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Relatos Ardientes

Me equivoqué de baño en la fiesta de la facultad

Me fui de casa el otoño en que cumplí veintitrés, cuando ya llevaba dos años de carrera arrastrando los pies entre la residencia de mi pueblo y la facultad. Aquel curso decidí mudarme de verdad a Granada y meterme en un colegio mayor femenino cerca de la catedral. Era una forma de tener mi propia vida sin lanzarme del todo al vacío: no me tocaba cocinar, había gente nueva por todas partes y, sobre todo, nadie me preguntaba a qué hora volvía.

Nunca he sido lo que se dice una chica espectacular. Soy rellenita, con curvas que el espejo a veces me regala y a veces me reprocha, aunque siempre me he considerado guapa cuando me arreglo. Tenía experiencia, pero poca: un novio de hacía un par de años, una relación tranquila y bastante previsible, y poco más. En comparación con mis amigas, yo era la cauta, la que se lo pensaba dos veces antes de dar un paso.

La vida en el colegio mayor era un no parar. No podían entrar chicos, en teoría, pero la mitad de las noches había habitaciones vacías porque sus dueñas dormían en cualquier otro sitio menos allí. Mi compañera de cuarto, Naroa, era una de ellas. Había llegado desde Bilbao con un novio a distancia que, según sus propias palabras, «ya se le iba quedando lejos». Me dejaba la habitación para mí sola tres o cuatro noches por semana sin el menor remordimiento.

Dicen que en Granada es imposible pasar el primer mes de universidad sin liarte con alguien. Yo, fiel a mi estilo, lo conseguí. Bueno, casi. Una noche, en un bar del centro, acabé besándome con un chico de segundo de Publicidad. Me acompañó hasta la puerta del colegio, me insistió varias veces para subir a su piso, y yo, muerta de vergüenza, lo dejé con las ganas. No quería irme con un desconocido la primera noche.

—Estás tonta —me dijo Naroa al día siguiente, mientras se pintaba las uñas en el escritorio—. Que te lo estás perdiendo todo por cortada.

—Ya, ya —contesté yo, sin saber muy bien si tenía razón.

Lo cierto es que pasé esa semana arrepintiéndome. De no haberme atrevido, de no aprovechar, de seguir siendo la misma de siempre. Y entonces llegó la fiesta de bienvenida de la facultad, y todo cambió.

***

Era principios de noviembre. La facultad organizaba un botellón en los jardines de la entrada, una especie de novatada blanda, sin pasarse, con disfraces, juegos de beber y mucho ruido. Mi grupo de clase y yo habíamos decidido ir todas de animadoras, de cheerleaders, porque unos chicos del curso iban a ir disfrazados de jugadores de fútbol americano. La típica idea que parece graciosa hasta que te ves a ti misma embutida en una falda dos tallas pequeña.

Porque eso era exactamente lo que me pasaba: el disfraz me apretaba por todas partes. Los meses de cervezas, tapas y noches largas me habían sumado algún kilo más, y yo, que ya partía de rellenita, lo notaba en cada costura. El top me marcaba el pecho de una manera que, sobria, jamás habría permitido. Pero no estaba sobria. Llevaba encima el «yo nunca», el penúltimo y un par de juegos más que ya no recuerdo, y el alcohol me iba poniendo de un atrevido impropio de mí.

Aquel día la facultad era bastante permisiva: dejaban entrar a la gente disfrazada a usar los baños o a comprar algo en la cafetería, sin molestar a los pocos que tenían prácticas. Los servicios estaban en la planta de abajo, bajando una escalera estrecha junto al vestíbulo. Creo que nunca en mi vida he subido y bajado tantos escalones para hacer pis como esa tarde.

En una de esas idas y venidas bajé, entré, hice lo que tenía que hacer y me quedé un momento delante del espejo. Me recoloqué el top, me atusé el pelo, me repasé el pintalabios. Y entonces se abrió la puerta y entró Adrián.

Adrián era de mi clase y, casualidades de la vida, iba con la misma temática que yo: camiseta de fútbol americano, hombreras de mentira, el número pintado en la cara. Por lo visto, con cada cerveza yo perdía un poco más de orientación, porque llevaba ya cinco o seis bajadas y aquella, sin darme cuenta, la había hecho al baño de los chicos. Adrián entró, se quedó mirándome un segundo, y en lugar de tomárselo a mal soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

—Joder, Carla, qué tetas te hace ese disfraz.

Me giré, entre extrañada por encontrarlo allí y avergonzada por lo que acababa de decir.

—¿Qué haces, Adrián?

—Entrar a mear, como todos.

—Ya, pero… ¿por qué aquí?

—Carla —dijo, aguantándose la risa—, la que está en el baño de los tíos eres tú.

La vergüenza me subió por el cuello mientras él se metía en uno de los cubículos sin dejar de hablar y yo seguía pegada al espejo, incapaz de moverme.

—Madre mía, perdona —dije—. Es que voy un poco perjudicada.

—Tranquila, si no pasa nada. Al menos me has alegrado la bajada con esas tetazas.

—Oye, tío, que te estás pasando ya.

—Perdona, perdona —insistió, aunque no parecía arrepentido—. Es que normalmente no se notan tanto, pero hoy…

Y tenía razón, el muy idiota. El disfraz me apretaba de tal forma que mis curvas, que yo me pasaba media vida disimulando, ahora estaban ahí, expuestas, imposibles de ignorar. A todas se nos nota igual, pensé, intentando quitarle importancia.

—Bueno, será el disfraz. A todas nos pasa, me imagino.

Estaba terminando de pintarme los labios, decidida a salir de allí cuanto antes, cuando entró otro chico, uno de otra clase. Miró, no dijo nada, se metió en un cubículo. Adrián salió del suyo, se rió por lo bajo y se acercó a mí por el espejo.

—No, a todas no —murmuró—. Pero a ti te hace unas tetas espectaculares.

Y mientras lo decía, se inclinó y me besó.

***

En el primer instante no supe qué hacer. Me quedé paralizada, con el pintalabios todavía en la mano, sintiendo su boca sobre la mía sin atreverme a responder. Pero fue solo un segundo. Sin pensarlo, mi lengua empezó a buscar la suya, y él lo entendió como una invitación a deslizar la mano por la curva de mi cintura hasta apoyarla en mi cadera. Fueron diez, quince segundos. No más. El otro chico tiró de la cisterna y salió sin mirarnos.

Adrián me cogió de la mano y, sin decir nada, me metió con él en el cubículo. Echó el cerrojo. Volvió a besarme, y esta vez me dejé llevar del todo. Mis manos, las suyas, mi boca. Notaba cómo su palma recorría mi cintura, bajaba a mis piernas, subía por mi espalda, y de pronto se posaba sobre mi pecho, ese que tanto le había gustado. La otra mano pasó de mi cadera al muslo, y del muslo empezó a subir hacia el interior.

Ahí lo paré.

—No, no —dije, apartándome unos centímetros—. No vamos a hacer nada.

—Venga, Carla —protestó él, con la respiración agitada—. A ti te apetece, a mí me apetece. Vamos a pasarlo bien.

—No vamos a follar. No. No lo vamos a hacer.

—Joder, tía —insistió, y se llevó mi mano hacia él para que comprobara hasta qué punto hablaba en serio.

Lo noté a través de la lycra del pantalón, caliente, duro, evidente. Y, no voy a mentir, me sorprendió. Mi ex tenía una de tamaño normal, ni grande ni pequeña, perfectamente correcta. Aquella parecía bastante más. La curiosidad pudo conmigo más que las ganas, si soy sincera.

—Si no quieres follar —dijo él entre besos, sin dejar de insistir—, al menos… una mamada sí me podrías hacer.

Y, para mi propia sorpresa, esa frontera no la sentí imposible. Mi ex siempre me decía que lo hacía bastante bien, que se me daba mejor que a ninguna. Era de las pocas cosas en las que yo me sentía segura. Adrián se bajó el pantalón, se sentó en la taza, y yo me arrodillé en aquel cubículo diminuto, con la falda del disfraz arrugándose contra el suelo, pensando que esa noche, por una vez, no me iba a arrepentir de nada.

No fue largo. Él estaba demasiado excitado, demasiado al límite. Al principio me supo raro, un sabor metálico que me hizo dudar un segundo, pero lo superé enseguida y entré en el ritmo. Empecé a disfrutar de su calor, del temblor de sus piernas, de sus manos enredadas en mi pelo marcándome el compás. Sentía un poder extraño, el de ser yo, la cortada, la que siempre lo dejaba todo a medias, la que esa vez no se echaba atrás.

Apenas un par de minutos después me avisó con un gruñido y se apartó justo a tiempo para terminar contra la pared del cubículo. Se quedó un momento con los ojos cerrados, respirando hondo.

—Vete tú primero —dijo al fin—. Yo subo en un rato.

***

Me levanté, me recompuse el disfraz como pude, me limpié el pintalabios corrido con un trozo de papel y salí del baño sin mirar atrás. Subí la escalera con el corazón a mil, me reincorporé al botellón como si no hubiera pasado absolutamente nada y seguí bebiendo con mis amigas. Nadie notó nada. Esa noche, en el cuarto, solo se lo conté a Naroa y a otra chica del colegio mayor, que se rieron, me felicitaron y me dijeron que ya era hora de que espabilara.

—¿Ves como no era para tanto? —me dijo Naroa, encantada con su discípula.

Lo comentamos algún día más, entre risas, y poco a poco quedó en el olvido. En clase, Adrián y yo nos tratábamos con total normalidad, como si aquel cubículo no hubiera existido. Un cruce de miradas de vez en cuando, una media sonrisa, nada más. Pensé que la historia terminaba ahí, archivada en la carpeta de las cosas que pasan una noche y nunca se repiten.

Me equivocaba.

Una semana después, recibí un mensaje de un número que no tenía guardado. Lo abrí en mitad de un descanso, sin sospechar nada, y lo leí dos veces seguidas con el estómago encogido: «Hola, Carla. ¿Es verdad lo que pone el mensaje del baño? Mañana no tengo clase de once a doce».

Me quedé mirando la pantalla, sin saber a qué mensaje se refería, sin saber quién me escribía, sin saber qué se había escrito en aquella pared mientras yo creía que nadie se enteraría jamás. Y, sobre todo, sin saber todavía que aquello no había hecho más que empezar.

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Comentarios(1)

Karlita_v

Jajaja me acordé de una situacion parecida en la facu... obvio que la mia no terminó tan bien. Buenisimo!!

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