Hice una excepción a mis vacaciones por tres clientes
Estaba en Encarnación, descansando con dos amigas de la universidad, cuando sonó el teléfono que nunca apago. Era el Cóndor. No abrí los ojos al principio, pero supe que iba a aceptar antes de atender.
Para que se entienda: hace poco más de un año que llevo mi otra vida, la que mis amigas Belén y Pilar no conocen. La que empezó la noche en que mi marido Bruno me preguntó si me arrepentía de haberlo elegido tan temprano. Le contesté con la verdad: lo amaba, no quería irme de su lado, pero me intrigaba probar cómo era con otro hombre y, todavía más, cómo se sentía cobrar por sexo. Bruno lo aceptó con una sola condición: «Si vas a hacerlo, sé la mejor y la más cara». Cumplí.
El Cóndor es un magnate farmacéutico chileno. Le digo así desde la primera vez que coincidimos en una mesa de finanzas: aparece, muerde y se va. Sabía que yo estaba de vacaciones todo mayo. Aun así me pedía recibirlo en mi oficina de Asunción junto a dos de sus gerentes regionales, que venían a evaluar la apertura de un laboratorio en el país.
—Renzo, claro que puedo hacer una excepción —le dije, ya alejándome de mis amigas, caminando hasta la orilla del río—. Pero a cambio organicemos algo digno. Conferencia en mi oficina, presentación elegante y, si vos querés, después una sorpresa.
—¿Ellos saben algo?
—Nada. Para ellos sos un cliente más de mi consultora.
Lo dejé pensando. Me volvió a llamar dos horas más tarde para confirmar. Belén y Pilar me preguntaron quién era el insistente. Inventé un proveedor de software. La verdad nunca se la cuento a nadie del círculo viejo.
***
Volví a Asunción y armé el plan con Bruno, que me ayuda con la parte audiovisual. El esquema era simple: análisis de salud previos a la visita —Renzo ya tenía esa rutina implementada en su empresa, así que nadie iba a sospechar—, conferencia formal sobre coyuntura internacional y finanzas personales, merienda con preguntas y, despacio, el viraje. Videos sugerentes, desfile privado y lo que se diera. Honorarios cobrados como conferencia, una sola transferencia, ocho mil dólares por los tres.
El martes siguiente llegaron con dos horas de demora. Empezamos directo con la disertación. Los dos gerentes —los voy a llamar Diego y Esteban hasta que prometan volver y se ganen un nombre propio— estaban atentos, profesionales, sin segundas intenciones aparentes. Renzo asentía con esa cara de tiburón a punto de descender.
A las cinco menos cuarto cerré la parte técnica. Pedí un intervalo para cambiarme «algo más cómodo» y mandé a buscar la merienda a la confitería de siempre. En mi oficina hay un dormitorio con baño en el piso de arriba y otro abajo. Subí, dejé el traje sastre y bajé en pantalón de vinilo negro y camisa blanca. Algo serio, dije. Algo serio que igual marca lo que tiene que marcar.
La sesión de preguntas fue larga. Cada vez que podía me paraba de espaldas a ellos para señalar un gráfico en la pantalla. Sé lo que ese pantalón hace a esa hora del día, con esa luz. Cuando llegó la merienda, caminé hasta la puerta a recibirla moviendo el trasero más de lo necesario. Por la mitad del café, uno de ellos —Esteban, el más callado— levantó la mano.
—Con todo respeto. ¿Vos vas a poder sacarte ese pantalón al final del día? Lo veo difícil.
Risas en la sala. Renzo se mordía el labio.
—Tengo método —le contesté—. Lo estiro desde la cintura y lo voy enrollando hacia abajo. Cuestión de práctica.
—Aprendimos algo nuevo —dijo Diego.
—Ya que terminamos la parte técnica —seguí, sin dejar pasar el envión—, los invito a conocer la otra parte de lo que hago. Voy a buscar más café. Mientras tanto, miren esto.
Bruno había editado un video que arrancaba en imágenes de viaje y compras y derivaba, sin avisar, en tomas de playa en bikini, en piscina, en una terraza de hotel junto al mar. Cuando volví ya estaba con un mini vestido strapless metalizado, color plata, y tacos altos. La cara de Esteban valía la conferencia entera.
—Evidentemente pudiste sacarte el pantalón —dijo.
—Se lo dije.
Les serví más café para tenerlos cerca y les conté la historia corta: que intenté ser modelo en la veintena, que me sobraban dos centímetros de cadera y de busto, que me quedó la costumbre de desfilar para quien me da confianza. Ofrecí mostrarles algún video de esos desfiles privados. Aplaudieron antes de que terminara la frase.
Me senté entre los dos, dejando que el vestido subiera lo que quisiera. Las imágenes pasaban: lencería, microvestidos, alguna tanga, nunca un desnudo completo. La discreción es parte del trabajo.
—¿Y los que aparecen ahí son todos de confianza? —preguntó Diego.
—Se la ganan.
—¿Cómo?
Les conté lo de Bruno, lo del permiso, la condición. Les conté que antes de él no había estado con otro hombre desde la adolescencia. Que Bruno fue mi único hombre y que sigue siendo el centro de mi vida. Que lo demás es trabajo y que el trabajo me divierte.
—Tremendo —dijo Esteban.
—¿Y si pudiéramos ver un desfile? —se animó Diego.
Le hice una seña a Renzo. Renzo se rio y soltó la sorpresa: el desfile ya estaba contratado, por él, para ellos. Lo aplaudieron como si hubiera anunciado un bonus.
***
Subí a cambiarme. Les pedí que se acercaran al pie de la escalera para verme bajar la primera vez. Microfalda roja plisada con tanga mínima debajo y un crop top negro sin nada. Tacos rojos. Cuando bajé, las tetas se movían con vida propia. Pasé entre ellos dos veces, me detuve a comer un alfajor, los dejé respirar.
Mientras volvía a cambiarme, Bruno les puso videos más explícitos: lencería transparente, tomas lejanas desnuda en una playa que no voy a nombrar. El segundo conjunto fue un bikini de terciopelo dorado, con triángulos colgantes en la parte inferior sostenidos por un cinturón. El terciopelo iba perfumado con una base de durazno arriba y jazmín abajo. Quien respira hondo cerca, lo siente sin saber por qué.
—Mejor que en el video —dijo Diego.
Los dejé mirar. No me tocaron. Todavía.
El tercer cambio fue baby doll negro translúcido, sin nada debajo, stilettos. Me paseé delante de ellos haciendo giros calculados. A veces se escapaba un pezón y me lo guardaba con calma. La pantalla atrás mostraba flashes editados de mi trabajo: oral, posiciones, alguien terminando en mi espalda. Nunca caras.
—Ahora ya me conocen —dije—. Pero Renzo tiene algo que decirles.
—Lo que quiero decirles —empezó Renzo, satisfecho como gato lleno— es que los honorarios de la conferencia cubren todo. Carolina los está esperando.
Los dos lo abrazaron. Le preguntaron quién iba primero. Renzo levantó la mano.
—Yo me quedo con la noche. Ustedes ahora. Mañana temprano vuelven.
—¿Y si vamos los dos juntos? —se atrevió Esteban.
—Me encantaría —dije, y me saqué el baby doll despacio, ahí mismo, sin pudor.
Me acerqué a Renzo y lo besé hasta dejarle marca. Después caminé entre los otros dos hacia la escalera.
Mientras subíamos, una mano en cada nalga. Subieron amasándome. Renzo lo miraba desde abajo como quien observa una obra cara y bien hecha.
***
Me tiré en la cama con los pies todavía en el piso, las piernas abiertas.
—Los quiero ver desnudos.
Se desvistieron a la vez, sin vergüenza entre ellos. Cincuenta y pico, cuerpos normales, pero uno —Diego— tenía unos testículos que me hicieron levantar las cejas. Diez, doce centímetros de escroto colgante, llenos, pesados, de esos que prometen ritmo.
Diego empezó a lamerme despacio, mucho clítoris, mucha saliva bajando hasta el ano. Esteban se acostó a mi costado, me ofreció su pija a chupar y alternaba mordidas suaves en los pezones. Es de los pocos detalles que me desarman: que alguien sepa morder un pezón sin pasarse.
Cuando Diego pasó de la lengua a la verga, primero frotándola en los labios, después entrando despacio, sentí el primer golpe de esos huevos contra el culo. No exagero cuando digo que el sonido y la sensación juntos son una cosa distinta. Cogía con todo el cuerpo. Esteban me alentaba.
—Está caliente, dale.
Acabé fuerte, con los muslos temblando. Diego aumentó el ritmo y terminó adentro. Yo casi no podía respirar.
Hicieron una seña entre ellos. Cambiaron de posición sin hablar. Diego me dio sus huevos y la verga a chupar. Esteban me tomó por los tobillos, las piernas en alto, y empezó a apuntar más abajo. Pensé que no iba a entrar. Pasaba la cabeza por la entrada de la concha y volvía a probar el otro lado. Una, dos, tres veces. Al final me relajé.
—Escupime y movete.
Lo hizo. La verdad, cuando dejo de pelearle al cuerpo, el placer es otro. Le pedí que no terminara adentro y respetó. Sacó y me bañó el vientre. Yo recogí con la mano lo que pude y me lo llevé a la boca. Diego me miraba con cara de chico que no sabía que la fiesta era esa.
***
Hubo un descanso. Besos, manoseos, una charla rara y deliciosa. Me dijeron que mis tetas se parecían a las de una actriz porno argentina que no voy a nombrar, «pero con mejores pezones». Acepté el cumplido.
Cuando volvieron a estar duros, propuse ducharme primero. No quisieron. Empezamos de nuevo. Yo alternaba sus vergas. Ellos se ocupaban, los dos, de la concha y del culo. Sentí que la segunda parte iba a terminar conmigo en el medio. Pregunté quién empezaba.
—Los dos.
Esteban se sentó al borde de la cama. Me monté. Diego se untó gel, se acercó por detrás. Dobló las rodillas para alinear el ángulo y apuntó al culo mientras Esteban se quedaba quieto para no estorbar la entrada. Dos intentos y entró. La sensación de tenerlos a los dos adentro a la vez, ese límite que parece que te va a partir pero no, no se compara con casi nada. Me sostuve de los hombros de Esteban y los dejé moverse.
Diego salió antes de terminar y me chorreó la espalda. Esteban siguió hasta llenarme. Quedamos los tres tirados, riéndonos, jadeando.
***
Bajamos vestidos a buscar a Renzo. Cenamos los cuatro. Hice un par de aperturas de camisa a la altura del postre, solo para él. Diego y Esteban se fueron al hotel. Renzo subió conmigo.
La noche con él la guardo. Se portó bien, ningún rincón quedó sin atención, hablamos cosas que no se cuentan, planificamos. Dormimos tarde. Cogimos al despertar, como siempre cuando duermo con un cliente. A las ocho desayunábamos los dos con Bruno, que ya estaba en la oficina como si nada, hasta que Diego y Esteban tocaron timbre.
Bruno se fue al trabajo. Renzo se quedó mirando un rato y después también nos dejó solos. La fiesta múltiple cerraba el contrato.
Subí sola, me preparé desnuda con una cadenita dorada a la cintura, tres cascabeles que sonaban cuando me movía. Subieron, me manosearon mientras se sacaban la ropa, los hice acostarse en paralelo. Los chupé alternando. Después monté al primero, pasé al segundo sin sacarme la humedad del primero, volví. A pedido, una vez metí en el culo en vez de la concha y los otros se masturbaban mirándome.
Les encantó la alternancia. Me dejaron lo que quedaba en distintos lugares del cuerpo, sin esquivar mezclar fluidos, sin ninguno haciéndose el limpio. Así me gustan los hombres.
Almorzamos los tres en un restaurante cerca, cariñosos, sin disimular del todo la despedida. Prometieron volver cuando pudieran. Yo también lo prometí. Salí del local con la sensación rara de haber convertido tres días libres en una de mis mejores semanas del año.
Bruno tenía razón aquella noche, hace ya tanto: si iba a hacerlo, había que hacerlo bien.