La tarde que por fin nos quedamos solos en su casa
Salí con Mariana durante casi seis meses sorteando siempre el mismo problema: nunca teníamos un lugar para estar solos. En su casa estaba su madre, en la mía mis hermanos, y cada encuentro se reducía a besos apurados en algún rincón donde nadie nos viera. Esa frustración constante terminó volviéndonos expertos en aprovechar cualquier descuido.
Una tarde la esperé a la salida de la facultad y la acompañé hasta su casa. Su madre nos recibió en la puerta con la canasta de ropa recién lavada entre las manos y, antes de que dijera nada, Mariana se ofreció a tenderla.
—Yo la subo, mamá, no te preocupes —dijo, y me arrastró escaleras arriba hacia la azotea.
Allí, entre los tanques de agua y las sábanas que el viento hacía ondear, dejamos de fingir. Empezamos colgando ropa entre risas, pero las manos se nos fueron solas. La acorralé contra el muro tibio del depósito y la besé con seis meses de hambre acumulada. Ella se pegó a mí, su pecho contra el mío, y bajé las manos por su espalda hasta sus nalgas. Tenía la respiración entrecortada y los ojos brillantes de esa urgencia que conocíamos los dos.
No teníamos tiempo y ambos lo sabíamos. La hice inclinarse, apoyando las manos en el borde del tanque, y le bajé la ropa interior hasta las rodillas. Me arrodillé detrás de ella y la lamí despacio, sintiéndola estremecerse y abrir un poco más las piernas. Cuando ya no aguantaba, me incorporé, me liberé del pantalón y la penetré de una sola embestida. Ella ahogó un gemido contra su propio brazo.
La sostuve por la cintura y empecé a moverme con fuerza, entrando entero en cada empujón. El único sonido era nuestra respiración y el choque de mi cuerpo contra el suyo, apenas cubierto por el zumbido del agua en las cañerías. Bajaba el ritmo a veces, solo para mirarla, para alargar lo que llevábamos tanto esperando. Humedecí un dedo y acaricié su otra entrada con movimientos lentos mientras seguía empujando. Ella se tensó, su mano apretó mi antebrazo, y llegó con un temblor que la recorrió de arriba abajo, mordiéndose los labios para no gritar.
Ese espasmo me arrastró a mí también. Empujé hasta el fondo y me derramé dentro de ella, sostenido por sus caderas, hasta que me quedé quieto recuperando el aliento sobre su espalda. Nos vestimos a las apuradas, riéndonos por lo bajo, y bajamos como si nada. Dejé la canasta vacía en el lavadero mientras ella corría al baño.
***
Su madre nos sirvió de comer y preguntó por ella. Le dije que se estaba lavando las manos. Mariana bajó a los pocos minutos con la cara fresca y una sonrisa que solo yo sabía leer. Comimos los tres charlando de cualquier cosa, ella frente a mí, rozándome el pie por debajo de la mesa con una calma que me parecía imposible después de lo que acababa de pasar.
Cuando terminamos, hice ademán de despedirme.
—¿Ya te vas? —preguntó.
—Sí, tengo que terminar un trabajo y pasar a comprar unos materiales.
—Quédate y me ayudás con los ejercicios que no entiendo —insistió—. Vamos al estudio.
Su madre apoyó la mano en mi brazo.
—Sí, quedate y ayudala, que va atrasada. Yo voy un rato a lo de la modista y de ahí al mercado con Rosa.
Accedí, y nos instalamos en el estudio con los cuadernos abiertos. No habían pasado diez minutos cuando oímos la puerta de calle cerrarse. Nos miramos. Mariana me tomó de la mano sin decir nada y subimos a su habitación. Cerró la puerta con llave.
—Tenemos tiempo —murmuró, rodeándome el cuello con los brazos—. Cuando va a la modista tarda siglos.
Esta vez no había prisa, y eso lo cambiaba todo. La besé despacio, recorriendo su cuello mientras le desabotonaba la blusa y se la deslizaba por los hombros. Ella me bajó el pantalón con dedos torpes de ansiedad y me acarició por encima de la ropa interior. Le desabroché el sostén y me detuve en sus pechos, pasando la lengua alrededor de sus pezones hasta sentirlos endurecerse contra mi boca.
Se puso en cuclillas y me besó por encima de la tela, lamiéndome despacio en ese punto que ella sabía que me volvía loco. Cuando me bajó la última prenda y me quité la camisa, quedé desnudo frente a ella. La levanté con cuidado y seguí acariciándola, recorriendo su espalda hasta sus nalgas. Mi sexo quedó atrapado entre sus muslos y empezamos a frotarnos como si la estuviera penetrando, la tela de su ropa interior empapándose con cada movimiento.
Su cadera iba cada vez más rápido, nuestras respiraciones se mezclaban, hasta que me apretó con las piernas y me mordió el labio al llegar otra vez, con todo el cuerpo vibrando contra el mío. La sostuve quieto un instante, conteniéndome a propósito para no terminar antes de tiempo.
La recosté en la cama y le separé las piernas. La humedad había traspasado la última prenda, que se le adhería al cuerpo. Se la quité despacio y empecé a besarla desde los tobillos, subiendo por el interior de sus muslos. Ella suspiraba, levantando las caderas, buscando mi boca. Cuando por fin la lamí, soltó un gemido largo y enredó los dedos en mi pelo.
—Así, justo así —jadeaba—. Qué rico.
La llevé al borde y la dejé ahí, suspendida, antes de subir y entrar en ella de un solo movimiento, hasta el fondo. Levantó los brazos y me abrazó, uniendo su boca a la mía mientras nos movíamos juntos. Empecé despacio, dejándola sentir cada centímetro, deslizándome con facilidad por lo mojada que estaba. Cambiamos de posición después de su segundo orgasmo: la puse de lado y la penetré así, besando su hombro, acariciando un pecho, mientras con la otra mano jugaba en su otra entrada.
Ella se tensó y se relajó al mismo tiempo, perdida entre el roce constante y la novedad de mi dedo. Gimió contra la almohada, clavándome las uñas en el brazo, y llegó una vez más con un grito ahogado que terminó de encenderme.
—¿Te gusta? —le pregunté al oído, sin dejar de moverme.
—Se siente raro y rico a la vez —contestó, riéndose entre jadeos.
La puse boca abajo, en cuatro, y le pregunté si quería que probáramos algo más. Negó con la cabeza, todavía agitada.
—Otro día. Mamá no debe tardar.
No insistí. La penetré de nuevo, esta vez mirando cómo entraba y salía, y eso fue suficiente para terminar. Empujé hasta el fondo y me derramé dentro de ella, recostándome sobre su espalda, acariciándole los pechos hasta quedarme quieto.
—Te corriste adentro —dijo, un poco alarmada, girando la cabeza.
—No pude contenerme —admití, besándole el hombro.
Nos quedamos abrazados de costado, recuperando el aire. Le pregunté cuándo había sido su último período; me dijo que hacía una semana, diez días a lo sumo. La tranquilicé. Nos levantamos, nos lavamos rápido, y antes de bajar guardé en el bolsillo la prenda que había quedado en el suelo. Ella se sonrojó y me dijo que esa solo la usaba los fines de semana. Volvimos al estudio justo cuando su madre llegaba con las bolsas.
***
Esa noche apenas dormí pensando en lo que ella me había prometido «otro día». Durante la semana no nos vimos por los exámenes, pero el jueves la llamé.
—Hola, preciosa, ¿cómo estás?
—Bien, ¿y vos?
—Más tranquilo, ya pasaron los parciales. ¿Te paso a buscar mañana a la salida?
—Si querés…
—¿Pensaste en lo que hablamos?
—Mmm, me gustaría intentarlo, pero me da un poco de miedo —confesó—. Y mañana mi mamá está toda la tarde en casa, vienen mis tías.
—No tengas miedo, voy a ir despacio. Conseguí un departamento prestado, vamos a estar tranquilos.
—¿De quién es?
—Del hermano de Diego, ¿te acordás de él? Te lo presenté en el partido. Está solo, así que tenemos el lugar para nosotros. Y si no estás lista, no pasa nada. No hacemos nada que no quieras.
—Bueno. Voy, pero todavía no estoy segura.
Al día siguiente me salté la última clase, pasé a comprar algo para tomar y la esperé a la salida. Salió con dos amigas, que se despidieron entre risas.
—Portate bien, después me contás —le gritó una.
—¿Qué le dijiste a Sofía? —pregunté, abrazándola.
—Nada, cosas nuestras —respondió, misteriosa.
Fuimos al departamento casi en silencio, abrazados, con esa mezcla de emoción y nervios que no necesitaba palabras. Era un primer piso con balcón, sencillo, con una habitación abierta y otra cerrada con llave. Mariana desapareció un momento en el baño y volvió con el pelo suelto y una falda corta que la hacía ver despampanante. Solo de verla me encendí.
—Estás hermosa —le dije, acercándome a su cuello.
Encogió los hombros al sentir mis labios y la llevé a la habitación. Ahí seguí besándola y desnudándola sin prisa, descubriendo cada parte de su cuerpo con calma. Por una vez teníamos toda la tarde: nuestros padres creían que estábamos en el cine con compañeros. El nerviosismo convivía con una rara sensación de libertad.
Le quité la última prenda y me arrodillé entre sus piernas para lamerla mientras ella, recostada al revés sobre mí, me tomaba en su boca. Estuvimos así, dándonos placer mutuamente, hasta que me apretó la cabeza con los muslos y llegó con un gemido largo, sin soltarme, chupando con más ganas todavía. Quise apartarme cuando sentí que no aguantaba más, pero ella me sostuvo y siguió hasta el final.
—Me dejaste seco —le dije, riéndome, acariciándole el muslo—. ¿De dónde sacaste eso?
—Lo vi en una película —contestó, divertida.
Nos quedamos un rato acariciándonos hasta que volví a estar listo. Empecé a jugar despacio con su otra entrada, primero con un dedo, después con dos, mojándolos bien, dándole tiempo a relajarse. Ella cerraba los ojos y gemía por lo bajo. La hice ponerse en cuatro, con la cabeza apoyada en la cama, y seguí preparándola con paciencia mientras la penetraba por delante para mantenerla excitada.
—¿Estás lista? —le pregunté, besándole la espalda.
—Despacio, por favor —pidió entre suspiros—. Tengo miedo de que no quepa.
—Tranquila, aflojate. Si te duele, paramos.
Apoyé la punta y empujé con cuidado, apenas unos centímetros. Me quedé quieto, acariciándole las nalgas, frotándole el clítoris con los dedos. Soltó un grito breve, entre la sorpresa y la molestia, que se diluyó enseguida en placer. Avancé de a poco, entrando un poco más en cada movimiento, esperando a que su cuerpo se acostumbrara, hasta que quedamos completamente unidos.
Sus murmullos de incomodidad se transformaron de a poco en jadeos. Empezó a moverse ella también, acoplándose a mi ritmo, y entonces todo cambió: lo que había empezado con cautela se volvió un vaivén que disfrutábamos los dos. Seguí acariciándola por delante hasta que sus piernas temblaron y llegó con un grito que no intentó contener.
Le separé las nalgas con las manos y aceleré, dándole con más fuerza, hasta que me derramé dentro de ella con un último empujón profundo. Caímos rendidos sobre la cama, agotados, mientras nuestras respiraciones volvían a la normalidad.
Después nos metimos juntos en la ducha y, entre el agua y el jabón, volvimos a encendernos. Esa tarde lo hicimos un par de veces más, festejando lo que tanto habíamos esperado y lo bien que habíamos hecho las cosas. Seis meses de besos robados habían valido cada minuto de aquella espera.