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Relatos Ardientes

Subí a los vagones de la mina y no bajé igual

Para que entiendan esto que voy a contar, primero tengo que decir de dónde vengo. Nací en un caserío colla, allá arriba, donde el viento del altiplano se mete entre los cerros y corta como cuchilla. Me llamo Nayra, tengo veinticuatro años, la piel morena curtida por el sol y el frío, y un cuerpo que los hombres del pueblo miran cuando paso por la plaza.

Acá las mujeres usamos polleras largas, esas faldas pesadas de lana que llegan hasta los tobillos. Casi nunca llevamos nada debajo: solo en las fiestas, cuando bailamos, nos ponemos un calzón de algodón blanco para no escandalizar a las abuelas chismosas. El resto de los días andamos al aire, y el roce de la tela contra los muslos me ponía caliente desde temprano.

El minero se llamaba Mauro. Un hombre grandote, de unos cuarenta y tantos, manos callosas de tanto picar roca y barba espesa. Lo había visto en la plaza descargando sacos de mineral, el pantalón ajustado marcando un bulto que me hacía mojar de solo mirarlo. Ese hombre tiene que ser una bestia, pensé mientras me acomodaba la pollera roja, sintiendo el frío lamiéndome entre las piernas.

Subí por el camino polvoriento que llevaba a los vagones viejos, los restos de un ferrocarril que alguna vez cruzó el altiplano cargado de gente y mercadería. Ahora eran casuchas de techo oxidado y puertas que chirriaban, donde la compañía dejaba dormir a los mineros después de turnos eternos. El sol caía naranja sobre los cerros y el aire olía a tierra húmeda y a sudor de hombre.

Golpeé la puerta del vagón de Mauro con el puño. Abrió con el pecho desnudo brillando de transpiración.

—Nayra, ¿qué hacés acá? —dijo con esa voz ronca, los ojos bajándome al escote.

—Vine a que me cojas —le solté, sin vueltas, como se habla en estos cerros—. Me contaron de vos. Quiero comprobarlo.

Sonrió, me agarró del brazo y me tiró adentro. El vagón era un desastre: un colchón mugriento en el piso, botellas de pisco vacías, el olor a macho impregnado en las paredes. Me empujó contra el metal frío y, sin mediar palabra, me levantó la pollera.

—Mirá vos, ya estás mojada —murmuró, los dedos ásperos abriéndome los labios—. ¿Querés que te la clave, eh?

—Metémela toda —gemí, arqueando la espalda.

Se bajó el pantalón de un tirón y ahí estaba: la verga más grande que había visto, gruesa, venosa, dura como un pico de mina. Me arrodillé en el piso sucio, el polvo pegándoseme a las rodillas, y la agarré con las dos manos. Abrí la boca y me la metí, sintiendo cómo me llenaba la garganta, el sabor salado del sudor del turno. Él me sujetó de la trenza y empezó a empujar, follándome la boca despacio primero, después sin piedad.

—Chupá, Nayra. Chupá bien esa verga —gruñía, mientras yo babeaba y se me corrían las lágrimas del esfuerzo.

Me levantó de golpe y me tiró sobre el colchón. La pollera se me arremangó hasta la cintura. Escupió en su mano, se untó y presionó la cabeza contra mi entrada.

—Te voy a partir —dijo, y empujó.

Entró de una hasta la mitad y yo grité, una mezcla de dolor y placer que me recorrió entera. Embistió más, enterrándola toda, hasta que sentí sus huevos chocando contra mí. Empezó a bombear salvaje, el vagón crujiendo con cada golpe, mis pechos saltando libres bajo la blusa abierta.

—Más fuerte —le pedí, las uñas clavadas en su espalda sudada—. Hasta el fondo.

Me dio vuelta y me puso en cuatro, el culo en pompa. Una nalgada seca me dejó la marca roja en la piel morena. Me agarró de las caderas y volvió a entrar desde atrás, profundo, mientras yo empujaba hacia él buscando más.

Entonces escuchamos voces afuera: otros mineros volviendo del turno. Mauro no paró. Al contrario, aceleró.

—Que escuchen cómo te cojo —dijo—. Que sepan que sos mía.

Gemí más fuerte, imaginando ojos espiando por las grietas del metal. Cuando terminó la primera vez, se limpió con un trapo y golpeó la pared.

—Lucho —llamó—. Vení, que la cholita quiere fiesta.

Entró un minero más flaco, más joven, con los ojos hambrientos. Vio mi pollera arremangada y se desabrochó el pantalón sin decir una palabra. Me pusieron de rodillas otra vez: uno adelante, uno atrás. Mauro me llenaba la boca mientras Lucho me lamía desde atrás, la lengua áspera metiéndose entre mis pliegues.

—Qué rica concha —murmuró Lucho antes de clavármela de un empujón.

Me cogían al mismo ritmo, uno la boca, otro abajo, el vagón oliendo a sudor y a sexo. Después me acostaron sobre el colchón: Lucho debajo, dentro de mí, y Mauro atrás, abriéndome el culo despacio con saliva.

—¡Me parten en dos! —grité, pero seguí moviéndome, sintiendo las dos vergas frotándose adentro, separadas apenas por una pared de carne.

Los orgasmos me venían uno tras otro, olas que me dejaban temblando. Se vinieron casi al mismo tiempo, uno adentro de cada lado, y me dejaron ahí, exhausta, la pollera manchada, el cuerpo marcado de chupones y nalgadas.

—Volvé cuando quieras más —dijo Mauro, cerrando la puerta.

***

Volví, claro que volví. Esa semana ya era rutina: subir la pollera, abrirme de piernas en el colchón mugriento y dejar que Mauro me partiera hasta que no podía más. Aquel día me tenía en cuatro, agarrándome de las trenzas como riendas, clavándomela hasta los huevos con cada embestida. El vagón crujía y yo gemía sin vergüenza.

De repente la puerta de metal se abrió de un golpe seco. El capataz, don Saturnino, entró como toro bravo. Era un hombre de unos cincuenta, fornido, bigote espeso, los brazos tatuados y un cinturón de cuero grueso colgándole de la cintura. Nos miró un segundo, los ojos negros clavados en mi culo alzado y en la verga de Mauro entrando y saliendo.

—¿Qué carajo pasa acá? —rugió.

Mauro se quedó tieso, pero no la sacó. Yo me quedé quieta, jadeando, la pollera arremangada hasta la cintura.

El capataz cerró la puerta de un portazo. El vagón tembló.

—Vos, cholita, distraés a medio personal con tus gemidos. Y vos, Mauro, te vaciás en horario de mina. Los dos son una vergüenza —caminó despacio hacia nosotros, desabrochándose el cinturón con calma. El cuero chasqueó al salir de las trabas. Mauro intentó retirarse, pero una mano en el hombro lo detuvo—. No saqués nada. Seguí, pero ahora bajo mis órdenes.

Me miró fijo, bajando la vista a donde Mauro seguía clavado.

—Vos sos la culpable, Nayra. Venís a provocar cuando los hombres tendrían que estar picando roca. A vos te castigo primero.

Dobló el cinturón y me dio el primer azote en el culo. El cuero mordió la carne morena con un sonido seco, como un latigazo.

—¡Ay, carajo! —grité, pero no me moví.

El ardor subió rápido, caliente, y sentí cómo me apretaba alrededor de la verga de Mauro.

—Seguí bombeando —le ordenó al minero—. No pares por nada.

Mauro obedeció, más lento pero más profundo. Cada embestida me hacía rebotar, y don Saturnino aprovechaba para azotarme de nuevo, una nalga y la otra.

—Esto es por distraer al personal —decía con cada golpe.

El culo me ardía, la piel roja y cruzada de líneas. Pero cuanto más me pegaba, más mojada me ponía. Me lo merezco por caliente, pensé entre el dolor y un placer que no entendía.

Tiró el cinturón al piso y se desabrochó el pantalón. Su verga saltó libre, no tan larga como la de Mauro pero gruesa como un brazo, la cabeza brillante. Me agarró del pelo y me obligó a girar la cabeza.

—Abrí la boca. Mientras Mauro te coge, vos me distraés a mí.

Me la metió de un empujón hasta que me dio una arcada. Olía a tierra y a metal, a sudor de mina. Yo babeaba, las lágrimas corriéndome, empujando la lengua contra la base mientras Mauro aceleraba atrás.

Después de unos minutos, salió de mi boca con un sonido húmedo.

—Ahora cambiamos.

Le hizo señas a Mauro para que se tumbara. Yo me monté encima, guiándolo adentro con la mano temblorosa, bajando despacio. Don Saturnino se puso detrás, escupió en su palma y se untó.

—Te voy a romper el otro lado mientras te cogen adelante. Para que aprendas a no distraer.

Presionó la cabeza contra mi culo y empujó despacio. Dolor puro, ardiente, mezclado con el placer de la verga de Mauro llenándome por delante.

—¡No entra, capataz! —gemí.

—Entra, o te meto el cinturón —y empujó hasta enterrar la mitad.

Grité, el cuerpo entero temblando. Los dos empezaron a moverse, uno adentro, uno afuera, frotándose a través de esa pared fina que me volvía loca.

—¡Me parten, carajo! —balbuceé—. ¡Los dos, así, los dos!

Don Saturnino me nalgueaba mientras bombeaba, las manos grandes dejándome marcas nuevas. Mauro me chupaba los pechos desde abajo, mordiéndome los pezones. Yo cabalgaba entre ellos, el placer subiendo como fiebre, hasta que el orgasmo me pegó brutal: la concha apretándose, el culo contrayéndose, todo temblando a la vez.

—Ahora te lleno —gruñó el capataz, y después de tres embestidas más se vino adentro, caliente.

Mauro no tardó en seguirlo. Me dejaron ahí, temblando sobre el colchón, las dos profundidades chorreando y las nalgas ardiendo de los azotes.

Don Saturnino se limpió con el borde de mi pollera, se subió el pantalón y recogió el cinturón.

—De ahora en más, cuando vengas a los vagones, pasás primero por mi oficina —dijo, serio—. A mí me distraés antes que a los demás. Si no, te ato acá y dejo que te use todo el turno.

Salí del vagón tambaleando, el sol pegándome en la cara, las piernas flojas. El culo me ardía con cada paso, pero entre las piernas seguía latiendo el deseo. Mauro me dejó unas monedas en la mano, muy poquitas, lo justo para comprarme una gaseosa en el almacén de los Mamani y aguantar los cuatro kilómetros de vuelta al rancho donde mi madre me esperaba.

Caminé despacio, sintiendo el viento fresco bajo la pollera larga. Sabía que al día siguiente volvería a tocar la puerta de esa oficina, que me arrodillaría y dejaría que el capataz me castigara otra vez. Porque en esta mina, las cholitas como yo no solo distraemos a los hombres: también les hacemos un poco más habitable la oscuridad en la que viven. Y esa, aunque me cueste decirlo, es la confesión más honesta que tengo.

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Comentarios (6)

Rafa_Cba

Tremendo relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo.

NocheDeRelatos

Por favor seguilo, quede con ganas de saber como termino todo. Muy bueno!

LuisEnr

se hizo cortisimo... quiero mas jaja

MemoriaLectora

Me encanto como esta contado, se siente que es algo que realmente paso. Eso le da mucha fuerza a la historia.

TatoMDQ

jajaja el capataz con sus reglas, no me lo esperaba para nada. Buen giro!

Sofi_Mdz

Muy bien escrito, te mantiene enganchada de principio a fin. Espero la continuacion!!

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