Mi amante me dejó sin ropa en aquel hotel
Esto de tener novio nunca fue lo mío. Llevo casi un año soltera y, sinceramente, nunca me sentí mejor. Hago lo que quiero, con quien quiero, sin presentarme a ninguna familia, sin enamorarme, sin esperar el mensaje de buenos días. Aunque, lo admito, a veces extraño un poco esas cursilerías.
Hasta que aparezca alguien que me interese de verdad, voy a seguir disfrutando mi sexualidad sin límites. Y vaya que he disfrutado.
Me gusta experimentar. Hace unos meses me compré varios plugs y, cada vez que puedo, me pongo uno y salgo a caminar. Muchas veces en falda y sin ropa interior. Nunca antes me había metido algo por detrás más grande que un dedo; todos los hombres con los que estuve, en algún momento, quisieron darme por ahí, y siempre les dije que no. Ahora soy yo la que decide, y eso lo cambia todo.
Una de mis fantasías más viejas es desnudarme entera en plena calle, dejar la ropa tirada, tocarme y volver a casa así, sin nada. El único problema es que todavía vivo con mis padres, así que por ahora sigue siendo solo eso: una fantasía. Pero lo que les voy a contar se le acercó bastante.
***
Empecé a salir con varios chicos. El primero fue a principios de marzo. Acababa de cumplir treinta y dos, era un poco más alto que yo, de pelo oscuro y barba espesa. No tengo un tipo definido de hombre, pero él tenía algo: era serio, callado, y desde la primera conversación me dejó claro que quería llevarme a su departamento.
Lo conocía de antes. Era amigo de mi ex; se habían conocido en la academia de inglés y, aunque le llevaba años, se llevaban bien. Pero yo siempre sentía su mirada encima cada vez que mi ex se daba vuelta. Así que no me sorprendió que, apenas terminamos, me pidiera salir.
Nunca pensé en salir con el «amigo» de mi ex, pero después de muchas vueltas acepté. La primera cita no iba bien: yo seguía sintiendo algo por ese idiota, teníamos poco en común y me llevaba ocho años. Aun así, me llamaba la atención, y necesitaba sexo con urgencia, aunque no con cualquiera. Terminamos enredados en su cama esa misma tarde.
Y ahí descubrí algo de mí. Yo siempre quise llevar el control, pero con él no pude. Me sometió rápido, sin pedir permiso, y a pesar de todo me encantó. Lo nuestro se volvió una forma de descargar tensión: nos veíamos, cogíamos, nos relajábamos. Sin promesas. Me convertí en su sumisa casi sin darme cuenta.
Cogimos en mi casa, en la suya, en moteles baratos. Incluso eso lo excitaba: tenerme en lugares donde podían descubrirnos. A mí también, para qué negarlo.
Le encantaba tratarme como si fuera suya. Era un juego en el que me llamaba su puta y quería arrancarme la ropa desde el momento en que me veía. No le importaba nalguearme o tocarme los pechos con gente alrededor. A veces me decía que quería desnudarme en público para que todos me vieran, y yo siempre me negaba. También había soltado la idea de compartirme con otros hombres, lo cual, lo confieso, me intrigaba. Pero eso todavía no pasaba.
***
Ahora les cuento la experiencia más excitante de mi vida. Tal vez la más excitante de todas.
Fue una tarde, después de hacerlo en un hotel. Él me pidió que lo dejara terminar en mi cara y accedí. Se la chupé hasta que se corrió, y quedé cubierta desde el pelo hasta los pechos. Lo que no esperaba fue lo siguiente: usó mi tanga para limpiarse y después me la metió en la boca. No sé cómo accedí a todo eso. Antes jamás habría imaginado que alguien me tratara así. Y sin embargo, de solo recordarlo me vuelvo a excitar.
Cuando terminamos, él empezó a vestirse mientras yo seguía de rodillas, desnuda, esperando instrucciones como la buena sumisa que era. Pero me dijo que no me cambiara. Se puso la ropa, la chamarra, el reloj, y de pronto juntó todo lo mío: la falda, la blusa, los zapatos, la cartera, el teléfono. Me agarró de la mejilla, me arrojó la tanga empapada al fondo del cuarto y me dijo, con una calma que me heló la sangre:
—Te espero en el auto.
Yo estaba en pánico. Él se rió y salió. No sabía qué hacer. Estaba muerta de miedo y, al mismo tiempo, más excitada que nunca en mi vida. Tomé la tanga del piso y la llevé en la mano: no pensaba ponérmela, porque ahora era parte del juego llegar al auto sin nada encima.
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Déjenme describirles el lugar. Era un edificio de cinco pisos con una piscina en el centro y una zona común para socializar. Para mi mala suerte, él había elegido ese hotel a propósito. Abajo había niños jugando con sus padres, y nuestro cuarto estaba en el cuarto piso, hasta el fondo. El estacionamiento quedaba afuera, sobre una calle muy transitada. Para llegar tenía que pasar por la zona de las familias, después por la recepción y por un portón que daba a la calle.
Él sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que me gustaba el exhibicionismo, pero nunca había hecho algo así frente a tanta gente, y mucho menos completamente desnuda.
Abrí la puerta y salí gateando por el pasillo. Antes me quedé un rato en el suelo, tocándome con la punta de los dedos, sintiendo el frío del piso bajo mi piel desnuda. De lo caliente que estaba, me metí la tanga en la boca de nuevo. Me asomé hacia abajo y hacia los lados. De reojo lo vi a él, cerca de la zona pública, esperándome.
El corazón me latía con fuerza. El aire fresco me rozaba la piel y me erizaba la espalda. Tenía dos opciones: quedarme escondida, sabiendo que tarde o temprano alguien me encontraría, o arriesgarme y vivir aquello.
Empecé a gatear con las bragas entre los dientes, todo mi cuerpo expuesto. Casi al instante, dos adolescentes se sobresaltaron al verme; les calculé unos quince o dieciséis años. Me quedé agachada, con un escalofrío de miedo recorriéndome entera, intentando cubrirme los pechos con una mano y el sexo con la otra. Sentí que pasaba una eternidad. Después junté el valor para erguirme y seguir. Pasé frente a ellos sin soltar la tanga de la boca. Vi de reojo cómo sacaban los teléfonos para grabarme, y avancé rápido, muy rápido, hasta perderlos.
***
En el cuarto piso me crucé con un hombre de unos cincuenta años, corpulento y nada atractivo. Tampoco dudó: sacó fotos descaradamente mientras yo trataba de esconder la cara. Y a pesar de todo, sentí que la excitación me crecía.
El hombre empezó a sobarse el pantalón, se sacó el pene por un momento y me llamó en susurros. Me quedé paralizada, debatiéndome entre el miedo y las ganas de seguir. Él insistía, su mano frotando el bulto.
Bajé las escaleras de golpe y me topé con el desgraciado que me había robado la ropa. Entre risas me preguntó cómo la estaba pasando y si quería ponerle más intensidad. Asentí, enojada y caliente a la vez. Voy a llamarlo D, porque todavía no les había dicho su nombre.
D sacó un marcador —después supe que era de aceite— y me pidió que me diera vuelta. Sabía que iba a escribir algo en mi cuerpo, pero ya no me importaba; de hecho, me excitaba. Cuando me asomé al espejo del pasillo, descubrí lo que había garabateado en mis nalgas: «Soy Renata y soy una zorra caliente». Aquello lo encendió tanto que volvió a meterme las bragas en la boca, me rozó el clítoris con sus dedos fríos y me repitió que lo esperara en el auto.
***
Respiré hondo, tratando de calmar los nervios. Una parte de mí quería correr directo al estacionamiento; otra, más atrevida, quería estirar el momento. Bajé despacio, sintiendo cada escalón bajo mis pies descalzos, hasta que me crucé con una camarera.
Se quedó boquiabierta al verme desnuda, con las bragas en la boca y las manos intentando cubrirme. Nos miramos fijo un instante, sin saber cómo reaccionar. El corazón me retumbaba, una mezcla de vergüenza y excitación recorriéndome entera. Ella solo sonrió y murmuró:
—Ay, estos jóvenes de hoy.
En el segundo piso noté que el hombre del cuarto piso me seguía a distancia, todavía con el teléfono en alto. Yo trataba de no voltear, para que al menos no saliera mi cara. Pero estaba tan excitada que en un momento mostré más de la cuenta al agacharme de espaldas para que leyera el mensaje en mis nalgas. Me llamó por mi nombre:
—Sí, eres una zorra, Renata.
Giré para taparme la cara y terminé enseñándole todo el cuerpo. Incluso le regalé una última foto, sentándome en el suelo frío y abriendo las piernas. Al final le di la tanga empapada y un beso en la mejilla, que él aprovechó para tocarme el trasero y los pechos.
***
Bajé al primer piso, donde un grupo de jóvenes se reía. En el vestíbulo había varias personas, algunas mirando sus teléfonos, otras conversando. Traté de pasar desapercibida, pero era imposible: todas las miradas se clavaron en mi cuerpo desnudo.
Unos adolescentes empezaron a silbar y a gritar groserías. Una señora mayor se llevó las manos al pecho, escandalizada. El recepcionista me miraba con la boca abierta, sin saber qué hacer. Caminé rápido hacia la salida, con las mejillas ardiendo y los pezones duros por el frío y la excitación. Podía sentir la humedad entre las piernas.
Eran cerca de las seis de la tarde y la avenida seguía llena de gente. Lo peor era el tramo final: D había estacionado el auto del otro lado de la calle. Me armé de valor, abrí las puertas de golpe y salí corriendo hacia la avenida, sintiendo decenas de miradas sobre mí. Los autos frenaban en seco, los conductores me tocaban el claxon, escuchaba silbidos por todos lados, pero mantuve la vista fija en el auto.
Cuando por fin llegué, tiré de la manija. Cerrada. D me observaba desde adentro con una sonrisa burlona. Me pegué a la ventanilla, cubriéndome como podía, suplicándole con la mirada. Él negó con la cabeza y me hizo señas para que diera una vuelta completa, lento, alrededor del coche. Preferí taparme la cara con el pelo y las manos antes que cubrir lo que ya todos habían visto. Algunos empezaron a gritar mi nombre: lo habían leído en mi piel.
—¡Qué zorra! —gritó alguien entre risas.
Las mejillas me ardían de vergüenza, pero también sentía cómo la excitación me devoraba.
***
D finalmente abrió la puerta. Me lancé adentro, agradecida por el refugio. Pero él tenía otros planes.
—Todavía no terminamos —dijo, arrancando el motor.
Conducimos en silencio. Bajó un poco las ventanillas «para que te refresques», dijo el muy cabrón, y yo sentí el aire de la tarde directo en los pezones y entre las piernas, todavía húmeda. Cada semáforo era una tortura: gente en las banquetas volteando, conductores frenando para mirar mejor.
—¿A dónde vamos? —pregunté con la voz temblorosa.
—Ya verás —sonrió.
Después de unos quince minutos se detuvo frente a un parque concurrido.
—Bájate y da una vuelta. Es lo último que harás hoy.
Negué con la cabeza, aterrada. Pero él insistió:
—Hazlo o te dejo aquí.
Abrí la puerta y salí. Olvidé la tanga adentro, y él me la arrojó de nuevo, riéndose.
Caminé rápido por el sendero, sintiendo el césped fresco bajo los pies. Mi cuerpo temblaba, no solo por el aire, sino por la adrenalina. Familias paseando, parejas de la mano, grupos de amigos charlando. Y ahí estaba yo, desnuda, con el mensaje obsceno todavía escrito en las nalgas.
—¡Dios mío! —exclamó una madre, tapándole los ojos a su hijo.
Un grupo de adolescentes sacó los celulares. Yo seguía cubriéndome la cara: no quería que me reconocieran. Un hombre mayor se acercó, mirándome de arriba abajo.
—¿Cuánto cobras, preciosa? —preguntó con voz ronca.
Negué con la cabeza y aceleré el paso, con el rubor extendiéndose por todo el cuerpo. Cuando completé la vuelta, corrí de regreso al auto.
—Muy bien, mi pequeña exhibicionista —dijo D, satisfecho—. ¿Te gustó tu paseo?
No respondí. Una parte de mí quería abofetearlo; la otra estaba increíblemente excitada. Me subí temblando como una hoja, con la piel erizada y el corazón a mil.
—Ahora sí, te llevo a casa, mi pequeña zorra.
***
Llegamos a mi colonia cerca de las ocho y media. Ya estaba oscuro, pero las calles tenían luz y había vecinos sacando la basura, paseando al perro, platicando en la esquina. D estacionó a media cuadra de mi casa, apagó el motor y, por una vez, se apiadó de mí: me devolvió la falda y la blusa. La tanga ya se la había quedado el viejo del hotel. Me vestí de inmediato, todavía con el marcador en la piel.
Las luces de la sala estaban encendidas, la tele prendida. Mi papá en el sillón, mi mamá en la cocina; los escuchaba hablar de la cena. Respiré hondo y abrí la puerta con todo el cuidado del mundo. Entré, cerré despacio y me quedé parada en el pasillo oscuro, oliendo a sexo y a sudor, con el trasero marcado y el cuerpo todavía palpitando.
—¿Renata? ¿Eres tú, mija? —gritó mi mamá desde la cocina.
Me aclaré la garganta como pude, aguantando la vergüenza.
—S-sí, ma… ya llegué.
—¿Por qué tan tarde? ¿Todo bien?
Me apoyé contra la pared, sintiendo el frío en la espalda, y contesté con la voz más dulce e inocente que pude sacar:
—Sí, mamá… todo bien. Estuve con una amiga. Ya me voy a bañar y a dormir.
—Okay, mija. Te guardé cena en el refri. Buenas noches, te quiero.
—También te quiero, ma… —susurré, casi riéndome de lo absurdo.
Subí las escaleras de puntitas, sin tanga, con el marcador todavía en la piel y el cuerpo temblando de adrenalina. Entré a mi cuarto, cerré la puerta, me tiré en la cama y me toqué hasta correrme en silencio, mordiendo la almohada para que no me oyeran. No me bañé hasta el día siguiente, y ese marcador tardó días en desaparecer.
Su niña buena había llegado a casa. Y nadie supo jamás lo que hice esa tarde. Excepto D… y ahora ustedes.