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Relatos Ardientes

Heredé una fortuna y a la mujer que vivía en la casa

Había sido un año pésimo para mí, Damián Robles. En julio, la mujer que creí el amor de mi vida me dejó con una excusa que ni ella misma se creía: «Necesito espacio para crecer». Espacio, claro, para otro tipo que apareció de la nada. Me dolió como una puñalada, pero seguí adelante, masticando la bronca en silencio.

En septiembre me robaron el auto, un Renault viejo que era más un milagro rodante que un vehículo. La denuncia fue solo para las estadísticas, y el seguro era tan barato que para cobrar un peso había que demostrar que el coche se lo habían llevado los extraterrestres. Y en noviembre llegó el golpe final: me avisaron que el proyecto de energías renovables en el que había invertido meses de trabajo se cancelaba por «falta de fondos». Así, de un día para otro, me quedé sin empleo fijo.

No soy de los que lloran como mártires. Con la resignación silenciosa del que va a una pelea sabiendo que puede perder, empecé mi replanteo. Tenía ahorros para unos meses, lo justo para pagar el alquiler de un monoambiente con vista a la pared del edificio de al lado. Mi dieta se volvió estricta: fideos, pollo hervido y mate amargo. Estaba reorganizando mi vida, buscando trabajos sueltos como ingeniero, cuando todo dio un vuelco.

Fue un martes gris de esos que pesan en los hombros. Sonó el teléfono fijo, ese que ya casi nadie usa, y atendí con voz de rutina.

—¿Hablo con el señor Damián Robles? —dijo una voz formal y educada.

—Soy yo. ¿Quién habla?

—Mi nombre es Ricardo Maldonado, abogado e investigador privado. Es muy posible que usted sea nieto de Heriberto Robles, fallecido hace tres meses. De confirmarse el parentesco, usted sería heredero de una suma considerable. ¿Podríamos hablar de esto en mi oficina?

Me quedé mudo un segundo, procesando. Heriberto Robles… mi abuelo paterno, el viejo que nunca conocí bien. Mis padres me habían contado poco: un empresario que hizo dinero en la construcción y que se alejó de la familia por viejos conflictos. ¿Herencia? Sonaba a película barata. Acepté igual, ¿qué iba a perder?

Llegué puntual a su estudio dos días después, con mi mejor camisa planchada y los nervios disimulados. Maldonado era un hombre de unos cincuenta, traje impecable, anteojos finos y una sonrisa profesional que no llegaba a los ojos. Me hizo pasar y me ofreció un café que acepté para calmar las manos.

—Señor Robles —empezó, abriendo una carpeta gruesa—, su abuelo dejó un testamento detallado. Tras confirmar el parentesco con una prueba de ADN, usted sería el heredero principal. Hablamos de propiedades, acciones en empresas de energía y una cuenta que ronda los veintidós millones de dólares.

Me atraganté con el café. ¿Veintidós millones? Mi mente voló: adiós monoambiente, hola libertad, quizá retomar el proyecto de renovables por mi cuenta. Pero el abogado levantó la mano, como anticipando mi euforia.

—Hay una cláusula, Damián. Específica y no negociable. Su abuelo protegió a una persona muy importante en su vida: Lorena Vega, una mujer de treinta años con tres hijos pequeños. Vive en una casona que era de Heriberto, y el testamento estipula que el heredero debe garantizar su protección y manutención hasta que ella se sienta en condiciones de valerse por sí misma. No es solo dinero; implica convivir un tiempo en la casa para asegurar que todo marche bien.

—¿Convivir? —fruncí el ceño—. ¿Tengo que mudarme allí?

—Exacto. El viejo la consideraba como una hija. La ayudó hace unos años, cuando quedó viuda joven, sin familia y con los chicos muy chicos. La instaló en esa casa con jardín y le dejó fondos para vivir cómoda. Pero el testamento dice que el heredero debe supervisar en persona hasta que Lorena declare, ante escribano, que está lista para independizarse. Podrían ser meses o años. Si no cumple, la herencia se reparte entre fundaciones.

Salí de ahí con la cabeza dando vueltas. Una fortuna a cambio de hacer de guardián de una desconocida con tres hijos. Pero ¿qué opción tenía? Firmé para el ADN, que confirmó todo en una semana. Empaqué mis cuatro cosas y me mudé.

***

La casona era una mole antigua, de techos altos, muebles de madera noble y un jardín que parecía un parque. Llegué un viernes por la tarde, con una valija y el corazón golpeando fuerte.

Lorena me abrió la puerta, y la sorpresa me dejó sin palabras. No era lo que esperaba: alta, de curvas suaves, con el pelo negro cayéndole en ondas y unos ojos verdes que clavaban. Llevaba un jean ajustado y una remera holgada que marcaba sus formas sin esfuerzo. Le calculé unas tetas grandes y firmes debajo de la tela, y un culo redondo que estiraba el denim como si el jean estuviera a punto de rendirse.

—Vos debés ser Damián —dijo con voz baja—. Pasá, los chicos están en el jardín.

Eran tres torbellinos: dos nenas de ocho y seis años y un varón de cuatro, corriendo detrás de una pelota. Lorena me sirvió un mate en la cocina amplia mientras charlábamos. Sus piernas cruzadas, el aroma a vainilla de su perfume… ya sentía una tensión en la bragueta que no había previsto.

—Heriberto fue como un padre para mí —explicó—. Le debo todo.

Esa primera noche, después de acostar a los chicos, nos quedamos en la sala con una botella de vino. Ella contó su historia: el marido muerto en un accidente, las deudas, la soledad, hasta que mi abuelo la rescató. Yo le conté mi año de perros, y reímos. Sus ojos se posaban en mí de una forma que me erizaba la piel, y cada vez que se inclinaba a servirme, el escote de la remera me dejaba ver un pedazo de teta que me hacía apretar los dientes.

—Gracias por venir —murmuró, rozándome la mano al pasarme la copa.

Ese roce fue una chispa. Sabía que la cosa iba a complicarse, que la cláusula nos encerraba solos en esa casa enorme la mayor parte del tiempo. Y mientras la veía moverse, con esa gracia natural, empecé a imaginar cómo sería tenerla desnuda debajo mío, gimiendo mi nombre.

***

Todo se rompió una noche de tormenta. Los chicos dormían, los truenos retumbaban afuera y de pronto se cortó la luz. Lorena entró a mi habitación con una vela, descalza, envuelta en un camisón liviano que la vela volvía casi transparente. Se le marcaban los pezones oscuros contra la tela y la sombra del triángulo entre las piernas.

—Le tengo miedo a las tormentas —confesó, sentándose en el borde de la cama.

—Quedate un rato —le dije, con la voz ronca de tanto aguantar.

Se acercó más. Nuestras miradas se cruzaron en la penumbra, y la distancia se deshizo sola: sus labios buscaron los míos, suaves al principio, después urgentes, con la lengua metiéndose en mi boca como si hiciera meses que esperaba ese momento. Subí las manos por su espalda y sentí la piel caliente bajo la tela fina. Ella suspiró mi nombre contra mi boca y apretó su cuerpo contra el mío, restregándose descaradamente hasta que la sentí ronronear.

—Hace tanto que no cojo —susurró contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo—. Tanto, Damián. Necesito que me la metas.

Esas palabras me prendieron fuego. Le bajé los breteles del camisón de un tirón y las tetas le saltaron afuera, blancas, pesadas, con los pezones ya duros como piedras. Me colgué de una y me la comí entera, chupando, mordiendo con cuidado, mientras la otra se la amasaba con la mano. Lorena echó la cabeza atrás y me tironeó del pelo, guiándome de un pezón al otro, respirando entrecortada.

—Así, mamámelas… más fuerte… —jadeó.

Le arranqué el camisón de la cintura para abajo y se lo tiré al piso. Quedó desnuda, arrodillada sobre la cama, con las tetas grandes moviéndose al ritmo de su respiración y el coño ya brillante. Le abrí las piernas y bajé la cara. La primera lamida le sacó un gemido que tuvo que ahogar contra la almohada. Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, saboreando lo mojada que estaba, y me quedé en el clítoris, dándole vueltas con la punta, chupándolo, mientras le metía dos dedos y los curvaba adentro.

—Ay, la puta madre… no pares… no pares que me corro… —murmuró tapándose la boca con las dos manos.

La sentí temblar entera. El coño se le cerró alrededor de mis dedos y una oleada tibia me mojó la barbilla. Se corrió mordiéndose el puño para no despertar a nadie, con las caderas alzadas contra mi cara.

Antes de que terminara de recuperarse, me arrodillé frente a ella y me bajé el bóxer. La verga me saltó afuera, dura y palpitando. Lorena abrió los ojos, se relamió y sin decir palabra se agachó y me la agarró con las dos manos. Me la chupó despacio, mirándome hacia arriba con esos ojos verdes, hundiéndose hasta el fondo, sacándola con un hilo de saliva, volviendo a metérsela en la boca. Me lamió los huevos, subió por el tronco con la lengua y se la tragó de vuelta hasta que la sentí en la garganta.

—Vení, cogeme ya —jadeó, tirándose de espaldas y abriendo las piernas—. Metémela toda de una.

Me acomodé entre sus muslos, la miré a los ojos y le clavé la polla de un solo empujón. Ella arqueó la espalda y ahogó un grito contra mi hombro. Estaba apretadísima, caliente, empapada. Empecé a moverme despacio, saboreando cada centímetro, sintiendo cómo el coño me chupaba adentro. Después subí el ritmo, y las caderas de Lorena empezaron a levantarse a buscarme, a chocar contra las mías, a marcarme un compás cada vez más rápido.

—Más fuerte, dale, cogeme como se te dé la gana —gruñó por lo bajo.

La agarré de las piernas y se las abrí más, dejando la vista completa de mi verga entrando y saliendo de ella. La cogí a fondo, con estocadas largas y secas, mientras la lluvia tapaba los ruidos y el crujido del somier. Le di vuelta boca abajo, la puse en cuatro y le agarré el pelo con una mano y una nalga con la otra. Se la metí de nuevo por atrás y empecé a embestirla, viendo cómo el culo blanco le temblaba con cada golpe.

—Uf, así, así, no pares… —gemía ahogada contra la almohada—. Rompeme el coño, Damián, rompémelo…

Le crucé una mano por delante y le busqué el clítoris con dos dedos mientras la seguía cogiendo por atrás. La sentí acelerarse, apretarse, y de repente todo su cuerpo se estremeció en un temblor largo. Se corrió por segunda vez, mordiendo la sábana, y esa contracción me terminó de matar. Me clavé hasta el fondo y descargué adentro de ella, corrida tras corrida, chorros calientes que sentí explotar contra sus paredes. Me quedé apretándole las caderas contra las mías, vaciándome, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa.

Nos derrumbamos los dos, uno encima del otro. Ella se acomodó contra mi pecho, respirando entrecortado, con la piel brillante de sudor. Le acaricié la espalda, sentí mi propia semilla escurrirse entre sus muslos, y nos quedamos enredados en silencio, escuchando la tormenta alejarse. No hizo falta decir nada.

***

Lo que empezó esa noche no se detuvo. Los días en esa casa se volvieron una mezcla extraña de rutina familiar y deseo constante. De mañana yo ayudaba a las nenas con la tarea y jugaba a la pelota con el más chico; de tarde, cuando los tres estaban en la escuela o dormían la siesta, Lorena y yo nos buscábamos por toda la casa como dos animales en celo.

En la cocina, una mañana de calor, la encontré inclinada frente a la heladera, en shorts cortitos y una musculosa fina, sin corpiño. Me acerqué por detrás, le aparté el pelo y la besé en la nuca mientras le rodeaba la cintura y le subía las manos hasta las tetas por debajo de la musculosa. Le pellizqué los pezones entre los dedos y la sentí arquearse contra mi bragueta, restregándome el culo contra la verga que ya la tenía tiesa.

—Estás caliente desde temprano, ¿eh? —le susurré al oído.

—Cerraste la puerta con llave o no —contestó ella, mordiéndose el labio y girándose.

Le bajé los shorts de un tirón. No tenía bombacha. La levanté en peso, la senté al borde de la mesada de mármol y le abrí las piernas de par en par. Me arrodillé, le hundí la cara en el coño y me lo comí a lengüetazos anchos, chupándole el clítoris hasta que se agarró de mi pelo y empezó a temblar. Se corrió rápido, con los talones clavados en mi espalda y la mano tapándose la boca.

Me paré, me bajé el jogging y le clavé la polla de una. Ella soltó un gemido corto y se colgó de mi cuello. La cogí ahí mismo, contra la heladera abierta, escuchando el zumbido del motor y sintiendo el frío contra mi brazo. Le apoyé una mano en el mármol y la otra en el culo para pegarla a mí, y la embestí sin descanso hasta que las tazas del desayuno se cayeron y se rompieron en el piso. Ella se reía y gemía al mismo tiempo, y cuando la sentí apretarse de nuevo alrededor de mi verga, la levanté en brazos, la tiré sobre la alfombra del living y me la cogí boca arriba hasta que me corrí sobre su vientre, dejándole un charco espeso que ella se pasó por las tetas con dos dedos, mirándome pícara. Después nos quedamos riéndonos en el piso, con la comida derritiéndose sobre la mesa.

Hubo tardes en la pileta, con el sol quemándonos la espalda, ella con el traje de baño corrido hasta las rodillas, agarrada del borde mientras yo la penetraba de pie dentro del agua, con las tetas flotándole a la altura de mi boca. Noches enteras en la sala, ella encima de mí a horcajadas en el sillón, moviendo las caderas en círculos, marcando el ritmo con las manos apoyadas en mi pecho, mientras yo le chupaba una teta y le apretaba el culo con las dos manos, guiándola arriba y abajo sobre mi verga hasta que las dos piernas le temblaban y se dejaba caer, corriéndose sobre mí. Mañanas en que el despertador sonaba y ninguno tenía ganas de levantarse: ella me despertaba con la boca hundida entre mis piernas, chupándomela hasta que abría los ojos, y terminaba montándome antes de que sonara la alarma por segunda vez, dejándome vacío para todo el día.

Lorena no era solo una mujer hermosa: tenía una risa contagiosa, una ternura que se notaba con los chicos, y una intensidad en la cama que me desarmaba apenas cerraba la puerta del dormitorio. Le gustaba el sexo sucio, el dirty talk, que le hablara mientras se la metía, que le tirara del pelo, que la acabara donde quisiera. Y a mí me gustaba dárselo todo, hasta quedarme sin aire.

Sin darme cuenta, la casa había dejado de ser una obligación del testamento. Se había convertido en un hogar.

***

Una tarde, la mayor de las nenas, Martina, se sentó conmigo en un banco del jardín y me disparó a quemarropa:

—¿Vos ya sos nuestro nuevo papá?

Me quedé paralizado. Atiné apenas a devolverle la pregunta:

—¿A ustedes les gustaría?

—¡Sí! —contestó con una sonrisa enorme—. Mamá dice que es muy feliz con vos.

Algo se me acomodó en el pecho, y al mismo tiempo se me ocurrió una idea. Esa misma semana llamé al estudio de Maldonado y pedí verlo con urgencia.

Llegué a su oficina con traje y la cabeza llena de planes. El abogado me recibió con el mismo café de siempre, cerró la carpeta y me miró fijo.

—Decime, Damián, ¿algún problema con Lorena o los chicos?

Respiré hondo y solté todo de una.

—La cosa es así, doctor. Lorena y yo estamos juntos. De pareja, en serio. Dormimos juntos, desayunamos juntos, criamos a los chicos como una familia de verdad. Yo la mantengo, la cuido, y ella eligió quedarse conmigo. No es por el dinero: nos enamoramos.

El abogado levantó una ceja, pero no se inmutó. Estos tipos lo han oído todo.

—Entiendo —dijo tranquilo—. ¿Y qué querés saber?

—Si esto cumple con la cláusula. El viejo quería que la protegiera hasta que ella se sintiera en condiciones de valerse por sí misma. Pero si ya somos pareja, si yo la banco en todo y la hago feliz, ¿no está ya protegida? ¿No podría firmar ante escribano que se siente segura conmigo para siempre y listo, se libera la herencia completa?

Maldonado abrió el testamento original, leyó un par de líneas en voz baja y volvió a mirarme.

—La redacción es ambigua a propósito. Su abuelo escribió: «El heredero deberá garantizar la protección y el bienestar de Lorena Vega hasta que ella, de manera libre y voluntaria, declare ante escribano que se considera en condiciones de independizarse sin necesidad de auxilio económico ni habitacional adicional». —Hizo una pausa—. No especifica que deba ser una relación platónica, ni prohíbe un vínculo sentimental. Si Lorena declara que su bienestar está asegurado porque sos su pareja estable, porque viven juntos y porque elige quedarse contigo por amor, eso podría interpretarse como cumplimiento pleno de la cláusula.

Sonrió apenas, por primera vez.

—Tendría que ser una declaración sincera, claro. Pero si ella realmente quiere estar con vos, y por lo que contás parece que sí, podría firmar mañana mismo. La casa pasaría a tu nombre y los fondos se desbloquearían por completo.

—¿Y no hay riesgo de que un juez lo tome como fraude?

—Muy bajo. El testamento prioriza el bienestar de Lorena. Si ella dice que se siente protegida y feliz, y hay evidencia de convivencia real, ningún juez va a meterse. Además, su abuelo era un hombre poco convencional. Creo que esto le habría hecho gracia.

Me levanté y le estreché la mano con fuerza.

—Entonces prepare los papeles, doctor. Voy a hablar con ella esta misma noche.

***

Esa noche, cuando los chicos ya dormían, me senté con Lorena en la sala, le tomé las manos y le conté todo. Lo de la cláusula, lo de la firma, lo que significaba. Pero antes de llegar a la parte legal, le dije lo único que importaba:

—No quiero que firmes por el dinero. Quiero que firmes porque querés quedarte. Porque yo quiero quedarme.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y me besó como si quisiera responderme con la boca lo que las palabras no alcanzaban. Me llevó de la mano hasta el dormitorio y cerró la puerta con llave por primera vez sin apuro, sin el hambre desesperada de las otras noches.

Esta vez fue distinto. Me desnudó despacio, botón por botón, besándome el pecho a medida que iba bajando, y yo le saqué el vestido con la misma calma, dejándola desnuda contra la luz tibia del velador. Nos quedamos mirándonos un momento, ella con las tetas contra mi pecho, los ojos verdes clavados en los míos, la boca entreabierta.

La recosté en la cama y le besé cada centímetro. La boca, el cuello, las tetas, los pezones que se ponían duros bajo mi lengua, el vientre, el interior de los muslos. Cuando le abrí las piernas y le pasé la lengua por el coño, ella suspiró con los ojos cerrados y me agarró la cabeza con las dos manos, sin apuro, marcándome el ritmo lento que quería esta vez. La chupé con paciencia, saboreándola, sintiéndola humedecerse contra mi boca, hasta que el primer temblor le recorrió las piernas y se corrió despacio, con un gemido largo, mirándome a los ojos mientras se venía.

Después me tiré arriba, le acomodé una pierna sobre mi hombro y le metí la verga despacio, hasta el fondo, sin dejar de mirarla. Nos movimos juntos, sin urgencia, respirando en la misma boca, con los dedos entrelazados encima de la almohada. Cada estocada la sentí en el pecho tanto como en el cuerpo. Ella me abrazó las caderas con las dos piernas, pegándome más adentro, y empezó a mover el culo contra mí con un ritmo cadencioso, buscando otra corrida.

—Te amo —me murmuró contra los labios—. No pares, Damián, no pares nunca.

La cogí despacio pero profundo, dándole todo lo que tenía, y cuando la sentí temblar por segunda vez, la seguí. Me corrí adentro de ella con un gemido ahogado contra su cuello, sintiendo cómo el coño me apretaba y me exprimía hasta la última gota. Nos quedamos así, encajados, un rato largo, sin ganas de separarnos, sabiendo que al día siguiente sellaríamos algo mucho más grande que una herencia.

En la escribanía, Lorena firmó con letra firme y una sonrisa pícara, mirándome de reojo mientras el escribano leía la declaración. Maldonado nos guiñó un ojo. La cláusula se cumplió, la casa quedó a mi nombre y los fondos se liberaron.

Un mes después nos casamos, con las tres criaturas tirando arroz y llamándome papá sin que nadie se los pidiera. El año que había empezado como el peor de mi vida terminó dándome lo único que de verdad había perdido y no sabía cómo recuperar: una familia.

Y nosotros, en realidad, recién empezábamos.

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Comentarios(8)

LectoraNocturna77

Buenisimo!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. Ojala haya continuacion

Tomas77

Y despues que paso?? necesito la segunda parte ya, me quede con mil preguntas jajaja

ClaraViento

Que premisa tan original, la verdad no lei nada igual por aca. La tension se siente desde el comienzo mismo y no te suelta

Nando_BA

Me recordo a algo que le paso a un conocido, aunque mucho mas mundano claro jaja. Muy bien contado, se siente autentico

Pilarin77

El titulo solo ya te atrapa. Y el relato cumple con creces, no te defrauda para nada

RicardoV_BA

Tiene mas historias publicadas? quedo con ganas de leer mas, muy bueno

MarceloR_Cba

Lo que mas me gusto es el ritmo. Nada se apura, todo va fluyendo natural. Se nota que sabe escribir bien

curiosa87

tremendo!!! muy bueno, seguii escribiendo!!

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