La cita en el coche antes de cenar con mis amigas
Lo cuento ahora porque hace tiempo que lo tengo guardado y nunca se lo dije a nadie. Ni a las chicas, que esa misma noche estaban esperándome para cenar y no tenían ni idea de por qué llegué tarde. Habíamos planeado un día entero para nosotras: cada una con sus cosas durante la tarde y todas juntas a la hora de la cena. Lo curioso es que fui yo, la que siempre se retrasa, la primera en quedarse libre.
Eran apenas las seis y no sabía qué hacer con esas horas muertas. ¿Bajar a la playa? ¿Volver al apartamento? Tenía el móvil saturado de mensajes, así que decidí hacerle caso a uno en particular y acabé tomando algo con un tipo que había conocido por una aplicación. Se llamaba Bruno, era asturiano y estaba de paso por la costa unos días. Y vaya tipo.
Me había puesto un vestido corto, gris, con unos brillos discretos que se notaban solo cuando me movía. Tacones y escote. El escote no podía faltar. Me miré de arriba abajo antes de salir y me gustó lo que vi: nadie habría dicho que esa misma mujer pensaba pasar la noche cenando ensalada y contando anécdotas tontas con sus amigas. Debajo del vestido llevaba un tanga negro minúsculo, de esos que se te meten entre las nalgas al primer paso, y ningún sujetador. Cuando me miré al espejo se me marcaban los pezones a través de la tela y me reí sola. Alguna intención tenía, aunque a esa hora todavía no me lo confesaba ni yo.
Nos sentamos en la terraza de un bar pequeño, de esos que ponen velas en las mesas cuando empieza a caer el sol. Pedimos un par de copas. Hablamos de nada y de todo, con esa tensión agradable de cuando los dos sabéis para qué estáis ahí pero ninguno lo dice. Él tenía una manera de mirarme directa, sin disculparse por mirar. Cada vez que yo cruzaba las piernas, sus ojos seguían el movimiento y luego volvían a los míos sin ninguna prisa.
—Tienes una sonrisa peligrosa —me dijo en algún momento.
—¿Peligrosa para quién?
—Para el que llega tarde a donde tiene que ir.
Y tenía razón. Si por mí hubiera sido, esa copa habría terminado en su casa, con él follándome contra la pared del recibidor sin darme tiempo ni a quitarme los tacones. Pero entonces sonó el teléfono. Eran las chicas. Habían reservado en un sitio cerca de la playa y ya estaban allí, preguntando dónde demonios me había metido. Miré la hora y se me escapó un resoplido.
—Me tengo que ir —dije, con menos convicción de la que pretendía.
—Te llevo.
Acepté demasiado rápido. Pensándolo bien, si Bruno no hubiera tenido coche, no habría pasado nada. Me habría ido caminando, habría llegado un poco tarde y se acabó. Pero tenía coche. Y se ofreció. Y yo dije que sí mirándolo a los ojos un segundo más de lo necesario.
***
El restaurante estaba a menos de cinco minutos. Lo que no esperaba era que, justo antes de llegar, él metiera el coche por un camino de tierra y parara en un descampado. Apenas nos separaba del local una finca grande y oscura, cincuenta metros de matorral y silencio. Apagó el motor pero dejó las luces del salpicadero encendidas, esa penumbra azulada que volvía todo un poco irreal.
—¿No me llevas hasta la puerta? —pregunté, sabiendo perfectamente la respuesta.
—Antes quiero besarte.
Fue directo con las palabras y todavía más con la boca. No me dio tiempo a contestar. Ya me estaba besando, una mano en mi nuca y la otra soltándome el cinturón de seguridad con una habilidad que no parecía improvisada. Su lengua buscó la mía y yo se la di sin pelear, chupándosela despacio, mordiéndole el labio inferior hasta que gruñó bajito. La mano de la nuca bajó despacio, rozándome el cuello, la clavícula, hasta apoyarse sobre la tela del vestido, justo encima del pecho. Me apretó una teta entera con la palma y sintió que no llevaba sujetador. Se separó un segundo para mirarme.
—Zorra —susurró, medio sonriendo—. Venías preparada.
—Vas muy rápido… —murmuré contra su boca, aunque ya le estaba metiendo la mano por debajo del vestido para que me pellizcara el pezón.
Me lo pellizcó. Fuerte. Lo suficiente para que se me escapara un gemido corto y para que se me empapara el tanga en un segundo. Bajó el escote de un tirón, me sacó una teta entera y se metió el pezón en la boca, chupándomelo con hambre, mordisqueándolo, dejándomelo duro y brillante de saliva antes de pasar al otro. Yo le agarré del pelo con una mano y con la otra le apreté el bulto del pantalón, ya durísimo, midiéndoselo con los dedos por encima de la tela.
Su rodilla empujó suavemente la mía y mis piernas se separaron casi solas. Sentí su mano subir por el interior del muslo, sin pedir permiso pero sin brusquedad, como si supiera que yo no iba a detenerlo. Y no lo detuve. Aparté la cara un instante para mirar por la ventanilla: estábamos completamente solos, ni una farola, ni un coche, solo el rumor lejano del mar al otro lado de la finca.
Cuando volví a mirar hacia abajo, su mano ya había encontrado el borde del tanga y lo había apartado a un lado. Sus dedos me rozaron el coño y soltó una risita al notar lo mojada que estaba.
—Joder, estás chorreando —dijo contra mi cuello—. Y llevas puesta la ropa interior más pequeña que he visto en mi vida.
—Cállate y sigue —le contesté.
Me besó el cuello mientras me abría los labios con dos dedos, jugando con lo mojada que estaba, esparciéndomelo por el clítoris antes de acariciármelo en círculos lentos. Lento al principio, atento a mi respiración, ajustando el ritmo a cada uno de mis suspiros. Después metió un dedo dentro, entero, y lo curvó buscándome ese punto por dentro que hizo que arqueara la espalda contra el asiento. Añadió un segundo. Me follaba con los dedos mientras el pulgar seguía haciéndome círculos en el clítoris, y yo abría más las piernas, subiendo una rodilla contra el salpicadero para dejarle más sitio.
Yo me agarré al reposacabezas de su asiento y dejé caer la cabeza hacia atrás. Estaba a punto y él lo notó. Fue por eso que paró un segundo, sacó los dedos empapados y me los pasó por los labios de la boca antes de meterlos dentro.
—Chúpate —dijo, y yo obedecí. Le lamí los dedos con los ojos cerrados, saboreándome, y él soltó un gemido bajo antes de volver a bajar la mano y meterme otra vez tres dedos de golpe.
—Mírame —me pidió en voz baja.
Lo miré. Y esa fue mi perdición. Mantener los ojos abiertos, sostenerle la mirada mientras sus dedos entraban y salían con esa seguridad, mojándome hasta las bragas y el asiento, fue lo que me llevó al borde más rápido de lo que quería admitir. Apreté los muslos contra su antebrazo, contuve la respiración un segundo entero y después la solté en un gemido largo, sucio, que llenó todo el coche. Me corrí sobre sus dedos empapándoselos, moviendo las caderas contra su mano sin ningún pudor, apretándole el brazo entre los muslos hasta que dolió.
—Eso es —dijo él, sin dejar de mirarme, sin sacar los dedos hasta que dejé de temblar—. Eso es exactamente.
***
Me quedé un momento quieta, recuperando el aire, con la frente apoyada en su sien y el coño todavía palpitando alrededor de sus dedos. Cuando por fin los sacó, se los llevó a la boca y se los chupó despacio, uno por uno, mirándome. Podría haberme ido así. Podría haberle pedido que arrancara, haber llegado a la cena con las mejillas encendidas y una sonrisa que nadie habría sabido descifrar. Pero no quería irme todavía. Me giré hacia él y bajé la vista hacia su regazo, donde la tela del pantalón ya no disimulaba nada. Se le marcaba la polla entera contra la bragueta, gruesa, tirando hacia arriba.
—¿Quieres que te lo devuelva? —pregunté.
Él no contestó con palabras. Se acomodó en el asiento, echó el respaldo un poco hacia atrás y se desabrochó despacio, sin apartar los ojos de los míos. Se bajó el pantalón y el bóxer hasta medio muslo y su polla saltó libre, dura, apuntando hacia arriba contra su vientre. La tenía gorda, con las venas marcadas y el glande hinchado, brillante. Se la agarró por la base y me la ofreció en silencio. Yo la rocé apenas con la punta de los dedos y la noté caliente, tensa, una gota espesa de presemen resbalando desde la punta hasta sus nudillos. La tomé en la mano y la moví despacio, apretándosela, subiendo y bajando el prepucio, disfrutando de cómo se le entrecortaba la respiración a él, que hasta hacía un minuto había llevado todo el control.
Le pasé el pulgar por el glande, esparciéndole el presemen, mojándoselo todo, y bajé la mano hasta la base para agarrarle los cojones con delicadeza. Estaban tensos, pesados. Se los sopesé mientras le seguía masturbando la polla con la otra mano, lento, apretando fuerte.
—Joder, así —dijo, con la voz un poco rota.
Sentí su mano volver a mi nuca. No me empujó. Solo la dejó ahí, una invitación más que una orden. Pero yo ya sabía lo que iba a hacer desde el momento en que metió el coche por aquel camino. Me incliné, cerré los ojos y bajé la cabeza.
Le lamí la polla desde la base hasta la punta, muy despacio, con la lengua plana, siguiendo la vena gruesa que le subía por debajo. Le di un beso mojado en el glande, luego otro, luego se la envolví con los labios y me la fui metiendo poco a poco, saboreando lo salado del presemen en la lengua.
—Joder… —se le escapó.
Empecé despacio, con la boca y la lengua, chupando solo la punta, girándole la lengua alrededor del glande antes de bajar unos centímetros y volver a subir. Le mojé la polla entera de saliva, la dejé brillante, y usé la mano para masturbársela al mismo tiempo que le chupaba la cabeza. Escuchando cómo cambiaba su respiración con cada movimiento. Subí la vista una vez para mirarlo: tenía la cabeza echada hacia atrás y una mano agarrada al volante, los nudillos blancos. La otra mano seguía en mi nuca, ahora apretando un poco.
Me gustó ese poder. Después de que él me hubiera tenido a su merced unos minutos antes, ahora era yo la que marcaba el ritmo, la que decidía cuándo apretar y cuándo soltar, cuándo ir más profundo y cuándo dejarlo al borde esperando. Me la metí hasta la garganta de golpe, aguanté las arcadas, tragué alrededor de él y la mantuve ahí hasta que se le escapó un gruñido y la mano del volante se le cerró todavía más fuerte.
—Así, exactamente así —murmuró, repitiendo mis mismas palabras de antes con voz quebrada—. Joder, qué bien la chupas.
La saqué de la boca despacio, con un hilo de saliva colgando, y le lamí los cojones, uno primero, luego el otro, chupándoselos suave mientras seguía masturbándole la polla mojada. Volví a subir, me la metí entera, bajé la cabeza rítmica, mamándosela más rápido ahora, notando cómo se le hinchaba todavía más contra mi paladar.
Lo tomé más adentro, despacio, hasta donde quise, y luego me retiré para tomar aire y volver a empezar. Jugué con él un rato largo, alternando, leyéndolo, notando cómo cada vez le costaba más quedarse quieto. Sus caderas empezaron a buscarme, pequeños movimientos involuntarios, empujándome contra la boca, y supe que se acercaba.
—Espera, espera… —dijo, intentando avisarme, tirándome un poco del pelo—. Me… me corro.
No me aparté. Al contrario, la metí todavía más adentro, apretando los labios, chupándosela con más fuerza, con la mano trabajándole la base. Sentí el primer pálpito de la polla contra mi lengua y después el primer chorro de corrida caliente golpeándome el paladar. Seguí chupando, tragando, y él me llenó la boca de semen espeso, chorro tras chorro, con la mano enredada en mi pelo y el cuerpo entero en tensión. Aguanté hasta que él se quedó completamente quieto, vacío, con la respiración rota y una mano todavía enredada en mi pelo, ahora suave, casi de agradecimiento.
Me incorporé despacio, con la boca todavía llena. Le mantuve la mirada, abrí los labios lo justo para que viera el semen dentro y luego tragué. Todo. De un solo trago. Me pasé el pulgar por la comisura para recoger la última gota y me lo chupé también.
—Joder —susurró él, mirándome como si no se lo creyera.
Busqué en el bolso un pañuelo, me retoqué el carmín en el espejo del parasol, me acomodé la teta dentro del vestido, coloqué el tanga otra vez en su sitio y me arreglé el vestido como si no hubiera pasado nada. Él me miraba con una mezcla de incredulidad y respeto que no se molestó en disimular, todavía con la polla fuera, blanda ahora, brillante de saliva.
—Eres increíble —dijo.
—Soy puntual —respondí, mirando la hora—. O lo era hace media hora.
***
Arrancó el coche y me dejó en la puerta del restaurante, esta vez de verdad. Antes de bajarme me agarró la mano, me dio un beso en los nudillos como si fuéramos dos extraños que acabaran de conocerse, y me dijo que ojalá no fuera la última vez. Le sonreí sin prometer nada y crucé la calle hacia la luz cálida del local.
Mis amigas ya estaban en la mesa, con el pan a medio terminar y una botella abierta.
—¡Por fin! —dijo Marta, levantando la copa—. ¿Se puede saber dónde te habías metido?
—Tráfico —mentí, sentándome y colocándome la servilleta sobre las piernas, notando el tanga todavía empapado pegado al coño.
—¿Tráfico? Si está aquí al lado —se rió Carla, entrecerrando los ojos—. Estás colorada.
—Es el viento de la playa.
Ninguna se lo creyó del todo, pero tampoco insistieron. Pedimos, brindamos, nos reímos de las anécdotas de la tarde de cada una. Yo conté una versión muy resumida y muy decente de mi cita, suficiente para no levantar sospechas, omitiendo todo lo que de verdad importaba. Y mientras ellas hablaban, yo daba pequeños sorbos a mi copa con esa calma tibia que te queda en el cuerpo después de correrte a gusto, sonriendo para mis adentros, todavía con el sabor de su semen en el fondo de la garganta cada vez que tragaba vino.
Esa es la parte que más me gusta de las confesiones: que durante toda la cena, mientras compartíamos platos y nos contábamos los secretos de siempre, yo guardaba uno que ninguna de ellas habría imaginado. Un desvío de quince minutos, un descampado a cincuenta metros, y un desconocido al que probablemente no volvería a ver nunca.
Aunque, para ser sincera, le contesté el mensaje esa misma noche.





