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Relatos Ardientes

Lo que nunca conté de mis años en la universidad

Siempre me hicieron gracia las discusiones sobre quién disfruta más del sexo, si el hombre o la mujer. La respuesta cómoda es que la mujer, porque puede encadenar orgasmos sin pausa. Yo no lo tengo tan claro. El hombre empieza a gozar mucho antes de tocarte: se enciende con mirarte, con imaginar lo que hará contigo aunque sigas vestida. Nosotras, en cambio, recién entramos en calor cuando ya estamos metidas hasta el cuello. Quizá por eso me costó tanto frenar, una vez que entendí cómo funcionaba mi propio cuerpo.

Lo que voy a contar pasó en mis dos últimos años de carrera, los más desvergonzados, los que no le confesé ni a mi mejor amiga hasta mucho después. Fueron los años en que descubrí lo que era una verdadera orgía, de esas multitudinarias de las que una oye hablar y cree que son leyenda. Y fueron, sobre todo, los años en que dejé de mentirme sobre lo que me gustaba.

Empezó por la facultad. Mi fama de chica fácil de encender llegó antes que yo a la sala de profesores. En los primeros cursos lo notaba en miradas torcidas, alguna insinuación cobarde que nunca pasaba de ahí. En cuarto fue distinto. El de matemáticas me acosaba sin disimulo y la de empresa me cortejaba con una sonrisa que prometía cosas. Los dos consiguieron lo que buscaban.

Darío, el de matemáticas, rondaba los cuarenta pero se conservaba joven, con esa seguridad de hombre que sabe exactamente lo que quiere. Casado, con hijos, retorcido y dueño de una autoridad que, para mi sorpresa, me desarmaba por completo. Me ponía en ridículo en clase con preguntas tramposas hasta que un día, sin levantar la vista de sus papeles, me soltó:

—Pásate por mi despacho.

Me pasé. Me indicó la silla de las visitas, se levantó, cerró la puerta con llave y se colocó detrás de mí. Me sujetó los pechos por encima de la ropa, los apretó despacio, midiéndome, y luego dijo:

—Ya te puedes ir.

Al salir me dio una palmada en el culo y una orden:

—Mañana vuelves.

Y volví. Al día siguiente, y al otro, y a muchos otros. Descubrí en su despacho un costado mío que no sabía que existía: el placer de obedecer. Desnúdate. Enséñame las tetas. Ahora abre las piernas. Y yo lo hacía, con el pestillo echado y las voces del pasillo a un metro de mi espalda. Se masturbaba mirándome abierta sobre su escritorio, me metía los dedos con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo. Una tarde, mientras me fotografiaba a contraluz de la ventana en una pose que él llamaba artística, entró sin avisar la profesora de empresa. Ni me miró. Habló con él de una reunión y, al salir, dejó caer:

—Buenas tetas, Mara. Espero que las notas estén a la altura.

Lo que más le gustaba a Darío era que me metiera bajo su escritorio y se la chupara mientras atendía a otros alumnos. Llamaban a la puerta, él abría con voz neutra para explicar una ecuación, y yo seguía con su sexo en la boca, conteniendo la risa y el ahogo a partes iguales. Esa mezcla de peligro y descaro me volvía loca; nunca antes había sentido el cuerpo tan despierto.

La de empresa, Lorena, cobró su parte poco después. Me citó en su casa un lunes a las diez de la noche. La esperaba con su marido, un tipo grande y trabajado, y con Beatriz, la profesora de fiscal, una mujer seria y recta en clase de la que jamás habría sospechado nada. Las tres rondaban los cuarenta y se cuidaban con esmero: cuerpos firmes, piel tensa, esa seguridad que dan los años bien llevados.

—Le he dicho a mi marido y a Beatriz que chupas muy bien —arrancó Lorena, sin rodeos—. Quieren comprobarlo.

Mi silencio se lo tomaron como un sí. Beatriz me acariciaba la cara y me hablaba al oído mientras Lorena ya tenía la mano dentro de mi ropa interior.

—Te he observado todo el año —susurró Beatriz—. Estás muy buena y nunca me hiciste caso.

Esa noche se la hice. A las dos las dejé temblando con la lengua, una recostada en el sillón con las piernas abiertas, la otra montada sobre mi cara. El marido se sumó cuando ya estábamos las tres enredadas, y los tres terminaron repartiéndose mi boca por turnos que la propia Lorena tuvo que organizar para que no me partieran la cabeza tirando cada uno hacia su lado. Cuando ya no podían más, sacaron dos arneses y me penetraron a la vez, una por delante y otra por detrás, mientras él me llenaba la boca. Me corrí entre los tres, con la cara empapada y la sensación clarísima de que algo se había abierto y no se iba a cerrar.

***

Por esa época salía con Bruno, un chico de mi edad con el que las cosas funcionaban precisamente porque ninguno fingía exclusividad. Nos contábamos nuestras aventuras de fuera; las mías eran muchas más que las suyas, pero él escuchaba sin celos y a veces se sumaba. Lo que Bruno deseaba de verdad, su fantasía recurrente, era invertir los papeles: ser él quien estuviera rodeado de mujeres distintas, de distintas edades y cuerpos, todas para él.

Decidí regalárselo por su cumpleaños. Me llevó semanas de búsqueda discreta entre la universidad, los bares donde trabajaba algunas noches y conocidas de conocidas. Conseguí cinco mujeres que aceptaron el plan y que entre todas cumplían la lista de Bruno: distintas alturas, distintos pesos, distintas pieles, desde una chica de diecinueve hasta una mujer de cuarenta que se ofreció ella sola al enterarse. Yo decidí no participar; preferí montar la escena y dejar que él se explayara.

Me lo contó después, todavía sin creérselo. Que llegó al chalé y las encontró en ropa interior, que lo recibieron con un beso cada una, que no supo por dónde empezar. Que la mayor llevó la iniciativa y lo montó hasta vaciarlo, que luego lo reanimaron entre las cinco y volvió a la carga colocándolas en fila sobre la alfombra para ir tapando un hueco tras otro. Que terminó agotado, rodeado de bocas abiertas, convencido de que ningún cumpleaños volvería a igualar ese. Lo curioso vino después: cuando el resto del grupo se enteró de la fiesta, cada uno quiso la suya. Así, casi sin proponérnoslo, instituimos «el día del cumpleaños», una celebración mensual donde el homenajeado pedía exactamente lo que se le antojaba.

El mío lo pedí distinto. Quería cinco hombres, y uno de ellos Bruno, pero antes de que llegaran los demás me reservé un capricho con él. Le vendé los ojos con la excusa de calentar, lo puse a cuatro patas y, mientras le distraía con la boca, me ajusté el arnés a la cintura. Cuando entendió lo que pasaba dio un respingo y un suspiro de resignación, y al final terminó disfrutándolo más de lo que jamás admitiría. Me corrí menos por la fricción que por el poder de la escena: por verlo entregarse, él, que siempre llevaba las riendas. Me dijo «eres muy mala» como si fuera un cumplido. Lo era.

Aquel preámbulo lo dejó eléctrico para lo que vino: los cuatro hombres y él, durante horas, en todas las posiciones que se nos ocurrieron. Bruno traía instrucciones precisas mías y las repartió con celo. Acabé exhausta, recorrida entera, con la respiración rota y una sonrisa idiota que no se me iba. Él me pidió perdón por si se había excedido. Le dije la verdad: que no se había excedido en nada.

***

Fueron los profesores quienes me hablaron del club. No era un local: era un círculo cerrado de gente de treinta y pico, cuarenta años, intelectuales aburridos de lo convencional, que alquilaban casas grandes los fines de semana para montar orgías con argumento. Porque eso era lo que las distinguía: no follaban sin más, teatralizaban. Escenas de época, vestuario, personajes. Roma, la Edad Media, los años sesenta, lo que se les ocurriera. El resultado siempre terminaba igual, pero el camino tenía guion.

Se entraba solo por invitación, y a los menores de treinta nos costaba el doble. Me coló el marido de Lorena, que resultó ser socio. Las primeras veces nos daban a las nuevas papeles secundarios: hice de aldeana en una recreación medieval, de víctima en un rito antiguo, de cortesana en un puerto lleno de marineros. Aprendías mirando, y follando bastante por el camino. Hasta que un fin de semana me dieron el papel principal, y entendí por qué la gente se enganchaba.

La escena era de una saga de fantasía: yo hacía de reina conquistadora, exiliada que recuperaba su trono. La casa, enorme, con piscina y jardín, estaba decorada por completo. El director —un arquitecto con vocación de dramaturgo— me vistió con sedas y me dio mis instrucciones. Bajé las escaleras hasta un salón convertido en sala del trono, crucé entre otras escenas que ya estaban en marcha, salí al jardín donde me esperaba mi supuesto consorte rodeado de su guardia.

Me eché sobre él y lo cabalgué bajo la tela de una tienda mientras, alrededor, doce hombres disfrazados de guerreros vigilaban la entrada y mis tres «esclavas» se ocupaban unas de otras. Cuando él terminó y se desplomó, los doce me rodearon. Fueron pasando uno a uno, conociéndome la boca, después el resto, en una coreografía que el director había ensayado de verdad. Me alzaron en volandas a la altura de sus caderas, me bajaron, me cambiaron de posición tantas veces que perdí la cuenta. Llegó el momento en que todos quisieron a la vez, y entre las manos, los pies, la boca y todo lo demás repartí cuerpo para los doce sin que ninguno quedara fuera. Me corrí gritando, sin actuar, regándolo todo, sintiendo cada centímetro de piel ocupado.

El final estaba escrito como una consagración. Me llevaron a la piscina a limpiarme, volvieron a recogerme las otras protagonistas para una última ronda más lenta, más íntima, y al cabo el director me condujo de la mano al trono de hierro. Me senté, y proclamó a voz en grito todos mis títulos inventados, la reina de no sé cuántos reinos, la madre de no sé qué bestias. Y todos aplaudieron como si de verdad acabaran de coronarme. Nunca me había sentido tan poderosa estando tan entregada. Esa contradicción, descubrí, era lo que andaba buscando desde el principio.

***

El último semestre del máster casi no me dejó tiempo para nada que no fueran los estudios, una beca en una empresa de comercio exterior y, los fines de semana, el club. Mi relación con Bruno se enfrió un poco; a él no lo invitaban y los celos hacían el resto. Llegamos sin drama al final, como dos personas que se habían enseñado mutuamente más de lo que cualquier pareja formal se enseña en años.

A veces me pregunto si me arrepiento de algo de aquella época, y la respuesta sincera es que no. Aprobé, me gradué, hice mi vida. Pero si tengo que confesar la verdad, la de verdad, esos dos años me enseñaron lo único que de verdad valía la pena saber: hasta dónde llegaba mi deseo cuando dejaba de pedirle permiso a nadie. Y eso, una vez que se aprende, ya no se olvida.

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Comentarios (5)

ViviLectora

Increible, me llego al alma. gracias por animarte a contar esto!

Nati_cba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo eso

ElCriollo_77

Me recordo mucho a mi primer año de facultad jaja, esos años te marcan de una manera que no te das cuenta hasta despues. Buen relato.

LucianaM

Que bien narrado. Se siente muy real, como si te estuvieras contando en persona. Seguí así!

Marcela_2k

excelente!!!

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