Mi amante de tres días me despertó de rodillas
Aquellos tres días los habíamos armado como un rompecabezas, encajando mis compromisos con sus tiempos libres. Yo había viajado a la ciudad con la excusa de visitar a viejos amigos y a un par de familiares, y entre cena y cena, entre café y café, había logrado robarle a la agenda tres mañanas y tres noches enteras para ella.
Aquel martes tenía concertado un desayuno con una conocida de la familia, una mujer de buena posición a la que le llevaba un medicamento difícil de conseguir, fabricado en un laboratorio europeo, para el tratamiento de su hijo. Era una de esas citas formales en un club elegante del centro, de las que uno no puede cancelar. Pero faltaban horas para eso, y lo único que existía en ese instante era la cama tibia y el cuerpo de Mariana a mi lado.
Cuando sonó la alarma del teléfono ya llevaba un buen rato despierto. Ella también. Habíamos dedicado esos minutos a darnos los buenos días sin palabras, a buscarnos la boca en la penumbra, a esos mimos lentos que tanto echaba de menos. No había prisa en ninguno de los dos. Había, eso sí, una ternura que no esperaba sentir con alguien a quien apenas conocía desde hacía unas semanas.
Si tuviera que medir aquel encuentro, diría que fue un veinte por ciento mío y un ochenta por ciento de ella. La guié poco. La disfruté muchísimo.
Mientras nos besábamos, mi brazo izquierdo la sostenía contra mi pecho y el derecho quedaba libre para recorrerla. Y la recorrí entera. Bajé la mano por su costado, por la curva de su cintura, por sus caderas generosas que contrastaban con sus pechos pequeños y firmes. Tenía la piel caliente del sueño, y cada vez que mis dedos encontraban un lugar nuevo, ella respondía con un suspiro breve contra mi boca.
Aproveché esa libertad de la mano derecha para levantar un poco la cadera y bajarme el pantalón del pijama. En esa ciudad las noches son frías y dormíamos abrigados, así que liberar mi erección bajo las sábanas fue casi una declaración de intenciones. Ella entendió el gesto sin que yo dijera nada.
Su mano descendió por mi pecho, despacio, tomándose su tiempo, hasta llegar al bajo vientre. La cerró alrededor de mí y empezó a moverla con una calma deliberada, arriba y abajo, mientras nuestros besos seguían, más profundos ahora, más urgentes. Sentí cómo la dureza crecía bajo su palma y cómo ella sonreía contra mis labios al notarlo.
Me incorporé apenas, apoyándome en el codo izquierdo, y la hice rodar sobre mí. Con las dos manos libres por fin pude apretarla como quería: su espalda, sus muslos —esos muslos que me volvían loco—, y ese culo que ya había sido mío la noche anterior y que volvía a reclamar con las dos manos abiertas. La apretaba con ganas, sin delicadeza, con ese morbo crudo que solo despierta alguien que de verdad te gusta. Y Mariana me gustaba de verdad.
Subí las manos hasta su pelo, esa maraña de rizos oscuros que se le habían soltado durante la noche. Le sostuve la cabeza con suavidad, pero con una intención que no dejaba lugar a dudas. La miré. Ella me devolvió la mirada y entendió todo en silencio. Cedió a la leve presión de mi mano y empezó a bajar.
Fue descendiendo a besos. Mi pecho, mis pezones, una lamida lenta en el ombligo, un camino húmedo que iba marcando con la boca mientras yo la observaba desde arriba. Cuando llegó adonde los dos sabíamos que iba a llegar, ya no tuve que empujar nada. Su cabeza estaba exactamente donde yo quería, y a partir de ahí dejé de dirigir.
Su boca me envolvió por completo. Cerré los ojos un segundo y los volví a abrir porque no quería perderme nada. Ella bajaba sola por toda mi extensión hasta que su nariz se hundía contra mí, y se quedaba ahí un instante, conteniendo el aire, antes de volver a subir. No había torpeza. Había una concentración casi devota en lo que hacía.
Me di el lujo de estirar el brazo y alcanzar el móvil de la mesita. Lo levanté con cuidado y empecé a grabar. No por exhibición, sino porque la imagen de ella entregada de esa manera era algo que quería guardar, algo que querría recordar cuando esos tres días no fueran más que un recuerdo lejano. Ella ni se dio cuenta, tan metida estaba en lo suyo.
Y entonces recordé algo que no le había dicho.
Nunca le había contado lo que me enloquece.
Hay pocas cosas que me llevan tan al límite como terminar dentro de la boca de mi amante y verla tragar, gustosa, sin apartarse. Pero es algo que no a todas les gusta, y con ella ni siquiera habíamos rozado el tema. No sabía cómo reaccionaría. Cuando sentí que ya no aguantaba más, recuperé un resto de cortesía y la avisé.
—Me voy a correr —le dije, con la voz rota—. Me vas a hacer venir.
Ella levantó la cara apenas, sin soltarme, y me miró fijo con esos ojos oscuros. Mariana tiene una dulzura que le ilumina la cara incluso cuando no hace nada, pero la mirada de ese instante no tenía nada de dulce. Era una mirada cargada, descarada, deliberadamente morbosa. Mi mano seguía enredada en sus rizos. Su mano derecha me apretaba con fuerza, marcando el ritmo final.
Sentí el abdomen contraerse. Todo el cuerpo se me tensó. Por la posición, el orgasmo salió disparado hacia arriba y cayó de vuelta sobre mi propio estómago, en chorros tibios, mientras yo me sacudía con algo parecido a pequeñas convulsiones. Pero lo que de verdad me arrancó del suelo no fue el placer físico, sino el espectáculo de su mirada acompañando cada segundo de mi corrida.
Tardé en recuperar el aire. Cuando lo hice, le solté una orden antes de pensarla.
—La próxima vez te lo tragas.
Apenas terminé de decirlo me di cuenta de mi error. Ella no era mi sumisa. Era mi novia por esos tres días maravillosos, nada más y nada menos. Así que suavicé el tono y completé la frase como lo que era en realidad: un deseo, no una exigencia.
—Me encanta cuando una mujer se traga mi leche —murmuré, acariciándole la mejilla—. La próxima vez, por favor.
—Sí —contestó ella, sin que se le apagara ni un grado el brillo intenso de los ojos—. Lo voy a hacer.
***
La noche anterior me había dormido como una niña pequeña. Hacía más de tres años que no dormía en la cama de nadie ni con nadie al lado, y lo que más me sorprendió fue lo natural que se sintió todo con este hombre. El acople fue inmediato, como si mi cuerpo recordara algo que yo creía olvidado.
Mi reloj interno es implacable. A las cuatro de la madrugada me despierto sí o sí, porque si no visito el baño mi vejiga estalla. Esa noche no fue distinta. Pero cuando abrí los ojos, en lugar de la oscuridad de siempre, lo encontré a él, despierto, mirándome en silencio y acariciándome los crespos con la punta de los dedos. No dijo nada. No hacía falta.
Todo el tiempo que pasamos juntos hubo esa conexión rara, esa que no se fabrica. Lo que empezó como un rato de ternura, de besos perezosos y caricias sin destino, se fue transformando solo. En algún momento, sin que ninguno lo decidiera del todo, terminé con él dentro de mi boca. O él con la boca en mí. El orden ya no importaba.
Él estaba completamente relajado, abandonado al placer, y yo en el otro extremo: concentrada, casi obsesionada con lo que hacía. Me llenaba la boca hasta el borde de la asfixia y quería más. Al principio sostenía la base con la mano, como un freno, una medida de seguridad. Pero poco a poco fui retirando ese tope. Quería sentirlo entero, hasta la garganta, hasta ese punto en que el aire se corta y todo se vuelve un juego al filo de lo posible.
Era un juego delicioso. Peligroso y delicioso a la vez. Cada vez que mi nariz tocaba su piel y me quedaba ahí, sin respirar un segundo de más, sentía una descarga que no tenía nada que ver con él y todo que ver conmigo. Con lo que yo era capaz de darme permiso de sentir después de tanto tiempo guardada.
Estaba tan metida en lo mío que ni siquiera noté que me estaba grabando. Me enteré después, cuando me lo mostró con una sonrisa de culpa que no era culpa de verdad. Y no me molestó. Al contrario. Ver desde afuera lo que había sido desde adentro tenía su propio morbo.
Cuando él me avisó que se venía, levanté la cara solo lo justo para mirarlo. Quería verle la cara en ese instante exacto, quería ser yo la causa de ese gesto descompuesto que pone un hombre cuando ya no controla nada. Y lo conseguí. Lo sentí estallar, lo vi sacudirse, lo escuché decir cosas que probablemente no recuerda haber dicho.
Después soltó aquella orden, «la próxima vez te lo tragas», y por un segundo me erizó la piel. No por sumisa, sino porque me gustó. Me gustó que me deseara con esa intensidad. Y cuando se corrigió, cuando lo convirtió en un «por favor», me gustó todavía más, porque entendí que detrás de la orden había alguien que también estaba dispuesto a pedir.
—Sí —le dije—. Lo voy a hacer.
Y lo dije en serio. Faltaban dos días, dos mañanas, dos noches. Tiempo de sobra para cumplir cada promesa que se nos ocurriera, y para inventar unas cuantas más. Fue, sencillamente, un mañanero exquisito. El primero de varios. El que me recordó que mi cuerpo todavía sabía pedir lo que quería.





