Lo que escuché a través de la pared de mi compañera
Compartía un piso antiguo pero enorme en pleno centro con otros tres estudiantes. Estaba Bruno, que cursaba Ingeniería y vivía pegado a sus auriculares; estaba Carla, callada y ordenada hasta la obsesión; y estaba Noelia, que estudiaba tercero de Psicología y que, sin proponérselo, terminó ocupando casi todos mis pensamientos durante aquel semestre.
Eran semanas de exámenes finales y el ambiente en casa parecía el de una pensión abandonada. Salíamos al amanecer hacia la biblioteca y volvíamos de noche, vacíos, arrastrando los pies hasta la cama. Apenas coincidíamos: un «buenas» en el pasillo, alguna nota pegada en la nevera sobre quién había gastado el último café. Con Noelia el cruce siempre se me hacía más largo de lo que duraba en realidad.
Tenía el pelo castaño y largo, que llevaba suelto casi siempre, y unos ojos verdes que parecían reírse de algo que solo ella entendía. Cuando me hablaba, yo me volvía torpe sin razón: se me caían las palabras, fingía buscar algo en la alacena para no quedarme mirándola. Me gustaba de esa forma incómoda en la que te gusta alguien con quien compartes baño y horario de desayuno.
Una noche de jueves intenté estudiar en mi cuarto, pero el cansancio pudo más. Apagué la lámpara y me metí en la cama solo con los calzoncillos. El piso estaba en un silencio total, denso, de esos que zumban en los oídos. Y entonces lo oí.
Al principio creí que me lo estaba imaginando. Un suspiro suave, casi nada, venía desde la pared que separaba mi habitación de la suya. Después llegó otro, más largo, seguido de un gemido bajo, contenido, como si ella se mordiera el labio para no hacer ruido. El ritmo era lento al comienzo: respiraciones hondas, pequeños jadeos que se iban espaciando y volviendo a juntar.
Me quedé inmóvil, con el corazón golpeándome las costillas. No había forma de confundirlo. Noelia se estaba tocando. Sola, en su cama, a unos centímetros de mí, separados apenas por un tabique fino que de pronto me pareció lo más delgado del mundo.
Intenté no escuchar. De verdad lo intenté. Me tapé media cabeza con la almohada, conté hacia atrás desde cien, recité de memoria un tema de examen que llevaba toda la semana sin entender. Nada funcionó. Cada vez que creía haberme calmado, llegaba otro suspiro, una palabra a medias que no alcanzaba a entender, y volvía a quedarme suspendido, atento al más mínimo sonido, como si mi cuarto entero se hubiera convertido en una oreja apoyada contra la pared.
No dije nada. No me moví. Solo escuché, conteniendo el aire, hasta que los jadeos se hicieron más rápidos, hasta un «ah» ahogado que se cortó en seco. Luego, otra vez el silencio. Me quedé despierto durante horas, con una erección que dolía y que no me atreví a tocar, como si hacerlo fuera traicionarla de alguna manera estúpida.
***
Desde aquella noche, algo se torció dentro de mí. Cuando volvíamos a cruzarnos en el pasillo o en la cocina, ya no podía mirarla igual. Me fijaba en cómo se recogía un mechón detrás de la oreja, en cómo se le humedecían los labios al beber agua, en la forma en que la camiseta holgada le marcaba el pecho cuando se estiraba medio dormida por la mañana.
Cada gesto suyo, los más cotidianos, se cargaron de un erotismo que me quemaba por dentro. El balanceo de sus caderas al caminar descalza, el roce de sus muslos cuando se sentaba en el sofá común con las piernas dobladas. Todo me devolvía al recuerdo de aquellos gemidos. Me bastaba con verla para excitarme, y entonces tenía que apartar la vista, decir cualquier tontería y escapar a mi cuarto con una mezcla agria de deseo y vergüenza.
Los días pasaron y la obsesión, en lugar de aflojar, creció. Una semana después, volvió a ocurrir. Los mismos suspiros atravesando la pared, el mismo ritual nocturno que ella creía secreto. Esa vez no me contuve. Me bajé la ropa y empecé a tocarme al compás de sus jadeos, imaginando lo que pasaba al otro lado: sus dedos, su cuerpo arqueándose contra las sábanas, la boca entreabierta.
Sus gemidos se aceleraron y yo con ellos, sincronizado a una mujer que no sabía que la acompañaba. Terminé mordiendo la almohada para no hacer ruido. Después llegó la culpa, puntual como siempre, pero el deseo era más fuerte que cualquier remordimiento. La quería con una intensidad que me consumía, y al mismo tiempo me daba pánico que se me notara.
Porque Noelia era amable, sí, pero distante. Nuestras conversaciones no pasaban de lo trivial: el wifi que fallaba, el turno de la basura, qué tal el examen de estadística. Yo me sentía un impostor, un tipo que sonreía en el desayuno mientras por la noche fantaseaba con ella de un modo que jamás me habría atrevido a confesar.
Llegué a planear conversaciones enteras de camino a la biblioteca. Le diría algo ingenioso, la invitaría a un café fuera de casa, dejaría caer un comentario que rompiera por fin esa cortesía de inquilinos. Pero cada vez que la tenía delante, con su taza entre las manos y esos ojos verdes mirándome sin malicia aparente, me acobardaba. Volvía a mi cuarto convencido de que lo mío era patético, una obsesión silenciosa que ella nunca llegaría a sospechar.
***
Un sábado por la mañana junté mi ropa sucia para poner una lavadora. El cuarto donde estaba la máquina era pequeño y mal iluminado, un trastero reconvertido al fondo del pasillo. La lavadora ya giraba con la colada de alguien más, y al lado, en el suelo, había un cesto a medio vaciar.
Junto al cesto, caídas sobre las baldosas como si se hubieran resbalado al sacarlas, había unas braguitas blancas de algodón con un pequeño lazo rosa. Estaban ahí, a la vista, abandonadas con prisa. Miré por encima del hombro: no había nadie. El piso seguía en silencio. Sabía de quién eran. Conocía su ropa de tanto verla tendida, y aquella prenda era inconfundiblemente de Noelia.
El pulso se me disparó. Sé que tendría que haberlas dejado donde estaban, haber metido mi ropa y haberme ido. En cambio me agaché y las recogí con las manos temblando. No sé qué esperaba encontrar, pero al acercarlas un poco percibí su olor, ese aroma íntimo y tibio que no se parece a ningún otro.
Sin pensarlo demasiado, me las guardé en el bolsillo del pantalón y subí a mi habitación con el corazón en la boca. Cerré la puerta con pestillo, me tumbé en la cama y las saqué como quien saca algo prohibido. Me las llevé a la cara, inhalé hondo, y todo el deseo acumulado durante semanas se me vino encima de golpe.
Me desabroché el pantalón. Estaba más duro que nunca, palpitando, mientras presionaba la tela contra mí e imaginaba su lengua, su boca, su cuerpo apretándose contra el mío. El olor me nublaba la cabeza. Me toqué con rabia, deprisa, hasta que terminé jadeando, vaciándome en silencio con la cara hundida en aquella prenda.
Después, como siempre, la pregunta de costumbre: «¿Qué demonios acabo de hacer?». Me sentí sucio, ridículo, pero también más excitado de lo que recordaba haber estado nunca. Me levanté, lavé las braguitas a mano en el lavabo con un cuidado casi maniático, borrando cualquier rastro. Las sequé con el secador del pelo hasta dejarlas impecables y bajé fingiendo que solo iba a comprobar la lavadora. Las devolví al cesto, exactamente dobladas, como si nada hubiera pasado.
El resto del día lo pasé en guardia, midiendo cada ruido del piso, convencido de que en cualquier momento alguien notaría lo que había hecho. Repasé mil veces mis movimientos: si alguien me había visto entrar al trastero, si había dejado las baldosas tal como estaban, si el cesto seguía en el mismo ángulo. Me prometí, como tantas otras veces, que aquello no se repetiría, que a partir de esa noche dormiría con tapones y me olvidaría de la pared. Una promesa que ni yo mismo me creía.
***
Esa tarde nos encontramos en la cocina. Noelia preparaba café con unos pantalones cortos y una camiseta ajustada, el pelo todavía húmedo de la ducha. Yo intentaba comportarme con una normalidad que no sentía, pero los ojos se me iban solos hacia sus piernas, hacia la curva de su espalda cuando alcanzaba una taza del estante alto.
De pronto se giró con una sonrisa que yo no le había visto nunca. No era la sonrisa tímida de los pasillos, ni la cortés del desayuno. Era otra cosa: juguetona, segura, casi peligrosa. Le dio un sorbo al café sin dejar de mirarme.
—¿Qué tal la colada de esta mañana, Adrián? —preguntó, con una voz baja y ronca que me erizó la piel entera.
Me quedé helado, con la garganta seca. Intenté decir algo, cualquier cosa, pero solo me salió un balbuceo.
—Bien —conseguí articular—. Normal.
Ella ladeó la cabeza, divertida, y dio un paso hacia mí. Sus ojos verdes brillaban de pura picardía, como si llevara horas esperando ese momento.
—Qué raro —dijo despacio—. Porque yo dejé algo en el suelo a propósito. Y cuando bajé otra vez, estaba lavado, seco y doblado mejor de lo que lo doblo yo.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Quise inventar una excusa, negarlo todo, pero ella levantó una mano para callarme antes de que empezara.
—Te oigo, ¿sabes? —añadió, bajando aún más la voz—. La pared es finísima. Te oigo casi todas las noches. Por eso a veces lo hago más despacio. Para que llegues a tiempo.
El café se me había olvidado por completo. La cocina entera se redujo a la distancia mínima que quedaba entre los dos.
—La próxima vez —murmuró, ya muy cerca, con esa media sonrisa— no hace falta que las devuelvas tan limpias. Me gusta más saber que las disfrutaste.
Y se quedó ahí, sosteniéndome la mirada, esperando a ver qué hacía yo con todo aquello que durante semanas había creído que solo me pertenecía a mí.