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Relatos Ardientes

Quedamos en un parking y no salimos del coche

Eligieron una de esas tardes en las que los dos tenían algo pendiente después. Les tranquilizaba saber que, si el encuentro no funcionaba, cada uno podría seguir con sus planes como si nada, sin dramatismos ni explicaciones que dar. Quedaron en un punto intermedio, a mitad de camino para ambos, en el parking de un centro comercial a las afueras de la ciudad. Un sitio impersonal, de luces frías y carros de la compra abandonados, que contrastaba con todo lo que llevaban tanto tiempo construyendo a distancia.

Habían tardado demasiado en lograr coincidir. Las ganas estaban ahí desde hacía semanas, pero nunca conseguían encajar agendas, kilómetros y vidas. Y mientras tanto, casi sin darse cuenta, entre Adrián y Carla había nacido algo propio. Mensajes cada vez más largos, audios a deshora, silencios cómodos que ya no incomodaban. Una complicidad que pedía a gritos dejar de ser solo palabras en una pantalla, dejar de ser fotos robadas a medianoche y audios en los que se les escapaba la respiración.

Se reconocieron enseguida, antes incluso de cruzar el aparcamiento.

Al principio hubo nervios. Sonrisas algo tensas, un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo previsto, miradas curiosas que trataban de confirmar lo que ya intuían. Empezaron a hablar casi sin pensar, caminando despacio entre los coches, comentando lo difícil que había sido por fin verse y lo fácil que, una vez allí, resultaba estar juntos.

—Pensé que serías más alto —dijo ella, medio en broma, mirándolo de reojo.

—Y yo pensé que llegarías tarde —respondió él—. Llevo aquí veinte minutos haciendo como que miraba el móvil.

Carla se rió, y esa risa rompió lo poco que quedaba de tensión.

Con cada minuto que pasaba, el ambiente se relajaba. La conversación fluía igual que en sus charlas escritas: natural, ligera, con ese punto de ironía compartida que los hacía sentirse en terreno conocido. Las risas eran más sinceras, los gestos menos contenidos. La distancia entre sus cuerpos se fue acortando sin que ninguno lo decidiera del todo.

Cuando se detuvieron junto al coche de él, algo cambió. El ruido del parking pareció apagarse de golpe. Las miradas se sostuvieron, ya sin prisa ni excusas. El nerviosismo había dejado paso a una expectación dulce, cargada de promesas que ninguno se atrevía a nombrar.

El primer beso no fue impulsivo. Fue lento, medido, como si los dos quisieran confirmar que aquello era real. Labios que se encontraban con cuidado, piel que reconocía a otra piel largamente imaginada. Pero duró poco esa cortesía: en cuanto ella entreabrió la boca, él le metió la lengua sin pedir permiso, y Carla respondió mordiéndole el labio inferior con ganas, chupándoselo despacio antes de soltarlo. Un beso mojado, sonoro, que les dejó a los dos claros los términos del encuentro.

El coche se convirtió en refugio casi sin palabras. Abrieron la puerta trasera entre una risa nerviosa, como dos adolescentes escapándose de algo, y al cerrarla el mundo quedó fuera. El ruido lejano, la luz fría del aparcamiento, la idea misma de estar en un lugar público: todo se desvaneció.

Sentados uno frente al otro, la cercanía se volvió inmediata.

Adrián fue consciente de su propia respiración antes incluso de tocarla. De cómo el corazón le latía más deprisa ahora que no quedaban excusas, ahora que estaba tan cerca que podía notar su perfume y el calor que desprendía su cuerpo. Cuando la rodeó con los brazos, sintió que ella encajaba sin resistencia, como si ese gesto lo hubieran ensayado durante semanas en la imaginación.

Para Carla, el contacto fue una descarga suave pero profunda. Notó el peso de sus brazos, firmes y a la vez cuidadosos, y se dejó caer contra su pecho. Había algo tranquilizador en ese abrazo, una sensación de reconocimiento que la hizo cerrar los ojos un instante. Así se siente estar en el lugar correcto, pensó, fugazmente, mientras notaba cómo, entre sus muslos, ya empezaba a humedecerse la ropa interior.

Los besos regresaron, más seguros ahora. Ya no eran preguntas, sino afirmaciones lentas. Labios que se buscaban con hambre, lenguas que se enredaban sin ningún disimulo, saliva compartida que les mojaba las bocas y las barbillas. Él sentía cómo cada beso le tensaba la polla dentro del vaquero, cómo el deseo se le acumulaba en el pecho y en las manos que recorrían su espalda por encima de la ropa, memorizando formas, temperaturas.

Ella percibía cada roce amplificado. Sus manos subieron hasta el cuello de él y se quedaron ahí, sosteniéndolo, como si necesitara anclarlo a ese momento. Cada vez que la atraía un poco más hacia sí, una corriente cálida le atravesaba el cuerpo y se le concentraba directamente en el coño. Notó cómo los pezones se le endurecían bajo el sujetador, cómo rozaban la tela y le mandaban pequeñas descargas por el pecho cada vez que respiraba hondo.

El asiento trasero se les quedó pequeño demasiado rápido, pero ninguno se quejó. Al contrario: la cercanía obligada hizo que cada movimiento tuviera más peso, que todo se sintiera inevitable. Carla se acomodó de lado, apoyando la espalda contra la puerta, y él se acercó despacio, como si quisiera darle tiempo a su cuerpo para anticipar lo que venía.

Los besos cambiaron.

Ya no eran solo labios: eran pausas, respiraciones compartidas, frentes que se rozaban antes de volver a buscarse. Adrián descendió lentamente hacia su cuello, y al sentir su boca ahí, ella cerró los ojos sin darse cuenta. Fue un beso suave al principio, casi exploratorio, pero enseguida le sacó la lengua, la arrastró por la piel, y remató con un mordisco justo debajo de la oreja que le arrancó a Carla un gemido que no supo disimular.

—Joder… —susurró ella, agarrándolo del pelo—. Sigue.

Adrián no necesitó más. Le lamió el cuello entero, le chupó el lóbulo, le mordió despacio la línea de la clavícula. Cada vez que la mordía, ella arqueaba el cuerpo y apretaba los muslos, buscando alivio a esa presión que le crecía entre las piernas.

Las manos de él dejaron de andarse con rodeos. Le subió la camiseta de un tirón limpio, sin preguntar, y le desabrochó el sujetador con una sola mano. Cuando las tetas quedaron libres, se detuvo un segundo a mirarlas: llenas, con los pezones tiesos, apuntándole. Le sacudió la respiración.

—Hostias, Carla —murmuró—. Llevo semanas pensando en esto.

Bajó la boca sin más preámbulo y se metió un pezón entero, chupando con hambre, tirando con los labios, alternando lametones lentos con succiones fuertes. Con la mano libre le apretaba la otra teta, se la amasaba, le pellizcaba el pezón entre el índice y el pulgar hasta arrancarle un jadeo largo. Ella le agarró la nuca y lo apretó contra sí, obligándolo a chupar más fuerte.

—Así, ahí, no pares —le pedía con la voz rota—. Muérdemelas, Adrián, muérdemelas.

Él obedeció. Le mordió los pezones con cuidado justo, alternando de uno a otro, dejándoselos brillantes de saliva y enrojecidos. Carla sentía cada tirón de la boca de él como si le llegara directo al coño, que ya latía de forma descarada bajo la falda.

La mano de Adrián bajó por su vientre, se coló bajo la tela y encontró el elástico de las bragas. Se detuvo un instante ahí, mirándola a los ojos, pidiéndole permiso en silencio. Ella separó las piernas todo lo que el asiento le permitía y le clavó la mirada.

—Tócame ya, no te hagas de rogar.

Él metió la mano entera. Cuando los dedos le rozaron el coño, se le escapó una sonrisa: estaba empapada, resbalaba, la humedad le mojaba enseguida la palma. Deslizó dos dedos entre los labios hinchados, buscando el clítoris, y en cuanto lo encontró Carla soltó un gemido gutural que llenó el coche entero.

—Estás chorreando —le dijo él contra la boca, mientras le hacía círculos lentos con la yema del dedo.

—Por tu culpa, cabrón —respondió ella, con la respiración ya entrecortada.

Adrián se tomó su tiempo. Le acarició el clítoris despacio, con la presión justa, midiéndole las reacciones. Cuando notó que ella empezaba a moverse contra su mano, buscando más, le metió un dedo, y luego otro. Los curvó dentro, buscando ese punto que la hacía tensarse, y empezó a follársela con los dedos al ritmo que ella marcaba con las caderas.

—Ay, joder, sí, así, sigue así —jadeaba Carla, agarrada al reposacabezas—. Métemelos hasta el fondo, no pares.

El coche se llenó del sonido húmedo, obsceno, de sus dedos entrando y saliendo. Cada embestida le arrancaba un gemido más agudo. Adrián apoyó la frente en la de ella, sin dejar de moverse, y le habló bajito al oído.

—Así de mojada me quería tener siempre. Así de guarra.

—Cállate y hazme correr —le respondió ella, apretándole la muñeca para que no aflojara.

Él aceleró. Los dedos entraban ya sin resistencia, el pulgar seguía trabajando el clítoris en círculos rápidos, y la palma le golpeaba los labios cada vez que empujaba. Carla notó cómo el orgasmo se le acumulaba en el vientre, cómo le subía por los muslos, cómo perdía el control de la respiración. Cuando se corrió, lo hizo sin disimulo: gritó pegada a la boca de él, se sacudió entera contra su mano, apretó los muslos alrededor de su muñeca y le empapó los dedos hasta la palma.

Adrián no le retiró la mano hasta que dejó de temblar. Cuando la sacó, se la llevó a la boca despacio, sin apartarle la mirada, y le chupó los dedos uno a uno. Ella lo observó, aún jadeando, con las tetas subiendo y bajando, y sintió que solo con ese gesto se le volvía a encender el coño.

—Ahora tú —le dijo, empujándolo contra el respaldo.

Carla se movió despacio sobre el asiento, quedándose de rodillas, más cerca de él, más alta ahora, mirándolo desde otra perspectiva. Esa nueva posición le aceleró el pulso, le hizo tomar plena conciencia de su propio cuerpo y de cómo él la observaba, atento a cada gesto.

Sus manos siguieron recorriéndolo, firmes, curiosas, deslizándose por encima de la ropa hasta encontrarse con el bulto duro que le tensaba el vaquero. Le apretó por encima de la tela y notó la polla palpitando bajo la palma. Aquello le arrancó una sonrisa breve, casi imperceptible, cargada de intención.

—Vaya, vaya —susurró—. Mira qué tenemos aquí.

Adrián contuvo la respiración cuando le desabrochó el botón, cuando le bajó la cremallera con una lentitud calculada. Ella le tiró del pantalón y del bóxer a la vez, y la polla saltó libre, dura, apuntando al techo del coche, con la punta ya brillante. A Carla se le escapó un pequeño ruidito de aprobación.

—Está preciosa —dijo, agarrándola por la base—. Y bien gorda.

La sostuvo un momento en la mano, midiéndole el peso, apretándosela despacio. Le pasó el pulgar por el glande, extendiéndole la humedad de la punta, y notó cómo Adrián se estremecía entero.

—Carla, joder…

Ella no respondió. Se agachó sin más ceremonia y le pasó la lengua desde la base hasta la punta, lenta, plana, sin dejar de mirarlo. Repitió el recorrido tres veces más, alternando de un lado al otro, humedeciéndosela entera. Luego le lamió el glande con la punta de la lengua, dando vueltas alrededor, jugando, haciéndolo esperar.

—Métetela ya —le pidió él, con la voz ronca—. Por favor.

Carla sonrió y obedeció. Abrió la boca y se la metió entera, de golpe, hasta que la sintió en el fondo de la garganta. Adrián soltó un gemido largo, echó la cabeza atrás contra el cristal y le agarró el pelo con una mano.

Se la empezó a chupar sin prisa. Subía y bajaba con la boca, ayudándose con la mano en la base, apretándole los huevos con la otra. Cada vez que llegaba arriba, se detenía un segundo a chuparle el glande, a lamerle la ranura, antes de tragársela otra vez hasta el fondo. El coche se llenó de ruidos húmedos, de sus propias arcadas contenidas, de los jadeos rotos de él.

—Así, tal cual, no pares —murmuraba Adrián, con la mano en su nuca, marcándole el ritmo sin llegar a forzarla—. Qué bien la chupas, joder, qué bien la chupas.

Carla aceleró. Le sacó la polla de la boca solo para escupir encima, ver cómo la saliva le resbalaba por el tronco, y se la volvió a meter usando esa humedad para que resbalara mejor. Le hizo una paja con la mano mientras le chupaba solo la punta, alternando con embestidas profundas que le hacían chocar la nariz contra su vientre.

Adrián notó que se le iba. Le tiró del pelo con más fuerza.

—Para, para, que me corro.

Ella lo miró desde abajo, con la polla todavía en la boca, y le hizo una succión más, lenta, deliberada, antes de sacársela con un ruido obsceno.

—Todavía no —le dijo, limpiándose la saliva de la barbilla con el dorso de la mano—. Ni de coña me quedo sin follarte.

Se puso de rodillas de espaldas a él, se levantó la falda y se apartó las bragas ya empapadas hacia un lado. Adrián no necesitó más instrucciones. Le agarró la cintura, se guió la polla hasta la entrada del coño y empujó de una sola embestida hasta el fondo. Los dos gimieron a la vez.

—Joder, qué apretada estás —masculló él, quieto un segundo, dejando que ella se acostumbrara.

—Muévete ya —respondió ella, mirándolo por encima del hombro—. Fóllame fuerte, no te contengas.

Adrián empezó a embestir. Al principio despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, disfrutando de cómo el coño de Carla se cerraba alrededor de la polla en cada empujón. Ella se apoyaba con las manos contra el cristal, empujando las caderas hacia atrás, buscándolo, saliendo a su encuentro en cada embestida.

El asiento crujía. El coche se balanceaba un poco. El cristal de atrás empezó a empañarse por dentro. Ninguno se preocupó.

—Más fuerte —le pidió ella, con la voz jadeante—. Dámela toda.

Él aceleró. Le clavó los dedos en las caderas y empezó a follarla con ganas, sin miramientos. Cada embestida sonaba, cada choque de sus caderas contra el culo de ella hacía un ruido carnoso que llenaba el coche. Carla gemía cada vez más alto, sin importarle nada, apretando el coño alrededor de la polla cada vez que él la metía hasta el fondo.

—Sí, sí, así, joder —jadeaba, con la frente pegada al cristal empañado—. Rómpeme, Adrián, rómpeme.

Él le dio un azote seco en la nalga. Ella soltó un grito ahogado y apretó todavía más. Adrián le dio otro, esta vez en la otra nalga, y le agarró el pelo tirándole la cabeza hacia atrás.

—¿Así te gusta, guarra?

—Así, así, no pares.

La cambió de postura sin salir de ella. La tumbó boca arriba en el asiento, le abrió las piernas todo lo que el espacio permitía, se colocó entre ellas y volvió a metérsela. Desde ahí podía verle la cara, las tetas botando con cada embestida, la boca abierta soltando gemido tras gemido. Le agarró un tobillo y se lo apoyó en el hombro para llegar más al fondo.

—Mírame a los ojos —le ordenó—. No los cierres.

Carla lo miró. Con los ojos vidriosos, la boca abierta, las mejillas encendidas. Él empezó a follarla en esa postura, profundo, medido, dándole en un punto que la hacía retorcerse. Le pasó el pulgar por el clítoris al ritmo de las embestidas, y ella notó cómo se le juntaban dos placeres a la vez, cómo el segundo orgasmo se le venía encima sin frenos.

—Me voy a correr otra vez, joder, me voy a correr —avisó, agarrándose a sus antebrazos con las uñas.

—Córrete —le dijo él, acelerando el ritmo, aplastándole el clítoris con el pulgar—. Córrete en mi polla, vamos.

Carla se corrió con un grito largo, arqueando la espalda del asiento, apretando el coño alrededor de la polla de él en espasmos que Adrián sintió con toda claridad. La sensación de esas contracciones lo empujó al borde. Aguantó unas embestidas más, cortas, rápidas, hasta que no pudo más.

—Voy a correrme, dónde te la…

—En la boca —dijo ella, sin dudarlo, ya incorporándose—. Dámela en la boca.

Se movió con una agilidad que sorprendió a los dos. Se agachó, le sacó la polla del coño y se la metió entera en la boca justo a tiempo. Adrián se corrió con un gemido largo, agarrado al reposacabezas, sintiendo cómo la corrida le salía a chorros dentro de la boca de ella. Carla no se apartó. Tragó lo que pudo, dejó que el resto le resbalara por la barbilla, y siguió chupándole la punta hasta que él se estremeció por la sensibilidad y le apartó suavemente la cabeza.

Se miraron. Los dos con la respiración descompuesta, el pelo revuelto, la ropa a medio quitar. Ella tenía la corrida brillándole en los labios y una sonrisa satisfecha en la cara. Se pasó el dedo por la comisura, recogió lo que le quedaba y se lo chupó despacio, sin apartarle los ojos.

—Aperitivo, decías —murmuró.

Adrián soltó una carcajada baja, agotado, feliz.

Retiró la mano despacio y le acarició la mejilla. Ella se acurrucó contra él en el asiento estrecho, con la falda todavía subida, la ropa hecha un desastre, y él la rodeó con el brazo.

Se miraron en silencio, conscientes de que algo profundo había cambiado. El deseo seguía ahí, intenso, vivo, pero ahora estaba mezclado con una complicidad nueva, más íntima, más peligrosa.

Y los dos supieron que ese encuentro no se quedaría en el recuerdo de un coche, sino que sería el inicio de algo que ya no podrían ignorar.

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Comentarios(8)

Dante_BA

Excelente, de los mejores que lei este mes. 10/10

NadiaQBA

Me encanto la tension que se va armando poco a poco. Muy bien escrito!

PabloRío

jaja me recordó a una situación casi igual que viví hace un tiempo. Que buenos recuerdos

Kike_uy

Esos encuentros en el coche tienen algo especial, capturaste bien esa sensación. Saludos desde Uruguay

RomiLibre22

Cortísimo!!! quiero la continuación ya

LauraGDL

Primera vez que comento por acá pero esto me sacó una sonrisa. Muy bueno, sigue así

Miguelón77

Buenisimo el relato. Me gusta como narrás las confesiones reales, se siente autentico. Un saludo

CuriosaLect7

Me pregunto si fue real o inventado... da igual, estuvo muy bueno de todos modos

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