insistente. Es hora de comer algo. Abro la nevera envuelta en la toalla y decido prepararme una tortilla sencilla, lo único que me apetece a estas horas. Comprar huevos. Mientras pienso qué más cenar, suena el timbre.
Abro sorprendida, sin entender quién llama a estas horas. Es un repartidor de comida a domicilio con una bolsa y una nota grapada encima. La cojo, confundida, cierro la puerta y leo.
«Cómprate ya una agenda. Tu cabeza no da para tanto cuando vuelves de estar conmigo».
Me río sola en mitad de la cocina, descalza y todavía temblando un poco. Por supuesto que lo sabe. Lo sabe todo. Sabe que me he metido en la bañera a recordarlo, sabe que he olvidado cenar, sabe que mañana voy a despertarme dolorida y feliz. Abro la bolsa: dentro hay comida caliente, una libreta nueva con tapas negras y un bolígrafo. Aprieto la libreta contra el pecho y, por primera vez en toda la noche, me siento exactamente donde quiero estar.