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Relatos Ardientes

La noche que me vengué de mi marido en una discoteca

Me llamo Verónica y ya rozo los cincuenta, pero la noche que importa de verdad fue hace casi quince años, cuando todavía no había cumplido los treinta y seis. Nunca se lo conté a nadie. Ni a mis amigas, ni a mi hermana, ni mucho menos a las terapeutas que vinieron después. Lo guardé como se guarda una brasa: con cuidado, sabiendo que aún quema.

Por aquel entonces mi vida cabía entera en una palabra: rutina. Despertar, hacer el desayuno que él no agradecía, aguantar comentarios, callar. Mi matrimonio se había convertido, despacio y sin que yo me diera cuenta del día exacto, en una celda con las paredes pintadas de buenas maneras.

Mi marido no me pegaba. Era peor que eso. Me ignoraba con una precisión de cirujano. Apagaba mis ganas con un suspiro, con una mirada de fastidio, con esa costumbre suya de corregirme delante de la gente. Y yo, que de joven había sido fuego puro, me había ido convirtiendo en ceniza tibia. Hacía meses que no me tocaba, y cuando lo hacía era un trámite de tres minutos: se subía encima, me metía la polla blanda a medio empalmar, bombeaba mirando al techo y se corría dentro sin preguntarme si yo había llegado a mojarme siquiera. Yo tampoco me mojaba. Mi coño se había vuelto un desierto por pura falta de uso, y por las noches, cuando él roncaba, me metía la mano entre las piernas y me frotaba el clítoris a escondidas, ahogando los jadeos contra la almohada, corriéndome sola en silencio como una adolescente clandestina en su propia cama.

Pero algo seguía latiendo abajo, en algún sitio que él no había sabido encontrar nunca. Una sed. Las ganas de sentir mi propio cuerpo otra vez, de saber que todavía servía para el deseo y no solo para planchar camisas. Ganas de una verga dura de verdad. Ganas de que unos dedos que no fueran los míos me abrieran de par en par y me hicieran gritar.

Aquella noche discutimos. No recuerdo siquiera por qué empezó; con él cualquier cosa servía de excusa. Recuerdo, eso sí, su voz fría, calculada, midiendo cada palabra para que doliera más.

—Mírate —me dijo, sin levantar la vista del televisor—. ¿A quién crees que le interesas tú a estas alturas?

Algo se rompió. No con estruendo, sino con un clic limpio, casi silencioso. Como cuando una llave por fin entra en la cerradura correcta.

A alguien le voy a interesar esta misma noche. Y no vas a ser tú.

Subí al dormitorio sin contestar. Abrí el fondo del armario, donde dormía la ropa que él detestaba. Saqué un vestido negro, ajustado, de los que marcan cada curva sin pedir permiso. Unos tacones altos que me hacían diez centímetros más alta y mucho más peligrosa. Me maquillé despacio, mirándome de verdad por primera vez en años. Debajo del vestido me puse un tanga negro de encaje que llevaba años sin estrenar, y decidí no ponerme sujetador: mis tetas seguían firmes, y los pezones marcaban la tela cada vez que respiraba hondo.

En el espejo ya no estaba la mujer dócil del salón. Había otra. Una que reconocía con una mezcla de miedo y de hambre.

Bajé las escaleras, cogí las llaves y abrí la puerta. Él ni siquiera giró la cabeza. Creyó que iba a la farmacia, supongo. No le di explicaciones. Cerré la puerta con suavidad, casi con dulzura, y eso fue lo más violento que hice en todo el matrimonio.

***

Conduje sin rumbo hasta que vi las luces. Era una discoteca a las afueras, una de esas que de día parecen un almacén y de noche se convierten en otra cosa. La conocía de oídas, de comentarios entre risas que nunca me había atrevido a comprobar.

Pagué la entrada y crucé el umbral como quien cruza una frontera. Dentro, la música golpeaba en el pecho antes que en los oídos. Luces rojas y azules barrían cuerpos en movimiento, humo, copas, miradas. El aire olía a perfume, a sudor y a permiso.

Avancé entre la gente y noté algo que llevaba años sin sentir: que me miraban. No con lástima, no con costumbre. Con deseo. Un hombre se apartó para dejarme pasar y me sostuvo la mirada un segundo de más, y le vi bajarla directo a mis tetas sin disimulo. Una mujer me repasó de arriba abajo con una sonrisa cómplice y se mordió el labio. Yo caminaba como si la pista fuera mía, y por una noche lo era.

Pedí algo fuerte en la barra y me lo bebí despacio, sintiendo cómo el calor me bajaba por el cuerpo hasta instalarse entre las piernas. Ya notaba el tanga húmedo de solo pensar en lo que estaba haciendo. Ya no era la esposa apagada. Era una loba en celo que había roto la cadena y olfateaba el aire por primera vez en mucho tiempo.

Fue entonces cuando lo vi.

Estaba apoyado en una columna, con una copa en la mano y los ojos puestos en mí desde hacía rato. Rasgos duros, mandíbula marcada, una camisa oscura abierta lo justo para dejar ver una franja de pecho moreno. No era guapo de revista. Era algo mejor: parecía peligroso y parecía libre. Todo lo que yo necesitaba esa noche. Le miré el bulto del pantalón sin ninguna vergüenza y él lo notó, y sonrió de medio lado, seguro de lo que le esperaba.

No me acerqué. Me quedé quieta y dejé que viniera él. Y vino.

—No pareces de las que vienen solas —me dijo al oído para hacerse escuchar sobre la música. Su aliento en mi cuello me erizó la piel de golpe.

—Y no lo soy —contesté—. Hace media hora todavía estaba casada con mi rutina.

Se rió. Una risa baja, ronca, que sentí en la nuca y en los pezones.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy aquí. Eso es lo único que importa.

No hubo más conversación. No hacía falta. Hay entendimientos que se cierran con una mirada, y el nuestro ya estaba firmado. Me tomó de la mano, se la llevó a la boca, me lamió el interior de la muñeca sin dejar de mirarme, y yo me dejé llevar, lejos de la pista, hacia el pasillo mal iluminado que conducía a los lavabos.

***

Cada paso era una regla rota. Doce años de «compórtate», de «qué van a pensar», de «tú no eres así» se quedaban atrás con el eco de mis tacones sobre el suelo pegajoso. Empujó una puerta y entramos en un cubículo estrecho, de azulejos fríos, donde la música llegaba deformada, como desde debajo del agua.

Me apoyó contra la pared y me besó. No fue un beso tierno. Fue un beso de hambre, de los que muerden, de los que no piden permiso. Me metió la lengua hasta el fondo de la garganta, me chupó el labio inferior, me lo mordió hasta hacerme sisear. Le devolví cada gesto con todo lo que tenía acumulado, con toda la rabia transformada en otra cosa mucho más interesante. Le agarré la nuca con las dos manos y le follé la boca con la lengua como si fuera un coño.

Sus manos no perdieron el tiempo. Me subieron el vestido de un tirón, encontraron mis tetas por debajo de la tela y me pellizcaron los pezones con los dedos hasta que se me escapó un gemido ahogado. Me bajó el escote de un manotazo y agachó la cabeza para chuparme una teta entera, mamándome el pezón con la boca abierta, lamiéndolo, mordiéndolo, mientras con la otra mano me apretaba la otra teta como si quisiera dejarme marca.

—Qué buenas tetas tienes, joder —murmuró contra mi piel—. Y encima duras. ¿Cuánto hace que nadie te las come así?

—Años —jadeé—. Sigue.

Bajó la mano hasta el tanga y me lo apartó a un lado sin ni siquiera bajármelo. Sus dedos se hundieron directamente en mi coño y soltó una carcajada ronca al notar cómo estaba.

—Estás chorreando. Estás toda mojada, cabrona.

—Cállate y métemela —le dije, y no reconocí mi propia voz.

Pero él no me la metió todavía. Se arrodilló en aquel suelo asqueroso, me subió el vestido hasta la cintura, me arrancó el tanga rompiendo el encaje por un lado, me abrió las piernas separándome los muslos con las manos y hundió la cara entera en mi coño. Su lengua encontró mi clítoris al segundo y empezó a lamerlo con hambre, en círculos, arriba y abajo, chupándomelo entero como quien chupa una fruta madura. Metió dos dedos dentro y los curvó buscándome ese punto por dentro, y cuando lo encontró supe que me iba a correr sin poder aguantarme.

Me agarré a sus hombros, apreté los tacones contra el suelo, eché la cabeza atrás contra los azulejos y me corrí en su boca mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. Fue un orgasmo largo, sucio, que me sacudió las piernas y me dejó jadeando como un animal. Doce años sin correrme así. Doce años.

Se levantó con la barbilla brillante de mis flujos y me la untó en los labios haciéndome probar mi propio sabor antes de besarme otra vez.

—Ahora sí —dijo—. Ahora te voy a follar.

Se abrió el cinturón, se bajó la bragueta y sacó una polla gruesa, dura como una piedra, con una vena marcada por debajo que me hizo tragar saliva. Le agarré la verga con la mano y se la apreté, midiéndosela, y me la acerqué a la cara. Me arrodillé yo también y me la metí entera en la boca. Le chupé la polla despacio primero, saboreándola con la lengua, dando vueltas alrededor del glande, y después me la fui metiendo hasta el fondo hasta que sentí la punta contra la garganta y me lloraron los ojos. Se la mamé con ganas, con ruido, escuchándole gemir por encima de mí y notando cómo me agarraba el pelo y marcaba el ritmo empujándome la cabeza.

—Joder, qué bien la chupas —gruñó—. Traga hasta el fondo, sí, así.

Me la sacó de la boca cuando notó que estaba a punto de vaciarse. Me levantó tirándome del brazo, me giró contra la pared de un empujón y me arqueó la espalda echándome el culo hacia atrás. Sentí su cuerpo presionar el mío, su respiración jadeante en mi cuello, su mano firme en mi cadera. Se colocó entre mis piernas, me pasó la punta de la polla por los labios del coño empapándose bien, y entró de golpe hasta el fondo, sin la delicadeza que yo había dejado de esperar de los hombres.

La primera embestida me cortó el aliento. La segunda me clavó contra los azulejos y me dejó inmóvil, agarrada al borde del lavabo, mordiéndome el labio para no gritar. Empezó a follarme fuerte, sacándomela casi entera y volviéndola a meter con golpes secos que resonaban en el cubículo, chocando su pelvis contra mis nalgas con un chasquido húmedo, seco, obsceno. Yo veía en el espejo del lavabo mi propia cara desencajada, la boca abierta, el pelo revuelto, las tetas botando fuera del vestido a cada embestida, y no me reconocía. Y me encantaba no reconocerme.

Con cada movimiento sentía que algo se disolvía. El desprecio, los silencios, las noches dándole la espalda en la cama. Todo se iba reemplazando por un deseo que no entendía de moral ni de horarios. Mi cuerpo, ese cuerpo que él había dado por inservible, respondía con una fuerza que me sorprendió a mí misma. Notaba su polla llenándome entera, tocándome sitios que yo ni sabía que existían, raspándome por dentro justo donde lo necesitaba.

—¿Esto querías? —me preguntó, jadeando, agarrándome del pelo y tirándome la cabeza hacia atrás.

—Esto y mucho más —respondí, y empujé el culo hacia atrás para que entendiera que mandaba yo tanto como él—. Más fuerte. Más adentro. Rómpeme.

Y me la partió. Me la metió más fuerte, más rápido, agarrándome de la cadera con las dos manos, embistiéndome hasta que los azulejos vibraban. Me escupió en el culo y me pasó el pulgar por el ojete apretando un poco, y ese detalle sucio me hizo gemir de una manera que ni yo esperaba. Me giró otra vez, me sentó en el borde helado del lavabo, me abrió las piernas de par en par y volvió a metérmela de frente, mirándome a los ojos, chupándome una teta mientras me follaba. Yo le rodeé la cintura con los tacones y crucé los tobillos en su espalda para clavármelo más adentro. Le arañé la espalda por debajo de la camisa. Le mordí el cuello.

—Me voy a correr otra vez —le avisé, y me corrí, apretándole la polla con las paredes del coño con tanta fuerza que le arranqué un gruñido.

—Yo también, joder —dijo entre dientes—. ¿Dónde?

—Dentro no —jadeé, con la poca cabeza que me quedaba—. En las tetas.

Me la sacó justo a tiempo, se puso de pie entre mis piernas, se agarró la verga chorreante y se corrió sobre mis pechos con unos jets largos, gruesos, calientes. El semen me salpicó el escote, las tetas, la clavícula, un hilo espeso que me resbaló entre los pezones y otro que me llegó hasta la barbilla. Me lamí un dedo mojado de su corrida sin dejar de mirarlo, y le vi la cara: me estaba mirando como quien mira algo que no va a olvidar nunca.

No sé cuánto duró todo. El tiempo dentro de aquel cuarto funcionaba distinto. Sé que fue intenso, crudo, sin una sola palabra bonita, y que precisamente por eso fue exacto. No buscaba amor. Buscaba prueba. Prueba de que seguía viva, de que todavía podía hacer que un hombre perdiera el control sobre mí.

Cuando terminó, nos quedamos un momento quietos, recuperando el aire entre los azulejos y el zumbido lejano de la música. Cogí papel del portarrollos, me limpié el semen del pecho, me subí lo poco que quedaba del tanga roto, me bajé el vestido, me pasé las manos por el pelo. Él me miró con algo parecido al respeto mientras se guardaba la polla todavía brillante en el pantalón.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Esta noche da igual —dije sonriendo—. Pero llámame Verónica.

—Damián —contestó—. Por si la noche da para más.

***

Salí del lavabo y volví a la pista como si flotara, con el coño palpitando todavía y el tanga roto guardado en el bolso como un trofeo. Lo que sentía no era culpa. Era una ligereza extraña, casi mareante, la de quien ha dejado caer un peso que llevaba tanto tiempo encima que ya lo confundía con su propio cuerpo.

Me quedé un rato más, bailando sola, dejando que las luces me lavaran. Damián volvió a buscarme dos veces esa madrugada, y las dos lo dejé: la segunda me metió los dedos por debajo del vestido en plena pista de baile hasta hacerme correr apretada contra su muslo, y la tercera me arrastró a un rincón oscuro y me la chupé de rodillas hasta tragarme su corrida entera, sintiendo cómo bajaba por mi garganta caliente y espesa. La venganza ya estaba cumplida, y no era contra mi marido, me di cuenta entonces. Era a favor mío.

Volví a casa cuando empezaba a clarear, con el olor a semen y a sudor de otro hombre pegado a la piel. Él dormía, ajeno, convencido de que nada en su mundo ordenado podía haberse movido. No le conté nada. Nunca lo hice. Me metí en la ducha, dejé correr el agua caliente, me lavé el coño todavía sensible con los dedos y sonreí a las baldosas, las mías esta vez, las de mi casa.

Con Damián seguí coincidiendo durante años. Nos buscamos, nos perdimos, nos volvimos a encontrar. Me follaba en hoteles de carretera, en el asiento de atrás de su coche, en los baños de restaurantes donde íbamos con nuestras respectivas parejas. Me hizo pasar malos ratos y yo a él también; compartimos aventuras difíciles de explicar entre dos matrimonios que por fuera parecían normales. Pero eso es otra historia, otra confesión que quizá cuente algún día.

Lo que aprendí aquella noche no fue a engañar. Fue a desobedecer. A entender que mi sexualidad no era una cosa que él me concediera o me retirara según su humor, sino algo que siempre había sido mío y que yo había olvidado reclamar.

Hoy, cuando me miro al espejo y veo las arrugas, no las leo como derrota. Cada una es una historia, y la mejor de todas empezó en el fondo de un armario, con un vestido negro que mi marido odiaba y que esa noche me devolvió la vida.

No me arrepiento de nada. El arrepentimiento es para quien no se atreve. Y yo, esa madrugada, en un lavabo diminuto y entre azulejos fríos, me atreví por las dos mujeres: la que había sido y la que estaba a punto de volver a nacer.

A veces, cuando suena cierta canción, todavía la oigo retumbar contra mi pecho. Y sonrío. Porque esa fue la noche en que dejé de pedir permiso para sentir.

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Comentarios(8)

MiradorFurtivo

Dios mio... que relato. Te quedaste cortísima.

AnabelMar

Por favor que haya segunda parte! Me quedé queriendo saber cómo reaccionó cuando volviste a casa.

Tomi_Rosas

Esto me llegó diferente a otros relatos. Se nota que es vivido, no inventado.

Nadia_84

Me recordó cuando yo tambien agarré el bolso una noche y salí sin decir nada. Las mujeres necesitamos eso de vez en cuando, aunque sea una vez en la vida.

MomoLector

el vestido que él odiaba jajaja, siempre hay uno de esos en el armario

GabrielaBsAs

Bien narrado y sin exagerar. Ojalá haya mas relatos así de honestos en esta categoría.

ViviLect

Espero la continuacion, me quedé con muchas ganas de saber que pasó despues.

Silvia_84

Doce años es mucho tiempo callando. Lo que contás al principio es lo que más me pegó del relato, antes incluso de llegar a la discoteca.

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