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Relatos Ardientes

Confesé lo que pasó con la novia de mi hermano

Voy a contar algo de mi hermano menor, y no lo hago para juzgarlo, porque la verdad es que yo soy tan puta como él. Crecimos en una casa donde el sexo nunca fue un tema prohibido, y supongo que por eso los dos terminamos siendo como somos. Le llevo dos años, así que de chica me tocó verlo convertirse en hombre, y de grande me tocó escuchar cosas que ningún hermano debería contarle a su hermana.

La vida sexual de Lucas siempre fue intensa. Desde que entró a la universidad no paró nunca. Su primera novia seria, a la que voy a llamar Vale, prácticamente vivía en su pieza. Yo llegaba del instituto y los escuchaba a través de la pared, sin el menor disimulo, como si la casa fuera de ellos. Al principio me daba algo de pudor; después dejó de importarme. Una se acostumbra, e incluso, lo confieso, una termina prestando atención. Los gemidos de Vale se me quedaban pegados: ese "más fuerte, más fuerte" que soltaba cuando él la estaba cogiendo bien, el ruido húmedo de las pieles chocando, y de vez en cuando un "así, así, méteme toda la polla" que me hacía apretar los muslos en mi cama. Muchas noches terminé con la mano metida entre las piernas, mordiéndome los labios, corriéndome al ritmo que marcaba mi hermano contra su novia.

Su verdadera iniciación, sin embargo, no fue con Vale. Fue con la hija de la mujer que en esa época salía con nuestro padre. La llamaré Ana. Una noche se quedó a dormir en casa, papá lo arregló todo con su madre, y yo justo me había ido a vivir con mi primer novio, a una semana de cumplir los dieciocho. Esa madrugada Lucas dejó de ser virgen con ella. Me lo contó tiempo después, con ese orgullo de cachorro que nunca se le fue, y con lujo de detalles: cómo ella se le sentó encima, le agarró la verga con las dos manos, se la escupió despacio y se la fue metiendo de a poco en el coño hasta que él sintió que se moría; cómo lo cabalgó boca abajo, apoyando las tetas en su pecho, susurrándole que se corriera dentro; y cómo se corrió, la primera vez de su vida dentro de una mujer, sintiendo el chorro subirle desde los huevos hasta la punta y descargarse en el coño caliente de Ana mientras ella se reía con la boca pegada a su cuello.

***

El detalle que cambió todo en mi cabeza lo descubrí casi por accidente. Un día, ordenando el baño, encontré un par de mis bragas usadas donde no debían estar, fuera del canasto, escondidas detrás de una toalla. Tardé en entenderlo y, cuando lo entendí, no supe si reírme o taparme la cara. A mi hermano le gustaba olerlas. No las mías por algo especial, simplemente las que tuviera a mano. Estaban tiesas, con la marca clara de dónde él se había corrido encima, y el elástico todavía olía a saliva.

Con los años ese gusto se volvió un ritual completo. Su novia de aquella época, Romina, lejos de espantarse, le siguió el juego como nadie. Le conseguía prendas ajenas, tangas que sacaba de la ropa de otras mujeres, a veces de sus propias primas, de alguna tía, de cuñadas. No se conformaba con dárselas: se las acercaba ella misma a la nariz mientras estaban en la cama, alimentando esa obsesión con una paciencia que a mí, cuando me enteré, me dejó sin aire.

Y me enteré porque él me lo contó. Una noche llegó a casa medio borracho y bastante triste, después de una fiesta. Se sentó en el borde de mi cama a desahogarse, dijo que con Romina las cosas estaban raras y que no sabía si seguir. Yo, práctica como siempre, le resté importancia: que era joven, que era guapo, que mujeres le iban a sobrar. Pero él negó con la cabeza y soltó la verdad.

—No es tan fácil dejarla —dijo, mirándose las manos—. Me hace sentir cosas que nadie me hizo sentir.

Ahí decidí escuchar de verdad. Para que siguiera abriéndose tuve que abrirme yo también, y le conté de mis propias experiencias, de las noches con mi amiga Belén, de cómo nos comíamos el coño una a la otra hasta el amanecer, de cómo Belén me metía tres dedos y me la chupaba al mismo tiempo hasta hacerme gritar. Funcionó. Lucas bajó la guardia y empezó a contarme la intimidad que tenía con Romina, mi cuñada, esa mujer que desde el primer día me había despertado una curiosidad que no terminaba de admitir.

***

Lo que me describió era un juego retorcido y, lo confieso, brillante. En medio del sexo, con la verga hasta el fondo del coño de Romina, ella sacaba de algún escondite cercano una prenda íntima de otra persona. La iba acercando despacio a su cara, y solo con verla aparecer él ya perdía la cabeza. Se la pasaban entre los dos, la olían, la besaban con la prenda de por medio, las lenguas encontrándose a través de la tela empapada del olor de otra mujer. Él la seguía cogiendo mientras tanto, en cuatro, agarrándola del pelo, hundiéndosela hasta los huevos con cada embestida.

Lo que lo terminaba de enloquecer venía al final. Justo antes de que él acabara, Romina le susurraba al oído de quién era esa prenda. Y casi siempre era de alguien de la familia, cercano, alguien que él conocía y veía en los almuerzos del domingo. Ese instante, el de saberlo, era el que lo hacía explotar. Me contó cómo la sacaba del coño en el último segundo, cómo Romina se daba vuelta y abría la boca, y cómo él le vaciaba semen en la lengua mientras ella se restregaba las tetas con la tanga de la prima o de la tía. Me lo contó con un detalle que no necesitaba darme, y yo lo escuché con la respiración cada vez más corta, apretando las piernas debajo del acolchado.

—Y a veces —agregó, casi en voz baja— me la enrollaba en la verga y me la corría con eso puesto. Me la envolvía como un guante, me la meneaba ella con la tela, y yo terminaba llenándola de leche mientras ella me decía en el oído "esta es de tu prima, mírala bien".

No estaba preparada para esa frase. Me puse caliente de una manera que me dio vergüenza, sentí el coño mojarme la ropa interior de golpe. No deberías estar sintiendo esto, no con él, no por esto. Pero lo sentía igual, y sentía algo más: la certeza de que en alguna de esas fantasías estaba yo, que en algún cajón mis propias bragas habían pasado por su nariz y por su verga, y que Romina era bisexual, lo había intuido desde siempre.

***

Pasaron los años. Volvieron, se separaron, volvieron a estar juntos, hasta que se acabó de golpe. Romina lo encontró con otra dentro de la misma casa que compartían. Una infidelidad estúpida, descarada, en su propia cama. Y fue justo en ese tiempo, con la relación agonizando, cuando se dio lo que nunca le conté a nadie.

Lucas estaba de viaje, lejos, en el sur. Romina apareció por casa una tarde, deshecha, presintiendo lo que ya sabía. La vi tan rota que no quise dejarla sola. Cocinamos algo, pusimos una serie y le propuse que la termináramos en mi pieza, más cómodas, lejos del living. Yo me decía que era por consolarla. La verdad es que llevaba años imaginando exactamente esa situación, imaginándome el coño de mi cuñada, imaginándome cómo sabría la boca de esa mujer a la que mi hermano se cogía todas las noches.

Nos acostamos una al lado de la otra, vestidas, mirando la pantalla. En algún momento sentí su brazo cruzarse despacio sobre mi vientre, tímido, como tanteando. No lo quité. Avanzó la noche, cayó la madrugada, y serían las tres cuando me di cuenta de que se había quedado dormida pegada a mí, su mano todavía sobre mi estómago.

Apagué la televisión y dejé encendida solo la lamparita de la esquina. Iba a dormirme cuando su mano se movió, apenas, pero con intención. Bajó dos dedos hasta el elástico de mi pantalón y se quedó ahí, esperando. Supe de inmediato lo que buscaba. Me giré hacia ella, la abracé, acomodé mi cara a un palmo de la suya.

—Eres muy bonita —le dije.

—Gracias, Caro —respondió.

Y no dijo nada más. Buscó mi boca y me besó con una urgencia que no esperaba, un beso largo, húmedo, de los que borran cualquier excusa. Sentí su lengua abrirse paso, su mano subir desde mi vientre hasta mi nuca, y cualquier idea de detenerme se deshizo ahí mismo.

***

Empezamos despacio, besándonos el cuello, detrás de la oreja, en esa zona donde el perfume se mezcla con el olor real de la piel. Y Romina olía a mujer encendida, a coño mojado debajo de la ropa, a algo que estaba más allá de cualquier fragancia, un olor cálido que se me metió en la cabeza y me prendió entera. Pasamos así un buen rato, sin apuro, hasta que no aguanté la curiosidad y rompí el silencio.

—¿Qué te gusta de mi hermano? —pregunté contra su boca.

—Que la tiene grande —contestó con la voz quebrada por la respiración—. Y que no se cansa. Me la mete durante horas y no se corre hasta que yo se lo pido.

Me reí bajito y la besé de nuevo, y pensar en él, en la verga de mi hermano entrando y saliendo del coño de la mujer que estaba en mi cama, en cuántas veces los había escuchado desde el otro lado de la pared, me caldeó de una manera difícil de explicar. Le saqué la camiseta de un tirón. Tenía los pechos medianos, redondos, con unos pezones rosados y unas aureolas claras dibujadas con una precisión que me dieron ganas de morder. Y los mordí, despacio primero y después con ganas, los chupé enteros, se los llené de saliva mientras ella me agarraba la cabeza y me pedía más, apretándome la cara contra sus tetas.

Nos desnudamos sin prisa y sin pudor. Ella más llena que yo, con curvas suaves, un culo redondo y una mata de vello oscuro y recortado sobre el coño; yo más delgada, más firme, con los pezones duros de tanto rato calientes. Nos tocamos primero con las manos, reconociéndonos, y hablamos poquísimo porque las dos sabíamos para qué estábamos ahí. Mis dedos bajaron por su vientre hasta el vello, y me metí despacio entre los labios y encontré su sexo empapado, chorreando; ella hizo lo mismo, me abrió las piernas y me hundió dos dedos en el coño de una sola vez, y me arrancó un gemido que quedó atrapado en su boca.

Nos masturbamos al mismo tiempo, frente con frente, mirándonos hacer. Yo le clavaba tres dedos hasta los nudillos y con el pulgar le apretaba el clítoris hinchado; ella me hacía lo mismo, con esa maña que se aprende cuando una sabe dónde ir. Se le escapó un "así, puta, así" que era exactamente lo que le habría dicho a mi hermano, y a mí me hizo cerrar los ojos y morderle el hombro. Le sentí el coño apretarse alrededor de mis dedos, el jugo bajarle por la mano, y cuando gimió largo supe que ya se había corrido una vez.

Después se dio vuelta y nos acomodamos una sobre la otra, en sesenta y nueve, su boca en mi entrepierna y la mía en la suya. Le abrí los labios con los pulgares y le vi el coño rosado, brillante, abierto, y me lancé sin pensar. Le lamí de abajo hacia arriba, despacio, saboreando ese sabor a mujer que llevaba años queriendo probar. Le chupé el clítoris entre los labios, se lo tironeé suave con los dientes, le metí la lengua adentro todo lo que pude. Ella hacía lo mismo conmigo, con una lengua caliente, precisa, que sabía dónde presionar; me la metía y me la sacaba, me pasaba la punta por el clítoris con una lentitud calculada, hasta que yo no aguantaba más y le pedía que no parara.

Mientras la lamía no podía dejar de pensar que ese era el mismo coño que mi hermano se comía, los mismos labios que se abrían para su verga, las mismas piernas que tantas noches escuché abrirse al otro lado del muro. Imaginármelo a él en mi lugar, hundido en la cara de ella, chupándole el mismo clítoris que yo tenía ahora en la boca, me arrastró de golpe. Sentí cómo ella respondía, cómo me clavaba dos dedos en el coño mientras me chupaba el clítoris con fuerza, y me corrí en su boca con un espasmo largo, apretándole la cabeza con los muslos, mientras le bebía todo lo que le salía del coño sin poder respirar.

Ella se corrió un minuto después, arqueada, ahogando el grito contra mi muslo, empapándome la cara. La sentí temblar entera, sacudirse, y no la solté hasta que dejó de moverse. Nos quedamos así un rato, jadeando, con el olor a las dos metido en la nariz. Terminamos abrazadas, sudadas, sin decir una palabra, y nos dormimos así, enredadas, como si nada de eso tuviera que explicarse.

***

Lucas nunca se enteró. Solo lo sabría si llegara a leer esto algún día. Un par de meses más tarde la relación con Romina se terminó del todo, y con ella se cayeron, una a una, todas las fantasías que yo había construido en mi cabeza. Había llegado a imaginar formas de terminar los tres en la misma cama, él cogiéndonos por turnos, ella y yo compartiéndole la verga en la boca, y de pronto ya no había ella.

Pero quedó él. Y quedaron mis sospechas. Ahora, más grande, atando cabos de aquella temporada que pasó en el sur después de la ruptura, estoy casi segura de que mi hermano se acostó con una tía nuestra, una solterona que vive allá y que siempre tuvo fama de andar más caliente que nadie. Pasó semanas en su casa, los dos solos, y conozco demasiado bien a Lucas como para creer que no le metió la polla hasta el fondo cada noche.

Mi próximo objetivo es sacarle esa confesión. Quiero que me lo diga con todos los detalles, como siempre hace. Y si resulta cierto, si de verdad se cogió a nuestra tía, ya tomé una decisión: la próxima en pasar por la cama de mi hermano, con su verga adentro, voy a ser yo.

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Comentarios(8)

Rodrigo_22

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Esperando_mas27

Por favor seguí escribiendo, quede con muchísimas ganas de saber si el hermano se enteró alguna vez...

Nocturnero_BA

Me encanto como lo contaste, se siente que pasó de verdad. Ese tipo de confesiones son las que mas enganchan.

CuriosaMax

¿Y nunca tuviste miedo de que se enterara? jajaja eso quiero saber

lucasrv88

Me hizo acordar de una situacion parecida que tuve hace años... estas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree

KarinaMgz

tremendo!!! no pude parar de leer

SorpresaTotal22

jajaja el titulo ya lo dice todo, tremenda confesion

Valeria_Salta

que bueno, seguí así! esperando el proximo

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