Mi confesión: seduje al jardinero a solas en la villa
Tengo que confesarlo, aunque todavía me sonrojo cuando lo recuerdo. Necesitaba desconectar de todo, así que mi amiga Marina me prestó la casa que tiene en la costa, un chalet precioso con jardín y piscina, perfecto para pasar unos días en silencio. Antes de darme las llaves me dijo una sola cosa: que si necesitaba cualquier ayuda con la casa, se lo pidiera al jardinero, que iba un par de veces por semana y era una persona de toda confianza, discreta y servicial. No imaginaba hasta qué punto iba a poner a prueba esa discreción.
El primer día me desperté tarde, con el sol ya alto y el ruido del mar de fondo. Escuché un motor en el jardín y me asomé a la ventana del dormitorio. Y ahí estaba él.
Era un hombre alto, de hombros anchos, con la piel morena de quien trabaja al aire libre. Llevaba el torso desnudo y unos pantalones cortos de trabajo, y el sudor le brillaba sobre la espalda mientras manejaba la desbrozadora. Me quedé más tiempo del que debería mirándolo desde detrás de la cortina, sintiendo cómo algo se encendía despacio en mi interior. Se me marcaron los pezones bajo el camisón y noté cómo se me humedecía el coño de solo imaginar esas manos grandes agarrándome de las caderas.
No vine para esto, pensé. Pero quién dice que no.
Busqué en la maleta el bikini amarillo, el más pequeño y atrevido que tenía, el que casi nunca me atrevo a usar. Me lo puse, me solté el pelo y bajé al jardín como si nada. Cuando me vio, no pudo disimular la cara de asombro. Tragó saliva y bajó la mirada un segundo antes de volver a levantarla.
—Buenos días —dije, acercándome con una sonrisa—. Soy la amiga de Marina. Tú debes de ser quien cuida todo esto.
Le di dos besos. Olía a sol y a tierra recién cortada. Le dije que siguiera con lo suyo, que yo iba a darme un baño en la piscina, y me alejé sabiendo que sus ojos me seguían a cada paso.
Me encantó calentarlo así, sin tocarlo siquiera. Me metí en el agua, nadé un par de largos y, cada vez que salía a la superficie, lo buscaba con la mirada y le sonreía. Él fingía concentrarse en podar un seto, pero giraba la cabeza una y otra vez.
—El agua está buenísima —le dije al rato, apoyada en el borde—. ¿Por qué no te das un baño?
—Tengo que terminar esto primero —contestó, con la voz un poco ronca—. Pero en cuanto acabe, encantado.
Salí de la piscina sin prisa, dejando que el agua me resbalara por el cuerpo, y me tumbé en una hamaca al sol. Le dije que cuando terminara nos tomábamos una cerveza, o lo que le apeteciera. Me contestó que ya casi estaba, así que entré en la casa, preparé dos cervezas bien frías y algo para picar.
Cuando volví, me unté crema solar por delante, despacio, notando cómo me observaba de reojo. Me pasé las manos por las tetas más tiempo del necesario, apretándomelas, dejando que los pezones asomaran duros contra la tela mojada del bikini. Entonces le pedí, con toda la inocencia que pude fingir, que me diera crema en la espalda. Sus manos eran grandes y firmes, y las pasó con una delicadeza que me puso la piel de gallina. Sentí su respiración cerca de mi nuca y supe que él estaba tan nervioso como yo, pero mucho más contenido.
Nos sentamos a charlar con las cervezas, a la sombra de una buganvilla cargada de flores. Me contó que aquel era su día libre en su trabajo principal y que lo aprovechaba para venir al jardín. Hablamos del mar, de la casa, de Marina, pero ninguno de los dos prestaba demasiada atención a las palabras. Yo me movía despacio, cruzaba y descruzaba las piernas, me apartaba el pelo de la cara con un gesto lento. Él no apartaba los ojos de mí, y bajo la tela de su pantalón corto se adivinaba el bulto de una polla dura que ya no podía disimular. Se me hacía la boca agua imaginándomela.
Cada silencio entre nosotros pesaba como una promesa. Yo notaba el calor del sol en la piel y, debajo, otro calor distinto que subía despacio desde el vientre. Hacía mucho que un hombre no me miraba así, como si fuera lo único que existiera en el mundo. Bajo la braguita del bikini tenía el coño empapado, y no era solo por el agua de la piscina.
—Tutéame, por favor —le dije cuando volvió a tratarme de usted—. Me haces sentir mayor.
Se rió, avergonzado, y asintió. Le pregunté si le apetecía quedarse a comer y pasar el día conmigo, para hacerme compañía. Dijo que sería un placer, y noté que la palabra le costó pronunciarla.
***
A pesar del deseo evidente, no se atrevía a dar el paso. Me trataba con un respeto casi exasperante. Comprendí que, si quería algo, iba a tener que ser yo quien rompiera el hielo, poco a poco, sin asustarlo.
Después de un rato me dijo que iba a la parte trasera del jardín, donde se guardan las herramientas, a ducharse y a ponerse un bañador. Yo conocía la casa de otras visitas, y sabía perfectamente que desde la ventana de una de las habitaciones se veía esa zona. Subí, fingiéndome distraída, y me asomé.
Lo vi desnudarse de espaldas, y luego girarse. Tenía un cuerpo magnífico, y una polla enorme, gruesa, con la punta enrojecida, que el agua fría no conseguía bajarle por mucho que lo intentaba. Se la agarró un momento y se la sacudió despacio bajo el chorro, y yo estuve a punto de soltar un gemido. Me mordí el labio mirándolo, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso y el corazón me golpeaba en el pecho. Sin darme cuenta me llevé la mano dentro de la braguita y me acaricié el clítoris un par de veces, con dos dedos, notando lo mojada que estaba ya. Tuve que apartarme la mano para no correrme ahí mismo apoyada en la ventana. Cuando terminó de secarse y se puso el bañador, bajé corriendo a la zona de la piscina para esperarlo, como si no hubiera visto nada.
Llegó y le ofrecí una copa de vino. Le dije que se diera un baño mientras yo lo traía. Al lanzarse al agua noté que la polla seguía marcándosele bajo el bañador, y sonreí para mis adentros. Preparé las copas, abrí una botella, la metí en una cubitera y saqué un aperitivo a la mesa, a la sombra.
—Me voy a quitar la parte de arriba —le anuncié con naturalidad—. No quiero marcas. Si lo hago en la playa delante de desconocidos, no veo por qué no aquí.
Me solté el bikini y me metí en la piscina con las tetas al aire. Nadé hasta la zona donde el agua me llegaba a la cintura, justo para que me viera bien, con los pezones duros y erguidos por el frescor del agua, y hablamos un rato a poca distancia, con esa tensión espesa flotando entre los dos. Después le propuse salir a tomar el vino. Caminé hacia la mesa sin prisa, sabiendo que me seguía con la mirada, devorándome, las tetas balanceándose a cada paso.
Cogí la toalla, me sequé un poco y serví. Brindamos. Al beber, dejé que un hilo de vino me resbalara sobre el pecho, entre los pezones, y me reí.
—Está fresquito —dije—. Da gusto.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Le dije que él también debía protegerse del sol, cogí el frasco y empecé a darle crema en la espalda. Me arrodillé detrás de él y bajé hacia las piernas, primero por detrás, luego por delante, subiendo despacio hasta el borde del bañador, y un poco más allá. Rocé con el dorso de los dedos el bulto de su polla por encima de la tela y noté cómo daba un respingo. Sentía su respiración entrecortada bajo mis dedos.
—Relájate —le susurré—. Disfruta.
Me puse de pie y, siempre desde atrás, le di crema en los hombros y en el pecho, apretándome contra su espalda, rozándole con los pezones endurecidos, dejando que sintiera el calor de mi coño contra su culo. Ya lo tenía entregado. Deslicé las manos por su vientre, despacio, hasta que las metí dentro del bañador y le agarré la polla directamente. Estaba durísima, hirviendo, latiendo en mi mano. Empecé a masturbarlo con calma, apretando bien, deslizando el prepucio arriba y abajo, notando la punta húmeda de preseminal. Soltó un suspiro hondo y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, mientras se dejaba hacer.
—Qué polla tienes… —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo—. Llevo toda la mañana pensando en esto.
Lo giré hacia mí. Cogí una copa, me la acerqué a la boca y la incliné a propósito para que el vino me cayera sobre las tetas, resbalándome por el vientre. Lo atraje y nos besamos por fin, un beso largo y hambriento, contenido durante horas, con las lenguas buscándose sin freno. Después le ofrecí mi piel mojada de vino, y él la lamió con un deseo que me hizo temblar, chupándome un pezón, luego el otro, mordisqueándomelos, mientras me sujetaba por las caderas y deslizaba la mano dentro de mi tanga. Sus dedos encontraron mi coño empapado y se hundieron sin esfuerzo. Gemí contra su cuello cuando empezó a moverlos dentro de mí, buscándome, mientras el pulgar me frotaba el clítoris.
—Estás chorreando —murmuró contra mi oreja, y era la primera vez que le oía hablar así.
—Espera —le dije, apartándolo con suavidad, aunque me costó un mundo—. Tenemos todo el día.
Entonces fui yo quien derramó el vino sobre su pecho y su abdomen. Me incliné a lamerlo, recorriéndolo con la lengua, bajando poco a poco por el esternón, siguiendo la línea de vello hasta el ombligo, hasta arrodillarme frente a él sobre la toalla. Le bajé el bañador despacio y su polla saltó, dura, gruesa, con las venas marcadas y la punta brillante. La agarré con la mano y me la acerqué a la cara, restregándomela por la mejilla, por los labios, sintiendo su calor y su olor a hombre limpio. Le saqué la lengua y le lamí la punta, recogiendo esa gota de preseminal, y le sonreí mirándolo desde abajo.
—¿Te gusta cómo te la chupo? —le pregunté, antes de rodearla con los labios.
Me la metí en la boca despacio, primero solo la cabeza, chupándosela como un caramelo, jugando con la lengua alrededor del glande. Después la fui tragando poco a poco, todo lo que pude, hasta notarla en el fondo de la garganta. Él soltó un gemido ronco y le tembló la cadera. Con una mano le agarré los huevos y se los acaricié, apretándoselos con suavidad, y con la otra empecé a masturbarle la base mientras subía y bajaba con la boca, cada vez más rápido, dejando que un hilo de saliva le resbalara hasta los cojones.
Se la sacaba entera de la boca, le daba un lametón largo desde los huevos hasta la punta y volvía a tragármela hasta atragantarme. La escupía, la abofeteaba contra mi lengua, se la restregaba por las tetas, se la volvía a meter. Él enredó los dedos en mi pelo, sin forzar, solo guiándome, y su respiración se fue acelerando. Yo lo miraba desde abajo, con los ojos húmedos, la boca llena y los labios estirados alrededor de su polla, y sabía que esa imagen lo estaba matando.
—Voy a correrme —jadeó—. Me voy a correr…
Aceleré yo también, con la mano y la boca al mismo ritmo, chupándosela con fuerza, sin soltarla. Lo noté tensarse entero, contener el aire un instante, y entonces llegó, con una intensidad que me sorprendió a mí misma. Sentí el primer chorro de corrida caliente golpeándome contra el paladar, y luego otro, y otro más, espeso, salado. Aguanté hasta el final, tragando lo que pude, dejando que el resto me resbalara por la barbilla hasta el pecho. Cuando por fin me aparté, con la polla aún dura entre mis labios, me di cuenta de que yo también había llegado, temblando entre sus piernas, sin que él me hubiera tocado siquiera, solo con la excitación de tenerlo así, rendido, corriéndose en mi boca.
Me incorporé despacio, todavía con el corazón desbocado y el semen brillándome sobre las tetas. Quedaba un último trago de vino en mi copa. Lo miré, le sonreí con los labios manchados, y bebí, saboreando aquel momento que no pensaba olvidar.
***
Pasamos el resto del día entre risas, baños y caricias, sin prisa, como si nos conociéramos de toda la vida. Volvió a empalmarse antes de comer y me lo follé a horcajadas en la hamaca, montándolo despacio, con las tetas bailándole en la cara y sus manos apretándome el culo, hasta que me corrí encima de su polla con un grito que espantó a los pájaros del jardín. Por la tarde comimos en la sombra, con los pies todavía mojados y el sexo aún latiéndome entre las piernas, y al caer el sol entramos juntos en la casa, cogidos de la mano, ya sin ninguna prisa por disimular.
No voy a contar todo lo que vino después. Algunas cosas prefiero guardármelas. Solo diré que me folló contra la pared del pasillo antes incluso de llegar al dormitorio, que aquella cama aguantó cosas que no había vivido en años, y que esos días a solas en la villa de Marina se convirtieron en el recuerdo que saco a relucir cada vez que necesito sonreír por dentro, o meterme la mano entre las piernas en la oscuridad. Vine a desconectar, y desconecté de todo lo que creía saber sobre mí misma. A veces el deseo aparece donde menos lo esperas, y lo único que hace falta es atreverse a dar el primer paso.





