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Relatos Ardientes

La noche que me vengué de mi ex con un desconocido

Carolina siempre había llamado la atención sin proponérselo. Desde el instituto, su pelo rubio y sus ojos claros bastaban para que las miradas se le quedaran encima un segundo de más. No era alta, y en aquella época tenía un cuerpo delgado, sin curvas marcadas, pero nunca le importó demasiado. No vivía pendiente del gimnasio ni del espejo, y aun así los halagos le sobraban.

Fue en esos años cuando conoció a Rubén, dos cursos por encima de ella, atlético y con esa seguridad de chulo simpático que arrastraba a todo su grupo de amigos. Era el que mandaba, el que decidía, y Carolina se dejó llevar casi sin darse cuenta de que ya estaban juntos.

La relación creció de la forma más natural. Rubén fue su primera y única experiencia, y con el tiempo aprendieron a entenderse en la cama. El sexo le gustaba, lo disfrutaba, pero nunca fue nada del otro mundo. Estaba bien, sin más. Él tenía un punto dominante que a ella le atraía, aunque tampoco era ningún experto. Hacían lo que tocaba, terminaban, y listo.

Había una sola cosa que nunca le concedió: su culo.

Rubén lo intentó muchas veces, con caricias, con insinuaciones, con frases del tipo «déjame probar, aunque sea un poco». Carolina siempre se negó, a veces con una sonrisa burlona, otras con un «ni de coña» más cortante. Era su límite, y por mucho que a él no le gustara, tampoco insistió jamás más allá de la queja.

Con los años, Rubén se obsesionó con el hierro. Su cuerpo se infló hasta volverse una mole de músculo, y con cada kilo nuevo le creció también el ego. Le gustaba sentirse fuerte, sentirse superior. Carolina no tenía quejas con eso, pero empezó a notar que él se miraba más a sí mismo que a ella. Aun así, cuando terminó el instituto y se fue a estudiar enfermería a Sevilla, se mudaron juntos.

Fue él quien insistió en que Carolina se apuntara al gimnasio, repitiéndole que «tenía que cuidarse». Ella se resistía, no se veía levantando pesas, pero acabó probando el crossfit, lo único que de verdad le interesaba a él. Y, para su sorpresa, le encantó.

Los cambios llegaron despacio. Sus piernas se endurecieron, su cintura se afinó, su abdomen empezó a marcarse y su culo se redondeó hasta tomar una forma firme que antes ni soñaba. Cuando salía a la calle, los hombres la miraban sin disimulo y las mujeres lo notaban también.

Rubén también lo notó, claro. Primero presumió de haberla «metido en el mundo fitness». Después se volvió posesivo: no soportaba que la miraran, que un entrenador le hablara de más. Y en la cama empezó a pedir, otra vez, lo de siempre.

—Venga, con este culazo que tienes ahora no puedes seguir diciéndome que no.

—Olvídalo, Rubén.

Carolina seguía sin ceder. El sexo anal nunca le había llamado la atención, y por mucho que él lo intentara, siempre se llevaba la misma respuesta. Lo que ella no imaginaba era lo cerca que estaba de que todo se viniera abajo.

***

Nunca se había considerado celosa. Confiaba en él. No revisaba su móvil ni le preguntaba con quién hablaba; llevaban demasiados años juntos para desconfiar.

Pero una noche todo cambió. Estaba en el sofá repasando unas notas de las prácticas cuando el teléfono de Rubén, sobre la mesa, vibró con una notificación de Instagram. No pensaba mirarlo, pero la vista se le fue sola.

Un mensaje privado: «¿Cuándo nos vemos otra vez? Me encantó lo de anoche», con un emoji que no dejaba lugar a dudas.

Se quedó helada. Cogió el móvil casi sin darse cuenta. El perfil era el de una chica morena de las que van al gimnasio para hacerse fotos después. Será una loca que escribe sin más, pensó. Pero algo en el estómago le dijo que no.

Deslizó la conversación con el pulso disparado. Mensajes de semanas, de meses. Coqueteos descarados, fotos, quedadas. No había duda posible. Y cuando entró en otros chats, encontró lo peor: no era la primera. Varios nombres, distintas caras, la misma historia. No era un desliz. Era una costumbre.

La rabia le subió por el pecho como fuego justo cuando él entró por la puerta, despreocupado, con su chulería de siempre. Carolina no gritó. Se levantó, móvil en mano, y le puso la pantalla delante.

—¿Quién es esta?

Rubén apenas se inmutó. Se encogió de hombros.

—No es lo que crees.

—¿Ah, no? Porque veo fotos, mensajes, veo cuándo quedaste con ella… y veo que hay más.

—Mira, no exageres. Son cosas que pasaron, ya está. No significan nada.

—¿Te estás follando a esta y a saber a cuántas más y me dices que no significa nada?

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que me arrepiento? No voy a mentirte.

Ese fue el golpe definitivo. Ni una disculpa, ni un intento de arreglarlo. Por primera vez en todos esos años lo vio con claridad: un chulo de gimnasio convencido de que podía hacer lo que quisiera sin consecuencias.

—Que te den, Rubén.

Agarró el bolso, la chaqueta y el teléfono, y salió sin mirar atrás.

***

Las semanas siguientes fueron horribles. Se mudó con dos amigas de la facultad, las únicas que conocían la historia entera. Durante días se sintió estúpida, usada, reemplazada. No era solo el engaño; era que la había traicionado mientras ella se lo daba todo.

Y lo más raro de todo es que no lo echaba de menos. Ni su presencia, ni su actitud, ni el sexo. Cuando lo pensaba con calma, se daba cuenta de que nunca había sentido esa locura que otras chicas describían. Había sido normal, funcional, y nada más.

Sus amigas la empujaban a salir, a pasar página.

—¿Vas a seguir con cara de amargada por un tío que te ha traicionado? Tienes un cuerpazo ahora. Si no lo aprovechas, es que estás tonta.

Al principio no quería ni escucharlas. Pero la idea fue calando. ¿Por qué tenía que seguir haciendo de novia fiel cuando él nunca lo fue?

—Vale —dijo al fin—. Vamos a salir.

—Pero vas a salir bien, no con cara de funeral. Te pones ese vestido que te marca el culo y nos comemos la discoteca.

Sabía a qué vestido se referían. Uno ajustado, color claro, que se pegaba a cada curva como una segunda piel y le afinaba la cintura todavía más. El que te pones cuando quieres que te miren. Esa noche decidió que era hora de dejar de ser la chica buena.

***

Carolina sabía que se veía espectacular. No era vanidad, era la certeza de que su cuerpo estaba en su mejor momento. El maquillaje, sutil, le daba intensidad a la mirada. Respiró hondo: no estaba nerviosa, estaba expectante. Cuando salió a la sala, sus amigas silbaron.

—Madre mía, vas a hacer que los tíos se maten esta noche.

La discoteca estaba a reventar, con la música vibrando en las paredes y las luces de colores barriendo los cuerpos. En cuanto entró, las miradas se le clavaron. Murmullos, ojos recorriéndola de arriba abajo. Siempre había atraído atención, pero esa noche era otra cosa.

El primer tío tardó menos de diez minutos. Un moreno alto, con la camisa ajustada marcando los brazos y una sonrisa de sobrado.

—Con ese cuerpazo, dime que no tienes novio, porque sería un crimen.

—Lo tenía, pero me salió gilipollas. Así que estoy libre.

—Entonces hoy es tu noche de suerte, preciosa.

—Nah. Creo que sigo con mis amigas.

El tipo parpadeó, desconcertado, y se fue resoplando. En menos de un minuto ya le entraba a otra. Hubo más intentos, todos iguales: cuerpos inflados, sonrisas de superioridad, frases de manual. Carolina los rechazó uno tras otro sin dudar.

—Pareces la jueza de un casting —se reían sus amigas—. ¿Ninguno te convence?

—Si es para follar, que al menos no me dé asco a los cinco minutos.

Y entonces apareció él. Sin más, a su lado en la barra, pidiendo una copa. Un tío de unos treinta y tantos, con gafas, camisa negra y un físico completamente normal. Nada musculoso, nada llamativo. No se pavoneaba, y eso ya era un punto a favor.

—No tienes cara de estar disfrutando —dijo, mirándola de reojo con media sonrisa.

—¿Ah, no?

—No. Tienes la misma cara que pongo yo cuando intento socializar con gente que no me interesa lo más mínimo.

Carolina soltó una risa pequeña. Algo en su naturalidad la relajó.

—¿Te han ligado con frases de mierda? —siguió él.

—Varias veces.

—Normal. Eres la mujer más guapa de esta discoteca.

Lo dijo sin intención de impresionar, como quien afirma un hecho. Y, por algún motivo, eso le gustó más que cualquier piropo.

—¿Cómo te llamas?

—Mateo. ¿Y tú?

—Carolina. Estoy terminando enfermería.

—Curioso. Yo soy médico —dijo, y a ella le hizo gracia—. Mis amigos me arrastraron. No soy mucho de esto, pero mira, al final ha valido la pena.

No era el más guapo de la sala ni tenía un cuerpo de infarto, pero su forma de hablar, su seguridad sin prepotencia, la atraía más de lo que esperaba. Cuando sus manos se rozaron por accidente en la barra, un escalofrío le recorrió la piel.

—¿Sabes qué, doctor? —dijo, con una sonrisa pícara—. Creo que te voy a dejar que me hagas un chequeo más a fondo.

Mateo soltó una carcajada.

—Me encanta mi trabajo.

Se despidió de sus amigas entre bromas y promesas de detalles, les pasó la dirección del hotel «por si acaso», y salió con él a la noche. La brisa le refrescó la piel caliente. Habían bebido, pero no lo suficiente para estar borrachos. Estaba todo clarísimo, despierto.

***

El hotel era elegante sin ser ostentoso. El ascensor subió en silencio, con ella apoyada en la pared y él mirándola de reojo. Mateo le apartó un mechón de la cara, deslizando apenas los dedos por su mejilla, y un escalofrío le bajó por la espalda. Su cuerpo estaba más receptivo de lo normal, más sensible, y él lo notó.

Carolina avanzó por el pasillo, y fue entonces cuando él vio bien ese culo moviéndose con cada paso, perfectamente marcado por la tela. Se giró con una sonrisa.

—¿Siempre miras así a las chicas con las que te vas a la cama?

—Solo cuando tienen un culo como el tuyo —respondió, sin un ápice de vergüenza, dando un paso hasta que su aliento chocó con el de ella—. Y se me ocurren varias cosas, pero empezaré por quitarte ese vestido.

Pasó la tarjeta, la puerta se abrió y ella entró primero. Apoyada en la pared, lo miró.

—¿Siempre eres así de tranquilo, o es solo conmigo?

—No me gustan las prisas. Pero tampoco me gusta perder el tiempo.

Y la besó. Fue el beso más intenso que había sentido nunca: pura hambre, pura necesidad acumulada. Las manos de Mateo bajaron directas a su culo, apretándolo como si quisiera memorizar su forma, mientras la empujaba contra la pared.

—Qué locura de cuerpo tienes… —gruñó contra su boca.

—Cállate y quítamelo ya.

Bajó la cremallera con calma. El vestido se deslizó por sus pechos, su vientre, sus caderas, hasta caer al suelo en un charco de tela. Ahí quedó ella, de pie, con un tanga mínimo y los tacones. Mateo la recorrió con la mirada, le pidió que diera media vuelta para verla entera.

—Estás para no salir de esta habitación en toda la noche.

Se quitó la camisa y el cinturón, dejando que ella viera el bulto tensando el pantalón. Después la giró contra la pared, pegando su pecho a la espalda de Carolina, las manos amasándole las caderas y el culo.

—¿Quieres sentirlo mejor? —susurró contra su cuello.

—Quiero que dejes de hablar y empieces.

Mateo la giró de nuevo y fue bajando: el cuello, la clavícula, los pechos, atrapando un pezón entre los labios. Siguió por el abdomen hasta arrodillarse entre sus piernas, separándolas sin miramientos.

—Ya estás empapada…

Ella echó la cabeza atrás contra la pared, sintiendo la lengua caliente recorrerla, succionar, moverse con calma. La sujetaba de los muslos, inmovilizándola, hasta que la notó al borde. Entonces se detuvo de golpe.

—¿Por qué paras? —protestó ella, frustrada.

—Tranquila. Te quiero con las piernas temblando cuando te corras de verdad.

Carolina lo empujó hacia la cama.

—Si quieres jugar así, vale. Ahora te toca a ti.

Se arrodilló y recorrió su erección con la lengua, de la base a la punta, antes de metérsela entera en la boca. Mateo gimió, agarrándole el pelo, guiándola. Ella lo miraba desde abajo, disfrutando del poder que tenía sobre él en ese momento.

Al rato, él la levantó por los hombros, la empujó sobre el colchón y se colocó entre sus piernas. Deslizó los dedos por su sexo y la encontró deshecha.

—Llevas toda la noche poniéndome caliente —susurró ella—. Más te vale hacérmelo bien.

Mateo no contestó. La penetró de una sola vez, hasta el fondo, y Carolina gimió sintiéndose llena por completo. Empezó a embestir con fuerza, levantándole las piernas, marcando el ritmo. El sonido de los cuerpos chocando llenaba la habitación.

—Déjame arriba —pidió ella.

Cambiaron de posición. Carolina se montó encima, guiándolo de nuevo dentro, y empezó a moverse en círculos, rebotando sin freno mientras él le amasaba el culo y le daba algún azote que la hacía estremecerse. Después la giró boca abajo y se tumbó sobre ella, dominándola por completo.

***

En algún momento bajó el ritmo. Salió casi del todo, dejando solo la punta dentro, y deslizó una mano hasta su culo, acariciándolo con descaro.

—Aún no hemos terminado. Quiero más.

Carolina lo entendió al instante, y su cuerpo reaccionó antes que su cabeza. Rubén lo había pedido mil veces, había probado de todo, y ella nunca cedió. Pero esto era distinto. Mateo no suplicaba ni intentaba convencerla como un niño caprichoso: lo afirmaba, como si tuviera claro que ella lo quería tanto como él. Y lo peor de todo es que tenía razón.

—Nunca ha entrado nadie por ahí —murmuró—. ¿De verdad vas a hacerlo, doctor?

—Si me dejas, sí. Y te va a encantar.

Se arqueó contra la cama, dándole acceso, cediendo sin palabras. Mateo deslizó los dedos despacio, masajeando, lubricando, jugando con la presión justa para hacerla temblar. Cada vez que apretaba un poco más, ella se estremecía entera.

—Buena chica… —susurró, acomodándose detrás, apoyando la punta contra su entrada. Y al oído, con media sonrisa—: Para que seas buena enfermera, te voy a enseñar a poner inyecciones.

Empujó con firmeza, controlado, hundiéndose en ella. Carolina soltó un gemido entre la sorpresa y un placer nuevo, los dedos clavados en las sábanas. No era dolor: era una presión distinta, una invasión que la hacía temblar de arriba abajo.

—Tranquila —dijo él, sin moverse del todo—. Ya está dentro.

Su cuerpo se fue adaptando poco a poco, la respiración cada vez más profunda. Mateo empezó a moverse despacio, y el primer empujón la hizo gemir fuerte.

—¿Lo sientes? Sabía que te iba a gustar.

No podía negarlo. El morbo, la intensidad, la forma en que la tenía completamente sometida… todo la estaba volviendo loca.

—Más —pidió, con la voz rota—. Dámelo todo.

Mateo gruñó y empezó a follarla de verdad, las manos aferradas a sus caderas, cada vez más profundo. Carolina ya no se preocupaba de si alguien los oía o de si sonaba demasiado sucio. Solo quería más.

—Y pensar que nunca le habías dado el culo a nadie —jadeó él, tirándole del pelo.

—Supongo que esperaba a alguien que supiera usarlo bien.

Él soltó una carcajada y la embistió con más fuerza. El placer la llevaba más lejos de lo que jamás había llegado. Cuando notó el orgasmo acumulándose sin freno, Mateo metió la mano por debajo y le frotó el clítoris, empujándola al límite.

—Córrete de una vez.

Esas palabras fueron el detonante. El orgasmo la golpeó con una fuerza que la dejó sin aire, el cuerpo tenso, un grito ahogado escapándosele de los labios. Su culo se contrajo alrededor de él, y eso bastó para que Mateo perdiera también el control y se descargara dentro de ella con un gruñido ronco.

Carolina se dejó caer sobre la cama, la respiración entrecortada, recorrida por una satisfacción absoluta. Su primera vez por ahí había sido una locura. Y lo peor de todo es que ya quería repetirlo.

***

Después, mientras él se metía en la ducha, ella se quedó tumbada, el cuerpo pesado y satisfecho, sin una sola culpa. Nunca había dejado que un hombre la tomara así, nunca se había sentido tan libre, tan desinhibida. Y le había encantado.

Se duchó también, se vistió con la misma ropa con la que había llegado, aunque ahora todo se sentía distinto. Cuando salió, Mateo ya estaba casi listo. Se miraron con una complicidad silenciosa.

—Ha sido una buena noche —dijo ella.

—Sí. Y puede que no sea la última —respondió él, deslizando los dedos por su cintura.

—¿Tan seguro estás?

—Digamos que creo que aún tienes mucho que aprender.

Carolina soltó una risa baja antes de separarse.

—Ya veremos, doctor.

Le dedicó un último vistazo y salió de la habitación. No hacían falta promesas ni despedidas complicadas. Solo sabía que, después de esa noche, algo en ella había cambiado para siempre. Y lo mejor de todo es que quería seguir descubriéndolo.

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Comentarios(6)

Clarita33

que relato!!! me quede pegada hasta el final, eso es lo que pasa cuando una se cansa de aguantar tanto. Gracias por animarte a contarlo

NocheLectora

Excelente forma de cerrar un ciclo. Se nota que es real porque se siente en cada linea. Sigue escribiendo por favor.

PaolaRdz

jajaja la mejor venganza posible, me encanto

LaLuci_Rdz

Por favor que haya una continuacion!!! Quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

Tino_lecturas

Una de las mejores confesiones que leí por acá. Muy bien narrado, sin exagerar nada. Así se hace.

nacho_cba

tremendo jaja, eso es vivir

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