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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el vestuario después del partido

La tarde de enero caía como una plancha sobre el barrio. El sol pegaba de costado, el aire olía a tierra seca y a pasto quemado, y la canchita del fondo del club todavía guardaba el polvo levantado por el partido. Había sido un lindo despelote: goles de chilena, patadas que dolían, puteadas a los gritos y un empate al final que dejó a todos con la sangre caliente. Bruno, el hermano de Daiana, había metido dos y se sentía dueño del mundo. Sus tres inseparables —el Gordo Damián, el Pelado Nico y el Morocho Kevin— también habían jugado como animales. Los cuatro eran la columna del equipo desde pibes.

Daiana tenía diecinueve años y un cuerpo que nadie dejaba pasar de largo. Era gorda, de las que llenan la ropa: tetas pesadas que tensaban cualquier corpiño, cintura ancha, una panza blanda que asomaba sobre el short y un culo redondo que se movía solo cuando caminaba. Hacía como ocho meses que nadie la tocaba. El último con el que había estado la dejó por una flaca del centro que, según él, «tenía más onda». Desde entonces andaba con un fuego adentro que no se le apagaba ni con ducha helada. Se tocaba todas las noches imaginando que alguien la rompiera de una buena vez, pero nada. Hasta ese día.

Había ido al partido con una remerita blanca pegada al cuerpo, sin corpiño porque el calor no daba para más, y un short de jean cortito que le marcaba todo. El sudor le pegaba la tela a la piel y las tetas se le movían libres con cada paso. Los pibes la miraban de reojo entre jugada y jugada, y ella lo sabía. Le gustaba sentirse mirada, deseada, con ganas de que la tocaran.

Cuando sonó el pitazo final, Bruno le gritó desde el medio de la cancha:

—Andate yendo a casa, que estamos hechos mierda y nos vamos a cambiar.

Pero Daiana no se fue. Se quedó dando vueltas cerca de la casilla, esa construcción de chapa y madera que hacía de vestuario: un banco largo de cemento, dos duchas con la canilla floja, un par de banquitos de plástico y olor a transpiración vieja mezclada con desodorante barato. Bruno la vio que no se movía y le tiró, fastidiado:

—Esperá afuera, no seas pesada.

Justo en ese momento salió primero el Gordo Damián, con una toalla atada a la cintura, el pecho mojado y la panza colgando. La midió de arriba abajo y le sonrió con picardía.

—Che, Daiana… ¿una birra fría? Tengo en la conservadora.

Ella entró haciéndose la que solo quería sentarse un rato. Los otros dos ya estaban adentro: el Pelado Nico, flaco, tatuado hasta el cuello, secándose la cabeza con una remera vieja; y el Morocho Kevin, ancho de espaldas, con un bulto que se le marcaba debajo de la toalla. Bruno, molesto, murmuró algo de «voy a comprar puchos» y rajó para la esquina, dejándola sola con los tres.

El aire se cargó en segundos.

El Gordo se acercó primero. Se sacó la toalla de un tirón y quedó al descubierto, gruesa y venosa, ya medio dura por el calor y la adrenalina.

—Mirá esas tetas, gordita… se te ven los pezones con la remera mojada.

Daiana se mordió el labio, el corazón golpeándole entre las piernas. No dijo nada, solo abrió un poco los muslos en el banco. El Pelado se rió bajito.

—Esta quiere, eh. Mirá cómo respira.

El Morocho fue al hueso. Se paró frente a ella, le agarró una teta con la mano entera y apretó.

—¿Hace cuánto que no te cogen como corresponde? Porque se te nota en la cara.

Ella soltó un gemido corto.

—Mucho… demasiado.

Fue todo lo que necesitaron. El Gordo le tomó la nuca y le metió la pija en la boca sin aviso.

—Abrí bien. Chupala como se debe.

Daiana obedeció. Se la tragó entera, la lengua recorriéndole las venas, la saliva chorreándole por el mentón. Mientras tanto, el Pelado le levantó la remera y le sacó las tetas afuera. Eran enormes, con los pezones grandes y oscuros, ya duros como piedras. Se los pellizcó, se los chupó, se los mordió hasta dejarlos colorados.

El Morocho le bajó el short y la bombacha de un tirón. Estaba empapada, los labios hinchados, todo latiéndole.

—Mirá cómo moja esta… está prendida fuego.

Le metió tres dedos de una y los revolvió adentro haciendo ruido. Daiana gimió con la boca llena, los ojos llenos de lágrimas.

—Cogeme… por favor… fuerte…

***

La pusieron en cuatro sobre el banco de cemento. El Morocho se arrodilló atrás, escupió y se la clavó hasta el fondo de un solo empujón.

—Tomá, te abro de una.

Embestía sin freno, la panza de Daiana temblando con cada golpe, las tetas colgando y chocándose entre sí. El Pelado le metió la pija en la boca y se la cogió como un agujero más, tomándola del pelo, empujando hasta que la garganta se le cerraba.

El Gordo se acostó debajo, le chupó las tetas, se las mordió, le metió una mano entre las piernas y le frotó el clítoris mientras el Morocho la empalaba por detrás. Daiana estaba en otro planeta, gimiendo, babeando, el cuerpo entero temblándole.

—Más… denme más… —pedía con la voz quebrada.

El Morocho salió y apuntó más arriba. Escupió varias veces, abrió con los dedos.

—Relajate, que esto también va.

Empujó despacio al principio. Daiana gritó, pero no se quejó. Quería sentirlo todo. Cuando la punta entró, el otro empujó firme y se metió hasta el final.

—Qué apretado, la puta madre.

Después la doblaron entre dos a la vez: el Pelado adelante, largo y curvo, rozándole un punto que la hacía gritar; el Morocho atrás, grueso, separados los dos por una pared finita. Daiana sentía que la partían al medio. Lloraba, pero era de otra cosa: el placer tan fuerte que rozaba el dolor, y el dolor que se le mezclaba con el placer hasta no saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.

—Me vengo… me vengo… —avisó, hipando.

Se corrió a los gritos, el cuerpo sacudiéndose, las piernas flojas, sometida del todo. Los pibes no aflojaron. Cambiaron de nuevo, se turnaron los lugares, la nalguearon hasta dejarle las marcas, le pellizcaron las tetas, le hablaron al oído. Daiana perdió la cuenta de las veces que se corrió. Le temblaba todo, ardía por todos lados, hinchada.

Al final el Morocho no aguantó más. Sacó la pija de su boca y le terminó en la cara, chorros gruesos y calientes que le cayeron en los ojos, en la nariz, en la boca abierta. El Pelado acabó sobre las tetas y le untó la leche con las manos como si fuera crema. El Gordo, último, gruñendo, terminó adentro hasta que le chorreó por los muslos.

Quedaron los cuatro jadeando, el olor a sexo pegado a las paredes de chapa. Daiana apenas podía moverse. Se vistió como pudo: el short torcido, la remera manchada, caminando como si tuviera un palo metido.

Justo entonces volvió Bruno con el atado de puchos en la mano. La vio salir tambaleándose, el pelo revuelto, la cara brillante. Miró adentro y vio a sus tres amigos con cara de satisfacción.

—¿Qué mierda es esto? —le gritó, rojo de bronca—. ¿Te dejaste coger por los tres? ¿En la casilla del club?

Ella no contestó, solo bajó la mirada, todavía temblando. Bruno la agarró del brazo y la arrastró hacia la calle, puteándola a los gritos todo el camino. Daiana caminaba despacio, cada paso le dolía y le gustaba al mismo tiempo, y por dentro sonreía: el cuerpo satisfecho por primera vez en meses.

***

Llegaron a la casa cuando ya oscurecía. La puerta de chapa chirrió y adentro estaba la vieja, doña Susana, sentada en la cocina con un mate amargo y la radio prendida bajito. Olía a fritanga del mediodía y a lavandina. Al verlos entrar así, con Daiana caminando como pato, la vieja frunció el ceño.

—¿Qué pasó, Bruno? ¿Por qué traés a tu hermana como si la hubiera pisado un colectivo?

Bruno la soltó de un empujón y se quedó parado en la puerta del comedor.

—Anduvo de fácil, mamá. Se dejó coger por mis tres amigos en la casilla del club, después del partido. Los tres, ¿entendés? Mirá cómo camina.

Doña Susana miró a su hija de arriba abajo. Daiana estaba ahí parada, el short torcido, la remerita pegada al cuerpo, las tetas subiendo y bajando con la respiración agitada. La vieja suspiró hondo, apagó la radio y le hizo seña para que se sentara en el sillón viejo del living.

—Vení, sentate. Y contame vos. No quiero que me lo cuente este caliente.

Daiana se dejó caer en el sillón con un quejido. Se mordió el labio, avergonzada, pero con ese cosquilleo todavía dándole vueltas.

—Mamá… no sé cómo pasó. Estaba viendo el partido y después entré a la casilla porque Bruno se fue a comprar puchos. Los pibes se estaban cambiando, sudados, me miraban con ganas. Yo tenía un fuego adentro, hacía meses que nadie me tocaba. Y se me fueron encima.

Doña Susana se sentó al lado y le puso una mano en la rodilla.

—Seguí, hija. Sin vueltas.

Daiana tragó saliva, la cara colorada.

—Primero el Gordo me la puso en la boca. El Pelado me sacaba las tetas y me las mordía. El Morocho me bajó el short y me metió los dedos. Después me pusieron en cuatro en el banco… me cogieron por todos lados, mamá. Me hicieron de todo. Me daba vergüenza cuando me decían cosas, pero al mismo tiempo me ponía más caliente.

La vieja le acarició el pelo, sin juzgarla.

—¿Y lo disfrutaste?

—Sí… dolió, pero me gustó. Nunca me habían dado tan fuerte. Me corrí un montón de veces. Al final se vinieron los tres y… —se frenó, tapándose la cara.

Doña Susana se levantó, fue a la cocina y volvió con un vaso de agua fría. Se lo dio y se sentó otra vez.

—Mirá, hija. Esos pibes después de un partido están bien calientes, con la sangre hirviendo, sudados, pensando en minas todo el rato. Y a una mujer como vos, con esas tetas y ese culo, algunos le dan duro de más. No es que seas mala. Es que cuando están así, se les va la mano. Pero si lo disfrutaste, no te hagás drama.

Daiana asintió despacio, con una sonrisa chiquita.

—Tu hermano está caliente porque son sus amigos y se siente traicionado, pero se le va a pasar —siguió la vieja—. Andá a bañarte, lavate bien que debés estar hinchada. Y la próxima, si vas a andar así, al menos traelos a casa, que yo me hago la distraída y te cuido la puerta.

Daiana se rió bajito, todavía dolorida pero aliviada. Se levantó con cuidado y caminó despacito hacia el baño, mientras doña Susana prendía de nuevo la radio y seguía con el mate como si nada.

Bruno, desde la pieza, seguía puteando solo, pero ya nadie le daba bola. En esa casa del barrio las cosas eran así: crudas, directas, sin vueltas. Y Daiana, por primera vez en mucho tiempo, se sentía viva.

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Comentarios (6)

RamiroVz

Tremendo relato!!! de esos que no podes dejar de leer hasta el final

SofiaC_86

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber cómo siguió todo eso. Muy bueno!

PabloRR89

Me recordó a algo parecido que casi me pasa en un gimnasio hace años jaja, aunque no tuve tanta suerte. Bien escrito y muy creible.

Ceci_Mdq

Se siente tan real que parece una confesion de verdad. Eso es exactamente lo mejor de esta categoría, gracias por animarte a compartirlo

NachoPampa_77

increible!! sigue escribiendo asi

Clarita_Ro

La verdad que esos momentos en que uno se deja llevar son los mas intensos. Muy bien narrado, sin ser burdo.

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