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Relatos Ardientes

Reencontré a la amiga de mi ex y todo cambió

Mi teléfono llevaba meses funcionando a medias: se apagaba solo, se quedaba sin batería antes del mediodía. Esa tarde de jueves decidí que ya estaba bien y bajé a unos grandes almacenes, a la planta de electrónica, a buscar un modelo que me convenciera. Estaba mirando una estantería de cargadores cuando escuché que alguien decía mi nombre a mi espalda.

Me giré y vi a una mujer que se acercaba entre los pasillos, con vaqueros y una blusa clara. Tardé un par de segundos en reconocerla. Era Lorena, una vieja amiga de Marina, mi exmujer. Hacía años que no la veía.

Durante una temporada habíamos salido mucho los cuatro: ella, su marido, Marina y yo. Cenas, alguna escapada, sobremesas que se alargaban hasta la madrugada. Después la vida nos fue separando. Marina y yo nos mudamos a otra ciudad y poco a poco dejamos de coincidir. Tras el divorcio volví, llevaba ya varios meses instalado de nuevo, pero apenas me había acordado de aquella gente.

—¡No me lo puedo creer! —dijo abrazándome—. ¿Cuánto hace que no nos vemos? Ni me acuerdo.

—Yo tampoco —respondí, contagiado por su entusiasmo—. ¿Qué tal Andrés?

—Muy bien. Ahora está de viaje, tiene muchísimo trabajo y le va estupendamente. ¿Y los niños? Bueno, ya no son niños.

—Están enormes, no los reconocerías. Los dos fuera, estudiando —sonrió con esa mezcla de orgullo y nostalgia de las madres—. ¿Y vosotros? ¿Habéis vuelto a la ciudad? Podríamos quedar los cuatro un fin de semana, como antes.

Bajé la mirada un momento. No me gusta hablar del tema, pero con ella no tenía sentido fingir.

—Yo sí he vuelto. Marina y yo nos separamos hace unos meses. Ella se quedó en la casa de allá y yo decidí regresar.

—Cuánto lo siento de verdad —dijo, y le creí—. Hacíais tan buena pareja.

—Son cosas que pasan. Ya está. ¿Y a ti qué te trae por aquí?

—Bajé a dar una vuelta, nada más. Sola en casa me aburro como una ostra. —Se quedó pensando un instante, mordiéndose el labio—. Oye, ¿te apetece un café? Te cuento cómo nos ha ido estos años y tú me cuentas lo que quieras contarme.

Acepté. Nos sentamos en la cafetería de la última planta, junto a un ventanal, y el rato se estiró sin que ninguno mirara el reloj. Hablamos de Marina, de los viejos tiempos, de la gente que ya no estaba. Normalmente evito esos temas, pero con Lorena resultaba fácil. Tenía una forma de escuchar que daba ganas de seguir hablando.

Y mientras hablaba la observaba, casi sin darme cuenta. Lorena tenía cincuenta años, no era muy alta, de caderas anchas y pecho generoso, morena, con una melena larguísima que le caía por la espalda. Siempre la había visto como a una amiga, jamás me había fijado en ella de otra manera. Esa tarde, sin embargo, algo empezaba a cambiar y yo todavía no lo sabía.

***

Cuando quisimos darnos cuenta casi era hora de cenar. Lorena recogió el bolso y me lanzó otra propuesta.

—Me encantaría que vieras mi piso. Lo hemos dejado precioso, ya verás. Está aquí al lado.

—Es un poco tarde, Lorena. Otro día.

—Venga, será un momento. Me hace ilusión enseñártelo.

Me rendí ante su insistencia y la acompañé. Vivía en un sexto, en un edificio alto, en un piso amplio, bien amueblado, con buen gusto en cada detalle. Se notaba que estaba orgullosa de él y tenía motivos. Me ofreció un refresco y nos sentamos en un sofá grande, frente a la ventana, a seguir charlando sobre la reforma, los muebles, las plantas del balcón.

Lo que pasó después lo provocó un comentario tonto, una broma que hice sin pensar.

—Bueno, me voy yendo —dije dejando el vaso.

—No sé a qué viene tanta prisa. Total, ahora no tienes a nadie esperándote en casa —replicó con media sonrisa.

—Mañana madrugo. Y tú tampoco tienes a nadie esta noche, pero ya recuperaréis el tiempo cuando vuelva Andrés.

Lorena dejó de sonreír. Su cara se ensombreció de golpe, como si hubiera tocado sin querer una herida.

—Perdona, era solo una broma —me apresuré a decir—. No quería incomodarte.

—No me has incomodado. Es que me has recordado algo que no hago desde hace mucho.

—No te entiendo, Lorena.

Ella se limitó a encogerse de hombros y a sonreír con tristeza.

—Cuando hablabas de recuperar el tiempo, supongo que te referías a que Andrés y yo tendríamos mucho sexo al volver.

—Era una broma. Pero es lo normal en una pareja después de unos días separados. A mí me pasaba con Marina.

—Pues a nosotros no. Yo ya no quiero. Hace años que el sexo dejó de darme nada.

La miré sin saber qué decir. Y al mirarla, esta vez de verdad, me di cuenta de lo atractiva que era. La curva del cuello, la melena cayéndole sobre un hombro, los labios entreabiertos esperando que dijera algo.

—Andrés lo entiende —siguió ella—. No hace falta acostarse para quererse, y menos a nuestra edad.

—Pero tampoco tienes por qué renunciar a disfrutar. La edad no es ningún impedimento, Lorena.

—Para mí ya no creo que sea posible.

Lo lógico habría sido levantarme, despedirme y marcharme a casa. Eso es lo que debería hacer ahora mismo, pensé. En cambio me deslicé por el sofá hasta quedar a su lado y posé la mano sobre su pierna, acariciándola por encima del vaquero, despacio.

—¿Qué haces? —preguntó sin apartarse.

—Demostrarte que te equivocas.

***

Ahora era ella la que no encontraba palabras. Mis dedos subían y bajaban por su muslo mientras la miraba a los ojos. Llevé la mano hasta su pecho y lo recorrí por encima de la blusa, dibujé el contorno, busqué el pezón con la yema y giré sobre él.

—No, no… déjalo —susurró, pero en voz tan baja que casi no se la oía.

No le hice caso, y aquel «no» tampoco sonaba demasiado convencido. Empecé a desabrochar los botones de su blusa, uno por uno, mientras le besaba el cuello. Ella cerró los ojos y soltó un suspiro largo. Recorrí con la lengua los dos lados de su garganta y noté cómo se le erizaba la piel.

Cuando terminé de abrir la blusa apareció un sujetador azul oscuro. Mis manos cubrieron sus pechos, los apretaron con suavidad. Lorena seguía negando con la cabeza, aunque ya sin ninguna fuerza. Le quité la blusa, le solté el sujetador y sus pechos quedaron libres, grandes y firmes para su edad. Bajé la boca hasta ellos, tomé uno con la mano, lo besé, lo lamí en círculos hasta que el pezón se endureció contra mi lengua. Repetí lo mismo con el otro.

Al levantar la vista entendí que ya no había marcha atrás: tenía la respiración agitada y las mejillas encendidas. Mi lengua siguió bajando por su vientre, rodeó el ombligo. Me detuve para desabrocharle el pantalón y se lo fui quitando despacio, hasta dejarla con unas bragas a juego con el sujetador.

Me quité el jersey y la camiseta y volví a su ombligo mientras mis dedos se colaban por el borde de la tela y acariciaban entre sus piernas.

—Ah… —gimió al notarlos.

Estaba húmeda enseguida. Mis dedos se abrieron paso, entraron y salieron despacio, y sus gemidos fueron creciendo. Le bajé las bragas mientras yo me deshacía de los pantalones. Le separé un poco las piernas, me acomodé entre ellas y la besé donde mis dedos habían estado, recorriéndola de arriba abajo con la lengua sin dejar de moverlos dentro.

—¿Así te gusta? —pregunté levantando la cara.

—Mucho. Sigue, por favor, sigue —respondió hundiéndome los dedos en el pelo.

Le hice caso un buen rato, hasta que el cuerpo me pidió más. Me quité lo último que me quedaba y subí. La froté contra ella, despacio, jugando, y cuando por fin la penetré los dos gemimos a la vez. Le sujeté las piernas y empecé a moverme, primero suave, después con más fuerza, sintiendo cómo cedía y me recibía cada vez con menos resistencia.

—Esto es increíble. Quiero más —jadeaba ella.

—No tengas prisa. Tenemos toda la noche.

***

Al cabo de un rato cambié de idea. Me senté en el sofá y le pedí que se colocara encima, de cara a mí. Lorena me guio hacia su interior y se dejó caer despacio, con los ojos clavados en los míos.

—Ahora muévete —le pedí.

Y empezó a subir y a bajar, cada vez con más ganas. La melena le golpeaba el pecho, echaba la cabeza hacia atrás incapaz de contener lo que sentía. Verla así, soltándose por fin, perdiendo el control después de tantos años, me excitaba más que cualquier otra cosa.

—Sí, sí, me estoy volviendo loca —repetía entre gemidos.

Le agarré las caderas y la acompañé en el movimiento. Notaba que estaba a punto, y yo también.

—Dios, creo que me corro —alcanzó a decir.

No había terminado la frase cuando empezó a temblar. Su orgasmo se prolongó varios segundos largos, agarrada a mis hombros, con la boca abierta y sin voz. Cuando por fin se calmó, se incorporó, me tomó con la mano y terminó de provocar el mío en cuestión de instantes. Cerré los ojos y me dejé ir, vaciándome por completo, con la cabeza dándome vueltas.

Luego se quedó apoyada sobre mí, recuperando el aliento. Me miró y sonrió.

—Ha sido maravilloso. Gracias —dijo besándome en los labios.

—Me alegro de haberte hecho disfrutar.

—Seguro que tú también. —Se apartó el pelo de la cara—. Pero ahora será mejor que te vayas, que mañana madrugas.

Me vestí despacio. Cuando terminé quise besarla otra vez en la boca, pero ella me ofreció solo la mejilla. Entendí el mensaje. Me despedí y salí.

Bajando en el ascensor pensaba en lo que acababa de pasar. Me habría gustado repetir, volver a verla, pero algo me decía que no iba a poder ser. Pese a todo, Lorena quería de verdad a su marido, y lo de esa tarde había sido apenas un paréntesis, una grieta en su rutina.

Aun así, no pude evitar sonreír al pisar la calle. Esa mujer acababa de recuperar algo que creía perdido. A lo mejor un día se da cuenta de que no quiere renunciar a ello, pensé. Y entonces quizá vuelva a sonar mi teléfono nuevo. Quién sabe.

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Comentarios (4)

DiegoBaires88

Que bueno esto!!! me tuvo en tension desde el primer parrafo hasta el final

SilvinaRosario

Por favor una segunda parte... quede con muchas ganas de saber como siguio todo entre ellos

Lector_MDP

Me recordo a algo que me paso hace unos años. Esas situaciones donde sabes que no deberia pasar y pasan igual son las que mas te quedan grabadas.

LectorSur77

Una pregunta, ¿siguieron viendose despues o fue solo esa vez? me quede con la duda jaja

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