Mi nuevo jefe en Madrid era el desconocido de aquella noche
Renata tenía treinta y tantos y ese aire de mujer que se ríe de sí misma antes de que lo hagan los demás. Curvas suaves, pelo castaño siempre un poco revuelto, una sonrisa pícara que tapaba un montón de inseguridades. Llevaba un diario mental de sus propias metidas de pata, como una Bridget Jones porteña, pero con mate en vez de vodka. Trabajaba en redes sociales en Buenos Aires y la vida le había repartido golpes parejos: novios que prometían y desaparecían, un departamento prestado en Villa Crespo y una familia que la interrogaba en cada cumpleaños sobre cuándo iba a sentar cabeza.
Cuando una empresa de telecomunicaciones le ofreció un puesto de analista de redes en Madrid, no lo dudó. ¿A quién iba a extrañar? Al gato lo cuidaba la vecina, y los amigos cabían en un grupo de WhatsApp. Lo que más la había seducido del trabajo, en realidad, no era el sueldo en euros ni el auto de la empresa. Era la distancia. Poner un océano entre ella y todo el quilombo de siempre.
Llegó un sábado a la mañana, deshecha por el jet lag, y se instaló en un departamento corporativo en el barrio de Salamanca. Dos ambientes coquetos, prácticos, con vista a unos jardines. Qué lindo, che. El trabajo no parecía gran cosa: monitorear menciones de la compañía en las redes y reportar. Esa noche, para no quedarse mirando el techo, salió a caminar y entró en un bar de Las Letras. Pidió un vermut, porque ahí era lo que se usaba, y entonces lo vio.
Se llamaba Adrián. Alto, ancho de hombros, barba de tres días y unos ojos verdes que la miraron como si ya supieran cómo iba a terminar la noche. Hablaron poco, lo justo.
—Soy Renata, recién llegada de Argentina.
—Adrián, de aquí de toda la vida. ¿Primera noche en Madrid?
Coincidieron en que la noche pedía más que un vermut. Terminaron en la casa de él, un chalet en las afueras, con piscina y ese silencio que solo compra el dinero.
Apenas cerró la puerta, Renata se le tiró encima. Olía a hombre, a algo cálido y limpio, y eso le aflojó las piernas.
—Estoy a mil, boludo —le susurró al oído.
Adrián la levantó sin esfuerzo, la cargó hasta el sofá de cuero y la dejó caer ahí. Le sacó la remera de un tirón y le besó los pechos despacio, como si tuviera toda la noche para eso. Renata arqueó la espalda.
—Dale, no me hagas esperar.
—Tranquila —dijo él, con ese acento que la ponía nerviosa de la mejor manera—. Tenemos tiempo.
No lo tuvieron mucho. Se bajó los pantalones, la abrió con las rodillas y la penetró de una sola vez, hondo. Renata clavó las uñas en el cuero del sofá. Él la agarró del pelo, la dio vuelta, la puso en cuatro y empezó a moverse fuerte, con palmadas secas que le encendían la piel.
—Así, sin parar —pidió ella, la cara contra el cojín.
Se vino dos veces antes de que él terminara. Quedaron tirados, sudados, ella sonriendo de oreja a oreja, el cuerpo todavía temblando. Un final perfecto para una primera noche en una ciudad nueva. Eso creía.
***
El lunes llegó a la oficina del centro nerviosa y entusiasmada. Traje formal, un escote apenas insinuado. La acompañaron a su escritorio y se puso a revisar el panel de menciones. Estaba concentrada cuando un movimiento en la entrada le llamó la atención. El de seguridad se cuadró:
—Buenos días, señor director.
Renata levantó la vista y se le congeló la sangre. Era Adrián. Traje impecable, paso de dueño del lugar. El cuerpo todavía le acusaba la noche del sábado, y de golpe entendió a quién pertenecía cada marca. Él la vio de reojo, esbozó una sonrisa mínima y siguió de largo hacia su oficina.
La puta madre. Es mi jefe.
No pudo concentrarse en toda la mañana. Cada notificación le recordaba a él. Cerca del mediodía le llegó un correo interno: «Reunión en mi despacho. Adrián Vidal, Director de Operaciones». Entró temblando, convencida de que la iban a echar antes de cobrar el primer sueldo. Adrián cerró la puerta con llave.
—Renata. Vaya sorpresa. No esperaba encontrarte aquí.
—Yo tampoco, che —dijo, colorada—. Pensé que eras un tipo cualquiera.
Él se acercó hasta acorralarla contra la pared.
—Cualquiera no soy. Y me dejaste con ganas de más.
Le metió la mano bajo la falda y la tocó por encima de la ropa interior. Renata cerró los ojos.
—Estás mojada —murmuró él.
—Desde que te vi entrar.
La sentó sobre el escritorio y le bajó la ropa interior de un tirón. Le tapó la boca con una mano y la penetró con la otra guiándose, todo en silencio, los dos atentos a cualquier ruido del pasillo. Renata gemía contra su palma, ahogada, mientras los papeles se desparramaban por el piso. Él le mordió el cuello, le sostuvo las caderas y embistió hasta que ella se vino apretándolo por dentro. Después la siguió un par de minutos más, hasta terminar él también, la frente pegada a su hombro.
Se acomodaron la ropa sin hablar. Antes de abrir la puerta, Adrián le ordenó el cuello de la camisa con una calma que la descolocó más que todo lo anterior.
***
A partir de ahí, la cosa se volvió una costumbre peligrosa. Las «reuniones» se multiplicaron. Una tarde, en el ascensor, él apretó el botón de una planta vacía y la tomó contra el espejo, con el riesgo de que las puertas se abrieran en cualquier momento.
—Te gusta el peligro, ¿eh? —dijo él, la boca en su nuca.
—Me encanta —respondió ella, sin aire.
Otra noche la invitó de nuevo al chalet. Esta vez se tomó su tiempo. La ató a la cama con dos corbatas de seda y la dejó así, expuesta, mientras la recorría con la boca sin apuro.
—Por favor —terminó suplicando ella—. No aguanto más.
Él la penetró despacio primero, después rápido, intercalando azotes que la hacían tirar de las corbatas.
—Decime que sos mía.
—Soy tuya —jadeó—. Hacé lo que quieras conmigo.
La dio vuelta y la tomó por detrás, despacio, atento a cada respiración de ella, hasta que el dolor se le mezcló con el placer y Renata dejó de saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Terminaron abrazados, ella todavía atada, riéndose de algo que ninguno de los dos dijo en voz alta.
***
Pero no era solo sexo, y eso fue lo que la asustó. Adrián empezó a darle proyectos importantes, a nombrarla en reuniones, a empujarla hacia arriba. Y a Renata el ascenso le importaba bastante poco. Lo que la había enamorado del puesto era justamente la distancia, no volver a meterse en líos.
Una noche, en un mirador sobre la ciudad, después de que las luces de Madrid se encendieran de a poco a sus pies, ella se lo dijo de frente.
—No me hagas esos gestos en el trabajo. Estoy bien así. No necesito que me asciendas.
Adrián la miró un rato largo antes de contestar.
—Desde que vos manejás las redes, la conflictividad de la empresa cayó en picada. Para mí sos una cuestión de piel, Renata. Pero para la compañía sos un activo, y eso lo piensa toda la junta, no solo yo.
Ella no supo si sentirse halagada o atrapada. Eligió, por esa noche, no decidir nada.
***
En un congreso en Valencia se escaparon a la playa de madrugada. Bajo la luna, sobre la arena fría, él la abrió de piernas con las olas lamiéndoles los pies.
—Mirá las estrellas —le dijo al oído.
—Callate y seguí —contestó ella, riéndose.
La tomó de frente primero, después la hizo girar para que ella marcara el ritmo encima de él. Renata se movió despacio, disfrutando del control por una vez, hasta que el control se le escapó y se vino con la cara hundida en su cuello.
La relación se complicó cuando empezó a sentir algo más grande que el deseo. Después de una vez en el baño de la oficina, con la respiración todavía agitada, soltó la pregunta que la venía rondando.
—¿Y si nos descubren?
Adrián la besó en la frente.
—No me importa. Sos lo mejor que me pasó.
Esa noche, en su departamento de Salamanca, Renata pensó en su vida anterior, en el diario mental que arrastraba desde Buenos Aires. Soy como Bridget Jones, pero con un jefe que me deshace en vez de un cuaderno lleno de quejas. Y por primera vez en años, la idea de quedarse no le dio miedo.
***
Meses después, en una fiesta de la empresa, Adrián la presentó delante de todos como su «estrella en ascenso». Nadie sospechó nada, o todos hicieron como que no. Esa noche, ya en casa, la tomó en la cocina, sobre la mesada, con la misma urgencia de la primera vez y algo nuevo encima: ternura.
—Quedate —le dijo él, después, los dos mirando el techo.
—Ya me quedé, boludo —contestó ella.
La historia siguió, claro, pero conviene cerrar la puerta justo acá. Hay finales que es mejor no espiar. Lo único que se sabe es que un argentino que pasó hace poco por Madrid jura haber visto a Renata en un parque, de la mano de un tipo de sonrisa contagiosa, empujando un cochecito. Y que ella, por una vez, no parecía estar escribiendo nada en ningún diario.