Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que mi amiga me dejó sola con ellos

Hay días que uno marca en el calendario con meses de antelación. El mío llevaba un círculo rojo desde primavera, y los nervios me acompañaban desde la víspera. Hacía tiempo que una amiga me había convencido para comprar la entrada de la primera noche de un festival en Mallorca, donde vivo. Tocaba uno de mis cantantes favoritos, así que no tuvo que insistir demasiado.

Por cierto, no me he presentado. Me llamo Marina, tengo veintiséis años y soy de la isla. No tengo pareja desde que corté con un chico que me dejó tocada, y desde entonces me cuesta abrirme. Me cuido sin obsesionarme, voy al gimnasio cuando el cuerpo me lo pide. Tengo el pelo castaño por encima del hombro, me lo corté en verano porque pasaba mucho calor, y siempre he tenido curvas. Me veo bien, vamos. Desde mi ex apenas un beso tonto de fiesta, nada más.

El festival abría a las siete y media, pero mi cantante no salía hasta las once, así que no tenía prisa por los teloneros. Para no depender de taxis carísimos a las seis de la mañana, alquilamos un apartamento a diez minutos a pie del recinto. La idea era dormir allí y levantarnos a la hora que nos diera la gana.

Aprovecho para presentaros a mi amiga, Noa. Tiene dos años más que yo, pero siempre sale con nuestro grupo de siempre. Es más alta y más delgada, y mucho más constante que yo en el gimnasio. Está un poco loca, no la juzgo: tiene un trabajo que la quema, y cuando sale se viene arriba con todo, con las copas y con los chicos.

Su padre nos llevó en coche. Durante el trayecto convertimos el asiento trasero en nuestro karaoke particular, repasando canciones a grito pelado. El pobre hombre no dijo una palabra, supongo que flipando con las dos locas que llevaba detrás. Era pleno septiembre y hacía un calor pegajoso. Noa iba sencilla pero mona: un short vaquero, un top negro y botas cortas. Yo me arriesgué más, con un bikini debajo y un vestido de transparencias por encima.

Cuando llegamos al escenario principal todavía quedaban huecos donde meterse. Menos mal, porque la marea de gente prometía. Pasamos por la barra a por una copa cada una. Yo casi no bebo, pero un día es un día. Nos clavaron una buena cifra por los plásticos, claro.

En la barra había un grupo de cuatro chicos y una sola chica. Por el acento sabíamos que no eran de aquí. Y como Noa habla hasta con las farolas, se presentó directamente a la chica del otro grupo.

—Oye, me encanta tu conjunto, te queda ideal —le soltó.

—Hola, gracias —respondió ella, riéndose—. Es un poco incómodo, pero lo compré hace tiempo y venía decidida.

—Yo vine sencilla, ¡que hay que bailar! —se rieron las dos—. La que se esconde detrás de mí es Marina. ¿De dónde sois vosotros?

—Somos compañeros de carrera en Sevilla —contestó uno de los chicos—. Vinimos a pasar el fin de semana.

Nos dieron dos besos cada uno. Había de todo: altos, bajitos, pelo corto, pelo largo. La chica, que se llamaba Daniela, se unió a nosotras de una forma tan natural que en diez minutos parecíamos amigas de toda la vida. Los chicos iban más a su bola, pero su presencia nos dio cierta sensación de seguridad. Solo uno me chirriaba un poco, parecía seco, aunque supuse que era timidez de conocernos.

La noche fue espectacular. Hacía tiempo que no me dolían tanto los pies ni se me iba la voz de tanto cantar. Llevábamos dos copas cada una cuando, hacia las dos, Daniela empezó a encontrarse mal. No sé si fue el alcohol o algo que le sentó fatal, pero se puso blanca como el papel. Noa la acompañó al baño y yo me quedé sola con los chicos.

Me incomodaba un poco cómo me miraban con el vestido transparente, pero me dije que era normal.

Al ver que no volvían, fui a buscarlas con uno de ellos, el que me parecía más simpático. Daniela estaba para el arrastre. Nos pidió que la acompañáramos a la parada de taxis, que prefería irse al hotel. Le compramos un refresco y caminamos con ella, porque sola no la dejábamos ni de broma.

En la parada, Noa le preguntó si no avisaba a sus amigos para volver juntos, pero Daniela solo se rio. Nos miramos sin entender, aunque supusimos que no quería fastidiarles la noche. Antes de subir al taxi intercambiamos teléfonos y redes; nos había caído genial. Eran casi las cuatro, el festival ya era historia y la gente bajaba en manada hacia los taxis.

—Tía, vámonos al apartamento ya —me dijo Noa con cara de muerta.

Caminamos en silencio, agotadas. Al llegar al portal, Daniela nos llamó para avisar de que había llegado bien al hotel; menos mal, la pobre estaba descompuesta. En mitad de la conversación vi que Noa tecleaba algo en el móvil y remató con un «listo, ya está».

—¿Qué has mandado? ¿Las fotos? —pregunté con curiosidad.

—No, la ubicación. Dicen los chicos que los taxis están imposibles y van a tener que esperar el bus hasta las seis —respondió tan tranquila.

Se me cambió la cara.

—Pero ¿qué dices? Estoy reventada, lo último que me apetece es esperar con ellos hora y media —me había enfadado un poco—. Además, la que me caía bien era Daniela, no ellos.

—No te enfades, son de fuera y no saben ni adónde ir. Que esperen aquí un rato y luego les decimos qué autobús coger. Un poco de empatía —se defendió, dolida porque lo había hecho con buena intención.

Me callé. Me senté en el sofá del apartamento e intenté procesarlo.

—Perdona, si quieres vete a la cama, yo espero con ellos —dijo al rato.

—Da igual, perdona tú por ponerme así —le sonreí flojito. Al final era una noche especial, qué me costaba.

***

Los cuatro llegaron al completo, ya con el alcohol más bajo. Se pusieron a trastear con el móvil y yo hice lo mismo, agotada. Noa, en cambio, era la animadora de la fiesta y preguntaba tonterías: qué canción les había gustado más, quién había actuado mejor. Yo prefiero que ella sea la extrovertida, así no tengo que serlo yo.

No estaba muy pendiente, pero en un momento levanté la vista y vi que había puesto la mano en el hombro de uno de ellos. Eran casi las cinco, no faltaba mucho para que se fueran, así que dejé el móvil por educación y me uní a la charla. El chico de al lado de Noa contaba que lo había intentado con Daniela sin éxito.

—Pues ella se lo pierde, que eres muy simpático —le dijo Noa, convencida—. Y guapo, para qué nos vamos a engañar.

Se rieron con una complicidad que ya me sonaba a peligro. Cuando él le puso la mano en el muslo, me quedé perpleja: acabábamos de conocerlos.

—Tú también eres muy guapa, ¿tienes novio? —Noa negó con la cabeza—. Pues mejor para mí.

La cosa se aceleró. Noa cruzó una pierna sobre la suya y él no le quitaba la mano del muslo. Yo intenté restar importancia y me puse a subir alguna historia del festival, pasando de ellos. Hasta que noté un silencio. Levanté la cabeza y se estaban besando.

Iluso pensar que se iba a quedar en un beso.

Los otros tres miraban y se reían en su sofá. Cuando vi que Noa empezaba a tocarle por encima del pantalón, intervine antes de que la situación se descontrolara delante de todos.

—Noa, iros al cuarto, anda, que estamos aquí.

—Perdón, tía —cortó el beso, cogió al chico de la mano y se lo llevó a la habitación.

No me lo creía. Me había dejado sola en el salón con tres desconocidos. La situación era de lo más incómoda. Los chicos se rieron, quitándole hierro, y eso alivió algo la tensión. Entonces me di cuenta de que uno me miraba fijamente, sin cortarse.

—¿Qué miras? —le solté lo más cortante que pude.

—Perdona, Marina, me quedé empanado mirando a la nada.

—A la nada no, a mí —los otros dos se rieron—. Córtate un poco.

—Tienes razón, lo siento.

—No se lo tengas en cuenta —dijo otro—. Con la escena que acabamos de ver, se le fue la sangre a otro sitio y tú estabas delante.

Me reí sin muchas ganas, solo por dejar las cosas tranquilas. Y, de manera involuntaria, se me fue la mirada a su entrepierna. Estaba claramente cómodo.

—Oye, que tú también estás mirando —se rio él.

Aparté la vista al instante, muerta de vergüenza. Fue un reflejo, te lo juro. Él se levantó y se sentó a mi lado.

—No te preocupes, lo mío también fue sin querer. No pasa nada —su seguridad, en cierto modo, me sacó del bochorno—. ¿Tienes pareja?

—Sí —mentí, buscando que me dejara en paz.

—Qué pena, estás muy guapa —se rio con sus amigos—. Tranquila, ya te dejo en paz, perdona si te incomodé.

Me gustó el detalle. Miré de reojo y seguía empalmado; de pronto la situación pasó de incómoda a divertida. Me acomodé otra vez con el móvil, más relajada. Y entonces empezó a oírse algo desde el cuarto: los gemidos de Noa, sin disimulo. Ellos estallaron en risas y, sin querer, me uní.

—¿Ves, Marina? ¿Así cómo quieres que se me baje? —dijo señalándose el pantalón con descaro.

—Ya veo, ya —intenté no mirar.

—Te voy a pedir algo un poco fuerte —tragó saliva y se armó de valor—. ¿Te importa que me toque un poco? Estoy cachondo con la escena. Si quieres me voy al baño.

—No, tranqui, haz lo que quieras.

¿Por qué dije eso tan tranquila? No lo sabía ni yo.

Se desabrochó el pantalón y yo intentaba no mirar, oyendo gemidos flojitos a mi lado mientras de fondo seguía la banda sonora de mi amiga. Era surrealista.

—Marina —le dirigí la mirada sin bajarla—. ¿Te importa ponerte de pie? Me da vergüenza, lo siento, pero tienes un culo precioso y me ayudaría.

Sin mediar palabra, me levanté y le di la espalda. Con la transparencia del vestido se me marcaba el bikini, y por cómo respiraba supe que le gustaba. Intentaba no mirar, pero la situación me estaba poniendo: yo ahí, ofreciéndome para ayudarle. Los otros dos pasaron a un segundo plano; miraban y se reían, nada más.

—¿Puedo tocar un poco?

—Sí, claro —estaba ya encendida, joder.

Me tocó con una mano mientras con la otra seguía a lo suyo. Me apretaba y me amasaba sin prisa. Cuando giré la cabeza me topé con su erección y, lo confieso, no pude apartar los ojos. Vaya homenaje se estaba dando.

—¿Quieres tocar? —preguntó riéndose.

—No, no.

—Anda, solo un poco —y me rozó apenas. Sentí un escalofrío.

Me dejé llevar. Empecé a acariciarlo despacio mientras él me sujetaba la cadera. Me miraba a la cara y sonreía, sabiendo que me estaba gustando. Al volverme vi a los otros dos también ocupados con lo suyo, observando el panorama. No me lo creía.

—Te da tiempo, guapa —murmuró.

—¿Tiempo de qué? —contesté borde.

—De lo que quieras.

Seguí un segundo más, hasta que me vino la idea a la cabeza: ¿por qué no? Siendo sincera, siempre me ha gustado dar placer con la boca, desde mucho antes de aquella noche. Así que no me lo pensé más.

—Te lo dejo claro de primeras —cogí aire—. Solo eso. Nada más. No los conozco de nada.

—Vale, tranquila.

Sentí un alivio raro, como si me hubiera dado permiso a mí misma. Me arrodillé y empecé despacio: besos, alguna lamida, jugando antes de ir a más. Él se volvía loco y eso me encantaba. Los otros dos miraban atentos, y me gustaba ser el centro de la escena. Subí poco a poco el ritmo, ganando confianza, sin acordarme siquiera de cómo se llamaba.

En un punto me apartó solo para terminar de quitarse el pantalón. Se sentó y me hizo un gesto para que siguiera. No me corté: me incliné, alterné, fui marcando yo el compás. De vez en cuando me venía una arcada y paraba a toser, y los tres se reían. Yo también; la situación era ridícula, para qué negarlo. Me quité el vestido y me quedé en bikini, con esa banda sonora de fondo que no cesaba.

—Está buena, ¿eh? —les dijo a sus amigos, y los invitó a acercarse a mirar.

Me quedé sin palabras. ¿En serio? Pero, lejos de molestarme, una parte de mí lo disfrutaba: tres desconocidos pendientes de mí en mitad de la madrugada, y mi amiga al otro lado de la pared. Las vueltas que da la vida. Me concentré en lo mío, decidida a terminar lo que había empezado.

Cuando estuvo a punto, se levantó. Yo me quedé esperando, mirándolo a los ojos. No tardó nada en acabar, y se desplomó en el sofá, agotado. Corrí a por mi bolso a sacar unas toallitas para limpiarme, intentando ignorar a los otros dos.

—Lo sabía —dijo él desde el sofá.

—¿El qué? —pregunté.

—Que se te daba bien. Se te notaba en la cara.

Me sonrojé entera. Vaya forma de agradecer el favor. Y, sin embargo, en frío, no me llegó a molestar del todo.

—¿Y vosotros? —les solté a los otros dos, sorprendiéndome a mí misma—. Si queréis me doy la vuelta y miráis mientras acabáis, sin problema.

Se rieron los tres, aunque esta vez no entendí por qué.

—¿No te apetece arrodillarte otro ratito? Estamos a punto, y nosotros también queremos probar.

—No, no. Yo no voy por ahí haciendo esto, fue una excepción —respondí.

—¿Segura? Solo un poco, así acabas bien lo que empezaste.

Les miré. La verdad es que tenía ganas, pero no quería tirar el orgullo por los suelos del todo.

—Os doy con la mano si queréis, pero nada más —dije tajante.

Se acercaron al sofá. Solté el bolso, cogí uno con cada mano y me dejé llevar, con cara seria, solo queriendo terminar. Lo gracioso es que con la mano izquierda no había manera de pillarle el ritmo.

—Lo siento... —dije, avergonzada.

—Tranquila. ¿Quieres ir de una en una?

Y se me ocurrió la solución: a uno con la boca, al otro con la mano derecha, y todos contentos. No avisé; simplemente me incliné y empecé. No fui suave, quería acabar rápido, mientras ellos gemían observándome.

—¿No querías, eh? —se burló uno.

—No quería —contesté, parando un segundo.

—Se nota, se nota.

Estuve un buen rato turnándome, ya sin reparar en el entorno. Lo único que me sacó del trance fue Noa, al otro lado de la pared, con un orgasmo de los suyos: los gritos eran de premio. Volví la cabeza hacia la puerta, y uno de ellos, con suavidad, me reclamó de nuevo. Me contenía para no parecer demasiado encendida, por guardar algo de dignidad, aunque a esas alturas me quedaba poca.

Uno empezó a poner caras: estaba a punto. Me centré en él, a buen ritmo, y no tardó ni un minuto. Me apartó, se ocupó él mismo y yo me quedé quieta, recibiendo el final con los ojos cerrados. El otro no se quedó atrás. Cuando terminé, tenía la cara hecha un cuadro, y aun así estaba absurdamente orgullosa de haberlo conseguido.

Fui al baño, me limpié y me miré al espejo con una mezcla rara de vergüenza y orgullo. Desde allí oí salir a Noa del cuarto, riéndose con los que quedaban en el salón. Cuando volví hubo miradas cómplices, pero nadie me juzgó. Eran casi las seis; los chicos se iban en el bus en nada.

Les mandamos la ubicación de la parada porque, sinceramente, no tenía ganas de acompañarlos. Nos despedimos con dos besos, de la forma más respetuosa del mundo, como si nada hubiera pasado. A día de hoy no sé nada de ellos. Solo conservo el número de Daniela, que no sé si llegó a enterarse de lo sueltas que fuimos su amiga y yo aquella madrugada.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.