Lo que Lucía me pidió en aquella playa desierta
Hay recuerdos que uno guarda en un cajón que casi nunca abre, y este es uno de ellos. Lo cuento como pasó, sin adornos, porque todavía hoy, tantos años después, se me pone dura al escribirlo.
A Lucía la conocí el primer día de la carrera, en la cola interminable de la matrícula. Ella tenía el pelo largo y rizado, los ojos oscuros con un punto rasgado, y una cara tan fina que parecía dibujada con compás. Yo acababa de cumplir veintidós; ella tenía veinte. Bastó que me sonriera por encima del hombro para que perdiera el hilo de lo que estaba diciendo.
Tuve la suerte de gustarle también. A los cinco minutos de hablar ya nos estábamos tomando el pelo como si nos conociéramos de toda la vida, y antes de llegar a la ventanilla habíamos quedado para tomar algo esa misma tarde.
Pese a ser más joven, Lucía era la que tenía las cosas claras. Yo era un manojo de impulsos sin rumbo; ella sabía exactamente lo que quería y a qué ritmo. Desde el principio fue ella la que llevó la voz cantante, y a mí me venía bien dejarme guiar.
Nos comíamos a besos en cada esquina. Me dejaba acariciarla hasta cierto punto, y cuando yo empujaba un poco más, me frenaba en seco con una sonrisa que era mitad burla, mitad promesa.
—Todo a su tiempo —me decía—. No tengas tanta prisa, Mateo.
Aquellos primeros meses fueron una tortura deliciosa. Pasábamos las tardes en su portal, en mi coche heredado de mi hermano, en los bancos del parque cuando ya no quedaba luz. Aprendí a leer su cuerpo antes que sus palabras: cuándo se tensaba, cuándo cedía, cuándo la respiración se le volvía pesada y sabía que me dejaría avanzar un paso más antes de detenerme. Era un juego que ella controlaba y yo aceptaba, porque cada centímetro ganado parecía un tesoro.
Recuerdo una noche en un bar pequeño del centro, uno de esos con luz roja y música de los ochenta. Estábamos en un rincón apartado, donde casi no llegaba la gente. Ella llevaba un vestido ligero por encima de la rodilla, y cuando deslicé la mano bajo la tela me la encontré encendida, la respiración entrecortada contra mi cuello.
Subí un poco más y le rocé las bragas por encima de la tela. Estaban empapadas. Aparté el elástico con dos dedos y me hundí directo en su coño mojado, sin avisar. Ella pegó un respingo y me clavó las uñas en el hombro, pero abrió las piernas un dedo más para dejarme sitio. Empecé a moverle los dedos despacio, buscándole el clítoris con el pulgar mientras el corazón le latía contra mi brazo.
—Quieto —me susurró con los dientes apretados—. Como me hagas correrme aquí, te mato.
Pero no retiraba la cadera, al contrario, la empujaba muy despacio contra mi mano. Yo iba a reventar. Sentía la polla presionando la bragueta, esa tensión sorda que solo se me pasaba más tarde, ya en casa, a solas, meneándomela pensando en ella. Pero aquella noche pasó algo distinto.
—¿Lo has hecho alguna vez? —me preguntó al oído, casi sin voz.
—No, ya te lo dije. Nunca. ¿Por qué me lo preguntas otra vez?
—Porque si algún día me entero de que estuviste con otra, te las verás conmigo —dijo, y me mordió el lóbulo con una ternura que contradecía la amenaza.
—Que no, tonta. Soy tuyo y punto.
Y lo decía en serio. Habría firmado lo que me pusiera delante.
—Déjame que te alivie —susurró—. Quiero hacerlo yo. Te dije que no quería follar todavía, pero esto sí. Quiero sentirte correrte en mi mano.
Sin darme tiempo a contestar, me bajó la cremallera, metió la mano por la abertura del calzoncillo y me sacó la polla dura como una piedra. Yo miré alrededor por instinto, pero nadie miraba hacia nuestro rincón; la luz roja lo tapaba casi todo. Sentí sus dedos fríos cerrarse en torno a mi glande y un jadeo se me escapó de la garganta antes de que pudiera taparlo.
—Shh —me rio ella al oído—. Que te van a oír. ¿Te gusta, no?
—Joder, Lucía…
Empezó a mover el puño de arriba abajo, torpe al principio, marcando un ritmo que se le fue acomodando enseguida. Se escupió en la palma sin cortarse un pelo y volvió a agarrarme, y esa segunda vez la mano le resbaló entera por el tronco con un sonido húmedo que me nubló la vista. Yo le busqué la teta por encima del vestido y se la apreté sin miramientos, notando el pezón duro contra el pulgar. Le aparté un tirante y le bajé la tela lo justo para pellizcarle el pecho piel con piel, y a ella se le escapó un gemido bajo que me atravesó entero.
—Más fuerte —le pedí con la voz rota—. Apriétala más, joder.
Cerró el puño con ganas y aceleró. Su otra mano se coló bajo mis huevos y los apretó con cuidado, sopesándolos, y en ese momento supe que no iba a aguantar mucho más. Hubo un instante en que creí que iba a inclinarse y metérmela en la boca, y solo pensarlo estuvo a punto de hacerme correr. Pero aquello habría sido pedir demasiado, y me conformé con lo que tenía: la chica más guapa que jamás había imaginado, meneándome la polla en la penumbra con las tetas al aire mientras la música latía de fondo.
Le dejé una marca morada en el cuello con los labios, mordiéndola para no gritar. Ella respondió con un gemido bajo, pegado a mi oreja.
—Córrete ya, Mateo. Córreteme en la mano. Quiero verlo.
Todo junto fue demasiado. Me deshice entre sus dedos con una fuerza que nos pilló a los dos por sorpresa, chorros calientes que le empaparon la palma, la muñeca y hasta la parte de abajo del vestido. Ella siguió meneándome despacio hasta la última gota, con la boca abierta mirando lo que salía de mí, fascinada. Nos quedamos quietos, riéndonos en voz baja del desastre, mientras ella se limpiaba los dedos con una servilleta arrugada del cenicero. Cómplices de algo que solo era nuestro.
Esa noche, ya en casa, no pude dormir. Me la volví a meneé dos veces pensando en ella, repasando cada segundo una y otra vez: el olor de su pelo, la presión exacta de su puño, la cara con la que había mirado mi corrida caer en su mano. Comprendí que con ella todo era distinto, que lo que sentía no se parecía a ninguna de las prisas adolescentes que había conocido. Lucía no me daba el cuerpo a trozos por capricho; me lo iba entregando como quien escribe una carta larga, sabiendo que el final valdría la espera.
***
Dos semanas más tarde nos escapamos a una cala perdida que ella conocía, lejos de los chiringuitos y las sombrillas. Era mayo, hacía un sol limpio pero el agua todavía cortaba, y la playa estaba completamente vacía. No se veía un alma en kilómetros.
Me hice el valiente y me metí al mar. Pasé bastante más frío del que esperaba, pero verla a ella tumbada en la toalla, tomando el sol como una sirena, me daba ganas de aguantar cualquier cosa.
Cuando salí del agua, temblando y con los labios morados, la encontré acomodándose el bikini, ajustándose las copas con esos movimientos perezosos de quien no espera que nadie la mire. Y sin pensármelo dos veces fui hacia ella y empecé a besarla por todo el cuerpo, con la piel aún fría y salada.
—Estás helado —protestó entre risas, sin apartarme.
El sol le calentaba la piel mientras mi boca la recorría, y la combinación de las dos temperaturas la hacía estremecerse. Pero lo que de verdad me dio alas fue su cara: tenía los ojos entrecerrados, una expresión de abandono que nunca le había visto, y un sonido ronco y suave le subía desde el pecho cada vez que mis labios bajaban un poco más.
Me llevó la mano a la nuca, no tanto para acariciarme como para guiarme. Quería marcarme el camino. Y yo, por una vez, decidí no obedecer del todo: alargué la espera para alargar también el placer.
Recorrí cada rincón sin prisa, como si tuviera todo el verano por delante. Le besé la curva del hombro, el hueco tibio de la clavícula, la línea suave de las costillas. El rumor de las olas tapaba sus gemidos y los devolvía mezclados con el viento, y por un momento sentí que aquella cala existía solo para nosotros, que el mundo se había quedado fuera de aquel pequeño trozo de arena.
Me detuve en su ombligo, y descubrí por casualidad un resorte que ninguno de los dos sabía que existía. Un latigazo le recorrió el cuerpo entero. Empezó a gemir de una forma nueva, desesperada, y aquellos gemidos se fueron volviendo más altos a medida que mi boca subía despacio hacia sus pechos.
Le retiré la tela del bikini de un tirón y me entregué a ellos sin prisa. Nunca había tenido nada tan tibio ni tan suave entre los labios. Le atrapé un pezón con la lengua y lo chupé fuerte, y ella se arqueó tanto que se le levantaron los riñones de la toalla. Le mordí la carne blanda del pecho, le pasé la lengua alrededor de la areola, le succioné el pezón hasta que se le puso duro como una piedra y ella empezó a decir tonterías en voz baja. Reaccionaba arqueándose, diciendo que no con la voz mientras su cuerpo me gritaba que siguiera, que no parara por nada del mundo.
—Por favor —jadeó al fin, con los ojos brillantes—. Baja. Baja ya. Cómemelo, Mateo, por favor.
No hizo falta que lo repitiera. Le enganché los dedos en la braga del bikini y se la bajé por los muslos, por las rodillas, por los tobillos, hasta dejarla desnuda del todo sobre la toalla. Se abrió de piernas sin pudor, con una impaciencia que me sorprendió, y me encontré por primera vez con su coño a plena luz del día: rosado, brillante, con un vello suave y oscuro recortado en triángulo, y los labios ya hinchados y separados por lo mojada que estaba.
Me arrodillé entre sus piernas y me tomé un segundo para mirarla. Solo un segundo, porque ella me tiró de la nuca hacia abajo, exigiendo.
Le di el primer lametón entero, largo, desde abajo hasta arriba, aplastándole el clítoris con la lengua al final. Lucía pegó un grito que se llevó el viento y me apretó la cabeza contra su coño con las dos manos. Sabía a mar y a algo más denso, más dulce, más suyo. Le separé los labios con los pulgares y le metí la lengua entera, tan hondo como pude, moviéndola de arriba abajo y en círculos mientras le buscaba el clítoris con la nariz.
La encontré tan dispuesta, tan entregada, que tardé un segundo en creerlo. Le chupé el clítoris con los labios, se lo atrapé con cuidado y empecé a mover la cabeza despacio, arriba y abajo, como si se la estuviera mamando. Ella cabalgaba mi cara sin ningún tipo de vergüenza, empujando la pelvis contra mi boca, jadeando obscenidades que no le había oído nunca.
—Sí, así, no pares, joder, cómemelo entero, más adentro, más, más…
Le metí dos dedos mientras seguía comiéndoselo con la boca, y los curvé hacia arriba, buscando ese punto que se supone que existe. Debí de encontrarlo, porque el cuerpo entero se le convulsionó y empezó a apretarme los dedos por dentro con una fuerza brutal. No tengo palabras exactas para describir aquello, y tampoco era cuestión de palabras: era el ansia de dos principiantes que llevaban meses conteniéndose y que por fin se soltaban del todo.
El grito que pegó Lucía estoy convencido de que se oyó al otro lado de la cala. Cerró los muslos sobre mi cabeza con una fuerza que me dejó sin aire un instante, y se quedó temblando, agarrada a la toalla, repitiendo mi nombre como si fuera lo único que recordaba. Sentí su coño palpitar contra mi lengua, contracciones largas y profundas, y noté un chorro caliente empaparme la barbilla. Se estaba corriendo con todo, sin frenos.
***
Cuando por fin se calmó, me atrajo hacia ella y me besó despacio, chupándome sus propios jugos de los labios y de la barbilla, sin importarle a qué sabían. Nos quedamos enredados sobre la toalla, escuchando el mar, con la piel erizada por el contraste del sol y la brisa. No dijimos nada durante un rato largo; no hacía falta.
Un buen rato después, ya tumbados al sol, recuperando el aliento, me confesó que aquello había sido cientos de veces mejor de lo que se había imaginado. Que quería uno igual cada día. Que lo quería conmigo y con nadie más.
Y entonces, mirando el mar con una sonrisa nueva, me dijo lo que llevaba semanas dándole vueltas.
—Eso de esperar tanto era una tontería —murmuró—. Quiero que me folles. Aquí. Esta misma mañana.
Se me cortó la respiración.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado más segura de nada —dijo, y me metió la mano por dentro del bañador para agarrarme la polla, que ya volvía a estar dura contra su cadera—. Quiero sentir esto dentro. Quiero saber cómo es. Pero antes déjame tomar un poco más el sol. Me lo he ganado.
Me reí, todavía sin creérmelo del todo, y la dejé reposar. Me senté apoyado en una roca, con el Mediterráneo de fondo y un bocadillo a medias en la mano, mirándola descansar al sol con los ojos cerrados, las tetas al aire y el coño aún brillante entre los muslos entreabiertos.
¿Qué más podía pedir?
Aquella mañana cumplí lo que me pidió. Cuando volvió a mirarme, me tendió la mano y me tumbó sobre ella, y yo le separé las piernas con la rodilla y le froté el glande por toda la raja del coño hasta empaparlo bien. Ella misma me guio con la mano, colocándome la punta en su entrada, y empujó las caderas hacia arriba para que la penetrara. Entré despacio, sintiendo cómo su coño apretado me tragaba centímetro a centímetro, notando esa resistencia que cedía y se abría a mi paso. Lucía cerró los ojos y contuvo el aliento en un jadeo cortado, clavándome las uñas en la espalda, hasta que la tuve dentro entera.
—Muévete —susurró—. Fóllame, Mateo, por favor.
Y la follé. Al principio despacio, aprendiendo su ritmo, luego más fuerte, embistiendo con toda la cadera mientras ella me rodeaba con las piernas y me clavaba los talones en el culo para que no parara. Le agarré una teta con una mano y la otra la clavé en la arena junto a su cabeza, y así estuvimos, sudando bajo el sol, hasta que la sentí volver a apretarme por dentro y me corrí dentro de ella con un gruñido que se perdió en el ruido de las olas. Sin testigos más que el mar. Y aunque la vida nos llevó luego por caminos distintos, todavía hoy, cuando huelo a salitre y noto el sol fuerte sobre la piel, vuelvo a esa cala y a esa chica que decidió, en voz baja y a su manera, que el momento había llegado.





