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Relatos Ardientes

Lo que escondía el nerd más callado de la facultad

Un día más en la facultad y el profesor de anatomía básica volvía a armar las parejas de trabajo a su antojo. Cada vez que me tocaba con alguien que no me convencía, me las arreglaba para cambiar de compañero. Pero esa mañana me asignó a Damián, un chico de los que nadie elige: callado, encorvado, con esa ropa tres tallas más grande de lo necesario. Por más que intenté esquivarlo, no hubo forma de escaparme.

Pasaron dos días y ninguno de los dos dijo una palabra sobre el trabajo. A diferencia de él, mis notas venían en picada, así que terminé siendo yo quien dio el primer paso. Lo vi sentado solo en una banca del campus, mordisqueando una manzana con la mirada clavada en un cuaderno, y me acerqué.

—Hola, te andaba buscando —llevaba unos jeans oscuros que marcan justo lo que tienen que marcar, una blusa blanca básica y unos tacones bajos color vino. Me agaché un poco al ver que no reaccionaba.

—Hola —se tomó un par de segundos antes de seguir—. ¿Es por el trabajo?

—Sí —me senté a su lado—. La verdad, me preocupa. Mis notas bajaron más de lo normal.

—Mmm —otra pausa eterna—. Hay un lugar donde suelo comprar el material que necesitamos —hablaba despacio, sin levantar la vista del suelo.

—No hay problema, justo tengo la tarde libre —me puse de pie, lista para ir.

—Pero yo no tengo plata para un taxi… y supongo que vos no andás en metro.

Lo miré y solté una risa.

—Claro que ando en metro, no me sobra para taxis —volví a reír. Él se levantó y empezó a caminar sin avisar—. Esperá, no te vayas —arranqué a seguirlo.

—Pero dijiste que íbamos a comprar —me miró confundido cuando lo alcancé.

—Ah, es que pensé que ibas a otro lado —seguí hablando hasta el andén, aunque de él solo conseguía respuestas de tres palabras. Cuando llegó el tren, ya venía repleto, y supe que iba a quedar peor cuando subiéramos todos los que esperábamos.

Damián se quedó algo apartado, así que le hice una seña para que se acercara.

—Con tanta gente nos podemos perder —dije, porque ni idea tenía de adónde íbamos.

La gente empezó a empujar y noté que él se incomodaba de tenerme de frente, así que preferí girarme y quedar de espaldas a su pecho. Un par de minutos después, nuestros cuerpos estaban más cerca de lo previsto. Por el reflejo del vidrio veía cómo intentaba separarse lo máximo posible de mí.

Otro empujón, y esta vez quedamos pegados sin remedio. Pasó un minuto, quizá menos, cuando lo sentí: algo duro presionando la parte baja de mi espalda. Por Dios. Supongo que tantos meses sin sexo me hicieron imaginar de inmediato el tamaño, la forma, todo. El vaivén del vagón hacía que se frotara contra mí una y otra vez, y para cuando me di cuenta tenía la ropa interior empapada. Aguanté así quince minutos más, sin atreverme a moverme.

Al bajar, dijo que necesitaba ir al baño. Por suerte no tardó más de cinco minutos. Si antes hablaba poco, ahora era directamente mudo: lo único que me ofrecía era su cara colorada hasta las orejas.

—No sé si podríamos hacer el trabajo en tu casa. En la mía están mis hermanos, son un desastre y nos lo arruinan —lo dije con doble intención, no voy a mentir. Todo ese rato no había podido sacarme de la cabeza lo que sentí en el tren, y me moría de curiosidad por saber cómo sería en la cama alguien tan tímido—. ¿Lo hacemos en la tuya?

—Sí —contestó rápido—. Pero hoy no, me tengo que ir —y sin más se dio media vuelta y se fue.

***

Esa noche me la pasé reviviendo lo del metro. Entré al grupo de la materia y estuve a punto de escribirle, pero me frené en el último segundo. ¿Pero qué me pasa? Dejé el teléfono lejos y me fui a dormir.

El sábado por la mañana me llegó un mensaje de un número desconocido. Apenas lo leí supe que era él: «Hola, esta es mi dirección… si podés venir hoy, avisame». Seco, como siempre.

Fingí demorar en responder mientras revolvía el placar buscando qué ponerme. Media hora después me decidí por un vestido liviano que me llegaba a mitad del muslo y unas zapatillas cómodas.

—Hola, en un par de horas me desocupo. Igual te aviso si al final no puedo —la sonrisa de hacerme la difícil se me borró cuando su respuesta fue un simple «ok».

En el camino aproveché para pasar por la farmacia y comprar preservativos. Solo quería comprobar si eso que sentí era real, y estaba segura de que él jamás en su vida había visto uno de cerca.

***

Lo llamé al llegar. La puerta la abrió un tipo de cabello largo atado en un rodete, cuerpo trabajado, con unos shorts y una musculosa que dejaban ver bastante. Por un segundo pensé que me había equivocado de casa. Cuando lo miré bien, casi me caigo: era él. Era el mismo nerd silencioso de la facultad.

—Pensé que no venías. ¿Querés agua o jugo? —habló desde la cocina mientras me hacía pasar a un sillón del living.

Estaba nerviosa e impactada en partes iguales. El chico era otra persona. Siempre andaba escondido bajo ropa enorme, y ahora veía lo que había debajo de todo eso… bueno, todavía no todo.

Volvió con un vaso de jugo.

—Te traje esto, como no me contestaste —me lo dio y se sentó en el sillón de enfrente.

—Sos muy diferente —dije, y tomé un sorbo.

—¿Diferente? —parecía no entender de qué hablaba. Al notar lo que miraba, se señaló el brazo—. Aaah, te referís a esto —rió un poco.

Me quedé medio boba mirándolo. Se veía tan bien que ahora el asunto jugaba en mi contra: los papeles se habían invertido. Él se mostraba seguro, tranquilo, y a mí me comían los nervios.

Estuvimos casi dos horas trabajando, y mientras más avanzábamos, más ganas tenía de estar con él.

—Oye, ¿tenés novia?

—No —respondió jugando con un pedacito de yeso entre los dedos—. ¿Vos?

Negué con la cabeza.

—Qué bueno —dijo con una sonrisa—. Sos muy linda —y volvió a mirar al piso, como siempre, mientras se le encendía la cara.

Sonreí.

—Ayer… en el metro.

—Disculpame, no fue a propósito —me interrumpió—. Era la gente que me empujaba.

—Traje algo —con vergüenza y una pizca de valentía, saqué uno de los tres preservativos de la caja y lo dejé sobre la mesa.

Lo tomó y lo observó un rato.

—No me queda —pensé que no había hablado por timidez.

—¿Cómo que no? —solo había agarrado la primera caja que vi en la góndola.

Me lo devolvió.

—Mirá, este es talle M, y yo uso los XXL —se levantó—. Creo que tengo unos por ahí. ¿Los vamos a buscar?

Ya estaba decidida, y más con ese dato recién servido, así que me puse de pie.

—Sí —entonces sentí cómo me alzaba en brazos.

—Hay que subir escaleras y capaz te cansás —arrancó a caminar.

***

Cuando llegamos a su cuarto, me sentó en la cama. Todo el lugar olía a su perfume y eso me prendió un poco más. Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó una tira de cinco preservativos.

—Mirá, son estos —me los pasó—. ¿Apostaron?

La pregunta me agarró desprevenida.

—¿De qué hablás?

—Mmm, en serio creo que todo esto del preservativo es una apuesta de tus amigas. Nunca te habías acercado a mí y de golpe me ofrecés sexo. Sé sincera, ¿no te resulta raro todo esto?

—No es nada de eso… fue por lo de ayer —sentí la cara empezar a arder—. Lo que sentí en el metro me dejó con curiosidad.

—No sé qué decir, pero es que tu cola… —dibujó una silueta con las manos— se frotaba contra mi pierna —bajó las manos de golpe—. Perdón, no quise decir eso.

—No tengo problema. ¿Entonces te gusta mi cola? —reí.

—Obvio que sí. Me masturbé en el baño del metro de lo duro que me dejaste —se levantó pasándose los dedos por el pelo—. Disculpá, no sé lo que digo.

Me abaniqué un poco con la mano.

—Aaah, así que por eso tardaste tanto —reí—. ¿Y solo te gusta mi cola? —mientras hablaba, sentía cómo una versión mucho más atrevida de él peleaba por salir, pero el tímido de siempre la frenaba a último momento.

—No, claro que no, me gusta todo de vos —se sentó de nuevo—. Sos muy linda y lo sabés, todos te lo dicen.

—Pero quiero que me lo digas vos —quería volver a escuchar a ese otro Damián.

—Tus ojos, tus labios, toda tu cara es hermosa. Tu pelo largo, lacio, y… —se cortó otra vez.

—Sí, ¿qué más?

—Y bueno… ya te dije, ese cuerpo tuyo vuelve loco a cualquiera. Te comería entero si pudiera… me pasé —rió nervioso.

Me mordí los labios.

—No me incomoda. No sé por qué, pero si me lo decís vos me prende —reí—. Aunque te hacés el difícil, por lo que veo.

—Es que todavía pienso que es una broma pesada —se acercó y juntó nuestros labios. No fue el beso delicado que imaginé: se notaba el deseo contenido durante quién sabe cuánto tiempo. No tardó en meter la mano debajo de mi vestido y rozar mi ropa interior—. Pero ya es tarde, ya estoy duro de nuevo —deslizó los dedos—. Y vos estás empapada.

No entendía por qué temblaba si recién empezaba a tocarme. Movió la tela hacia un costado y empezó a frotarme directo.

—¿Hay alguien más en tu casa?

Dejó de besarme, pero los dedos seguían en lo suyo.

—No, mis viejos trabajan todo el día —me miraba fijo, como si acariciar mujeres fuera lo más natural del mundo.

Me recosté del todo en la cama y abrí las piernas. Mi invitación no necesitó traducción. Él bajó, me sacó la ropa interior, me levantó el vestido y empezó a recorrerme con la boca.

—Siempre imaginé que ibas a ser así de dulce —siguió un poco más y se incorporó—. Necesito verte completa —me desvistió a las apuradas; el conjunto que tanto pensé quedó tirado en el piso como si nada—. Sos jodidamente rica.

Yo sentía que me faltaba el aire. Esa manera ruda de actuar y de hablar la descubría por primera vez. Gemía fuerte, más todavía cuando me mordía apenas y me llevaba al borde. Subió las manos por la curva de mis piernas hasta mis pechos y empezó a apretarlos.

—Sos toda mía —repetía, y no era una pregunta; el tono lo afirmaba como una verdad.

El primer orgasmo me agarró de golpe. Sentí el cuerpo temblar y quise apartarlo, pero él se aferró más, hundiéndose en mí. Intenté tomar aire y no me dejó.

—Lo quiero adentro. Metelo —le pedí.

Se puso sobre mí y me besó.

—Si de verdad querés que te coja, pedímelo mejor.

—Dejate de tonterías, cogeme ya —dije entrecortado, sintiendo su mano apretarme apenas el cuello.

—Creo que no lo querés tanto. Ya te dije: pedilo, rogá.

—Por favor, cogeme, por favor —no sabía qué más quería que dijera.

—Sos toda una atrevida pidiendo que te coja —me mordió un pecho y se levantó. Se bajó los shorts y se sacó la musculosa.

Era grande, grueso, con la punta rosada y bien parada. Me quedé mirándolo con unas ganas terribles. Le pasé el preservativo para que empezara de una vez, pero lo arrojó a un costado.

—No quiero usarlo, quiero cogerte así —se acomodó entre mis piernas y me las apoyó sobre los hombros—. Decime, ¿qué hacemos?

—Está bien, pero cogeme ya.

—¿Y el «por favor» dónde quedó? —tomó su miembro y me embistió de una. Sonrió cuando grité por el tamaño; sentí que me partía en dos—. Eso fue un castigo —me sujetó de la cintura y empezó a moverse a su antojo.

Un par de veces le dije que parara, pero él sabía perfectamente que no lo decía en serio. Empecé a escuchar sus gemidos roncos.

—Mirá cómo te venís de nuevo —no podía evitarlo, me lo estaba haciendo demasiado bien, demasiado fuerte. Siguió hasta que se inclinó sobre mí—. Te voy a dejar bien llena —dijo mirándome a los ojos mientras se vaciaba dentro.

Salió despacio y me bajó las piernas con la misma calma. Pasó dos dedos por mi entrada, juntó los fluidos de los dos.

—Abrí la boca —obedecí, y los metió. Empecé a chuparlos sin pensar.

Después me acomodó contra su cuerpo y se acostó a mi lado, en silencio, abrazándome. Levanté un poco la cabeza para mirarlo.

—¿Te lo puedo chupar?

La pregunta lo hizo sonreír. Sabía que me había gustado.

—Sí, chupámelo.

Me acurruqué de nuevo en su pecho.

—Pero ahora no. Me dejaste agotada y quiero dormir un rato.

—Está bien. Pero apenas te despiertes, me lo chupás —dijo, y por primera vez no se puso colorado al hablar.

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Comentarios (4)

SergioDF

jajaja los nerds siempre sorprenden. tremendo!!!

Carla_Mdp

Por favor una segunda parte, me quedé con ganas de mas...

Romi_86

me recordó a un chico que tenia en la facu, muy callado pero algo en el me llamaba la atención. Al final resultó ser el más interesante del curso jaja. Te entiendo perfectamente

ValenRo92

El titulo me atrapó desde el principio y no decepcionó. Muy bien narrado!

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