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Relatos Ardientes

Lo que pasó en su coche después de una soda

Tengo treinta y siete años y hace poco entendí algo de mí que durante mucho tiempo preferí ignorar: me gusta el sexo más de lo que cualquiera sospecharía al verme. No el sexo a oscuras y en silencio que conocía de mi matrimonio, sino otra cosa. Una que me hace cosquillas en la nuca cuando imagino que alguien podría descubrirnos. Me excita la idea de hacerlo donde no debería, en un lugar abierto, expuesta, sabiendo que cualquiera podría pasar.

Nunca se lo conté a nadie. Lo escribo ahora porque necesito sacarlo, y porque la tarde que voy a contar fue la primera vez que esa fantasía dejó de ser solo un pensamiento.

Él se llama Adrián, aunque ese no es su nombre real. Es uno de esos pocos amigos que una conserva con los años sin que pase nada raro entre los dos. Alto, ancho de espaldas, con una cara dura que contrasta con lo suave que es cuando habla. Siempre me había parecido atractivo, pero lo guardaba en ese cajón mental de «no toca». Hasta esa tarde.

Quedamos para tomar algo, sin más plan que charlar. Una soda con leche para mí, un café para él, en un local tranquilo de una zona que casi no piso. Hablamos de todo: del trabajo, de gente que conocíamos, de cómo habían cambiado nuestras vidas. La conversación fluía cómoda, con esa confianza de quien ya no tiene que impresionar a nadie.

Y entonces, sin que yo supiera muy bien cómo, el tema cambió.

—¿Y desde el divorcio? —preguntó, removiendo el café—. ¿Has vuelto a salir con alguien?

—Poco —admití—. Casi nada, la verdad.

—Me cuesta creerlo.

Lo dijo mirándome de una forma distinta, más lenta, recorriéndome la cara hasta detenerse un segundo de más en mi boca. Sentí calor en las mejillas y bajé la vista al vaso. No me mires así, pensé, porque vas a conseguir lo que ninguno de los dos planeamos.

Seguimos hablando, pero algo se había encendido. Cada frase tenía un doble fondo. Cada risa duraba un poco más de la cuenta. En un momento le rocé el brazo sin querer al alcanzar mi vaso, y ninguno de los dos apartó la mano enseguida. Fue solo un segundo, pero bastó. Los dos lo notamos.

Yo sentía la cara caliente y un cosquilleo bajo el ombligo que llevaba años sin sentir. Una parte de mí se decía que era una locura, que él era mi amigo, que no debía. La otra parte, la que acababa de descubrir, solo quería ver hasta dónde llegaba esa tarde. Y esa parte fue la que ganó.

Cuando pagamos y salimos al aparcamiento, ya era de noche y el aire estaba fresco. Me acompañó hasta su coche para llevarme de vuelta, y al subir, en lugar de arrancar, se quedó quieto con las manos en el volante.

—¿Pasa algo? —pregunté, aunque sabía perfectamente qué pasaba.

Se giró hacia mí. No dijo nada. Me puso una mano en la nuca y me besó, y yo le devolví el beso como si llevara meses esperándolo, porque en el fondo así era.

***

Fue un beso largo, hambriento, de esos que no se planean y por eso son los mejores. Sus manos eran grandes y calientes, y empezaron a recorrerme por encima de la ropa, primero la espalda, después la cintura, subiendo despacio. El coche estaba aparcado al fondo, lejos de la entrada del local, pero no tanto como para estar a salvo. Los vidrios eran oscuros, polarizados, y aun así por la luna de una farola se veía hacia dentro si alguien se acercaba.

Esa idea, lejos de frenarme, me encendió de una manera que no sabía explicar. Cualquiera que cruzara el aparcamiento podía vernos. Y yo lo quería igual. Lo quería más por eso.

—Vas a empañar los vidrios —le dije contra la boca, medio en broma.

—Mejor —contestó él, y volvió a besarme.

Sus dedos encontraron los botones de mi blusa y los fueron soltando uno a uno, sin prisa, mientras me besaba el cuello y el lóbulo de la oreja. Cuando me la abrió del todo y me bajó el sujetador, el aire frío me rozó la piel y se me erizó todo el cuerpo. Me miró un segundo, como pidiendo permiso, y yo le respondí arqueándome hacia él.

Se inclinó y empezó a besarme los pechos, despacio, jugando con la lengua, y a mí se me escapó un gemido que intenté tragarme demasiado tarde. Estábamos en un coche, en un lugar público, y aun así no me importó. Le sostuve la cabeza, lo apreté contra mí, le pedí en voz baja que no parara.

—Cómetelos —susurré—. Son tuyos.

Sentí cómo esa frase le hizo efecto. Su respiración cambió, se volvió más pesada, y una de sus manos bajó por mi vientre, se metió bajo la tela y encontró que ya estaba mojada. Soltó un sonido grave, casi de sorpresa, y empezó a acariciarme con los dedos en círculos lentos mientras seguía con la boca en mis pechos. Yo me mordía el labio para no hacer ruido, pero el ruido se me escapaba igual.

***

Llevé mi mano a su pierna y la subí despacio, hasta notar bajo el pantalón lo duro que estaba. Le bajé la cremallera con torpeza, con esas ganas que vuelven los dedos inútiles, y lo liberé. Me incliné sin pensarlo, porque era lo único que quería hacer en ese momento.

Me lo metí en la boca y lo escuché contener el aire. Lo hice despacio al principio, sintiendo cada vena bajo los labios, la piel caliente, el sabor concentrado del deseo. Lo recorrí entero, una y otra vez, con la lengua, con las manos, con esa entrega que solo aparece cuando una de verdad disfruta haciéndolo. Y yo disfrutaba. Lo escuchaba respirar, lo sentía tensarse, le notaba las ganas de terminar, y eso me volvía loca.

—Espera —dijo de pronto, con la voz rota—. Espera o esto se acaba antes de tiempo.

Me incorporé con una sonrisa que no era nada inocente. Reclinó el asiento hacia atrás de un tirón y tiró de mí hacia él. Entendí lo que quería. Me quité lo que me quedaba de ropa de la cintura para abajo, con la espalda doblada contra el techo del coche, riéndome de lo absurdo y lo ardiente de la situación, y pasé una pierna a cada lado de él.

Me quedé así un momento, rozándolo, sintiéndolo justo en la entrada, mirándolo a los ojos. Quería que él también esperara. Quería alargar ese segundo en el que todo está a punto de pasar y todavía no ha pasado.

—No me hagas esto —murmuró, agarrándome de las caderas.

Bajé despacio. Estaba tan húmeda que entró sin esfuerzo, centímetro a centímetro, hasta que lo sentí entero dentro de mí. Me quedé quieta para acostumbrarme, con la frente apoyada en la suya, los dos respirando el mismo aire caliente. Después empecé a moverme.

***

Al principio fue lento, un balanceo de caderas que buscaba el ángulo justo, el que me hacía cerrar los ojos. Él me sostenía con una mano y con la otra volvió a mis pechos, y yo me incliné para dárselos, para que los besara, los mordiera, hiciera con ellos lo que quisiera.

—No pares —le pedí—. Sigue comiéndomelos.

Cada vez me movía más rápido. El coche se mecía un poco, los vidrios estaban completamente empañados ya, y en algún rincón de mi cabeza recordaba que estábamos a la vista de cualquiera, y esa idea me empujaba más. Me imaginé que alguien pasaba, que veía las siluetas a través del cristal, y en lugar de asustarme, me arrancó un gemido más hondo.

Sentía su calor, sus ganas de correrse contenidas, lo cerca que estaba y cómo se aguantaba por mí. Eso me enloqueció. Me incliné sobre su oído y le dije cosas que nunca le había dicho a nadie, cosas que ni sabía que tenía dentro. Que era suya. Que esa noche podía hacer conmigo lo que quisiera. Que me gustaba sentirme así, entregada, deseada, dominada.

—Eso es —dijo él entre dientes, marcándome el ritmo con las manos en mis caderas—. No pares.

No paré. Me moví hasta que dejé de pensar, hasta que el placer me subió desde el centro y me recorrió entera en una ola que me obligó a morderle el hombro para no gritar. Lo sentí terminar casi al mismo tiempo, agarrándome fuerte, hundiéndose en mí, y nos quedamos los dos abrazados, temblando, en ese coche minúsculo con los vidrios borrosos.

***

Tardamos un rato en volver a hablar. Yo me reía sola, todavía encima de él, sin acabar de creer lo que acababa de pasar. Él me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, despacio, como si quisiera memorizarla.

—¿Y ahora qué? —pregunté, buscando mi ropa en el asiento.

—Ahora te llevo a casa —dijo con una sonrisa de medio lado—. Y la próxima vez elegimos un sitio peor.

Me reí, pero por dentro algo se me removió. Porque entendí, ahí mismo, que no había sido una casualidad ni un arrebato. Era yo. Era esto lo que de verdad me gustaba, lo que llevaba años callándome, lo que el matrimonio había enterrado bajo capas de costumbre y silencio. El riesgo. La exposición. La idea de que cualquiera pudiera vernos y que a mí no me importara.

Volvimos sin hablar mucho, con su mano en mi rodilla y la ciudad pasando por la ventanilla. Cuando me bajé frente a mi edificio, me quedé un momento en la acera viendo cómo se alejaba su coche.

Esa fue la primera vez. No fue la última. Y aunque a veces me pregunto si debería sentirme culpable por disfrutarlo tanto, la verdad es que a los treinta y siete por fin sé lo que quiero. Y lo quiero entero, con luz, con riesgo y sin pedir perdón.

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Comentarios (5)

PlayaDeSueños

Increible!! me tenia pegada a la pantalla de principio a fin. Mas asi por favor!!

RodrigoPampa

Tiene que haber segunda parte si o si. Quede con ganas de saber que paso despues, no te quedes ahi!

Dani_Lectora

Me recordo a una situacion parecida que me paso hace un tiempo... esas cosas que uno lleva guardadas meses y de repente explotan solas. Muy bien narrado, se siente autentico de verdad.

Martu_Ctba

La tension que se va armando al principio es lo mejor del relato. Genial.

Silvinita_k

Ay dios que bueno esto! Hacia rato que no leia algo tan bien contado en confesiones. No parece inventado para nada, eso es lo que mas me gusta. Seguí escribiendo por favor!!

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