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Relatos Ardientes

Encerrados en el ascensor con la cuñada de mi amigo

Casi todas las tardes, cuando no había entrenamiento, salía del colegio y me iba a casa de Diego. Vivíamos a unas pocas calles, y pasábamos las horas muertas entre los apuntes que nunca abríamos del todo y las conversaciones que él tenía con su novia de ventana a ventana. A veces me pedía que me escondiera detrás de la cortina para escuchar lo que ella le decía cuando creía que estaban solos. Eran cosas que me ponían los nervios de punta, y él lo sabía. Le divertía verme la cara.

Aquel día salimos tarde. Antes de subir pasamos por el local del padre de Diego, un señor callado que cocinaba como los dioses, y nos comimos unas tortas que todavía recuerdo. Después, como no teníamos nada mejor que hacer, nos fuimos al boliche que quedaba a tres cuadras, sobre la avenida grande, a tirar unas líneas y matar el rato.

En la pista de al lado había un grupo de chicas. Dos de ellas traían falda corta, y cada vez que se giraban para lanzar la bola, la tela se les subía un poco. Diego y yo perdimos la cuenta de los pinos que dejamos en pie. Nos reíamos como dos idiotas, fingiendo concentración, mirando de reojo. Cuando terminamos nuestras líneas, las chicas ya se habían ido con unos muchachos que llegaron a buscarlas, y nosotros volvimos al edificio para que yo recogiera mi portafolio antes de irme a casa.

Junto a la puerta del ascensor vimos llegar a Carolina, la novia de Diego, y a su hermana. A la hermana yo solo la conocía de vista. Se llamaba Renata, aunque todos le decían Reni, y vivía con Carolina en el primer piso. Diego estaba en el segundo. Aguantamos las puertas para subir juntos.

Apenas entramos, Diego y Carolina se saludaron con una efusividad que no tenía nada de inocente. Reni puso los ojos en blanco.

—Parece que no se vieran hace meses —dijo, y movió la cabeza con una media sonrisa.

Diego la abrazó por detrás. Carolina me tendió la mano, y su hermana también.

—Hola, ¿cómo estás? —me preguntó Reni.

—Bien, ahí vamos —contesté, siguiéndole la broma a su hermana—. Aunque no tanto como ustedes, por lo visto.

—¿Y eso por qué? —Carolina se rió—. Aquí está Reni. ¿O acaso tienes novia?

—No me gustan los compromisos —dije—. Prefiero las amigas.

Carolina ni me escuchó. Giró la cara, agarró a Diego de la mandíbula y lo besó moviendo las caderas, apretando el trasero contra él de una manera que no dejaba lugar a dudas. Le pasó la lengua por la boca, se la mordió, y con la mano bajó por el frente del pantalón de Diego para agarrarle la polla por encima de la tela. Diego no perdió un segundo. Estiró el brazo y apretó el botón de stop. El ascensor se detuvo entre pisos con una sacudida seca.

—¿Qué haces? —protestó Reni, mientras los otros dos ya estaban devorándose sin importarles que estuviéramos ahí.

Le pasé el brazo por los hombros, casi por instinto.

—Tranquila, siempre lo hace —le dije al oído—. Hasta con la señora del quinto, dicen.

—Sí, hasta que un día el botón no responda y nos quedemos encerrados de verdad.

—Disfruta, hermana —soltó Carolina sin despegarse de Diego, con la mano metida ya por dentro del pantalón, sacándole la verga a la vista de todos y frotándosela sin ningún pudor—. No seas tan miedosa. Aprovecha y dile de una vez que te gusta.

—Cállate —murmuró Reni, agachando la mirada.

***

Juntó las manos y estiró los brazos hacia abajo, un gesto nervioso, y al hacerlo se le marcaron los pechos bajo la blusa del colegio. Diego me buscó con los ojos y me hizo una seña con la cabeza, como diciéndome que me lanzara. Yo dudé un segundo. Después le tomé la barbilla a Reni y la besé.

Al principio fue apenas un roce, un beso tímido, casi pidiendo permiso. Esperé a ver si se apartaba. No lo hizo. Al contrario, me rodeó la cintura con las manos y se apretó contra mí. Entonces la besé de verdad, despacio, separándole los labios con la lengua, saboreando lo que me ofrecía. Le acaricié la espalda y fui bajando las manos hasta el borde de la falda. Al lado, Carolina ya estaba de rodillas con la polla de Diego metida hasta el fondo de la garganta, chupándosela con ganas, dejando hilos de saliva que le caían por el mentón. No me di cuenta de en qué momento se desbloqueó el ascensor. Lo supe solo cuando las puertas se abrieron con un timbrazo.

Entramos al departamento abrazados por la cintura. Diego y Carolina ni nos miraron: se metieron directo a la habitación y cerraron la puerta. Se oyó de inmediato el crujido de la cama y a Carolina gimiendo sin vergüenza.

Reni y yo nos sentamos en el sillón de la sala. Ella se frotaba el brazo, mirándose las rodillas.

—Pensé que no te gustaba —dijo en voz baja.

—¿Cómo no me vas a gustar? Eres preciosa.

Le acaricié el brazo, ese brazo moreno y firme, y la atraje hacia mí. La volví a besar, esta vez sin paciencia, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio de abajo. Mi mano dejó el brazo, recorrió el muslo, subió por el costado y se cerró sobre uno de sus pechos. Se lo apreté por encima de la blusa, sintiendo el pezón endurecerse rápido contra la palma. Ella gimió, bajito, y dejó una mano en mi cuello y la otra en mi cintura. Nos fuimos recostando sobre el sillón sin dejar de besarnos.

La falda se le subió hasta la cadera. La piel de sus piernas brillaba con un tono que me volvía loco. Tenía el vientre plano y las piernas firmes, y eso hacía que los pechos se le vieran aún más llenos. Apreté mi cuerpo contra el suyo, justo entre sus piernas entreabiertas, restregándole el bulto duro que ya tenía en el pantalón contra el coño por encima de la ropa interior. Ella, al sentirme, las separó un poco más y empujó las caderas hacia arriba, buscándome. Le pasé la mano entre las piernas y noté la humedad ya calando la tela.

Metí la mano bajo su ropa interior y tiré del borde, pero la tela no cedía. Esperé. Reni levantó apenas la cadera, lo justo para que pudiera deslizarla. No hizo falta decir nada. Su mirada lo decía todo.

Me separé para quitarle la prenda del todo y la dejé caer a la alfombra. Ahí estaba, con las piernas abiertas y el coño a la vista, apenas cubierto por un vello oscuro y recortado, los labios brillantes de lo mojada que estaba. Le besé el interior de los muslos, uno y después el otro, sin dejar de acariciarle el pecho, subiendo con la boca cada vez más cerca de donde ella me quería. Ella se desabotonó la blusa con dedos torpes y dejó a la vista un sostén blanco con florecitas amarillas, tan coqueto e infantil que no pude evitar sonreír. Se lo subí por encima de las tetas y le vi los pezones marrones, duros como piedritas. Se los tomé con las dos manos, se los apreté y se los pellizqué mientras empezaba a besar más abajo, despacio.

Encogió las piernas, queriendo cerrarlas, pero yo ya estaba en medio. Un suspiro y un gemido leve se le escaparon cuando pasé la lengua a lo largo de su sexo, de abajo hacia arriba, lenta, saboreándola. Estaba empapada. Le separé los labios con los dedos y me concentré en el clítoris, que ya reclamaba atención, hinchado y salido. Se lo lamí en círculos, después de lado a lado, después lo chupé entero metiéndomelo entre los labios. Le metí un dedo en el coño y sentí cómo me apretaba, cómo la carne caliente se cerraba sobre mí. Metí un segundo dedo y empecé a moverlos adentro, curvándolos, mientras seguía chupándole el clítoris. Ella suspiraba, enredaba los dedos en mi pelo y movía las caderas siguiendo el ritmo de mi lengua, tirándome contra su coño, casi ahogándome ahí. Le brillaban los muslos con su propia humedad y con mi saliva. Estuve así un buen rato, comiéndola, sacando y metiendo los dedos, hasta que la sentí tensarse entera, arquear la espalda y gemir bajito, apretándome los muslos contra las orejas.

—Despacio —pidió de pronto, con la voz quebrada—. Solo lo he hecho una vez, hace mucho.

***

Me bajé el pantalón y me coloqué entre sus piernas. La tenía tiesa, palpitando, apuntándole directo al coño. Se la froté por encima, deslizando la punta por los labios mojados, mojándome yo mismo en su humedad antes de empujar. Cuando empecé a entrar, ella se quejó y elevó las piernas. Me detuve con apenas la cabeza dentro, sintiendo cómo su coño se resistía y a la vez se cerraba caliente alrededor. La miré: tenía los ojos vidriosos y las manos buscaron mi cabeza.

—Despacio —repitió.

La besé y fui entrando muy lentamente, milímetro a milímetro, dejándole tiempo de acomodarse a cada centímetro. Reni pujaba y me abrazaba con fuerza, hundiéndome las uñas en la espalda. La sentía tan estrecha que tuve que apretar los dientes para no correrme ahí mismo. Sin entrar del todo, empecé a moverme, entrando y saliendo con movimientos cortos, ganando terreno de a poco. Cada vez que retrocedía la sacaba brillante, y cada vez que empujaba ella soltaba un gemidito ronco. Sentía cómo me apretaba en cada vaivén, cómo el coño le succionaba la polla como si no quisiera soltarme, y eso me daba un placer que me costaba contener. Seguí así unos minutos, hasta que ella empezó a moverse también, a buscarme con la cadera, a llevar el ritmo conmigo, subiendo el culo del sillón para recibirme más adentro.

Le llegué al fondo. La escuché soltar un jadeo largo cuando se dio cuenta de que la tenía entera adentro. Me quedé quieto un segundo, sintiéndola latir alrededor de mi verga, y después empecé a moverme más firme, marcándole el ritmo. Le pasé los brazos por debajo de la espalda para sostenerla y empujé con las caderas, cada estocada haciéndole rebotar las tetas. Me miraba con los ojos perdidos, jadeando con la boca abierta, y de pronto cruzó las piernas detrás de mi cintura, gimió fuerte y me apretó con todo el cuerpo. Temblaba, sacudida por algo que parecía más grande que ella. El coño se le contrajo en espasmos alrededor de mi polla, ordeñándome, y por poco no me acabo ahí mismo. Me besó de una manera distinta, como si quisiera comerme la boca, con la lengua adentro, mordiéndome los labios, y yo aceleré, penetrándola más hondo, más fuerte, hasta que el sillón crujía debajo de nosotros. Ella abrió más las piernas, me clavó las manos en la espalda baja y repetía que sí, que siguiera, que no parara, que así, que la partiera.

—Ya casi —le avisé, con la voz entrecortada.

Salí a tiempo, me agarré la polla con la mano y terminé sobre su vientre en chorros gruesos y espesos que le mancharon el ombligo, la piel morena, la parte de abajo de las tetas. Ella estiró el brazo, me tomó y me acompañó hasta la última gota, apretándome con la mano, mirándome con una curiosidad que me desarmó. Después pasó un dedo por su propia piel, jugando con la corrida que se le había quedado pegada, como si estuviera descubriendo algo nuevo. Se lo llevó a la boca, dudó, y lo lamió con la punta de la lengua.

Me levanté a buscar papel. Cuando volví, la limpié con cuidado y nos sentamos de nuevo, todavía con la respiración agitada.

—Espero no haberte lastimado —le dije, acariciándole el muslo.

—Un poco, al principio nada más. —Bajó la voz y agregó—: Eres más grande que mi ex.

Lo dijo sin pensar, y después se tapó la boca, roja hasta las orejas. Me dio ternura. La volví a besar, despacio, mientras de la habitación de Diego llegaban risas y otros sonidos que solo nos encendían más: se oía claramente a Carolina gritando que se la metiera más fuerte, y el golpeteo rítmico de la cabecera contra la pared. Reni se rió bajito, con el pudor todavía en la cara, y jugaba con sus dedos, tímida. Me miró de reojo la entrepierna, donde la polla, todavía manchada de ella y de mí, empezaba a levantarse otra vez, poco a poco.

—Nunca lo he hecho —confesó cuando entendió hacia dónde la llevaba mi mirada.

—Siempre hay una primera vez. ¿O no quieres?

—No sé cómo.

—Con los labios y la lengua, como si fuera un dulce. Cuidado con los dientes.

Se arrodilló entre mis piernas, con las tetas todavía al aire y el sostén levantado en el pecho. Me tomó la polla con las dos manos, comparó el tamaño con sus dedos y se rió bajito, nerviosa. Besó la punta, dudó, y después pasó la lengua por todo el tronco, de la base hasta arriba, como si de verdad fuera un helado. La lamió por debajo, en la vena gruesa, y me chupó las bolas una por una, mirándome para ver si le hacía gestos de aprobación. Después abrió la boca y se metió la punta, chupó, sacó, la volvió a meter un poco más adentro. Se la fue tragando despacio, probando hasta dónde le entraba, mirándome de vez en cuando para saber si lo estaba haciendo bien. Cuando llegaba al fondo se atragantaba y la sacaba tosiendo, riéndose, con hilos de saliva colgando entre la boca y la punta de mi verga. Yo apoyé la cabeza en el respaldo y le acaricié el pelo, apartándoselo de la cara para verle mejor la boca trabajándome.

—Así, exacto —le dije—. No tengas prisa. Chúpame despacio.

Le tomé la cabeza con las dos manos y le marqué el ritmo, empujándole apenas para que fuera bajando más. Ella respondía cada vez mejor, ahuecando los cachetes, apretándome con los labios, ayudándose con la mano en la parte que no le entraba. Se le escapaba la saliva y le caía por el mentón hasta las tetas, y esa imagen —Reni de rodillas, con la falda enrollada y el sostén subido, comiéndome la polla con esa cara de nena que aprende— casi me hace acabar en su boca.

***

Cuando ya no aguantaba más, la atraje hacia mí.

—Ven, súbete.

Se acomodó encima, a horcajadas, con la falda enrollada en la cintura. Se quitó el sostén y la blusa del todo y las tiró a un lado. Le vi las tetas enteras, redondas, pesadas, moviéndose con su respiración. Se agarró la polla con una mano, se la puso en la entrada del coño, la frotó un poco entre los labios mojados, y se dejó caer lentamente hasta tenerme dentro por completo. Soltó un gemido largo cuando le llegué al fondo por ese ángulo nuevo. Suspiraba, se mordía el labio, bajaba un poco y subía, acostumbrándose. Yo le tomé los pechos y los besé, le chupé los pezones uno tras otro, se los mordí con cuidado mientras ella encontraba su propio ritmo, un sube y baja lento que se volvía más firme con cada vuelta. La agarré del culo con las dos manos, se lo apreté, se lo abrí, y la ayudé a moverse más rápido, empujándola arriba y abajo sobre mí.

En eso, Diego y Carolina salieron de la habitación rumbo al baño, los dos desnudos, ella con el pelo revuelto y las tetas al aire, él con la polla todavía medio dura balanceándose. Diego nos vio, levantó el pulgar y me sonrió con complicidad. Carolina cuchicheó algo al oído de su novio, se rió y le tiró un beso a Reni antes de meterse a la ducha. A nosotros nos dio igual. Reni se apoyó en mis hombros y se entregó por completo, sudorosa, jadeando, sin dejar de cabalgarme. Cada vez bajaba más fuerte, empalándose ella misma, buscándose el placer, dando saltos que le hacían rebotar las tetas contra mi cara. Yo se las agarraba, se las apretaba, le pellizcaba los pezones, le mordía el cuello. En un momento se abrazó a mí con todo mi cuerpo dentro del suyo y se quedó quieta, temblando, con el coño palpitándome alrededor, dejándose llevar por un nuevo orgasmo largo que le sacudió las piernas.

La besé en los labios y después en el cuello. La rodeé con los brazos y, sin salir de ella, la giré para recostarla de nuevo sobre el sillón, quedando yo encima. Le tomé una pierna, se la subí al hombro, y empecé de nuevo, esta vez más profundo. Intensifiqué el ritmo, hundiéndome con fuerza, sacándola casi entera y volviendo a meterla del todo en una sola estocada. El chapoteo húmedo se oía por toda la sala, mezclado con sus gemidos y con el ruido del agua del baño. Ella me enlazó las piernas en la cintura y me clavó los talones en el culo, empujándome más adentro. Le acaricié el clítoris con el pulgar mientras la seguía cogiendo y la sentí retorcerse otra vez, cerca de un tercer orgasmo. Cuando le avisé que ya no podía más, no me dejó salir.

—Quédate —pidió, agarrándome del culo con las dos manos, apretándome contra ella—. Adentro. Acábate adentro.

Le di una última embestida, dos, tres, hundiéndome hasta el fondo, y terminé dentro con espasmos largos, sintiendo cómo cada chorro la llenaba, con ella besándome la cara y apretándome contra su pecho. La polla me palpitaba dentro de su coño mientras me vaciaba, y ella movía las caderas despacio, ordeñándome hasta la última gota. Me quedé ahí hasta que todo se calmó, todavía dentro de ella, acariciándole los pechos, escuchando su respiración volver a la normalidad. Cuando por fin salí, la corrida se le escapó del coño y le corrió por el muslo hasta el sillón. Ella miró para abajo y se sonrojó otra vez.

Nos vestimos despacio. Cuando Carolina salió del baño, lista para irse, Reni dijo que mejor se bañaba en su propio departamento. Carolina me sonrió sin decir nada, mirándome con una mezcla de picardía y aprobación, y se fue con su hermana. Diego y yo nos quedamos unos minutos más en la sala, comentando la tarde a media voz, como dos cómplices que comparten un secreto que no le contarían a nadie.

Recogí mi portafolio y me fui a casa. Esa noche no estudié nada. No podía sacarme de la cabeza el ascensor detenido entre dos pisos, el momento exacto en que Diego apretó aquel botón y, sin saberlo, lo cambió todo.

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Comentarios(8)

Fercho_BA

Que relato mas caliente, me tuvo enganchado de principio a fin. Sigan subiendo cosas asi!

NachoBaires_99

La tension del ascensor descrita a la perfeccion. Una situacion de esas que uno no olvida facil.

LeticiaNoche

jajaja pobrecita ella sin saber que hacer con las manos, eso es tan real. Me imagino perfectamente esa escena

MatiasCorr

Excelente! Hay segunda parte?

Valen_Rosario

Muy bien narrado, se siente como si uno estuviera ahi. Ojala hagas mas relatos de este estilo, las confesiones de verdad dan otro sabor al asunto.

PatoCba

tremendo el arranque, me dejo con ganas de leer mas

SoledadVR

Que situacion mas incomoda y caliente al mismo tiempo jajaja. Me paso algo similar en un ascensor hace tiempo y juro que pense en esto mientras leia.

ClaraLpm

La descripcion inicial es perfecta, uno se mete de lleno sin darse cuenta. Buen trabajo!

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