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Relatos Ardientes

Lo que el camionero le hizo a la novia de su sobrino

Ramón estaba apoyado en el morro de su camión, un mastodonte de metal que crujía bajo un calor que ya anunciaba el verano. Llevaba la camisa abierta hasta el ombligo y el vello del pecho le brillaba por el sudor, como si lo hubieran barnizado. Terminaba un cigarrillo y el humo ascendía perezoso, dibujando espirales desde la punta encendida, esa brasa roja que parecía el único ojo vivo en aquel páramo de hormigón y gasolineras baratas.

Miró el reloj. Llegaban tarde y odiaba esperar. Pero era cosa de familia, o eso le había dicho su hermana por teléfono con esa voz de mártir que ponían las madres cuando querían endosarte un muerto.

—Cuídamelo, Ramón, que Daniel es muy bueno, pero le falta mundo —le había suplicado—. Y va con la novia. Llévalos hasta la frontera, que quieren ver Francia, y tú pasas por allí de todos modos.

Mundo le voy a dar yo, pensó él, rascándose la barriga con parsimonia de oso recién despertado.

Entonces los vio aparecer. Un coche urbano, limpio y reluciente, aparcó tímido junto a la bestia de carga. Al volante iba un amigo del chaval. Bajó primero Daniel y Ramón soltó una risotada que sonó a motor gripado. El crío era un fideo: pálido, con gafas de pasta, la camisa abrochada hasta el último botón y unos pantalones que parecían planchados con láser. Tenía cara de no haber roto un plato en su vida.

—¡Tío Ramón! —saludó, acercándose con la mano blanda como un pescado.

Ramón se la estrechó, o más bien se la trituró, disfrutando del gesto de dolor contenido. Su propia mano era una zarpa callosa, manchada de grasa y tabaco.

—¿Qué pasa, chaval? Estás más flaco que la pata de un canario. ¿No te dan de comer en esa universidad?

—El estrés de los exámenes, tío —balbuceó Daniel, recolocándose las gafas.

Pero Ramón ya no le escuchaba. Sus ojos se habían clavado en la puerta trasera, que acababa de abrirse. De allí salieron primero unas piernas. Largas, enfundadas en unos vaqueros tan cortos que los bolsillos asomaban por debajo del dobladillo, y tan apretados que se adivinaba todo si uno tenía la vista entrenada. Y Ramón tenía un máster en la materia.

Luego salió el resto. Una camiseta de tirantes negra, sin sujetador, dejaba ver unos pechos pequeños y respingones. La chica llevaba el pelo teñido de rubio platino con la raíz negra, a propósito, y mascaba chicle con la boca abierta. Tenía ojos de gata callejera, de esas que te bufan pero se dejan acariciar si traes comida.

—Esta es Noelia, tío —dijo Daniel con un orgullo que le quedaba grande—. Mi novia.

Ramón se quitó el cigarro de la boca y le hizo un barrido de arriba abajo, sin disimulo, como quien tasa una ternera en la feria.

—Vaya, vaya… —su voz bajó una octava—. Así que esta es la joya. Encantado, preciosa. Soy Ramón. Pero tú puedes llamarme «tío», aunque no seamos familia… todavía.

Noelia dejó de mascar un segundo, le sostuvo la mirada y sonrió de medio lado. Vio la barriga incipiente, la barba cana, los brazos como jamones y esa aura de peligro que el hombre despedía. Y en lugar de asustarse, le brillaron los ojos.

—Hola, Ramón. Daniel me ha hablado de ti. Dice que eres un poco bruto.

—Daniel no sabe de la misa la media, rubia.

***

La cabina del camión era un templo a la masculinidad funcional. Olía a ambientador de pino caducado, a tabaco negro y a sudor seco incrustado en la tapicería. Un calendario de recambios con una mujer en topless colgaba del salpicadero, y la estampita de una virgen, pegada con un imán, miraba hacia otro lado como si estuviera avergonzada.

El orden de los asientos fue el primer acto de la tragedia de Daniel.

—Tú, al copiloto —ordenó Ramón, subiéndose al asiento del conductor—. Y tú, niña, en medio, sobre la nevera. Ahí vas como una reina, y así te tengo cerca por si necesito que me pases el mechero.

Noelia se sentó en el hueco elevado entre los dos asientos, los muslos desnudos a escasos centímetros del brazo derecho de Ramón. Daniel, obediente, se abrochó el cinturón y sacó un libro.

El motor rugió. Una vibración profunda hizo temblar el suelo de la cabina y, de paso, el trasero de la chica. Ramón metió primera con un movimiento brusco, la mano rozando «sin querer» la rodilla de ella. No se apartó.

Llevaban dos horas de autovía cuando el ambiente empezó a espesarse. El aire acondicionado funcionaba a medias y el calor obligaba a sudar. A Ramón le encantaba. La camisa empapada le marcaba los pectorales.

—¿Y tú qué, sobrino? —preguntó, con un ojo puesto en el escote húmedo de Noelia—. ¿Sigues sin fumar, sin beber y sin nada de nada?

—Tío, por favor… —Daniel se puso rojo y miró por la ventana—. No seas ordinario.

—¿Ordinario? —Ramón encendió otro cigarro. El humo llenó el espacio reducido—. Ordinario es comer sin hambre, chaval. Yo soy un hombre. De los que ya no quedan. ¿A que sí, Noelia?

Giró la cabeza y le lanzó el humo casi a la cara. Ella lo inhaló como si fuera oxígeno y se pasó la lengua por los labios.

—A mí me gustan los hombres con carácter —dijo, mirando los antebrazos peludos sobre el volante—. Daniel es muy dulce. Pero a veces una se cansa de tanto dulce, ¿no? A veces apetece algo salado. O picante.

La insinuación quedó flotando, densa y obscena. Ramón sintió cómo la sangre se le iba directa a la entrepierna.

—Salado tengo yo lo que quieras, niña —gruñó, bajando la mano para cambiar de marcha.

Al agarrar la palanca, hizo un movimiento exagerado. Su antebrazo presionó el muslo interior de Noelia, la piel húmeda de él contra la suave de ella. Y no lo retiró después de meter la quinta. Lo dejó ahí, descansando, sintiendo el calor que emanaba de la chica. Daniel, sumido en un libro sobre ética, no se enteraba de nada. O no quería enterarse.

—Tienes calor, ¿eh? —susurró Ramón.

—Mucho —respondió ella con la voz rota—. Este camión vibra mucho.

—Es una bestia. Y hay que saber domarla. No cualquiera aguanta el trote aquí arriba. ¿Tú crees que aguantarías un viaje largo conmigo?

Noelia lo miró a los ojos, ignorando por completo a su novio a menos de un metro.

—Yo aguanto lo que me echen. Si es grande y fuerte, aguanto.

Ramón tuvo que morderse el labio para no parar en el arcén allí mismo.

***

Pararon a comer pasado León, en una de esas áreas de servicio donde los camiones se amontonan como elefantes en un abrevadero y el suelo del bar está cubierto de servilletas usadas. Noelia arrastró una silla, pero su mente seguía atrapada kilómetros atrás.

No podía quitárselo de la cabeza. Antes, Ramón había detenido la bestia en un ensanchamiento de la carretera con el pretexto de que la vejiga no le daba tregua. Y no se había escondido. Al contrario: se había colocado de perfil contra un árbol solitario, una pose que no dejaba nada a la imaginación. A pesar de la distancia, Noelia había creído ver una anatomía contundente, una promesa de fuerza incluso en reposo que la había dejado sin aliento.

Cuando él volvió a la cabina, cerró la puerta con un golpe seco y le lanzó un guiño cargado de mala leche y seguridad. Aquello no era un saludo: era una firma. El muy cabrón sabía que ella no había apartado la vista. Aquella era su carta ganadora, el as que guardaba en la bragueta. Un arma que funcionaba como un imán: daba igual que fueran jovencitas o señoras de alta alcurnia. En cuanto asomaba el bulto, lo demás pasaba a un quinto plano. Ya no importaba el pelo, ni la barriga que tensaba los botones de la camisa, ni el tufo a sudor y gasoil, ni esa forma de hablar basta, soltando tacos como quien respira.

Ramón pidió por los tres, ignorando las protestas de Daniel, que quería ensalada.

—¡Tres de callos, una fuente de torreznos y vino de la casa, con gaseosa para el chaval! —le bramó al camarero—. ¡Y pan, mucho pan, que hay que mojar!

Ramón comió como un animal: masticaba con la boca abierta, rebañaba la salsa con el pan y bebía a morro de la jarra. Daniel picoteaba con asco. Pero Noelia sorprendió. Devoró los callos con gusto, manchándose los labios de grasa roja, y miraba a Ramón cada vez que él se metía un trozo de pan en la boca.

—A mí me gusta ver comer a las mujeres —dijo él, recostándose en la silla, abriendo las piernas—. Las que comen bien, todo lo hacen bien. Las tiquismiquis con la comida —miró a Daniel con desprecio— suelen ser unas estrechas.

Daniel suspiró y dejó el tenedor.

—Voy al baño —dijo, superado.

En cuanto desapareció, Ramón se inclinó sobre la mesa. Su aliento a vino, ajo y tabaco golpeó a Noelia, pero ella no retrocedió. Se inclinó hacia él.

—Tu novio es un soso —soltó él, bajando la voz—. No sé qué haces con él. Una mujer como tú necesita un hombre que la reviente, no uno que le pida permiso para tocarla.

Noelia sonrió, una sonrisa sucia, y bajó la vista hacia la bragueta de Ramón, donde el bulto era evidente.

—Es buen chico… pero es verdad que a veces me aburro.

—¿Te aburres? —Ramón metió la mano bajo la mesa. Sin preámbulos, le agarró la rodilla y subió, apretando la carne firme del muslo—. Yo te quito el aburrimiento en cinco minutos, niña. Te dejo las piernas temblando una semana.

Ella jadeó cuando los dedos ásperos rozaron el borde de la tela, justo entre las piernas.

—Ramón… —susurró—. Que viene Daniel.

Él retiró la mano, pero antes le dio un apretón posesivo, casi doloroso.

—Luego seguimos. Que queda mucha carretera.

***

Llegaron cerca de la frontera ya de noche cerrada. Ramón decidió parar en un descampado oscuro, lejos de las luces de la gasolinera principal, alegando que «ahí se dormía más tranquilo». La realidad era que quería oscuridad y privacidad.

Daniel estaba agotado. El vino de la comida y el traqueteo lo habían dejado fuera de combate, y ninguno tenía hambre después del banquete del mediodía. Saltarse la cena fue decisión unánime.

—A dormir, pareja —dijo Ramón, apagando el motor. El silencio cayó sobre el campo como una manta—. Mañana cruzamos.

—¿Cómo nos organizamos? —bostezó Daniel.

—Tú reclinas el copiloto y listo, que es lo más cómodo —mintió Ramón—. Noelia y yo nos apañamos atrás, en la litera, que es ancha. El otro catre está lleno de cajas de herramientas. Y tú eres muy largo, no metes esas piernas. Ella es pequeñita, cabe bien contra la pared. No me voy a comer a tu novia, chaval.

—No pasa nada, Daniel —intervino ella rápido—. Yo duermo vestida y ya está.

Daniel, demasiado cansado para discutir y confiando en la buena fe familiar, aceptó a regañadientes. Se acomodó en el asiento, se tapó con una chaqueta y, a los diez minutos, roncaba.

Ramón corrió las cortinillas que separaban la zona de conducción de la litera, pero dejó una rendija abierta, la suficiente para ver la silueta del sobrino. Eso le daba morbo: saber que el dueño legítimo estaba a dos metros, inconsciente, mientras él se disponía a robarle la mercancía.

Se quitó la camiseta. El olor a sudor llenó el pequeño espacio. Noelia estaba sentada en la cama, las piernas encogidas, mirándolo.

—¿Te vas a dormir así, vestida? —preguntó él en un susurro ronco.

—La verdad es que empiezo a tener calor… —dijo ella, temblorosa.

—Pues quítatelo. Aquí no hay pudor que valga.

Ramón no esperó. Se abalanzó sobre ella, no como un amante, sino como un depredador. La empujó contra el colchón y le buscó la boca. El beso fue brutal: lengua, saliva, dientes, sabor a tabaco y a deseo reprimido. Noelia respondió con la misma furia, clavándole las uñas en la espalda ancha.

—Joder, qué buena estás —gruñó él contra su cuello, mientras las manos toscas le bajaban los vaqueros de un tirón.

Ella estaba húmeda. Muy húmeda.

—Ramón… Daniel está ahí… —gimió, pero abrió las piernas.

—Que se joda. Que aprenda.

La agarró por los muslos, separándoselos con fuerza bruta, y hundió la cara entre ellos. No fue delicado. Comió con un hambre voraz, ruidosa, la lengua ancha trabajando mientras las manos le apretaban las nalgas. Noelia tuvo que morderse el puño para no gritar. El sonido de la saliva y de los gemidos ahogados llenaba la parte trasera de la cabina.

Él levantó la vista un segundo, la barba empapada, y miró por la rendija. Daniel seguía durmiendo, ajeno a todo. Esa visión lo excitó más que nada en el mundo. Volvió a la carga, succionando con fuerza, y Noelia arqueó la espalda en un orgasmo silencioso y violento que la dejó sin aliento.

No se detuvo. Introdujo tres dedos de golpe, buscando el fondo con una potencia que hacía chirriar la estructura de la litera. Ella intentó ahogar otro grito contra la mano, pero el embate era demasiado. La combinación de la lengua, los mordiscos y la penetración la llevó al límite por segunda vez, hasta que enterró la cara en la almohada para que su novio no escuchara aquel último sollozo de placer agotado.

Ramón se incorporó, jadeando, con la cara brillante. Se sentía el rey del mundo.

—Ahora te toca a ti —dijo, y no fue una petición.

Se puso de rodillas, la cabeza rozando el techo de la cabina, y se bajó la ropa interior. Lo que salió de allí dejó a Noelia con los ojos como platos. Ramón no solo era un hombre grande: estaba dotado de un modo intimidante, casi grotesco, algo que rara vez se veía fuera del cine más extremo.

Tragó saliva, y el sonido fue audible. De repente, la excitación dio paso a un miedo primario.

—¿Te gusta? —preguntó él con una sonrisa de suficiencia—. Es toda tuya. Pero trátala con respeto, que tiene mal genio.

—Madre mía… —balbuceó ella, retrocediendo contra la pared—. No sé si…

—¿Ahora te vas a rajar? Has estado pidiendo guerra todo el viaje. —Se acercó, empujando la cadera hacia su cara—. Abre la boca. Mucho.

Noelia obedeció, impulsada por una mezcla de terror y una lujuria que no podía controlar. Separó los labios todo lo que pudo. El camionero no tenía piedad: le agarró el pelo teñido y marcó el ritmo, empujando, usándola sin contemplaciones.

—Mira cómo se la mamas a su tío mientras él sueña con los angelitos —jadeó, mirando de reojo la cortina—. Eres una viciosa, Noelia. Te gusta tenerla llena de macho, ¿eh?

Las palabras sucias, la degradación, el tamaño en su garganta… A ella se le saltaban las lágrimas, pero no podía parar. Él tiraba del pelo con más rabia cada vez que ella buscaba un milímetro de aire, disfrutando de aquella humillación silenciosa a escasos metros del sobrino dormido.

—No pares… que me voy —avisó, tensando todo el cuerpo.

Dio tres embestidas finales y se corrió con un gruñido gutural, un torrente espeso y caliente. Noelia tuvo que tragar y tragar, sintiendo cómo le inundaba todo, manchándole las comisuras y la barbilla. Él la mantuvo pegada hasta la última gota. Solo entonces la soltó.

Ella cayó hacia atrás, tosiendo, con los ojos llorosos y la cara marcada. Se sentía sucia, utilizada, rota… y extrañamente viva. Se limpió como pudo y se acurrucó en la esquina más alejada de la cama, mirándolo con una mezcla de pavor y reverencia. Casi se arrepentía de haber despertado a ese animal. Casi.

Ramón buscó el paquete de tabaco en la mesilla, encendió uno y dio una calada profunda. Exhaló el humo hacia el techo. La brasa naranja brillaba en la oscuridad como el ojo del diablo.

—Duerme un poco, niña —dijo con la voz ronca y satisfecha—. Y reza para que caiga rendido antes de que esta se anime otra vez.

Desde el copiloto, un ronquido de Daniel rompió el silencio. Ramón soltó una risita maliciosa, dio otra calada y cerró los ojos, sintiéndose el amo de la carretera.

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Comentarios (4)

TabuFan

excelente!!! me dejo pegado a la pantalla hasta el final

CaroLectora

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar ahi. Que pasa cuando Daniel se despierta?? quiero saber

Marta_lec

Me gusto mucho como lo narraste. Se siente real, sin pasarse de vulgar. Sigue escribiendo asi!

DiegoK22

el contexto del camion le da un morbo especial, muy bien elegido. de los mejores de esta categoria

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