Cómo un extraño nos convirtió en sus sumisos
La primera vez que lo vi de cerca pensé que se había equivocado de persona. Yo era una mujer profesional, vestía bien, hablaba bien, tenía un buen sueldo y una pareja que me trataba con ternura. Él era todo lo contrario: un metro ochenta de músculo y tatuajes, sin trabajo conocido, con una sonrisa que parecía burlarse de todo el mundo. No entendía por qué se había fijado en mí. Había mujeres mucho más espectaculares en el barrio, de esas que viven en el gimnasio. Y sin embargo era a mí a quien seguía con la mirada cada vez que salía a la calle.
Se llamaba Darío, o eso decía. Empezó a soltarme obscenidades cada vez que me cruzaba con él, frases que me hacían apretar el paso y mirar al suelo. «Qué culo tenés, mamita», «yo te reventaría ese coño de doctora», «vení que te enseño lo que es una verga de verdad». Cuando le conté a mi pareja, Damián se puso pálido.
—Ese tipo está metido en cosas feas —me dijo—. No le contestes. No lo mires. Cambiá de vereda si hace falta.
Pero yo no era de las que bajan la cabeza. Una tarde, harta, me planté frente a él en plena calle.
—Dejame en paz —le dije, con toda la firmeza que pude reunir—. A mí y a Damián. Una vez más y llamo a la policía.
Darío fingió no haber escuchado. Se rascó la barba, miró el cielo, esperó a que el sol me cansara. Cuando me di la vuelta para irme, su voz me alcanzó por la espalda.
—Desde las seis estoy en casa. Tengo un encargo antes. Te espero con la pija dura, doctora.
Qué se habrá creído. Eso pensé mientras caminaba a mi departamento, indignada, repasando el atrevimiento. Una mujer como yo, citada por un delincuente de cuarta. Era absurdo. Era insultante. Y sin embargo, cuando llegué al baño y me bajé la bombacha para orinar, la encontré empapada, pegajosa, con el olor de mi propio calentón subiéndome a la cara.
Fui igual.
***
Me dije a mí misma que iba a hablar. A poner las cosas en claro de una vez, cara a cara, donde no pudiera fingir sordera. Toqué el timbre a las seis y diez, con el corazón golpeándome las costillas y un discurso ensayado en la cabeza.
—Vine a decirte que esto se termina hoy —solté apenas abrió la puerta—. Lo que sea que quieras de Damián o de mí, se acaba.
Él se apoyó en el marco, cruzado de brazos, mirándome de arriba abajo con una calma que me erizó la piel. Tenía puesto un pantalón de gimnasia gris, sin remera, y desde donde yo estaba se le adivinaba el bulto de la pija contra la tela, gorda y pesada, colgando hacia un costado como una advertencia.
—¿Y a cambio de qué? —preguntó.
—De lo que sea. Plata no me falta.
Darío negó despacio con la cabeza, como si yo hubiera dicho una tontería. Dio un paso atrás, dejando la puerta abierta, y señaló el piso de su living con un gesto del mentón.
—Arrodillate.
No sé qué me pasó. Tenía las llaves en la mano, el teléfono en el bolsillo, la puerta abierta a mis espaldas. Tenía mil razones para irme y ninguna para quedarme. Y sin embargo bajé las rodillas hasta el parqué frío, despacio, mirándolo a los ojos, como si una parte de mí llevara semanas esperando que alguien me lo ordenara.
—Así me gusta —dijo él—. Abrí la boca, doctora. Vamos a ver si servís para algo.
Se bajó el pantalón de un tirón y la verga le saltó afuera, dura, gruesa, con las venas marcadas y el glande brillante de una gota espesa que le colgaba de la punta. Era la polla más grande que había visto en mi vida, mucho más que la de Damián, y sentí un espasmo entre las piernas de sólo tenerla a un palmo de la cara. Me agarró del pelo con una mano y con la otra se pasó el capullo por los labios, embadurnándomelos, obligándome a probar su sabor antes de dejarme entrar.
—Sacá la lengua. Más. Así, puta.
Me la metió de golpe, hasta el fondo. Sentí el glande estrellarse contra mi garganta y arqueé la espalda, ahogada, con los ojos llenos de lágrimas. No me soltó. Me empujó la cabeza contra su pelvis y me obligó a tragármela entera, hasta que la nariz se me hundió en los pelos negros que le crecían en la base y ya no pude respirar. Cuando por fin me dejó salir, tosí, escupí un hilo de saliva que me quedó colgando del mentón, y él se rió.
—Otra vez. Y ahora movete vos.
Le mamé la pija como no le había mamado nada a nadie. La chupé con ganas, con las dos manos rodeándole la base, la lengua trabajándole el glande, los labios apretados subiendo y bajando por el tronco. Le lamí las bolas, pesadas y llenas, y él me las apoyó en la cara mientras me pasaba la verga por la mejilla, marcándome como suya. Escuchaba sus gruñidos por encima de mi cabeza, sus «así, doctora, mamala como corresponde», y cada palabra sucia me apretaba más el coño, que ya me chorreaba dentro de la pollera.
—Levantate. Al sillón. Culo para arriba.
Le obedecí. Me apoyé de rodillas sobre el respaldo, con la cara aplastada contra el cuero, y él me subió la pollera y me arrancó la bombacha empapada de un tirón. Sentí sus dedos hurgarme entre las nalgas, abrirme, y después la lengua, gruesa y descarada, pasarme desde el clítoris hasta el ojete sin pedir permiso. Me lamió el culo, me lo escupió, me metió dos dedos en el coño y los sacó brillantes de flujo para que yo los viera.
—Mirá cómo estás, hija de puta. Chorreando por un delincuente de cuarta.
Y me la metió. Toda, de una sola estocada. Grité contra el cuero del sillón mientras él se hundía en mí hasta el fondo, hasta que sentí sus bolas golpearme el clítoris. Empezó a cogerme fuerte, sin ritmo, brutal, con las manos clavadas en mi cintura y los dedos apretándome tan fuerte que sabía que al día siguiente iban a quedarme marcas moradas. Cada embestida me arrancaba un gemido que ni siquiera reconocía como mío.
—Decilo. Decí que sos una puta.
—Soy una puta —lloriqueé contra el cuero.
—¿De quién?
—Tuya. Soy tu puta.
El departamento olía a cigarrillo y a algo más, a sexo, a semen antes de semen, un aroma denso y masculino que se me metió en la cabeza y no me dejó pensar con claridad. Las cortinas estaban a medio cerrar y la luz de la tarde entraba en franjas sobre el piso. Sacó la verga de golpe, me obligó a darme vuelta, me hizo abrir las piernas contra el respaldo y me la volvió a clavar de frente para poder mirarme a la cara mientras me destrozaba.
—Mirá, Damián —dijo a la pantalla del teléfono que había sacado con la mano libre—. Mirá cuánto te quiere tu novia.
Yo debería haber ocultado la cara. En lugar de eso, jadeando, con la boca abierta y el rímel corrido, saludé a la cámara. Darío soltó una carcajada y se corrió sobre mí sin avisar: primero un chorro caliente en la panza, después otro en las tetas por encima de la blusa abierta, y el último me lo descargó en la cara, en la boca, en los ojos, tanto que sentí gotas resbalarme por el cuello.
—Tragátela.
Junté lo que pude con los dedos y me lo llevé a la boca. Se lo mostré tragado, con la lengua afuera, como una nena en la primera comunión. Él aprobó con un asentimiento y guardó el teléfono.
Tendría que haber sentido rabia. La sentía, en algún rincón lejano. Pero por encima de la rabia había otra cosa que no sabía nombrar, una especie de vértigo, de rendición. Damián jamás se había atrevido a tratarme así. Conmigo era todo delicadeza, permisos, «¿te molesta si…?». Darío no preguntaba nada. Tomaba. Y descubrí, con una mezcla de horror y alivio, que algo en mí necesitaba exactamente eso.
Cuando terminó conmigo esa primera tarde, pensé que volvería a casa, me daría un baño largo y leería un libro para borrar todo aquello de mi cabeza. En cambio me quedé. Él destapó una cerveza, prendió la tele —daban un partido— y yo seguí ahí, en el piso, a sus pies, con el semen secándoseme en la cara, como si ese fuera mi lugar.
Su equipo iba perdiendo. Cada gol en contra lo ponía de mal humor, y cada vez que se enojaba me agarraba del cuello y descargaba la frustración conmigo. Me obligó a mamársela dos veces más durante el partido, brusco, empujándome la cabeza sin cuidado, hasta hacerme vomitar saliva sobre el parqué. En el segundo tiempo me hizo montarme encima, de espaldas a él, y me cogió el culo por primera vez, sin lubricar, escupiendo entre mis nalgas y empujando hasta el fondo mientras me tapaba la boca para que no gritara. «Por tu culpa», gruñía cada vez que gemía yo, aunque los dos sabíamos que no tenía sentido. Y lo más perturbador de toda la tarde fue darme cuenta de que yo empezaba a desear que su equipo perdiera por goleada, sólo para que se desquitara conmigo otra vez.
***
Le conté todo a Damián esa noche. Esperaba reproches, una pelea, quizás el final de lo nuestro. Lo que no esperaba era la forma en que se le iluminaron los ojos mientras escuchaba. Ni que se le marcara un bulto en el pantalón mientras le describía, con lujo de detalles, cómo me había hecho tragar la corrida otro hombre.
—¿Y vas a volver? —me preguntó en voz baja, mientras yo, sin siquiera darme cuenta, le bajaba el cierre.
—No sé —mentí, y me metí su pijita en la boca, todavía con gusto a Darío en la lengua.
Volví. El domingo siguiente y el otro y el otro. Darío me esperaba con la puerta abierta y un partido por empezar. A veces no había nadie más; a veces estaban sus amigos, tres o cuatro tipos parecidos a él, ruidosos y vulgares, que me miraban como se mira un objeto recién comprado.
—Qué linda mascota te conseguiste —le decían, y se reían, mientras me obligaban a servirles cerveza en pelotas y con las tetas al aire.
Yo debería haberme ido en ese mismo instante. Cada vez que cruzaba el umbral juraba que sería la última. Y cada vez me quedaba, porque la humillación, en dosis controladas por su mirada, me prendía de una manera que jamás había sentido en mi vida ordenada y correcta.
Un domingo Darío me ordenó algo nuevo:
—La próxima traé a tu noviecito.
***
Damián vino. Lo arrastré yo, aunque la verdad es que no hizo falta arrastrarlo demasiado. Se sentó en el borde del sillón, pálido y temblando, mientras Darío me arrancaba la ropa y me tiraba boca abajo sobre la alfombra. Me abrió las nalgas delante de mi novio y le escupió al culo antes de metérmela de una. «Mirala bien, forro», le dijo mientras me cogía a cuatro patas, sacudiéndome hacia adelante con cada embestida. «Así se coge a una mujer. Vos le hacías masajitos y ella se ahogaba de aburrimiento.» Damián no contestó. Damián se abrió la bragueta y empezó a manoseársela él solo, mirando, con la boca entreabierta y los ojos vidriosos.
Y entonces, sin pensarlo, mientras Darío me martillaba por atrás y yo lo tenía a mi novio a un metro de la cara con la pija afuera, me acerqué y le susurré al oído una sola palabra.
—Mirá.
Damián miraba. No apartaba la vista. Cuando Darío me obligó a chupársela para «limpiarla» de mis propios flujos, Damián se corrió solo en la mano sin que nadie lo hubiera tocado. Había algo en su cara —vergüenza, sí, pero también deseo— que me dijo todo lo que necesitaba saber sobre él, sobre nosotros, sobre lo que íbamos a ser de ahí en más.
—Ahora son los dos míos —dijo Darío, y la frase no me asustó. Me dio una calma extraña, como si por fin alguien hubiera puesto en palabras un orden que llevábamos meses construyendo en silencio. Le tiró a Damián la corrida a la cara con un gesto y le ordenó lamerse la mano. Damián lo hizo.
A partir de ese día íbamos los dos. Cada domingo, religiosamente, como quien va a misa. Damián cambió tanto como yo, o más. Empezó a transicionar de a poco hacia lo que Darío quería que fuera: más suave, más obediente, más dócil. Aprendió a mamar la verga de Darío mejor que yo, arrodillado a mi lado, los dos compartiéndonos el glande a lengüetazos mientras el otro se reía y nos manoteaba el pelo. Fue Damián quien empezó a comprarme vestidos provocadores, no por celos sino por orgullo, para que yo le gustara más al hombre de la casa. Y yo lo dejaba hacer, porque verlo entregarse me confirmaba que no estaba sola en esta locura.
***
No todo fue placer. Eso quiero dejarlo claro, por si alguien lee esto buscando una fantasía limpia. Los amigos de Darío eran otra cosa. Con él había una especie de pacto, casi de afecto retorcido; me trataba como suya, y eso, dentro de todo, tenía reglas. Con ellos no había reglas. Eran brutos, crueles, y disfrutaban de un modo que a veces me dejaba llorando en un rincón.
Las noches con ellos eran largas y ruidosas. Llegaban con cervezas, con la tele a todo volumen, con esa energía de manada que convertía cualquier cosa en un juego cruel. Me desnudaban a los dos minutos de entrar y me tiraban en el medio del living, sobre la alfombra pinchuda, para pasársela dando vueltas alrededor. Me cogían por turnos, algunos por la boca, otros por el coño, otros por el culo, y cuando uno se corría el siguiente ya estaba encima sin darme tiempo a limpiarme. Me obligaban a mantener las piernas abiertas mientras uno tras otro me descargaba adentro, y después se paraban en fila para verme correrles la mezcla de semen entre los muslos y aplaudir. Me trataban como un trofeo que se pasaban de mano en mano, riéndose de mis muecas, celebrando cada gesto de sometimiento como si hubieran ganado algo. Yo aprendí a desconectarme, a poner la mente en blanco y dejar que el cuerpo hiciera lo que tenía que hacer.
Una noche, entre todos, fue demasiado. Me tenían doblada sobre la mesa del comedor, con dos pijas metidas al mismo tiempo, coño y culo, y un tercero cogiéndome la boca desde arriba, ahogándome. Sentí las lágrimas subir y por un momento quise dejarlas caer, soltarlo todo, gritar que me dejaran en paz. Justo entonces busqué a Damián con la mirada, del otro lado de la habitación, arrodillado él también entre las piernas de otro tipo, mamándosela con la cara empapada. Igual de superado que yo. Y descubrí que él también estaba llorando mientras chupaba. Nos quedamos así, mirándonos por encima del ruido y de los cuerpos y de la carne, dándonos cuenta al mismo tiempo de que esto había ido demasiado lejos y de que ninguno de los dos sabía cómo frenarlo.
Darío lo notó. Despidió a sus amigos antes de tiempo esa noche, con una excusa cualquiera, y cuando nos quedamos los tres me tiró un beso al aire, una de esas tonterías que hacía cuando creía que nadie lo veía. Nos metió en su cama a los dos, uno de cada lado, y esa vez nos cogió despacio, casi con cariño, primero a mí y después a Damián, terminando en mi coño con un gruñido bajo mientras me acariciaba el pelo. A su manera tosca, nos quería. O al menos eso me decía yo para poder dormir.
***
Con el tiempo, Darío se vino a vivir con nosotros. La excusa fue práctica: Damián y yo éramos profesionales con un buen departamento, y él no tenía dónde caerse muerto. Pero los dos sabíamos que no se trataba de eso. Se instaló en nuestra cama y nuestra vida sin pedir permiso, igual que había hecho aquella primera tarde en su living. Yo dormía con él, casi siempre con su verga adentro hasta que amanecía; Damián, en el sofá, esperando su turno, mamándonosla a los dos cuando Darío lo llamaba con un chasquido de dedos.
Suena a desastre. Y de afuera, lo es. Lo sé. Me lo repito cada mañana cuando me despierto agotada, con las piernas pegajosas, me maquillo, me pongo el traje y salgo a trabajar como si nada, como si la noche anterior no me hubieran cogido entre dos y no me hubiera dormido con la corrida secándoseme en la boca, como si mi yo de antes pudiera reconocer a la mujer del espejo.
Pero también suena a otra cosa cuando lo cuento desde adentro. Suena a haber encontrado, en el lugar más improbable y peligroso, una verdad sobre mí misma que toda mi vida correcta me había escondido. Yo quería que me mandaran. Damián también. Queríamos una pija que no pidiera permiso y una voz que nos dijera «puta» sin culpa. Pasamos años fingiendo que no, hasta que un desconocido en la vereda nos obligó a dejar de fingir.
Voy a cumplir cuarenta. No es la vida que cualquiera elegiría, y no la recomiendo. Pero cuando me preguntan por qué sigo, no tengo una respuesta decente. Sólo sé que el domingo, otra vez, voy a tocar el timbre. Y que la puerta va a estar abierta.





