La tormenta que apagó las luces de la oficina
El zumbido del aire acondicionado era lo único que rompía el silencio sepulcral del piso cuarenta y dos. Marina seguía inmóvil frente a la pantalla mientras afuera caía una lluvia torrencial que emborronaba las luces de Monterrey. Eran las nueve de la noche. Legalmente, su jornada había terminado hacía tres horas, pero en Vallenti & Cía. el tiempo no se medía en relojes, sino en la ambición del hombre que la firmaba.
—La propuesta de imagen para la campaña de los relojes Velluto es deficiente —dijo él a su espalda.
La voz de Adrián Vallenti golpeó su nuca como un látigo de seda. No necesitaba darse la vuelta para saber que estaba recostado contra el borde de su escritorio de caoba, con la corbata apenas aflojada y esa mirada gris que parecía leer hasta los pensamientos que ella jamás confesaría en voz alta.
—No es deficiente —respondió, obligándose a sostener la voz firme mientras se levantaba y caminaba hacia él—. Es minimalista. Estamos vendiendo exclusividad, no un catálogo de supermercado.
Adrián se enderezó despacio. Medía casi un metro noventa, y el traje a medida marcaba unos hombros que, Marina lo sabía bien por sus horas de distracción involuntaria, no eran obra del azar sino de una disciplina férrea. Se acercó hasta que el aroma a sándalo y a éxito invadió el poco aire que le quedaba.
—Minimalismo —repitió, deteniéndose a escasos centímetros—. O miedo. Miedo a arriesgarte a que la marca se vuelva demasiado… provocadora.
—La provocación tiene que ser sutil para ser elegante —rebatió ella.
Pero su respiración ya empezaba a traicionarla, así que rodeó el escritorio y se acercó al ventanal, huyendo de la única tentación que se había prohibido nombrar: la de probar la boca de su jefe.
—¿Sutil? —Adrián bajó el tono hasta convertirlo en un murmullo grave que vibró en el pecho de Marina—. En este negocio, si no le robas el aliento al espectador en el primer segundo, ya fracasaste.
Las palabras resonaron en su cuerpo mientras observaba las luces de la ciudad convertidas en manchas borrosas bajo el agua. Un escalofrío la recorrió de la nuca a la base de la espalda.
Él lo notó.
—¿Estás bien? —preguntó, y extendió la mano hasta rozarle apenas el hombro derecho. Fue un contacto de un segundo, pero la electricidad estática de la alfombra —o algo mucho más peligroso— le arrancó a Marina un suspiro entrecortado.
—Estoy bien —contestó, girando apenas la cabeza hacia él, que seguía justo detrás—. Solo sentí un poco de frío.
Mentirosa.
Adrián apoyó ambas manos sobre el ventanal, una a cada lado de ella, y la atrapó entre el cristal helado y el calor de su cuerpo. El reflejo de los dos en el vidrio mojado creaba una imagen distorsionada, casi pictórica: la silueta de una empleada brillante y la del hombre que la dirigía y que, esa noche, había dejado de disimular cómo la miraba.
—Dime, Marina —susurró, inclinándose hacia su oído, donde el calor de su aliento le erizó la piel—, ¿qué tan sutil serías si las luces de esta oficina se apagaran ahora mismo y no hubiera nadie para juzgar tu… creatividad?
Afuera, un rayo partió el cielo. Y, como si el destino aceptara el desafío, un trueno ensordecedor sacudió el edificio. Un segundo después las luces parpadearon y el piso cuarenta y dos se hundió en una oscuridad absoluta. Solo quedaba el resplandor azulado de la ciudad bajo la lluvia y el sonido acelerado de dos corazones que habían olvidado cómo ser profesionales.
***
Ninguno se movió. En la penumbra, Marina sentía la respiración de él contra su cuello, lenta y profunda, como la de alguien que ha decidido algo y todavía se da un instante para arrepentirse. No se arrepintió.
—Date la vuelta —dijo Adrián.
No era una orden de jefe. Era otra cosa, más baja y más honesta. Ella obedeció porque llevaba meses queriendo obedecer exactamente eso. Cuando quedó de frente, apenas distinguía el contorno de su mandíbula y el brillo de esos ojos grises que la oscuridad no lograba apagar del todo.
—Esto es una mala idea —murmuró Marina.
—La peor —admitió él. Y la besó.
Fue un beso sin preámbulos, de los que cancelan meses de tensión en un solo golpe. La boca de Adrián era firme y exigente, la lengua entrándole hasta el fondo sin pedir permiso, buscando la suya y enredándola con un hambre que Marina le devolvió mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un gruñido. Una mano se le enredó en la nuca y la otra se cerró en su cintura para pegarla a él, tan pegada que sintió el bulto duro de su verga apretándole la pelvis a través del pantalón del traje. Marina se aferró a las solapas de su saco y dejó de pensar en campañas, en relojes y en consecuencias.
—Llevo demasiado tiempo imaginando esto —confesó él contra sus labios—. Cada reunión. Cada vez que cruzabas las piernas en la sala de juntas creyendo que no te miraba.
—Sí me mirabas —jadeó ella—. Lo sabía.
—Y tú dejabas que lo hiciera. Con las bragas mojadas, seguro. Dime que sí.
—Sí —admitió ella, y la palabra sonó a rendición—. Llegaba a mi casa y me tocaba pensando en ti.
—Puta. —Lo dijo en un susurro casi devoto, como si esa confesión le acabara de dar un permiso que llevaba meses esperando—. Mi puta.
Marina lo atrajo de nuevo, y esta vez el beso se volvió más lento y más hondo, una negociación silenciosa donde ninguno de los dos quería ceder y los dos terminaron cediendo. Las manos de él bajaron por su espalda hasta encontrar el borde de la blusa y soltarla del pantalón con una paciencia que la enloqueció más que cualquier prisa.
El cristal seguía frío contra su espalda. El cuerpo de Adrián, ardiente al frente. Estar atrapada entre esos dos extremos le aceleró el pulso de un modo que ninguna campaña había logrado nunca.
Afuera, la lluvia arreciaba y los relámpagos dibujaban por instantes la geometría perfecta de la oficina: las sillas vacías, la pizarra con sus números, la maqueta del anuncio que tanto habían discutido. Todo eso quedaba ahora reducido a un decorado lejano. Lo único real era la respiración de él rompiéndose contra su piel, el roce de su barba incipiente en la mejilla, la forma en que sus dedos sabían exactamente dónde detenerse para que ella suplicara que siguieran.
Él le desabotonó la blusa botón por botón, mirándola, aunque en esa oscuridad apenas pudiera verla. Cuando la tela se abrió, deslizó la palma sobre su vientre, subió despacio hasta cerrarle la mano entera sobre una teta por encima del sostén y la sintió temblar bajo sus dedos. Le bajó la copa de encaje de un tirón y el pezón, ya duro como una piedra, quedó al aire. Adrián se inclinó y se lo metió en la boca, chupándolo primero con la lengua plana y después mordiéndolo apenas, hasta que Marina soltó un gemido agudo y le clavó las uñas en la nuca.
—Adrián… —jadeó, con la voz partida.
—Shhh. —Le pasó la lengua alrededor de la aureola, muy despacio, mientras con la otra mano le amasaba la otra teta—. Todavía no. Todavía no te toca gemir así.
—¿Sigues teniendo frío? —preguntó después, con una sonrisa que ella adivinó más que vio.
—Cállate —respondió Marina, y le aflojó la corbata de un tirón.
Se la sacó por la cabeza, le abrió la camisa con dedos torpes por las ganas, y al fin pudo poner las manos sobre su pecho, sobre esos hombros que tantas veces había fingido no admirar. La piel de él estaba caliente. El corazón le latía tan rápido como el suyo, y descubrir eso —que el hombre imperturbable de las juntas estaba tan perdido como ella— le dio un poder embriagador. Bajó la mano por el vientre firme, encontró el cinturón, se lo desabrochó a tirones y le abrió el pantalón. Cuando la palma se le cerró alrededor de la polla, gruesa y caliente y ya perfectamente dura, fue el turno de Adrián de dejar caer la cabeza y soltar un gemido ronco.
—Mierda, Marina.
—¿Así imaginabas mis manos? —susurró ella, apretando y aflojando el puño despacio, sintiendo cómo latía la vena gruesa bajo el pulgar—. ¿Así, en las juntas, mientras te hablaba de presupuestos?
—Peor. Mucho peor.
Ella se dejó caer de rodillas sobre la alfombra sin pensarlo dos veces. Le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón hasta las rodillas y se encontró de frente con esa polla que le había estado quitando el sueño desde el primer día. Le pasó la lengua por toda la longitud, desde la base hasta la punta, muy despacio, disfrutando cómo Adrián se aferraba al borde del escritorio para no caerse. Después se la metió entera en la boca, hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta y las lágrimas le nublaron la vista.
—Joder, joder —jadeó él por lo bajo, cerrándole una mano en el pelo, sin empujar, solo sosteniendo—. Así. Chúpamela así.
Marina obedeció. Le chupó la verga con hambre real, subiendo y bajando la cabeza a un ritmo que él no le dictaba pero seguía con la respiración, la mano libre acariciándole los huevos, la lengua enroscándose alrededor del glande cada vez que llegaba arriba. La saliva le corría por la barbilla. El sabor salado del líquido preseminal le llenó la boca, y Marina se dio cuenta de que estaba tan mojada bajo la falda que las bragas se le pegaban al coño.
—Para —gruñó Adrián de pronto, tirándole del pelo con firmeza—. Para, o me corro en tu boca ahora mismo y no es así como quiero terminar esta noche.
La levantó del piso de un tirón. Adrián la levantó sin esfuerzo y la sentó sobre el borde del escritorio de caoba, apartando de un manotazo la tablet con la propuesta «deficiente». Le arrancó las bragas con dos dedos, sin ceremonia, y la tela mojada quedó tirada en algún lugar de la alfombra. Se colocó entre sus piernas y la besó en el cuello, en la clavícula, bajando hasta que Marina tuvo que morderse el labio para no hacer ruido en aquel piso vacío.
—Nadie va a oírte —le recordó él, leyéndole el gesto—. Solo nosotros, ¿recuerdas?
—Eso lo dijiste para asustarme.
—Lo dije porque era verdad. Ahora abre las piernas. Más.
Le subió la falda hasta las caderas y le separó los muslos con las palmas abiertas, la misma lentitud calculada con la que diseccionaba un presupuesto, y ella entendió que ese hombre hacía todo así: midiendo, anticipando, esperando el segundo exacto. Cuando sus dedos por fin se hundieron en su coño, resbalando con una facilidad obscena, Marina dejó caer la cabeza hacia atrás y exhaló su nombre como si fuera la única palabra que recordaba.
—Estás empapada —murmuró él contra su cuello—. Empapada, Marina. Toda esta agua es por mí, ¿verdad?
—Sí —jadeó ella—. Toda por ti.
Metió dos dedos hasta el nudillo y curvó las yemas hacia arriba, buscando ese punto exacto que hizo que a Marina se le doblara la espalda sobre el escritorio. Después bajó la cabeza y se los sacó para reemplazarlos con la lengua. Le abrió los labios del coño con los pulgares y le pasó la lengua entera por el clítoris, despacio, después más rápido, chupándoselo, mordiéndoselo apenas entre los dientes. Marina se agarró del borde de caoba y arqueó la pelvis contra su boca, sin poder ya evitar los gemidos que se le escapaban.
—Adrián, por favor, por favor…
—Mírame —pidió él, levantando la vista sin dejar de lamer.
Ella levantó la cabeza. En el resplandor azul de la ciudad mojada, los ojos de los dos se encontraron, y verlo así —arrodillado entre sus piernas, la boca brillante de ella, la mandíbula tensa— fue lo que la deshizo. Se corrió sobre su lengua con un gemido largo, apretando los muslos contra sus orejas, sintiendo cómo él la seguía chupando durante los espasmos, arrancándole hasta la última contracción.
Cuando por fin se enderezó, se limpió la boca con el dorso de la mano y la miró con una intensidad casi salvaje. No había escritorio ni jerarquía ni campaña. Solo dos personas que llevaban meses esperando esta tormenta sin saber que la esperaban.
Lo atrajo por la cintura, hasta que no quedó espacio entre ellos. Adrián la sostuvo de las caderas, se guió la polla con la otra mano y, cuando al fin se hundió en ella de un solo empujón hasta el fondo, Marina enterró la cara en su cuello para ahogar el grito. Él se quedó quieto un instante, dándole tiempo a acomodarse a esa gruesura, su frente apoyada en la de ella, ambos respirando el mismo aire cargado.
—¿Bien? —murmuró.
—No pares. Fóllame, Adrián. Ahora.
No paró. Salió casi entera y volvió a hundírsela hasta la base, y otra vez, y otra, primero despacio y después con una urgencia que arrastraba meses de miradas robadas y frases con doble fondo. El escritorio crujía bajo el peso de los dos, la tablet resbalaba, un vaso rodó por el borde y se hizo pedazos contra el piso, pero ninguno lo registró. La lluvia golpeaba el ventanal. Marina se aferró a sus hombros, le clavó los dedos, le rodeó la cintura con las piernas para tenerlo más adentro, y lo escuchó respirar entrecortado contra su oído.
—Así —jadeaba él contra su oreja, embistiéndola sin tregua—. Así te imaginaba, abierta para mí sobre este mismo escritorio. Empapando la caoba. Diciendo mi nombre.
—Adrián… ay, Adrián…
—Otra vez. Dilo otra vez.
La bajó del escritorio de golpe, la puso de espaldas contra el ventanal helado y le levantó una pierna hasta la cadera. Marina soltó un gemido cuando el cristal frío le pegó a los omoplatos y él volvió a metérsela de un empujón, en esa posición nueva que le llegaba más profundo todavía. Los pechos le rebotaban contra su boca con cada embestida. Él le mordió el cuello, la clavícula, el hombro, marcándola como si esa noche le fuera a ser suficiente para toda una vida de disimulos en la sala de juntas.
—Voltéate —le ordenó, sacándosela con un gruñido de frustración.
Ella se dio la vuelta sin protestar y apoyó las palmas contra el vidrio empañado. Adrián le levantó la falda de un tirón sobre las nalgas, le abrió las piernas con una rodilla y la penetró desde atrás con un solo movimiento que le arrancó a Marina un gemido largo, obsceno, que ninguna acústica de junta habría perdonado. Sintió una palmada seca en la nalga derecha, después la mano de él cerrándose sobre su cadera para clavarla contra su pelvis.
—Mírate —susurró él con la voz destrozada, contra su oreja—. Mira el reflejo. La directora creativa de Vallenti, doblada contra su ventanal, con la polla de su jefe hasta el fondo. Dime que no lo habías fantaseado.
—Lo fantaseaba —admitió ella, sin aire—. Todas las noches.
Él le rodeó la cintura con un brazo, deslizó la otra mano hasta su clítoris y empezó a frotárselo en círculos mientras seguía embistiéndola desde atrás. Marina cerró los ojos y apoyó la frente contra el vidrio frío. El clímax se estaba armando en su vientre, pesado, imparable, como el trueno que había roto la noche.
—Me voy a correr —jadeó.
—Córrete. Córrete conmigo adentro.
El clímax la sorprendió como el trueno había sorprendido al edificio: de golpe, sin aviso, sacudiéndola entera. Se le doblaron las piernas y solo el brazo de Adrián alrededor de la cintura la sostuvo contra el ventanal. Lo sintió tensarse a él un instante después, embestirla dos, tres veces más con un ritmo perdido, y después vaciarse dentro de ella con un gruñido ronco contra su nuca, su nombre roto en la exhalación final. La corrida caliente le llenó el coño y Marina soltó otro gemido pequeño, sensible, apretándolo por dentro con cada espasmo. Por unos segundos el piso cuarenta y dos no fue una oficina, sino el único lugar del mundo donde los dos podían ser, al fin, completamente sinceros.
Él se quedó dentro de ella un rato más, respirándole contra el pelo, la mano ya suave sobre su vientre. Cuando por fin salió, un hilo tibio le corrió a Marina por la cara interna del muslo, y ella se descubrió sonriendo contra el cristal.
***
Cuando las luces de emergencia parpadearon y volvieron con un zumbido tímido, los dos seguían abrazados, recobrando el aliento. Marina se bajó la falda. Adrián recogió su corbata del suelo sin ponérsela y se quedó mirándola, despeinado, con una expresión que ella nunca le había visto en ninguna junta.
—La propuesta —dijo él al fin, con la voz ronca—. La de los relojes.
—¿Sigue siendo deficiente?
Adrián sonrió, y por primera vez la sonrisa le llegó hasta los ojos.
—Demasiado provocadora —respondió—. Acabas de convencerme.
Marina tomó su saco, se lo colgó del brazo y caminó hacia el ascensor con el corazón todavía golpeándole las costillas y el semen de él todavía caliente entre los muslos. Mañana habrá que fingir otra vez, pensó. Pero al apretar el botón se descubrió sonriendo a la nada, sabiendo que algunas tormentas no se olvidan, por más luces que vuelvan a encenderse.