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Relatos Ardientes

Mi confesión: la tarde que reencontré a Mariana

Al segundo día de haber vuelto del torneo interuniversitario en Rosario, marqué el número de Mariana. Contestó su madre, con esa voz amable de quien filtra las llamadas de su hija.

—Buenas tardes, ¿se encuentra Mariana?

—Sí, ¿quién la busca?

—Andrés, nos conocimos en los juegos universitarios. ¿Con quién tengo el gusto?

—Con su madre. Espere, ahora la llamo.

La escuché gritar el nombre hacia el piso de arriba. Hubo unos segundos de murmullos, el chasquido de un auricular que se levanta, y después su voz.

—¿Hola? —dijo, y reconocí enseguida esa manera suya de sonreír incluso por teléfono.

—Hola, preciosa. ¿Cómo estás?

—Bien. ¡Al final me hablaste!

—Lo prometido es deuda. Ya revelé las fotos. ¿Cuándo te gustaría verlas?

Se quedó pensando un momento. La imaginé enroscando el cable del teléfono entre los dedos, una costumbre que le había notado las tardes que pasamos juntos durante la competencia.

—El viernes salgo temprano de la facultad —dijo—. Si querés, te invito a comer a casa y las vemos acá. ¿Te parece?

—Me parece perfecto. Pasame bien la dirección.

Hablamos casi una hora, recordando los días de Rosario, las carreras de atletismo que gané, su récord en natación, las charlas hasta tarde detrás de las gradas. Cuando colgamos, ya tenía la tarde del viernes ocupada en la cabeza, y la verga a medio parar dentro del pantalón de solo imaginármela abriendo la boca de nuevo, como aquella tarde detrás de las gradas.

***

El viernes me salté la última clase, me di un baño largo, me puse una camisa azul que había comprado en un viaje y un pantalón gris que estrenaba esa tarde. Me miré dos veces en el espejo antes de salir. A los veintitrés uno cree que esas cosas no importan, y sin embargo importan más que nunca.

Me abrió la puerta una empleada y pasé a la sala. Al rato apareció la madre de Mariana, secándose las manos con un repasador, terminando de preparar la comida.

—No te esperaba tan pronto —dijo, tendiéndome la mano—. Mari me dijo que llegabas a las tres.

—Es que nos suspendieron la última clase. Mucho gusto, señora.

—Tomá asiento. No te imaginaba así.

—¿Así cómo?

—No sé. Más grande, más hecho. ¿Cómo te fue en el torneo?

—Bastante bien. Gané los cien y los doscientos metros, y el primer puesto en fútbol.

—Vaya. Mari solo me habló del fútbol y de su natación.

En eso bajó Mariana. Venía con un vestido corto, sin medias, unas sandalias de cuero y el pelo recogido en una cola de caballo que le dejaba el cuello al descubierto. Estaba radiante, y por un segundo me olvidé de que su madre seguía en la habitación.

Comimos bien y charlamos relajados. La madre era una buena anfitriona, elegante, atenta. Salió el tema de los pasatiempos y, cuando mencioné la lectura, ella se levantó.

—Bueno, los dejo, tengo cosas que hacer. Mari, mostrale los libros de la biblioteca, a ver si le interesa alguno.

—Gracias, señora.

Mariana me tomó de la mano y me llevó por el pasillo.

***

La biblioteca era un cuarto pequeño pero bien resuelto: estanterías hasta el techo, un escritorio de madera antiguo y un sillón de cuero junto a la ventana. Hojeé un par de lomos sin leerlos de verdad. Ella se acercó por detrás.

—¿Te interesa alguno? —preguntó.

Dejé el libro en su sitio y me di vuelta.

—Sí —dije—. Vos. Desde que te vi bajar la escalera me quedé sin palabras. Estás bellísima.

Le acaricié los hombros y la besé. Ella respondió enseguida, rodeándome el cuello con los brazos y pegando su cuerpo al mío. Bajé las manos hasta su cintura y la atraje. El contacto de su vientre contra mí bastó para que la polla se me pusiera dura al instante, marcándose contra la tela del pantalón.

Lo notó. Suspiró y movió las caderas, restregándome el pubis contra el bulto, haciendo más insistente el roce.

—Ya veo que te gustó verme —dijo riendo bajito, con la voz ronca—. Sentémonos, no quiero que estés incómodo por mi culpa.

—Esta incomodidad la querría tener todos los días —contesté mientras nos dejábamos caer en el sillón.

Volvimos a besarnos, esta vez con la lengua adentro, mordiéndonos los labios. Le acaricié los brazos, después los pechos por encima de la tela, sintiendo cómo los pezones se le endurecían bajo el vestido hasta clavárseme en la palma. Deslicé una mano por debajo del vestido corto, subí despacio por el interior del muslo, piel caliente, y llegué al elástico de la bombacha. Ella puso la suya sobre mi pantalón, apretando el bulto con la palma abierta.

—¿No te aprieta? —murmuró, mordiéndome el lóbulo.

—Un poco —dije, besándole el cuello, chupándoselo hasta dejarle una marca rosada—. Tengo la verga tan dura que me duele.

Apretó con suavidad, y después con más fuerza, midiéndome de arriba abajo por encima de la tela. Miré de reojo hacia la puerta y ella adivinó el gesto.

—Tranquilo, está cerrada. Cuando mi mamá se mete en sus cosas, se olvida del mundo.

Le desabroché yo mismo el pantalón, bajé el cierre y me abrí el calzoncillo. La polla saltó afuera, tiesa, con la punta ya mojada de líquido preseminal. Ella se quedó mirándola un segundo, se mordió el labio, y metió la mano. Me la envolvió con los dedos y empezó a acariciarme despacio, subiendo y bajando, recorriéndomela entera desde los huevos hasta el glande. Con el pulgar me esparció la gota de la punta por toda la cabeza, poniéndola brillante.

—Se te está mojando —susurró—. Mirá cómo la tenés.

—Es de vos, boluda. Se me pone así solo con verte.

—Te extrañé estos días —dijo contra mi pecho, sin dejar de pajearme.

—Yo también, preciosa. Cuando pensaba en vos me ponía así, como ahora. Me hice la paja pensando en tu boca.

—¿En serio? —preguntó sin dejar de moverse, apretándome más fuerte—. ¿Y qué pensabas?

—En volver a tocarte. En metértela en la boca otra vez. En aquella tarde detrás de las gradas, ¿te acordás? Cuando me la chupaste hasta hacerme acabar.

—Sí —contestó, y se le encendieron las mejillas—. Todavía me acuerdo del sabor.

Le subí el vestido hasta la cintura y deslicé la mano dentro de la bombacha. Estaba empapada, tenía el coño mojado y caliente, los labios hinchados. La acaricié con el dedo medio, separándole los labios, entrando apenas hasta el nudillo, buscándole el clítoris hasta que empezó a respirar de otra manera. Le hice círculos lentos, después más rápidos, sintiendo cómo se le ponía duro el botón entre los dedos. Metí dos dedos adentro y los curvé, buscando el punto que la hacía temblar, mientras con el pulgar seguía moviéndole el clítoris.

—Ay, Andrés… así, no pares —jadeó, arqueando la espalda.

Ella se incorporó un poco y, con las dos manos, me siguió pajeando, una en el tronco y la otra masajeándome los huevos.

—La otra vez me dijiste que se lo contaste a tu hermana —dije, con la voz cortada por el placer.

—Y a unas amigas de la facultad —admitió, muerta de vergüenza y excitada a la vez, mientras me la seguía sacudiendo—. Una de ellas trajo una revista y la miramos juntas. Había fotos de mujeres mamándola.

—¿Y te gustó verla?

—Me dio curiosidad. Me imaginé haciéndoselo a un tipo. A vos. Tengo curiosidad por muchas cosas con vos.

No hizo falta más. La incliné con suavidad, ella se acomodó de costado sobre el sillón de cuero y me llevó la polla a la boca. Abrió los labios y me tragó la punta primero, jugando con la lengua alrededor del glande, chupándome despacio, con los ojos cerrados. Después fue bajando, tragándose el tronco entero hasta que la sentí golpearle el fondo de la garganta. Me la sacaba y me la volvía a meter, dejando un hilo de saliva colgando entre su boca y mi verga.

—Así, preciosa, chupámela toda —le dije, agarrándole la cola de caballo con la mano.

Yo, mientras, le levanté el vestido por atrás, le bajé la bombacha hasta las rodillas, y me acomodé para llegarle al coño. Le besé el ombligo desde abajo, bajé por el vientre y terminé entre sus piernas, separándole los labios con los dedos y clavándole la lengua adentro. La lamí de abajo hacia arriba, del culo al clítoris, chupándole el botón hinchado, metiéndole la lengua bien adentro del coño mientras ella no me soltaba la verga. Le metí un dedo, después dos, mientras seguía mamándole el clítoris.

Los dos jadeábamos con la boca llena. Ella me mamaba cada vez más rápido, apretándome los huevos con una mano, y yo le comía el coño con hambre, escuchando sus gemidos ahogados contra mi verga. En ese momento no existía nada más que esa habitación llena de libros y nosotros dos perdidos en la boca del otro, hasta que el placer nos alcanzó casi al mismo tiempo. Ella se convulsionó primero, apretándome la cabeza contra el coño mientras se corría en mi lengua, y yo, sin poder aguantar más, exploté en su boca. Le llené la garganta de leche caliente, chorro tras chorro, y ella tragó lo que pudo, dejando que el resto se le escurriera por la comisura.

—Avisame —protestó después, riéndose y tomando aire, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano—. Casi me ahogás con todo lo que largaste.

—Perdón, no podía hablar. Vos tampoco estabas como para escucharme.

—No, está bien… me gustó. Solo me sorprendió cuánto tenías guardado.

—Todo eso era tuyo, nena.

Nos arreglamos la ropa, salimos como si nada y me despedí de su madre con la mejor de mis sonrisas, todavía con el sabor de su coño en la boca.

***

Después de aquella tarde fuimos un par de veces al cine. En la oscuridad nos acariciábamos como dos adolescentes, aunque ya no lo fuéramos, y una de esas noches, en la última fila, me metió la mano dentro del pantalón, me sacó la verga y me pajeó hasta el final con una calma que me volvió loco, apretando el puño con la cadencia justa, escupiéndose en la palma para deslizarla mejor, hasta que le llené los dedos y la campera que había puesto sobre la falda para tapar el desastre. Volviendo a su casa, con las manos todavía olientes, me preguntó otra vez por las películas que le había mencionado.

—Cuando quieras verlas, avisame con tiempo —le dije—. Busco un lugar tranquilo donde estemos solos.

A la semana siguiente me llamó. El viernes sus padres tenían una cena y sus hermanos andarían por la casa; le había dicho a su madre que iríamos al cine. Conseguí prestado el departamento del hermano de Tomás, un amigo de la facultad. El jueves dejé todo listo: una computadora portátil, un par de películas porno bastante crudas y aquella revista que, pese a lo explícita, trataba el tema con cierta delicadeza.

El viernes pasé a buscarla. Subimos, le mostré el lugar y entramos a la sala. Ella estaba nerviosa, hablaba de cosas intrascendentes para llenar el silencio, pero el aire estaba cargado y los dos lo sabíamos. Servimos algo de tomar y la empecé a acariciar despacio para calmarla.

—¿La vemos? —dijo, señalando la pantalla con la barbilla.

—Si querés. Pero antes, mirá esto.

Le pasé la revista y fui al baño. Cuando volví, tenía las mejillas encendidas y las páginas abiertas justo en una foto de una mujer con las piernas abiertas y una polla entrándole hasta el fondo.

—¿Y? —pregunté, sentándome a su lado.

—Interesante… —dijo, y me buscó la mano—. Una vez me prometiste que no haríamos nada que yo no quisiera.

—Y lo sostengo. No haría nada que no desees tanto como yo. Te quiero, nena. Me dijiste que aún no estabas lista para que te la meta, y voy a esperar lo que haga falta.

Me besó con una delicadeza nueva, distinta a la urgencia de la biblioteca.

—Gracias —murmuró—. Siempre fuiste atento. Por eso hoy quiero.

Tomó unas cosas para picar y nos fuimos a la habitación. Cerré las cortinas hasta dejar todo en penumbra. Ella se sentó contra el respaldo, con las piernas cruzadas, y puse a correr la película. En la pantalla dos tipos se estaban cogiendo a una rubia entre los dos, una polla en la boca y otra en el coño, y se oían los gemidos gruesos por los parlantes. Al principio mirábamos en silencio, solo se oía nuestra respiración cada vez más agitada. En la cama, Mariana me pasó las manos por los hombros y se restregó contra mi costado.

—¿Estás bien? —pregunté.

Asintió, las mejillas coloradas, el pecho subiendo y bajando con cada respiración, los ojos fijos en la pantalla donde la rubia recibía un chorro de leche en la cara.

—Mirá cómo la dejan —murmuró—. ¿Vos me harías eso?

—Todo lo que quieras. Todo.

La besé, le fui abriendo el vestido botón a botón sin apuro, atento a cada gesto suyo de aprobación. Le retiré el sostén y le besé los pechos, chupándole los pezones uno por uno, mordisqueándolos hasta ponerlos duros como piedritas, mientras ella tocaba sobre la ropa hasta encontrarme la verga otra vez tiesa. Me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón y empezó a pajearme con las dos manos, imitando casi sin darse cuenta lo que veía en la pantalla: una mano en el tronco, la otra jugando con los huevos, girando la muñeca al llegar al glande.

—Chupámela otra vez —le pedí.

Se agachó sin decir nada y me la volvió a mamar. Esta vez con más confianza, más profunda, dejando que le golpeara la garganta, sacándomela chorreando saliva y volviéndomela a meter. Con la lengua me lamía los huevos, me la subía y bajaba, me chupaba solo la punta con los labios apretados.

Le quité la última prenda, la acosté boca arriba y le abrí las piernas. La acaricié desde el vello hasta el centro, le besé el interior de los muslos y bajé la cabeza. Le abrí el coño con los dedos, le encontré el clítoris hinchado y se lo chupé con ganas, sin prisa, lamiendo cada centímetro de sus labios internos, metiéndole la lengua bien profundo, subiendo y bajando. Le clavé dos dedos y los curvé buscando el punto de adentro mientras seguía chupándole el botón. Ella me devolvía la atención tomándome la cabeza con las dos manos, apretándomela contra el coño, moviendo las caderas contra mi boca con una entrega que no había tenido antes.

—Ay, Dios, así, seguí, seguí… —jadeaba—. Me voy a correr, Andrés, me voy a correr…

Así estuvimos largos minutos, ella arqueándose, yo sintiendo cómo se le tensaban las piernas alrededor de mi cabeza hasta que llegó al orgasmo y se dejó caer sobre las sábanas, temblando, con el coño chorreando de saliva y de sus propios flujos.

Se quedó quieta unos segundos, respirando entrecortado. Después se acostó a mi lado, me besó, se probó a sí misma en mis labios, y me buscó la verga con la mano.

—Es el momento —dijo en voz baja, apretándomela—. Estoy lista. Cogeme. Quiero ser tuya.

Terminé de desvestirme. Le besé la boca, el cuello, los pechos, le mordí los pezones, le lamí el ombligo, recorrí su cuerpo entero antes de colocarme entre sus piernas. Me tomé la polla con la mano y le pasé el glande despacio por toda la raja, arriba y abajo, mojándomela con sus flujos, restregándosela contra el clítoris hasta hacerla gemir de nuevo. Ella me miró a los ojos, con la boca entreabierta, y asintió.

Apoyé la punta en su entrada. Empujé apenas, y ella gimió al sentirme entrar por primera vez. Avancé poco a poco, entrando y saliendo de a milímetros, dándole tiempo a que se le abriera el coño alrededor de mi verga, hasta que noté la resistencia. Ella se mordió el labio, y las uñas se me clavaron en los brazos.

—Mirame —le dije.

Lo hizo. Puso las manos en mis costados y, sin dejar de mirarme, asintió. Empujé con firmeza y la sentí abrirse, sus uñas clavándose ahora en mi espalda, un gemido a medias entre el dolor y el alivio. Se la metí entera, hasta los huevos, y me quedé quieto adentro, sintiendo cómo su coño me apretaba, palpitando alrededor de la verga, dejándola acostumbrarse a tenerme adentro.

—¿Estás bien? —pregunté contra su mejilla.

—Sí —susurró—. Me llenaste toda. Seguí. Cogeme despacito.

Empecé a moverme otra vez, muy despacio, sacándomela casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo, besándole los pechos, chupándole los pezones mientras me hundía en ella. Cada vez que entraba se le escapaba un jadeo cortito. Aceleré apenas cuando noté que su respiración cambiaba, que empezaba a mover las caderas contra las mías, buscándome. El gesto inicial de dolor se le fue transformando en suspiro, después en jadeo, después en gemido abierto.

—Más fuerte —me pidió—. Cogeme más fuerte.

Le agarré las piernas por detrás de las rodillas, se las abrí más y empecé a metérsela con ganas, hasta el fondo, oyendo cómo mis huevos le golpeaban el culo con cada embestida. Ella se agarraba del respaldo, con la cabeza para atrás, gritando bajito para no despertar al edificio entero. Me la cogí un rato así, mirándole las tetas rebotar con cada estocada, viendo cómo mi verga entraba y salía brillante de sus flujos.

Nos giramos, quedamos de costado, la cogí desde atrás por un rato, con la mano por delante buscándole el clítoris mientras se la metía. Después ella se puso encima, se sentó sobre mi verga y empezó a cabalgarme, marcando su propio ritmo con las manos apoyadas en mi pecho. Se movía hacia adelante y hacia atrás, después de arriba abajo, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté, le pellizqué los pezones. Ella aceleró.

—Ay, me voy a correr otra vez, me voy a correr con tu polla adentro —jadeaba, saltando cada vez más rápido.

La dejé llevarme hasta el final. Cuando la sentí acabarse encima mío, el coño apretándome la verga en espasmos, no aguanté más. La agarré de la cintura, la clavé bien abajo y me corrí adentro, chorro tras chorro, llenándosela de leche mientras ella se seguía moviendo despacio, exprimiéndome hasta la última gota. Terminamos abrazados, los cuerpos pegados y húmedos, mi semen escurriéndosele por los muslos, sin ganas de soltarnos.

—¿Cómo te sentís? —pregunté un rato después.

—Bien —dijo, y me besó—. Me duele un poco, pero feliz. Muy feliz. Y llena de vos.

Nos dimos un baño, cambiamos las sábanas y volvimos a su casa cuando ya oscurecía. Sus hermanos miraban la tele y nos preguntaron por la película; les dijimos que al final habíamos preferido caminar por el parque. Su hermana le sonrió con complicidad, mirándole el cuello donde le había quedado la marca de un chupón. Me despedí en la puerta y me fui caminando, todavía con el sabor de la tarde en la boca, sabiendo que aquella sería una de esas historias que uno guarda para contarse a sí mismo muchos años después.

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Comentarios(8)

FielLector

tremendo relato, se nota que es real. gracias por compartirlo

CarlosRdz

Eso de que ninguno dice nada pero los dos saben... demasiado real jajaja. Excelente

MaguiGdl

Me recordo tanto a un reencuentro que tuve hace unos años. Esa tension antes de que pase algo, la describiste perfecto

NachoCba22

buenisimo!!!

Vanesa_Rosario

Lo que me gusto es que se nota la tension desde el principio sin que sea obvio. Muy bien logrado

Rober_M

hay segunda parte? por favor que si jajaja

LectorDePaso

Las confesiones son mi categoria favorita y este relato en particular se siente muy autentico. Las fotos como pretexto, ese detalle lo dice todo. Sigue subiendo

Fercho_G

se hizo corto, quiero leer mas de esta historia

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