Lo que el camionero le hizo a la novia de su sobrino
Ramón estaba apoyado en el morro de su camión, un mastodonte de metal que crujía bajo un calor que ya anunciaba el verano. Llevaba la camisa abierta hasta el ombligo y el vello del pecho le brillaba por el sudor, como si lo hubieran barnizado. Terminaba un cigarrillo y el humo ascendía perezoso, dibujando espirales desde la punta encendida, esa brasa roja que parecía el único ojo vivo en aquel páramo de hormigón y gasolineras baratas.
Miró el reloj. Llegaban tarde y odiaba esperar. Pero era cosa de familia, o eso le había dicho su hermana por teléfono con esa voz de mártir que ponían las madres cuando querían endosarte un muerto.
—Cuídamelo, Ramón, que Daniel es muy bueno, pero le falta mundo —le había suplicado—. Y va con la novia. Llévalos hasta la frontera, que quieren ver Francia, y tú pasas por allí de todos modos.
Mundo le voy a dar yo, pensó él, rascándose la barriga con parsimonia de oso recién despertado.
Entonces los vio aparecer. Un coche urbano, limpio y reluciente, aparcó tímido junto a la bestia de carga. Al volante iba un amigo del chaval. Bajó primero Daniel y Ramón soltó una risotada que sonó a motor gripado. El crío era un fideo: pálido, con gafas de pasta, la camisa abrochada hasta el último botón y unos pantalones que parecían planchados con láser. Tenía cara de no haber roto un plato en su vida.
—¡Tío Ramón! —saludó, acercándose con la mano blanda como un pescado.
Ramón se la estrechó, o más bien se la trituró, disfrutando del gesto de dolor contenido. Su propia mano era una zarpa callosa, manchada de grasa y tabaco.
—¿Qué pasa, chaval? Estás más flaco que la pata de un canario. ¿No te dan de comer en esa universidad?
—El estrés de los exámenes, tío —balbuceó Daniel, recolocándose las gafas.
Pero Ramón ya no le escuchaba. Sus ojos se habían clavado en la puerta trasera, que acababa de abrirse. De allí salieron primero unas piernas. Largas, enfundadas en unos vaqueros tan cortos que los bolsillos asomaban por debajo del dobladillo, y tan apretados que se adivinaba todo si uno tenía la vista entrenada. Y Ramón tenía un máster en la materia.
Luego salió el resto. Una camiseta de tirantes negra, sin sujetador, dejaba ver unas tetas pequeñas y respingonas con los pezones marcados a través de la tela. La chica llevaba el pelo teñido de rubio platino con la raíz negra, a propósito, y mascaba chicle con la boca abierta. Tenía ojos de gata callejera, de esas que te bufan pero se dejan acariciar si traes comida.
—Esta es Noelia, tío —dijo Daniel con un orgullo que le quedaba grande—. Mi novia.
Ramón se quitó el cigarro de la boca y le hizo un barrido de arriba abajo, sin disimulo, como quien tasa una ternera en la feria. Los ojos se le fueron primero al escote, después al triángulo apretado entre los muslos, y por último a la boca, esa boca de chicle rosa que masticaba lento, provocador.
—Vaya, vaya… —su voz bajó una octava—. Así que esta es la joya. Encantado, preciosa. Soy Ramón. Pero tú puedes llamarme «tío», aunque no seamos familia… todavía.
Noelia dejó de mascar un segundo, le sostuvo la mirada y sonrió de medio lado. Vio la barriga incipiente, la barba cana, los brazos como jamones y esa aura de peligro que el hombre despedía. Y en lugar de asustarse, le brillaron los ojos.
—Hola, Ramón. Daniel me ha hablado de ti. Dice que eres un poco bruto.
—Daniel no sabe de la misa la media, rubia.
***
La cabina del camión era un templo a la masculinidad funcional. Olía a ambientador de pino caducado, a tabaco negro y a sudor seco incrustado en la tapicería. Un calendario de recambios con una tía en topless colgaba del salpicadero, las tetas enormes y los pezones rojos apuntando al parabrisas, y la estampita de una virgen, pegada con un imán, miraba hacia otro lado como si estuviera avergonzada.
El orden de los asientos fue el primer acto de la tragedia de Daniel.
—Tú, al copiloto —ordenó Ramón, subiéndose al asiento del conductor—. Y tú, niña, en medio, sobre la nevera. Ahí vas como una reina, y así te tengo cerca por si necesito que me pases el mechero.
Noelia se sentó en el hueco elevado entre los dos asientos, los muslos desnudos a escasos centímetros del brazo derecho de Ramón. Daniel, obediente, se abrochó el cinturón y sacó un libro.
El motor rugió. Una vibración profunda hizo temblar el suelo de la cabina y, de paso, el culo de la chica sobre la nevera. Ramón metió primera con un movimiento brusco, la mano rozando «sin querer» la rodilla de ella. No se apartó.
Llevaban dos horas de autovía cuando el ambiente empezó a espesarse. El aire acondicionado funcionaba a medias y el calor obligaba a sudar. A Ramón le encantaba. La camisa empapada le marcaba los pectorales.
—¿Y tú qué, sobrino? —preguntó, con un ojo puesto en el escote húmedo de Noelia—. ¿Sigues sin fumar, sin beber y sin nada de nada?
—Tío, por favor… —Daniel se puso rojo y miró por la ventana—. No seas ordinario.
—¿Ordinario? —Ramón encendió otro cigarro. El humo llenó el espacio reducido—. Ordinario es comer sin hambre, chaval. Yo soy un hombre. De los que ya no quedan. ¿A que sí, Noelia?
Giró la cabeza y le lanzó el humo casi a la cara. Ella lo inhaló como si fuera oxígeno y se pasó la lengua por los labios.
—A mí me gustan los hombres con carácter —dijo, mirando los antebrazos peludos sobre el volante—. Daniel es muy dulce. Pero a veces una se cansa de tanto dulce, ¿no? A veces apetece algo salado. O picante.
La insinuación quedó flotando, densa y obscena. Ramón sintió cómo la sangre se le iba directa a la polla, que empezó a tensar la bragueta con un bulto que no había manera de disimular.
—Salado tengo yo lo que quieras, niña —gruñó, bajando la mano para cambiar de marcha.
Al agarrar la palanca, hizo un movimiento exagerado. Su antebrazo presionó el muslo interior de Noelia, la piel húmeda de él contra la suave de ella. Y no lo retiró después de meter la quinta. Lo dejó ahí, descansando, sintiendo el calor que emanaba del coño de la chica a través de la tela apretada del vaquero. Daniel, sumido en un libro sobre ética, no se enteraba de nada. O no quería enterarse.
—Tienes calor, ¿eh? —susurró Ramón.
—Mucho —respondió ella con la voz rota—. Este camión vibra mucho.
—Es una bestia. Y hay que saber domarla. No cualquiera aguanta el trote aquí arriba. ¿Tú crees que aguantarías un viaje largo conmigo?
Noelia lo miró a los ojos, ignorando por completo a su novio a menos de un metro.
—Yo aguanto lo que me echen. Si es grande y fuerte, aguanto.
Ramón tuvo que morderse el labio para no parar en el arcén allí mismo, bajarle los vaqueros y follársela sobre el capó mientras Daniel miraba desde el asiento con el libro en las manos.
***
Pararon a comer pasado León, en una de esas áreas de servicio donde los camiones se amontonan como elefantes en un abrevadero y el suelo del bar está cubierto de servilletas usadas. Noelia arrastró una silla, pero su mente seguía atrapada kilómetros atrás.
No podía quitárselo de la cabeza. Antes, Ramón había detenido la bestia en un ensanchamiento de la carretera con el pretexto de que la vejiga no le daba tregua. Y no se había escondido. Al contrario: se había colocado de perfil contra un árbol solitario, la polla fuera, sacudiéndosela sin prisa para las últimas gotas, una pose que no dejaba nada a la imaginación. A pesar de la distancia, Noelia había creído ver una anatomía contundente, gruesa y colgante, una promesa de fuerza incluso en reposo que la había dejado sin aliento y con el coño empapado bajo el vaquero.
Cuando él volvió a la cabina, cerró la puerta con un golpe seco y le lanzó un guiño cargado de mala leche y seguridad. Aquello no era un saludo: era una firma. El muy cabrón sabía que ella no había apartado la vista. Aquella era su carta ganadora, el as que guardaba en la bragueta. Un arma que funcionaba como un imán: daba igual que fueran jovencitas o señoras de alta alcurnia. En cuanto asomaba la verga, lo demás pasaba a un quinto plano. Ya no importaba el pelo, ni la barriga que tensaba los botones de la camisa, ni el tufo a sudor y gasoil, ni esa forma de hablar basta, soltando tacos como quien respira.
Ramón pidió por los tres, ignorando las protestas de Daniel, que quería ensalada.
—¡Tres de callos, una fuente de torreznos y vino de la casa, con gaseosa para el chaval! —le bramó al camarero—. ¡Y pan, mucho pan, que hay que mojar!
Ramón comió como un animal: masticaba con la boca abierta, rebañaba la salsa con el pan y bebía a morro de la jarra. Daniel picoteaba con asco. Pero Noelia sorprendió. Devoró los callos con gusto, manchándose los labios de grasa roja, y miraba a Ramón cada vez que él se metía un trozo de pan en la boca.
—A mí me gusta ver comer a las mujeres —dijo él, recostándose en la silla, abriendo las piernas de tal manera que el bulto de la bragueta quedó ofrecido bajo el borde de la mesa—. Las que comen bien, todo lo hacen bien. Las tiquismiquis con la comida —miró a Daniel con desprecio— suelen ser unas estrechas. En la boca y en el coño.
Daniel suspiró y dejó el tenedor.
—Voy al baño —dijo, superado.
En cuanto desapareció, Ramón se inclinó sobre la mesa. Su aliento a vino, ajo y tabaco golpeó a Noelia, pero ella no retrocedió. Se inclinó hacia él.
—Tu novio es un soso —soltó él, bajando la voz—. No sé qué haces con él. Una mujer como tú necesita un hombre que la reviente, no uno que le pida permiso para tocarla. Que te folle sin preguntar. Que te agarre por el pelo y te la meta hasta la garganta cuando le dé la gana.
Noelia sonrió, una sonrisa sucia, y bajó la vista hacia la bragueta de Ramón, donde el bulto era evidente, gordo, latiendo bajo la tela.
—Es buen chico… pero es verdad que a veces me aburro. Me deja frustrada. Se corre en dos minutos y se duerme.
—¿Te aburres? —Ramón metió la mano bajo la mesa. Sin preámbulos, le agarró la rodilla y subió, apretando la carne firme del muslo—. Yo te quito el aburrimiento en cinco minutos, niña. Te dejo el coño temblando una semana. No vas a poder ni sentarte.
Los dedos ásperos treparon con descaro por la cara interior del muslo hasta encontrar el borde caliente del vaquero. Presionó con la yema del pulgar sobre la costura, justo donde se marcaba la abertura, y notó la humedad traspasando la tela.
—Joder, si estás chorreando —susurró él, con una sonrisa lobuna—. Ya lo tienes empapado, guarra.
Ella jadeó cuando los dedos ásperos apretaron con más fuerza, moviendo el pulgar en pequeños círculos sobre el clítoris a través del vaquero. Su cuerpo se sacudió de un espasmo involuntario.
—Ramón… —susurró—. Que viene Daniel.
Él retiró la mano, pero antes le dio un apretón posesivo, casi doloroso, hundiendo los dedos entre sus piernas como marcando territorio. Se llevó los dedos a la nariz, olió con parsimonia y sonrió.
—Luego seguimos. Que queda mucha carretera. Y esta noche te voy a partir en dos.
***
Llegaron cerca de la frontera ya de noche cerrada. Ramón decidió parar en un descampado oscuro, lejos de las luces de la gasolinera principal, alegando que «ahí se dormía más tranquilo». La realidad era que quería oscuridad y privacidad.
Daniel estaba agotado. El vino de la comida y el traqueteo lo habían dejado fuera de combate, y ninguno tenía hambre después del banquete del mediodía. Saltarse la cena fue decisión unánime.
—A dormir, pareja —dijo Ramón, apagando el motor. El silencio cayó sobre el campo como una manta—. Mañana cruzamos.
—¿Cómo nos organizamos? —bostezó Daniel.
—Tú reclinas el copiloto y listo, que es lo más cómodo —mintió Ramón—. Noelia y yo nos apañamos atrás, en la litera, que es ancha. El otro catre está lleno de cajas de herramientas. Y tú eres muy largo, no metes esas piernas. Ella es pequeñita, cabe bien contra la pared. No me voy a comer a tu novia, chaval.
—No pasa nada, Daniel —intervino ella rápido—. Yo duermo vestida y ya está.
Daniel, demasiado cansado para discutir y confiando en la buena fe familiar, aceptó a regañadientes. Se acomodó en el asiento, se tapó con una chaqueta y, a los diez minutos, roncaba.
Ramón corrió las cortinillas que separaban la zona de conducción de la litera, pero dejó una rendija abierta, la suficiente para ver la silueta del sobrino. Eso le daba morbo: saber que el dueño legítimo estaba a dos metros, inconsciente, mientras él se disponía a robarle la mercancía y follársela hasta reventarla.
Se quitó la camiseta. El olor a sudor llenó el pequeño espacio. Noelia estaba sentada en la cama, las piernas encogidas, mirándolo. Los pezones se le marcaban duros a través de la camiseta de tirantes, y ella misma podía sentir el latido húmedo entre las piernas.
—¿Te vas a dormir así, vestida? —preguntó él en un susurro ronco.
—La verdad es que empiezo a tener calor… —dijo ella, temblorosa.
—Pues quítatelo. Aquí no hay pudor que valga.
Ramón no esperó. Se abalanzó sobre ella, no como un amante, sino como un depredador. La empujó contra el colchón y le buscó la boca. El beso fue brutal: lengua, saliva, dientes, sabor a tabaco y a deseo reprimido. Le mordió el labio inferior hasta hacerla soltar un quejido y le metió la lengua entera, ahogándola. Noelia respondió con la misma furia, clavándole las uñas en la espalda ancha.
Con un tirón seco le arrancó la camiseta de tirantes por la cabeza. Las tetas pequeñas y respingonas quedaron al aire, los pezones rosados, duros como piedrecitas. Se las agarró con las dos zarpas, apretándolas casi con brutalidad, y se lanzó a chuparlas, tirando de los pezones con los dientes hasta hacerla arquearse.
—Qué buenas están, joder… tan durititas —gruñó, mientras lamía y mordía—. Y tu novio ahí, roncando, sin saber que le estoy comiendo las tetas a su chica.
—Joder, qué buena estás —gruñó él contra su cuello, mientras las manos toscas le bajaban los vaqueros de un tirón, arrastrando también las bragas. Un olor intenso a coño mojado invadió la litera. Noelia estaba depilada, con el sexo abultado, brillante de humedad, los labios menores asomando entrejugosos.
—Joder, mírate este coñito, si está chorreando —jadeó Ramón, pasándole un dedo entero por la ranura y llevándoselo después a la boca—. Sabes a gloria, guarra.
—Ramón… Daniel está ahí… —gimió, pero abrió las piernas más aún, ofreciéndose.
—Que se joda. Que aprenda.
La agarró por los muslos, separándoselos con fuerza bruta, y hundió la cara entre ellos. No fue delicado. Comió con un hambre voraz, ruidosa, la lengua ancha trabajando en toda la longitud del coño, subiendo y bajando, hundiéndose entre los labios, azotando el clítoris con la punta y después envolviéndolo entero, chupándolo como si fuera un caramelo. La barba raspaba el interior de los muslos, dejándole marcas rojas. Las manos toscas le apretaban las nalgas, separándoselas, y uno de sus dedos empezó a jugar con el ojete, presionando sin llegar a entrar todavía.
Noelia tuvo que morderse el puño para no gritar. El sonido de la saliva, de los labios chapoteando, de la lengua entrando y saliendo del coño, de los gemidos ahogados llenaba la parte trasera de la cabina.
—Qué rica estás, joder… qué coñito más apretado tienes —murmuraba él entre lametazos—. Este coño necesita una polla como Dios manda, no la porquería de tu novio.
Él levantó la vista un segundo, la barba empapada, brillante hasta las mejillas, y miró por la rendija. Daniel seguía durmiendo, ajeno a todo, la boca abierta. Esa visión lo excitó más que nada en el mundo. Volvió a la carga, succionando con fuerza el clítoris hinchado, dándole pequeños azotes con la lengua, y Noelia arqueó la espalda en un orgasmo silencioso y violento que la dejó sin aliento, las piernas temblando alrededor de la cabeza del tío.
No se detuvo. Introdujo dos dedos, después tres de golpe, buscando el fondo con una potencia que hacía chirriar la estructura de la litera. Los dedos entraban hasta los nudillos, curvándose hacia arriba, presionando ese punto interior que la hacía sacudirse como un pez fuera del agua. El coño chapoteaba, tan mojado que se oía el ruido húmedo con cada embestida de la mano.
—Mira cómo chorrea tu coñito de zorra —siseó él—. Me estás poniendo la mano perdida.
Ella intentó ahogar otro grito contra la mano, pero el embate era demasiado. La combinación de la lengua raspando el clítoris, los mordiscos en los muslos, los tres dedos gruesos entrando y saliendo con violencia, y ahora el pulgar que había encontrado el ojete y presionaba con firmeza, la llevó al límite por segunda vez, hasta que enterró la cara en la almohada para que su novio no escuchara aquel último sollozo de placer agotado. El coño le apretó los dedos con espasmos, expulsando un chorrito caliente que le empapó la muñeca a Ramón.
—Joder, si me la has meado, guarra… te has corrido a chorros —se rio él, con la mano brillante hasta el codo—. Voy a tener que enseñarte a controlarte.
Ramón se incorporó, jadeando, con la cara brillante y la barba pegajosa. Se sentía el rey del mundo.
—Ahora te toca a ti —dijo, y no fue una petición.
Se puso de rodillas, la cabeza rozando el techo de la cabina, y se bajó la ropa interior. Lo que salió de allí dejó a Noelia con los ojos como platos. Ramón no solo era un hombre grande: estaba dotado de un modo intimidante, casi grotesco, una verga oscura, gruesa como su muñeca, con las venas hinchadas subiendo por el tronco y un glande morado, brillante, que le colgaba pesado entre las piernas. Un par de huevos enormes, peludos, se balanceaban debajo. Algo que rara vez se veía fuera del cine más extremo.
Tragó saliva, y el sonido fue audible. De repente, la excitación dio paso a un miedo primario. Aquello no le iba a caber en la boca. Aquello no le iba a caber en el coño.
—¿Te gusta? —preguntó él con una sonrisa de suficiencia, agarrándose la polla por la base y sacudiéndosela para que ella viera el peso, el grosor—. Es toda tuya. Pero trátala con respeto, que tiene mal genio.
—Madre mía… —balbuceó ella, retrocediendo contra la pared—. No sé si…
—¿Ahora te vas a rajar? Has estado pidiendo guerra todo el viaje. —Se acercó, empujando la cadera hacia su cara. La punta del glande le rozó los labios, dejando un rastro brillante de líquido preseminal—. Abre la boca. Mucho. Y saca esa lengüita.
Noelia obedeció, impulsada por una mezcla de terror y una lujuria que no podía controlar. Separó los labios todo lo que pudo y sacó la lengua. Ramón se la deslizó por encima, embadurnándosela con el pre semen, y después le fue metiendo la cabeza poco a poco, forzándole la boca a abrirse más de lo que estaba acostumbrada. Los labios le quedaron estirados alrededor del glande, tirantes, blanquecinos.
—Así, buena chica… chúpamela bien, empápala con esa boquita —jadeó, hundiéndose otro par de dedos—. Joder, qué caliente la tienes por dentro.
Ella empezó a moverse, chupando, envolviendo el glande con la lengua, apretando los labios en el tronco. Con las dos manos apenas conseguía abarcarla entera. Bajó la boca todo lo que pudo, pero se atragantó en cuanto el glande le tocó el fondo del paladar. Se retiró tosiendo, con hilos de saliva colgando de la barbilla hasta la polla.
—No, no… así no se hace —gruñó Ramón, agarrándole el pelo teñido con las dos manos—. Yo te enseño. Relaja la garganta y aguanta.
El camionero no tenía piedad: la sujetó por el pelo y marcó el ritmo, empujando, usándole la boca como si fuera un coño. La polla le entraba y salía a golpes, chocándole en el fondo de la garganta, obligándola a producir arcadas ruidosas. La saliva le salía por las comisuras, chorreando hacia las tetas desnudas, mojándole los pezones. La barbilla le brillaba.
—Así, así, tragátela toda, zorra… ¡joder, qué garganta tienes! —jadeaba él, mirando de reojo la cortina—. Mira cómo se la mamas a su tío mientras él sueña con los angelitos. Eres una viciosa, Noelia. Te gusta tenerla llena de macho, ¿eh? Te gusta que te folle la boca como te la debería follar él.
Sacó la polla un segundo, roja, mojada de saliva y de gargajos, y se la restregó por la cara, por las mejillas, por los ojos cerrados, marcándola. Después le golpeó el cachete con ella, con la carne pesada de la verga, dejando manchones brillantes en la piel.
—Mira qué guapa estás con la polla de tu tío por toda la cara —rio en un susurro cruel—. Ahora los huevos. Chúpamelos.
Le levantó la polla y le empujó la cara contra los cojones. Noelia se los metió en la boca, uno cada vez, chupándoselos, lamiéndoselos, mientras él le seguía frotando la verga por la frente y por el pelo. El olor a hombre, a sudor, a machote sin ducharse en horas, la mareaba y la ponía todavía más cachonda. Con una mano se buscó el coño y empezó a masturbarse mientras le mamaba los huevos.
—Esta zorra se está tocando mientras me chupa las pelotas —constató él, riendo bajito—. Estás perdida, niña. Estás para que te encierren.
La levantó por el pelo y volvió a meterle la polla en la boca. Esta vez fue peor. Le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follársela con embestidas rítmicas, profundas, sin dejarle respirar. Se hundía hasta que la nariz de ella chocaba con la mata de vello púbico. Se quedaba ahí clavado dos, tres segundos, sintiendo cómo se le contraía la garganta alrededor del glande, y después se retiraba justo para dejarla coger una bocanada antes de volver a hundírsela hasta las tripas.
Las palabras sucias, la degradación, el tamaño en su garganta, la humillación de estar arrodillada mamándosela al tío de su novio mientras el pobre roncaba a dos metros… A ella se le saltaban las lágrimas, se le corría el rímel, pero no podía parar. Tenía el coño chorreando otra vez, la mano frotándose el clítoris con desesperación. Él tiraba del pelo con más rabia cada vez que ella buscaba un milímetro de aire, disfrutando de aquella humillación silenciosa a escasos metros del sobrino dormido.
—No pares… que me voy —avisó, tensando todo el cuerpo, las venas del cuello marcadas—. Me voy a correr en esa boca de mamona, y te lo tragas todo, ¿me oyes? Todo.
Dio tres, cuatro, cinco embestidas finales, brutales, hundiéndose hasta el fondo, y se corrió con un gruñido gutural, un torrente espeso y caliente que le llenó la boca de golpe. Noelia notó los espasmos de la polla contra la lengua, los latigazos calientes disparándole al fondo de la garganta, uno tras otro, más y más, un chorro que no acababa nunca. Tuvo que tragar y tragar, sintiendo cómo la lefa espesa le bajaba por el esófago, densa, salada, con ese sabor fuerte a macho maduro. Le rebosaba por las comisuras, blanca y grumosa, manchándole el mentón y goteándole sobre las tetas.
Él la mantuvo pegada, con la polla enterrada en la boca, hasta la última gota, obligándola a chupar y a limpiarla con la lengua. Solo entonces la soltó.
—Enséñame —le ordenó, agarrándole la barbilla—. Abre la boca. Enséñame lo que te queda.
Noelia abrió obediente. Aún tenía un charquito espeso de semen sobre la lengua, blanco contra el rosa.
—Ahora trágalo. Todo. Que te lo vea.
Ella tragó, la nuez subiendo y bajando en aquella garganta martirizada, y sacó la lengua limpia. Ramón sonrió con satisfacción y le pasó el pulgar por la comisura, recogiendo el resto que se le había escapado, y se lo metió en la boca para que se lo chupara también.
—Así me gusta. Ni una gota se desperdicia.
Ella cayó hacia atrás, tosiendo, con los ojos llorosos y la cara marcada de semen, saliva y rímel corrido. Se sentía sucia, utilizada, rota… y extrañamente viva. Todavía le palpitaba el coño, hinchado y necesitado. Se limpió como pudo con la sábana y se acurrucó en la esquina más alejada de la cama, mirándolo con una mezcla de pavor y reverencia. Casi se arrepentía de haber despertado a ese animal. Casi.
Ramón buscó el paquete de tabaco en la mesilla, encendió uno y dio una calada profunda. Exhaló el humo hacia el techo. La brasa naranja brillaba en la oscuridad como el ojo del diablo. Su polla, todavía a medio bajar, gorda y brillante, colgaba pesada entre sus piernas abiertas.
—Duerme un poco, niña —dijo con la voz ronca y satisfecha—. Y reza para que caiga rendido antes de que esta se anime otra vez. Porque como se me vuelva a poner tiesa, esta noche te la meto por el coño y por el culo, y que se despierte tu novio si tiene que despertarse.
Desde el copiloto, un ronquido de Daniel rompió el silencio. Ramón soltó una risita maliciosa, dio otra calada y cerró los ojos, sintiéndose el amo de la carretera.





