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Relatos Ardientes

Lo que Noelia me pidió aquel verano en el campo

Hay recuerdos que vuelven con una nitidez que asusta. No los elijo yo; aparecen solos, casi siempre por la noche, y se quedan ahí, latiendo. Creo que el mejor sexo no es el que se tiene, sino el que se guarda en la memoria y se revive una y otra vez. Y de todos los que conservo, ninguno me quema como el de aquel verano.

Acababa de terminar el segundo año de carrera. Un compañero, Rubén, me invitó a pasar unas semanas en la casa de campo de su familia, y me pareció el refugio perfecto para desconectar antes del curso siguiente. Íbamos otro chico más y yo, con la idea de dormir hasta tarde, bañarnos en el pantano y no pensar en nada.

La casa era grande y vieja, de esas con las contraventanas de madera medio descascarilladas y un olor a tierra mojada que se colaba por todas partes. Por las mañanas el silencio solo lo rompían los grillos y el motor de algún tractor lejano. Yo creía que iba a aburrirme, que dormiría la siesta y leería en el porche hasta que se acabaran las semanas. No tenía ni idea de lo que me esperaba bajo aquel techo.

El calor de aquel julio era una presencia física, una manta húmeda que se pegaba a la piel y convertía cada movimiento en un gesto lento. Hasta ahí, todo era normal. Lo que no entraba en mis planes era Noelia.

Noelia era la hermana de Rubén, y el tipo de chica que no pedía permiso para nada. Me buscaba para sus juegos, me lanzaba bromas de doble sentido que yo, en mi supuesta inocencia, fingía no entender. Decía que era la lianta de la casa, la que metía a todos en sus líos. Y yo me dejaba llevar, porque me gustaba, y porque, aunque entonces no lo decía en voz alta, buscaba algo más.

Lo que ella no sabía era mi secreto. No tenía ni idea de que las chicas no eran lo único que me interesaba, y desde luego no se lo imaginaba mirándome. Eso me daba una ventaja extraña: yo veía el tablero entero y ella creía que jugaba sola.

***

Una tarde, mientras el resto de la casa dormía la siesta, me arrinconó en el porche. Tenía esa mirada suya, mitad traviesa, mitad calculadora.

—Necesito que me ayudes con una cosa —dijo, jugando con el borde de su vaso—. Y necesito a alguien de confianza. Sé que tú lo eres.

Me hice el ingenuo.

—Depende de qué cosa.

—El último chico con el que estuve me dijo que no lo hacía mal, pero que me faltaba práctica. —Bajó la voz, sin una pizca de vergüenza—. Quiero que me enseñes a hacer una mamada como Dios manda. Sé por mi hermano que has tenido novias. Supongo que te habrás fijado.

El comentario me dejó sin palabras. Menudo papelón, pensé. Pero por dentro algo se encendió.

—Tengo un consolador para practicar —siguió ella, como si hablara del tiempo—. Tú me miras, me corriges y ya está. Mañana por la mañana. Mi hermano y vuestro amigo se van a pescar al pantano, y mis padres a trabajar. Estaremos solos.

Lo tenía todo planeado. Asentí antes de pensarlo.

***

La mañana siguiente llegó cargada de un calor pegajoso. En cuanto la casa se quedó vacía, Noelia me arrastró a su dormitorio y cerró la puerta. Del fondo del armario sacó un consolador grueso, de casi veinte centímetros, con una ventosa en la base.

—Tú mírame y dime si lo hago bien —ordenó, con una seguridad que me dejó seco.

Se sentó en el borde de la cama y envolvió la base del juguete con las dos manos. Cuando sus labios se entreabrieron y empezó a succionar la punta, sentí un vuelco en el estómago. Lo hacía con una voracidad que me descolocó.

—Así no —alcancé a decir, tratando de recuperar mi papel de mentor para esconder lo que me pasaba—. Empieza por lamerlo, ensalívalo desde la base, con mordisquitos suaves.

Acercó la boca, sacó apenas la lengua y obedeció, succionando la punta unos segundos. Se detuvo.

—¿Qué tal ahora?

—Mejor. Pero te veo forzada.

Mi voz salió más quebrada de lo que pretendía. Ella me miró con curiosidad.

—Suena bien, pero no sé hacerlo como dices. ¿Me lo enseñas tú? No te cortes, que estamos solos.

Dudé. Estaba excitado, y ella no apartaba la vista. Tomé el consolador, lo pegué con fuerza a la puerta aprovechando la ventosa y me arrodillé sobre la alfombra. Sentí el látex contra los labios y me dejé llevar por un instinto que conocía demasiado bien. Empecé despacio, con la lengua, y fui hundiéndolo hasta el fondo de la garganta sin un solo arcada.

Cuando me incorporé, Noelia tenía la respiración entrecortada.

—Creo que tú tienes secretitos —murmuró—. No parece la primera que has chupado, ¿verdad?

Callé. Era difícil negarlo después de aquello. Un ruido en el pasillo nos alertó de que ya no estábamos solos; ella escondió el juguete en el último cajón a toda prisa. Al salir vimos que la puerta no estaba cerrada del todo, sino entornada. Nos extrañó, pero no le dimos importancia. Su padre nos preguntó qué hacíamos y dijimos que jugando. Ahí quedó la cosa.

***

Los días siguientes fueron un goteo constante de tensión. Rubén no paraba de meterse conmigo, medio en broma medio en serio, repitiendo que se me notaba que iba detrás de su hermana y que «a ella le venía bien». Yo lo animaba a irse al pantano, cosa que a mí nunca me había gustado, asegurándole que no se preocupara, que me quedaba con Noelia.

Y con Noelia volvía siempre al mismo cuarto. Practicaba con el consolador delante de mí, mirándome de reojo, preguntando si lo hacía bien mientras yo la observaba sin perder detalle. El recuerdo de su boca alrededor del látex me quemaba en las mejillas. Creía que tenía el control. Creía que yo era el experto que le enseñaba el arte del placer.

El viernes lo cambió todo.

Pensaba acompañar a los chicos al pantano, pero Noelia me cortó el paso con esa mirada mitad inocente, mitad depredadora.

—Hoy estamos solos todo el día. Mi madre a trabajar, mi padre con sus amigos, y los chicos a pescar. ¿A qué jugamos?

—Tú dirás.

—He pensado que podríamos saltarnos algunas reglas.

Se me erizó la piel. Noelia tenía un talento natural para saber cuándo y cómo cruzar la línea. Nos encerramos en su habitación, que ya no era un refugio de secretos sino un sitio donde podía pasar cualquier cosa. Se sentó en la cama, cruzó las piernas y me clavó los ojos.

—Quiero ver una peli contigo. Pero cómodos de verdad.

Su voz era un murmullo. Se levantó despacio, como si cada movimiento estuviera medido.

—Esto sobra —dijo.

Agarró el borde de su camiseta de tirantes, fina y casi transparente bajo la luz de la persiana, y la subió centímetro a centímetro. No llevaba nada debajo. Sus pechos pequeños aparecieron poco a poco, los pezones ya tensos. Cuando la prenda pasó por su cabeza, el pelo le cayó desordenado sobre los hombros y arqueó apenas la espalda, ofreciéndomelos sin pudor. La camiseta acabó en la silla sin que ella le dedicara una mirada.

Quedaba la parte de abajo del bikini. Enganchó los pulgares en los laterales y bajó la tela con la misma parsimonia, dejando que se deslizara por sus caderas, revelando primero el hueso de la pelvis y después todo lo demás, liso y ya brillante. Se deshizo de la prenda con un movimiento de tobillo y dio un paso al frente, dejando que la viera entera. Luego me recorrió de arriba abajo con una mezcla de diversión y antojo.

—Ahora te toca a ti. No seas tímido. La regla es para estar cómodos, ¿recuerdas?

Sentí la sangre subirme a la cara. Mi camiseta vieja de una banda de rock me pareció de pronto lo más ridículo del mundo. Me puse de pie, con los dedos torpes, y tiré de la tela hacia arriba. Su mirada bajó por mi pecho, por mi abdomen. Me solté las bermudas de un tirón, las aparté de una patada y quedé tan desnudo y vulnerable como ella, con una erección imposible de disimular.

***

Puso el portátil sobre la cama y abrió un vídeo cualquiera. Los gemidos exagerados llenaron la habitación al instante. Me tumbé boca abajo, intentando esconder lo que me latía contra el colchón. Ella se colocó a mi lado, tan cerca que sentía el calor de su piel.

—¿Te gusta lo que ves? —susurró, con la voz ronca.

—Sí... es muy excitante.

—A mí también. Creo que necesito practicar algo más de tacto.

Se movió con agilidad y se sentó a horcajadas sobre mis muslos. Escuché el chasquido de un bote de crema y luego sus manos frías se extendieron por mi espalda, bajando despacio por la columna, la cintura, hasta llegar a las nalgas, que amasó con dedicación.

—Estás muy tenso.

—Es que me haces cosquillas —reí, nervioso.

—No son cosquillas, tonto. Es placer. Confía en mí.

Sus dedos se hundían en la carne, separaban un poco, volvían a apretar. Cada pasada me dejaba más blando, más rendido, como si me fuera vaciando de toda resistencia. Yo seguía boca abajo, con la cara medio escondida en la almohada y los ojos cerrados, escuchando los gemidos de la película mezclarse con mi propia respiración.

Se inclinó y sentí sus pechos desnudos restregarse contra mi espalda, los pezones duros dejando un rastro de fuego. Estaba tan al límite que pensé que me correría sin que me tocara. Entonces se detuvo. Hubo un silencio extraño, de apenas unos segundos.

—Quiero hacer una cosa —dijo con ese tono suyo de cuando algo se le había metido entre ceja y ceja—. Y a lo mejor no te gusta, porque eres chico. Por eso quiero que me des tu permiso.

Asentí. A esas alturas quedaban pocos límites por saltar. Sus manos volvieron a mis nalgas y un dedo rozó el centro, dibujando círculos lentos y húmedos. Se me escapó un gemido involuntario, una mezcla de sorpresa y placer que la animó a seguir.

—Marcos —susurró—, déjame probar antes otra cosa. Me siento identificada contigo. Déjame, por favor... y luego, si te apetece, cambiamos.

La propuesta era una locura. Llegué a pensar que era una broma, incluso una trampa. Pero estaba demasiado ido, demasiado excitado para negarme.

Sentí la yema de su dedo presionar y entrar despacio, primero una falange, después la segunda. No pude evitar suspirar. Luego un segundo dedo, repitiendo los mismos pasos, moviéndolos con suavidad, abriéndome poco a poco. Gemí más fuerte. Una parte de mi cerebro no terminaba de procesar lo que pasaba, pero mi cuerpo lo ansiaba.

Cuando vi acercarse el consolador, supe lo inevitable. Sacó los dedos, vertió más lubricante y entonces sentí la presión del juguete contra mí. Con calma, sin prisa, fue empujando.

Me agarré con fuerza al colchón y mordí la almohada. Aquel objeto grueso entraba despacio y, segundos después, salía. Una y otra vez. Cada embestida me arrancaba un quejido. Estaba al borde del clímax cuando ella se inclinó sobre mi oído.

—Qué bien disfrutas cuando te abro... —murmuró, y había una sonrisa en su voz.

No podía dejar de pensar que todo aquello había sido pactado entre susurros, paso a paso, desde el principio. De repente lo sacó de golpe, con un sonido húmedo que me hizo gemir, y se apartó con un suspiro juguetón, su cuerpo todavía caliente contra el mío.

***

Sé que es una putada cortar justo aquí. Pero esto ya se ha hecho largo, y hay cosas de aquella tarde que todavía no estoy listo para poner por escrito. Lo que vino después, cuando me tocó devolverle el turno, es otra historia.

De todos los recuerdos que guardo, aquel verano en el campo es el que vuelve más a menudo. No por lo que hicimos, sino por el momento exacto en que dejé de fingir que era el maestro y entendí, por fin, lo que de verdad me gustaba. Esa fue la primera vez que alguien me leyó entero sin que yo dijera una palabra. Y, por más años que pasen, sigue siendo una de las cosas que nunca le he confesado a nadie.

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Comentarios (6)

Santi_87

excelente relato!!! me quede sin palabras, de verdad

ValentinaQuilmes

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

MarcelaH

Me encanto como esta contado, se siente tan real. Pocas veces un relato me atrapa tanto desde la primera linea

NandoCba

tremendo!! muy bueno, gracias por compartirlo

LuciaBA77

Ay, me recordo a un verano que yo tambien vivi algo parecido, jaja. Muy bien escrito

GabrielRMZ

Y despues que paso? quede con la duda jaja. Espero que haya mas

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