Te confieso lo que viví ese fin de semana de lluvia
El sol de la mañana se colaba entre las cortinas a medio cerrar de mi departamento y teñía la habitación de un dorado tibio. Me desperté con el aroma del café recién hecho flotando en el aire, mezclado con ese perfume leve de su piel que todavía quedaba en las sábanas. Mariana tenía veintitrés años, ocho menos que yo, pero en momentos como ese la diferencia se deshacía como la niebla al amanecer.
Nos habíamos conocido unos meses atrás en una librería con café del centro, donde ella estudiaba fotografía rodeada de revistas viejas y yo programaba sitios web por mi cuenta, peleándome con un cliente que nunca sabía lo que quería. La primera vez le derramé media taza encima por mirarla de más. Desde entonces, estos fines de semana robados se habían vuelto nuestro refugio. No le contábamos a nadie. No hacía falta.
Me incorporé en la cama, el colchón crujió bajo mi peso, y la vi en la cocina abierta, de espaldas a mí. Llevaba una de mis camisetas viejas, que le llegaba casi a las rodillas, y su pelo castaño ondulado le caía en cascada por la espalda. Sus movimientos eran lentos, casi de quien todavía no terminó de despertar, mientras servía el café en dos tazas.
Sentí un tirón en el pecho, esa calidez que solo ella provocaba, como si su sola presencia reordenara el mundo a mi alrededor.
—Buenos días, dormilón —dijo sin darse vuelta, con la voz ronca por el sueño y ese dejo suave de la costa que la delataba.
Me levanté, descalzo sobre el piso de madera frío, y me acerqué por detrás. Mis manos encontraron su cintura y la atraje contra mí. Ella se inclinó apenas, apoyó la cabeza en mi hombro, y el calor de su cuerpo atravesó la tela fina. Olía a vainilla y a algo más hondo, algo que era solo suyo. Sin bombacha debajo de la camiseta, sentí el culo tibio y desnudo apoyándose contra mi bulto, y mi polla, que ya estaba medio despierta, empezó a endurecerse contra la tela del bóxer.
—Hueles a casa —murmuré contra su cuello, rozándole la piel con los labios.
No era una frase pensada. Simplemente salió, cruda y honesta.
Se giró entre mis brazos. Sus ojos verdes encontraron los míos, profundos como un bosque después de la lluvia, y en ellos vi esa chispa de curiosidad que siempre me desarmaba. Sonrió, una curva sutil en los labios, bajó la mano y me apretó la verga por encima del bóxer, sin dejar de mirarme.
—Mirá cómo te levantás —murmuró, y me tendió una taza con la otra mano—. Probalo, lo hice como te gusta: fuerte y sin azúcar.
Bebimos en silencio, de pie junto a la mesada, los hombros rozándose, y ella sin sacarme la mano de encima, masajeándome despacio a través de la tela. No necesitábamos llenar el aire con palabras. La química entre nosotros era un pulso constante que se aceleraba con cada mirada. Le dejé la taza a un lado y la levanté por la cintura, sentándola sobre la mesada fría. La camiseta se le subió hasta las caderas y le abrí las piernas de un tirón. Estaba mojada. La punta de mis dedos se hundió sin resistencia entre sus labios hinchados y ella se mordió el labio inferior.
—Ya estás así de temprano —le dije, metiéndole dos dedos hasta el fondo. Su coño me apretó con un espasmo tibio.
—Soñé con vos toda la noche —jadeó, echando la cabeza para atrás—. Con tu polla en mi boca.
Me bajé el bóxer y saqué la verga dura, palpitando. Ella se resbaló de la mesada y se arrodilló en el piso de madera sin que se lo pidiera. Me agarró la base con una mano, sacó la lengua y me lamió desde los huevos hasta la punta, despacio, con los ojos verdes clavados en los míos. Después se la metió entera en la boca, hasta que sentí la punta chocar contra el fondo de su garganta, y empezó a chuparme con esa voracidad callada que solo tenía por las mañanas. Le agarré el pelo y le marqué el ritmo, empujando apenas las caderas, viéndole las mejillas hundirse cada vez que succionaba. Un hilo de saliva le caía por el mentón hasta las tetas que se le adivinaban bajo la tela.
—Así, corazón, mamála así —le gruñí, y ella respondió acelerando, la mano ahora acompañando la boca, girando alrededor de mi glande.
Le hice sacar la verga antes de correrme. La levanté, la giré contra la mesada y le pegué la cara a la mesada fría. Le levanté la camiseta, le vi el culo respingado, las nalgas separándose con la postura, y le hundí la lengua entre los labios mojados desde atrás, lamiendo de abajo hacia arriba, deteniéndome en el clítoris, pasándole apenas por el ojete. Ella gemía apoyada contra la fórmica, agitando las caderas contra mi cara.
—Metémela, Diego, por favor, metémela ya.
Me paré, me escupí la mano, la pasé por la punta y le clavé la polla de una sola embestida. Ella gritó y se le cayó una de las tazas al piso, haciéndose pedazos. Ninguno de los dos miró. La agarré del pelo, le tiré la cabeza para atrás y empecé a cogerla de parado, duro, chocándole el culo con las caderas, viéndole la espalda arquearse.
—Decime que sos mía —le dije en la oreja, sin dejar de embestir.
—Soy tuya, toda tuya, todo tu coño es tuyo —jadeó, la voz cortada por cada golpe.
La sentí venirse enseguida, apretándome adentro como un puño, temblándole las piernas. Salí antes de acabar. No quería terminar tan rápido. La ayudé a enderezarse, le di vuelta y la besé profundo, saboreando ella su propio gusto en mi boca.
—Después seguimos —le dije contra los labios.
Sonrió, todavía agitada, y me pasó los dedos mojados por la boca.
***
Salimos a caminar por el parque que quedaba a un par de cuadras. El aire fresco de la mañana venía cargado de olor a tierra húmeda y a hojas caídas. Era otoño, y las hojas crujían bajo nuestros pies mientras paseábamos sin rumbo. Ella se colgó de mi brazo, su cuerpo liviano contra el mío, y me contó un sueño de la noche anterior: algo de volar sobre la ciudad, pero con alas de papel. Me reí imaginándola, y ella me miró con esa intensidad que me dejaba expuesto, como si pudiera ver a través de mis defensas.
—¿Sabés? —dijo de golpe, deteniéndose junto a un banco—. A veces me pregunto cómo encajamos tan bien. Vos con tu vida ordenada, y yo… un caos andante.
Me di vuelta hacia ella y le sostuve la mirada. El viento le jugaba con el pelo. Estiré la mano y le aparté un mechón de la mejilla. Su piel era suave, tibia bajo mis dedos.
—Encajamos porque no intentamos cambiar lo que somos —respondí en voz baja—. Vos me hacés reír, me hacés sentir vivo. Y yo solo quiero estar acá, con vos.
Sus ojos se ablandaron. Se acercó y sus labios rozaron los míos en un beso breve, apenas un anticipo. El sabor de su boca era dulce, como el café que habíamos compartido, y sentí el latido de su corazón contra mi pecho. No profundizamos. No ahí, no todavía. Pero el deseo se encendió, un fuego lento que nos acompañó de vuelta al departamento.
***
El día transcurrió dentro de una burbuja. Cocinamos juntos, ella cortando verduras con esa concentración adorable que le arrugaba el ceño, yo robándole besos en la nuca mientras revolvía la salsa. Cada tanto me corría con la cadera para llegar a la hornalla y se reía sola del juego. Almorzamos en el sillón, sus piernas sobre las mías, hablando de libros que habíamos leído mal y de películas que nos habían marcado por motivos que no nos animábamos a explicar. Discutimos en serio sobre un final que ella odiaba y yo defendía, y terminamos riéndonos de lo tercos que éramos los dos. Sus carcajadas eran contagiosas, vibraban en el aire, y cada vez que sus ojos se clavaban en los míos sentía esa conexión honda, como si fuéramos dos piezas de un rompecabezas que entraban sin esfuerzo.
Por la tarde se largó a llover. Nos quedamos adentro, tirados en la cama con una película de fondo que ninguno miraba en serio. Sus dedos trazaban dibujos sobre mi pecho desnudo, recorriendo las líneas de los músculos con una curiosidad que me erizaba la piel. Yo le respondía acariciándole el muslo, subiendo despacio por debajo de la camiseta, sintiendo el calor de su cuerpo. Cuando mis dedos rozaron su coño ya estaba mojada otra vez. Le abrí los pliegues con dos dedos y le hundí el mayor hasta los nudillos. Ella se arqueó y me buscó la boca con la suya.
—No te frenes —me susurró.
Le arranqué la camiseta y me metí entre sus piernas de cabeza. Le comí el coño con hambre, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua todo lo hondo que podía, mientras dos dedos me entraban y salían del culo. Ella agarraba las sábanas con los puños, jadeando mi nombre, arqueando la cadera contra mi cara. Se vino en mi boca temblando, apretándome la cabeza entre los muslos, y yo tragué todo, saboreando el líquido tibio que me chorreaba por el mentón.
Subí sobre su cuerpo, con la boca todavía brillante de ella, y le pasé la lengua por los labios para que se probara. Le di vuelta boca abajo, le levanté la cadera y le mostré cómo se le abría el coño hinchado y brillante, listo. Le clavé la polla de una y la agarré de las trenzas del pelo, cogiéndola en cuatro, viendo cómo mi verga entraba y salía cubierta de sus jugos. Ella empujaba el culo hacia atrás, buscándome más adentro. La cama crujía. La lluvia golpeaba la ventana en un ruido parejo que se mezclaba con el sonido húmedo de nuestras carnes chocando.
—Te quiero —susurró después, cuando quedamos abrazados y agitados, su aliento tibio contra mi oreja.
Me quedé un segundo sin respirar. Lo había dicho otras veces, pero nunca así, tan bajo, tan sin defensas. La abracé más fuerte y le besé la coronilla, dejando que la lluvia llenara el silencio.
La noche cayó con una oscuridad suave, iluminada apenas por las luces de la ciudad que se filtraban por la ventana. Cenamos en el balcón, envueltos en una manta, el aire fresco mordiéndonos la piel. Hablamos de miedos: el mío a estancarme en la rutina, el suyo a no encontrar su lugar en el mundo de la imagen. Sus palabras eran vulnerables, y yo las absorbí, acercándola más, besándole las sienes, los párpados cerrados.
***
Volvimos al dormitorio y el deseo acumulado de todo el día estalló de golpe. La desvestí con manos que me temblaban, descubriendo su cuerpo de a poco: las curvas suaves, las tetas firmes con los pezones ya duros y erguidos, el vientre plano, el pubis depilado brillando apenas de humedad. Ella me miró, desnuda y confiada, me arrancó los boxers de un tirón y me atrajo hacia la cama.
La besé con hambre, mi lengua explorando su boca mientras mis manos le apretaban las caderas y le pellizcaban los pezones hasta hacerla gemir. Ella me clavó los dedos en la espalda y tiró de mí como si quisiera borrar el último centímetro de distancia que quedaba entre los dos. Bajé despacio, la boca por su cuello, por la clavícula, demorándome en cada hueco donde la piel latía más fuerte, hasta cerrar los labios sobre uno de sus pezones. Se lo chupé fuerte, tirándole con los dientes, y ella arqueó la espalda soltando un gemido grave. Pasé al otro y le hice lo mismo, mordiéndoselo hasta que me clavó las uñas en la nuca.
—Diego… —gimió cuando volví a subir y le mordí apenas el lóbulo de la oreja.
—Chupámela otra vez —le pedí, y me miró con una sonrisa turbia.
Me tiré de espaldas y ella se acomodó entre mis piernas. Me agarró la verga con las dos manos, escupió sobre el glande y esparció la saliva bajando el puño hasta la base. Después se la tragó entera, aspirándome, dejándome sentir la garganta cerrándose alrededor de la punta. Le vi los ojos llenársele de agua cuando se la clavó hasta el fondo, y aun así siguió, agitando la cabeza, dejando que la saliva le chorreara por los huevos. Le agarré el pelo, se lo levanté para verle la cara y le empujé despacio, cogiéndole la boca al ritmo que quería.
—Qué bien la mamás, puta —le gruñí, y ella gimió con la boca llena, el sonido vibrándome en la polla.
Cuando sentí que iba a acabar la aparté. La agarré, la giré y la puse boca arriba, con la cabeza colgando del borde de la cama. Le abrí la boca y le metí la verga desde arriba, cogiéndole la garganta al derecho, viéndole el cuello hincharse cada vez que entraba hasta el fondo. Con las manos le agarré las tetas y se las apreté, mientras ella me acariciaba los huevos con una mano y con la otra se frotaba el clítoris. Estaba empapada. Un hilo de flujo le bajaba hasta el ombligo.
La levanté, la recosté en el medio de la cama y me acomodé entre sus piernas. Estaba húmeda, caliente, lista, y entré en ella despacio, sintiendo cada centímetro de mi polla abriéndose paso, envolviéndose en su carne apretada. Ella jadeó, las uñas clavándoseme en los hombros, y empezamos a movernos en un ritmo instintivo, hondo y parejo. Yo empujando, ella saliéndome al encuentro, los dos cuerpos chocando con un sonido húmedo y descarnado. Le agarré una pierna y me la puse sobre el hombro, entrando más al fondo, sintiendo el cuello del útero contra la punta cada vez que empujaba.
El placer crecía en oleadas. Sus gemidos llenaban la habitación, mezclados con los míos y con la lluvia que repiqueteaba contra el vidrio. La hice girar y quedé yo de espaldas, dejándola arriba, y entonces fue ella quien marcó el ritmo, las manos apoyadas en mi pecho, el pelo cayéndole sobre la cara, las tetas bailando con cada movimiento. Le clavé el pulgar en la boca, se lo chupó, y después se lo bajé, le lubriqué el ojete y se lo hundí hasta el nudillo mientras me cabalgaba. Ella soltó un gemido gutural y se apretó más, moviendo las caderas en círculos, cogiéndose sola de mi polla y de mi dedo.
—Así, así, no pares —jadeó, echando la cabeza para atrás—, me voy a venir sobre tu verga.
Verla así, dueña de su propio placer, con el dedo mío metido en el culo y mi polla clavada en el coño, me llevó al borde más rápido de lo que quería. La agarré de la cintura y la volví a recostar, me monté encima y embestí con más fuerza, apoyándome en los antebrazos, la frente pegada a la suya, las respiraciones mezcladas. La cama golpeaba contra la pared. El colchón chirriaba. Su coño se contraía alrededor de mi polla en espasmos cada vez más seguidos, y sentí el orgasmo acercándose como una tormenta que ya no se podía frenar.
—Vení conmigo —le susurré con la voz ronca—. ¿Dónde querés que acabe?
—Adentro, todo adentro —me contestó pegando la boca a mi oído—, quiero sentir cómo me llenás.
Le clavé la polla hasta el fondo y me solté. Sentí la corrida saliéndome en chorros calientes, llenándola, mientras ella se convulsionaba abajo mío, los espasmos recorriéndola de pies a cabeza, apretándome adentro, ordeñándome hasta la última gota. Grité contra su cuello y ella me clavó los dientes en el hombro, ahogando su propio grito. Seguimos moviéndonos apenas, en sacudidas cada vez más lentas, mientras el semen empezaba a escurrirse por sus muslos y por los míos.
Nos derrumbamos, agotados, pegajosos y enredados, sin fuerzas ni ganas de separarnos. Salí despacio de ella y vi cómo un hilo espeso y blanco le chorreaba del coño hasta la sábana. Le pasé dos dedos, los recogí y se los puse en la boca. Los chupó sin sacarme los ojos de encima.
***
Quedamos en silencio, el pecho subiendo y bajando casi al unísono. Su cabeza en mi hombro, mi brazo rodeándole la cintura. No dijimos nada. No hacía falta. Ese momento —los cuerpos todavía unidos por el rastro pegajoso, el eco del placer en el aire, la lluvia golpeando la ventana— se nos grabó adentro como una promesa tácita.
Lo confieso sin vueltas: nunca le conté a nadie cómo fueron esos dos días. Pasó hace un tiempo y todavía me desvela. No por el sexo, que también, sino por la forma en que todo encajó, por esa sensación rara de estar exactamente donde tenía que estar. A veces, cuando llueve, vuelvo a escuchar ese sonido contra el vidrio y la veo a ella sirviendo el café de espaldas, con mi camiseta vieja, y entiendo que hay cosas que uno no elige recordar: simplemente se quedan.





