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Relatos Ardientes

El día que mi novio dejó que me miraran

Me llamo Lucía. Era un jueves de calor brutal en Guadalajara, de esos en los que el aire se pega a la piel y hasta el vestido más ligero sobra. Había quedado con mi novio en la farmacia-consultorio de su familia, en una colonia tranquila pero transitada, de esas que todavía huelen a alcohol y formol mezclado con el aroma dulzón de los jarabes para niños.

La madre de mi novio, la doctora Beatriz, lleva toda la vida en la medicina general y algunos estudios. Mi novio, Mauricio, tiene su consultorio dental en la parte de atrás. Entre los dos comparten pacientes, recetas y, sobre todo, una sala de espera que siempre está repleta de señoras mayores, mamás con niños y algún señor que llega «nada más a que le tomen la presión».

Un par de semanas antes, en una convención en el centro de exposiciones, a Mauricio y a su madre les habían ofrecido un láser terapéutico de esos que prometen todo: analgesia, antiinflamatorio, bioestimulación, cicatrización rápida y, según el vendedor con mucha labia, también «modelado corporal no invasivo» y reducción de grasa localizada. El hombre se veía tan convencido que se ofreció a llevar el equipo al consultorio y hacer una demostración en vivo, sin costo. Mauricio, que siempre quiere probar cosas nuevas para sus pacientes, dijo que sí de inmediato.

Llegó el día. El señor del láser se presentó con su maletín metálico, su playera tipo polo con logo y una sonrisa de comercial de televisión. Trajo el aparato: un láser de diodo de luz rojiza con una punta que parecía más bien un micrófono grande. Empezó con Mauricio. Le aplicó el láser en la espalda, en la articulación de la mandíbula, en los hombros, todo muy profesional. Luego le enseñó la técnica de «masaje de drenaje con fotobiomodulación» para mover supuestamente la grasa hacia donde uno quiere. Mauricio se entusiasmó tanto que dijo que lo iba a ofrecer como tratamiento complementario.

Mientras tanto, la sala de espera se había llenado. Habían citado a varios pacientes «para que vieran la demostración» y también llegaron algunos conocidos de la doctora Beatriz. Había unas diez o doce personas sentadas en las sillas de vinil color beige, hojeando revistas viejas.

Mauricio se quedó atendiendo a sus pacientes en el consultorio grande. La doctora Beatriz se metió a revisar a dos señoras que tenían cita desde temprano. Y yo me quedé esperando entre paciente y paciente, medio aburrida, con calor, sudando por la espalda.

En eso se me acercó el señor del láser, muy amable, y me dijo:

—Mire, señorita, ya que está aquí… ¿no le gustaría que le haga la demostración completa? Así entiende bien cómo funciona y luego puede explicárselo a los pacientes cuando su novio lo ofrezca. Es muy sencillo y se siente increíble.

Yo peso cincuenta y ocho kilos y nunca me he considerado gorda, pero sí tengo esa manía de querer «acomodar» lo poco que tengo: más cadera, menos cintura, más pecho, menos abdomen. Dije que sí sin pensarlo demasiado. El calor me tenía medio atontada, y la idea de salir de ahí con la grasa «mejor repartida» me pareció tentadora.

Me llevó al consultorio más chico, el que usan para exploraciones generales y curaciones rápidas. Una camilla estrecha con papel desechable verde, un escritorio viejo, un lavabo diminuto y —lo peor— dos ventanales grandes que daban directo a la sala de espera. Tenían una película esmerilada, pero de esas baratas que dejan ver siluetas y, si te fijas bien, bastante más que siluetas.

Me dijo muy serio:

—Para que el masaje con láser funcione al cien por ciento, tiene que ser sobre piel limpia y sin ropa. Es el protocolo. Pero si quiere, puede quedarse con la ropa interior y le doy un top desechable para que no se manche con el gel conductor.

Yo me quedé con cara de «¿qué?».

Él, sin inmutarse:

—Tranquila, es muy común. Mire, le dejo este top desechable y la pantaleta se la deja puesta. Yo salgo cinco minutos para que se cambie.

Acepté. Principalmente porque tenía un calor infernal y sentía que el vestido me asfixiaba. Me quité todo menos la tanga roja minúscula que traía ese día. Craso error. El «top desechable» era una especie de trapito de papel no tejido, más delgado que una servilleta y semitransparente. Prácticamente era como no traer nada.

Me acosté boca arriba en la camilla, crucé los brazos un momento por pudor… y luego los bajé. Total, el top era tan ridículo que cubrirme con las manos o con una sábana me parecía todavía más vergonzoso.

El señor regresó. Empezó con el láser en modo frío, un zumbido suave, luces rojas moviéndose por mi abdomen, mis costados, mis muslos. Hasta ahí todo «normal». Luego puso gel frío y empezó el «masaje de redistribución».

Y ahí cambió todo.

Agarraba mis brazos con fuerza, como si fueran masa, y los deslizaba hacia arriba, hacia mis pechos, como queriendo «subir» la grasa. Luego los muslos: apretaba desde la rodilla hacia la ingle y después hacia afuera, hacia las caderas y los glúteos. El movimiento era tan intenso y tan descarado que en un momento me di cuenta de que me estaba tocando de una forma que ningún masajista profesional haría jamás. Sus manos pasaban por los lados de mis pechos, rozaban los pezones a propósito, bajaban hasta casi el borde de la tanga y volvían a subir.

Yo estaba paralizada. Una mezcla de vergüenza, calor, confusión y —lo admito— una excitación traicionera que no podía controlar.

Y entonces pasó lo peor. La puerta se abrió de golpe.

Mauricio entró sin tocar, como siempre hace cuando va de un consultorio a otro. Se quedó congelado al verme prácticamente desnuda en la camilla, con las manos del señor en mis muslos y mi tanga roja empapada marcándolo todo.

Antes de que pudiera decir nada, el vendedor soltó con toda naturalidad:

—Pase, doctor, justo le estaba mostrando la técnica de redistribución con fotobiomodulación. Venga, acérquese, le enseño cómo se hace para que usted lo replique.

Y Mauricio, en lugar de cerrar la puerta o ponerme una sábana, entró. El señor le indicó:

—Mire, así se agarra el tejido desde abajo y se empuja hacia la zona que se quiere aumentar. Vea.

Y puso las manos de Mauricio en mis muslos. En ese momento mis pezones estaban duros como piedras y se marcaban brutalmente a través del papelito transparente. La humedad en la tanga era imposible de disimular; había una mancha oscura evidente. Y la puerta seguía abierta de par en par.

Un paciente que pasaba por el pasillo se detuvo en seco. Miró. Se quedó mirando. El señor, en vez de cerrar, dijo:

—Doctor, creo que sería muy ilustrativo que los pacientes vieran el procedimiento en vivo. Así entienden los beneficios y se animan a probarlo. ¿No le parece?

Mauricio dudó un segundo. Lo vi en sus ojos: una mezcla de sorpresa, confusión y… algo más. Algo que yo ya conocía, aunque nunca lo habíamos hablado abiertamente. Asintió casi sin pensar.

—Está bien… que pasen unos cuantos. Pero solo para que observen.

Entraron seis personas. Tres mujeres y tres hombres, todos mayores de cuarenta. Se formaron en semicírculo alrededor de la camilla, como si estuvieran viendo una demostración de electrodomésticos en una tienda departamental. Algunas señoras se cruzaban de brazos con cara de curiosidad científica; otras sonreían con disimulo. Los hombres miraban diferente.

Uno de ellos, un señor de camisa azul claro, cabello entrecano, barriga prominente y mirada fija, no disimulaba en absoluto. Sus ojos recorrían mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mis pezones marcados, en la mancha oscura de la tanga, en la forma en que mis muslos temblaban cada vez que Mauricio me apretaba.

Mauricio lo notó. Lo notó y, en lugar de cerrar la puerta o pedirle que dejara de mirar, hizo algo que nunca imaginé que haría.

—Señor… —le dijo directamente al hombre de la camisa azul—, ¿le gustaría ayudarme un momento? Así ve exactamente la presión y el movimiento que se necesitan. Es importante que quede claro para todos.

El hombre sonrió de inmediato, una sonrisa amplia, satisfecha. Asintió varias veces.

—Con gusto, doctor.

Se acercó. Mauricio se hizo un poco a un lado, dejándole espacio junto a la camilla. El señor puso sus manos grandes y algo ásperas sobre mis muslos internos, justo donde terminaba la tanga. Apretó con fuerza, más de la que Mauricio había usado. Sus pulgares se deslizaron peligrosamente cerca del borde de la tela, rozando la piel húmeda. Subió despacio, muy despacio, hasta la parte baja de mis pechos. Los levantó como si los estuviera pesando, los apretó hacia el centro y luego los empujó hacia arriba y hacia afuera, diciendo en voz alta:

—Así, doctor, ¿verdad? Para concentrar el tejido en la zona deseada.

Yo estaba temblando. Intenté cerrar las piernas por instinto, pero él las mantuvo abiertas con firmeza. Sentía todas las miradas clavadas en mí: las señoras que ya no disimulaban su asombro, los otros hombres que se habían acercado un paso más, Mauricio que observaba todo con la respiración acelerada y los ojos brillantes.

El señor bajó de nuevo las manos. Esta vez no fingió que era parte del masaje «terapéutico». Deslizó los dedos por la cara interna de mis muslos, muy cerca del centro, y luego presionó con el pulgar justo sobre la tela empapada, en el punto donde más lo necesitaba. Lo hizo con movimientos circulares lentos, deliberados.

Mi cuerpo me traicionó por completo. Un gemido se me escapó sin querer. Intenté morderlo, pero salió igual. Mis caderas se levantaron solas, buscando más presión. El señor lo entendió y aumentó el ritmo. Sus dedos se colaron por debajo del borde de la tanga, apenas un centímetro, pero suficiente para rozar directamente la piel hinchada y resbaladiza.

Yo ya no podía controlar la respiración. Era jadeo tras jadeo, cortos, desesperados. Sentía que todo el consultorio se había quedado en silencio excepto por el sonido húmedo de sus dedos y mis propios gemidos, que ya no podía contener. Mauricio seguía ahí, a un metro, mirando. No dijo nada. No me cubrió. No cerró la puerta.

El señor aceleró. Presionó más fuerte, más rápido, en círculos pequeños y precisos. Sentí que algo se rompía dentro de mí, una cuerda que llevaba minutos tensa al límite.

Y exploté.

El orgasmo me atravesó como una corriente eléctrica. Me arqueé sobre la camilla, los dedos de los pies encogidos, las manos agarrando el papel verde hasta romperlo. Un grito ahogado se me escapó y luego solo jadeos temblorosos. La humedad se desbordó, empapando la tanga, los dedos del hombre, el papel debajo de mí. Todo el cuerpo me temblaba en espasmos que no podía detener.

Cuando por fin abrí los ojos, vi las caras. Las señoras con la boca abierta. Los hombres con sonrisas torcidas. Mauricio, inmóvil, con la mirada perdida entre la vergüenza, la excitación y algo que parecía un orgullo enfermo. El señor sacó la mano despacio, se limpió los dedos en una toalla de papel como si nada y dijo con voz satisfecha:

—Excelente respuesta al estímulo, ¿verdad, doctor? Así se ve cuando el tratamiento realmente funciona.

Nadie contestó.

Cuando por fin cerraron la puerta —diez minutos y un orgasmo demasiado tarde— el consultorio quedó en un silencio pesado, roto solo por mi respiración entrecortada y el crujir del papel verde hecho trizas bajo mi cuerpo. Me quedé acostada, inmóvil, con las piernas todavía temblando, la tanga empapada pegada a la piel, los pezones tan sensibles que el simple roce del aire me hacía estremecer. Las lágrimas seguían rodando por mis sienes, mezclándose con el sudor. No sabía si llorar de humillación, de rabia, de placer o de las cuatro cosas juntas.

***

Mauricio se acercó despacio. No me tocó de inmediato. Se quedó de pie junto a la camilla, mirándome como si estuviera viendo algo al mismo tiempo hermoso y prohibido. Tenía la mandíbula apretada, los ojos brillantes, la respiración acelerada. No parecía enfadado. Parecía hambriento.

—Perdóname —dijo por fin, con la voz ronca—. No debí… no debí dejar que siguiera. No debí invitarlo. No debí…

Se le quebró la frase. Bajó la mirada un segundo, luego volvió a subirla hacia mí.

—No pude parar —confesó casi en un susurro—. Cuando te vi ahí, expuesta, temblando, con todos mirándote… no pude parar. Me gustó. Me gustó demasiado.

Me incorporé un poco, apoyándome en los codos. El top de papel se había roto por completo; mis pechos quedaron al descubierto otra vez, pero ya no intenté cubrirme. Ya no había nada que esconder.

—¿Te gustó? —repetí, la voz temblorosa—. ¿Te gustó que me tocaran delante de todos? ¿Que ese señor… que yo…?

Asintió lentamente.

—No solo eso. Me gustó verte así. Desnuda. Vulnerable. Deseada. Me gustó ver cómo te miraban, cómo te tocaban, cómo te rompías frente a ellos. Me puse duro solo de verte perder el control. Y cuando te viniste… Dios… nunca te había visto tan… tan…

No terminó la frase. No hacía falta.

Me quedé mirándolo, con el corazón latiéndome en la garganta. Debería haber sentido ira. Debería haberlo abofeteado, haber salido corriendo, haberle gritado que era un enfermo. Pero no lo hice. Porque una parte de mí —esa parte oscura que había intentado ignorar todo el tiempo— también lo había sentido.

—También me gustó —admití en voz tan baja que casi no se escuchó—. No todo. No al principio. Pero cuando vi que no podías quitarme los ojos de encima… cuando sentí todas esas miradas clavadas en mí… me sentí poderosa. Deseada. Como si por una vez mi cuerpo valiera algo más que solo ser «bonita» o «delgada». Me sentí vista. Realmente vista. Y eso me excitó tanto que no pude parar.

Nos quedamos en silencio varios segundos. El ventilador seguía girando, inútil, moviendo el aire caliente y cargado. Mauricio se acercó por fin. Se arrodilló junto a la camilla y apoyó la frente contra mi muslo, como si necesitara tocarme para anclarse.

—Entonces… ¿no me odias? —preguntó, casi con miedo.

—No te odio —respondí, y pasé los dedos por su cabello—. Pero no sé qué significa esto. No sé si quiero que vuelva a pasar… o si quiero que pase otra vez. Solo sé que hoy, por primera vez, sentí que me deseaban de verdad. Y tú también lo sentiste. Y eso me da miedo. Pero también me gusta.

Levantó la mirada. Sus ojos estaban húmedos.

—A mí también me da miedo —dijo—. Pero no quiero mentirte. Quiero volver a verte así. Quiero que otros te miren. Quiero que se mueran de ganas y sepan que eres mía. Y quiero que tú lo sepas. Que te sientas deseada hasta que no puedas más.

Me incliné hacia él. Lo besé despacio, con sabor a lágrimas, a sudor y a algo nuevo, algo peligroso.

—Entonces… ya veremos —susurré contra sus labios—. Pero la próxima vez… cierra la maldita puerta antes.

Sonrió, apenas, una sonrisa culpable y aliviada al mismo tiempo.

Y por primera vez en todo el día, sentí que, aunque todo había salido mal, algo entre nosotros había encajado de una forma torcida, pero real.

Nunca volvimos a hablar de ese día con detalle. Pero a veces, cuando estamos solos, me pide que me quite la ropa despacio frente a la ventana entreabierta. Y yo lo hago. Porque los dos sabemos, aunque no lo digamos, que ya no hay vuelta atrás.

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Comentarios (6)

MatiasQ_91

que relato!! me enganché desde las primeras lineas y no pude parar de leer

TaniaQuilmes

segunda parte porfavor... quede con ganas de saber como siguio todo

Clarita_77

me puse colorada solo leyendo jajaja, que situacion tan intensa debe haber sido

RominaHC

increible!!! mas relatos asi por favor

NikoCba

y como quedo la relacion con el novio despues de todo eso? jaja hay detalles que dan para mucho

Peluca_23

seis personas mirando... yo me hubiera ido corriendo al primer minuto, chapeau!!

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