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Relatos Ardientes

El semental de la playa y mi amiga más tímida

El avión tocó tierra con un temblor suave, apenas un suspiro de metal que separaba a las tres amigas de su primera mañana en Brasil. Renata miró por la ventanilla el horizonte rosado que anunciaba el comienzo de las vacaciones que llevaban un año soñando. A su lado, Camila se retocaba los labios en el reflejo del teléfono, mientras Marisol se inclinaba hacia adelante, impaciente, como si cada segundo en aquel asiento fuera un obstáculo.

—Vamos, chicas, ¡ya! —dijo Camila, encendiendo la chispa que las arrastraría las próximas semanas—. Hoy empieza el resto de nuestras vidas.

Renata soltó una risa baja. Marisol puso los ojos en blanco con esa sonrisa controlada que usaba cuando no quería admitir que estaba igual de emocionada que las otras dos.

El aeropuerto de Florianópolis era un caos vibrante, pero ni la fila de migración logró borrarles la euforia. Afuera, el calor tropical les golpeó la cara como una caricia insistente. El aire olía a sal y a humedad, un recordatorio de que estaban a miles de kilómetros de Rosario y de sus rutinas grises.

La casita que habían alquilado quedaba a pocas cuadras del mar. Al entrar, el olor a madera vieja y a cítricos las recibió como un abrazo. Las maletas se apilaron en la entrada mientras Marisol ya estaba descalza, abriendo ventanas para dejar pasar el aire marino.

—¿Qué hacemos primero? —preguntó Renata, dudando, mientras alisaba el borde de su vestido de lino, ese gesto suyo de siempre para no llamar la atención.

—Primero soltamos esto —dijo Camila, señalando el equipaje—. Después, arena en los pies y agua en la piel. Hay que empezar bien.

—Empezar bien para ti es terminar metida en el mar antes del mediodía —respondió Marisol, entre risas.

—Exacto. Y si no me acompañan, voy sola.

***

Un rato más tarde, la casa era un enjambre de energía. Deshacían las maletas entre carcajadas y música que salía de un parlante diminuto, ritmos brasileños que se mezclaban con la brisa salada de las ventanas. Camila sacó un bikini rojo, mínimo, tan vibrante como ella. Marisol eligió uno negro, igual de pequeño pero con una elegancia que iba con su aire sereno.

Renata, frente al espejo, se observaba con una mezcla de duda y curiosidad. Su bikini azul era el más recatado de los tres, pero no lograba esconder la línea limpia de su silueta: cintura estrecha, piel pálida que reflejaba la luz como porcelana, unas tetas firmes que la tela apenas contenía, una sensualidad callada que ella misma no parecía notar.

—Estás preciosa, Rena. Más de lo que creés —le dijo Camila, inclinándose junto a ella—. Si yo tuviera ese cuerpo y ese culo, no me taparía ni un centímetro.

—Dejala tranquila —intervino Marisol, atándose el pelo en una coleta alta—. Cada una va a su ritmo.

—¡Voy, voy! —respondió Renata, poniéndose de pie y tomando una camiseta suelta para cubrirse al menos hasta la arena.

Cuando salieron, el sol ya estaba alto. Camila iba al frente, las caderas moviéndose con un ritmo natural que capturaba todas las miradas. Marisol la seguía con pasos pausados pero firmes; había algo magnético en su porte, una madurez que destacaba incluso en la informalidad de la playa. Renata cerraba la fila, tímida, apretando la camiseta entre las manos como si todavía dudara si dejar al descubierto lo que apenas insinuaba.

—¿Por qué no te sacás eso? —preguntó Camila, girándose—. Si tenés ese cuerpo, ¿para qué esconderlo?

Renata sonrió sin contestar. Era difícil competir con la seguridad de Camila o el imán de Marisol. Pero algo en el aire, quizás el sol o la sensación de estar lejos de todo, empezaba a ablandar sus inseguridades.

Al llegar a la orilla, dejó caer la camiseta. El viento fresco la envolvió de golpe y, por un instante, cerró los ojos y dejó que la brisa le reuniera el valor que necesitaba.

—¡Te ves divina! —gritó Camila desde el agua, salpicando para que se uniera.

Renata corrió hacia la espuma. El agua estaba fría al principio, pero cuando le acarició los tobillos sintió que todo valía la pena.

***

Después de un rato chapoteando, Camila volvió a la toalla con un coco en la mano y una sonrisa maliciosa.

—¿Viste eso? —le dijo a Marisol, mojándose los labios.

—¿Qué cosa? —respondió la otra sin levantar las gafas de sol.

Camila señaló con la cabeza a tres muchachos que caminaban por la orilla, la piel morena brillando bajo el sol. Cuerpos esculpidos, hombros anchos, y en el bulto de las mallas mojadas se adivinaba la promesa de lo que había debajo. El más alto, con el pelo rizado todavía mojado y una sonrisa descarada, atrapaba miradas con una facilidad casi insultante.

—Ellos —dijo Camila, sin disimular—. Creo que acabo de encontrar nuestra actividad de bienvenida. Y mirá el paquete del alto, por favor. Ese pibe tiene con qué.

Los tres se acercaron con una confianza despreocupada. El más bajo fue el primero en hablar.

—Oi, meninas. Ustedes no son de acá, ¿verdad? —preguntó en un portugués hecho para seducir.

—¿Se nota tanto? —respondió Camila, inclinándose lo justo para que el bikini hiciera el resto y las tetas le desbordaran la tela.

—Las tres destacan —intervino el más alto, los ojos clavados en Renata, que bajó la mirada incapaz de sostenerla—. ¿De dónde vienen?

—Argentina —contestó Marisol, levantándose con una elegancia que contrastaba con el desenfreno de su amiga.

—Hay una fiesta al atardecer, cerca de las rocas —dijo el de pelo rizado—. Buena música, buena bebida. Tranquilo.

—Perfecto —respondió Marisol, tomando el control con una sonrisa traviesa—. Ahí estaremos.

***

Cuando llegó la hora, el cuarto se llenó de risas y complicidad. Camila eligió un vestido blanco corto que se le pegaba como una segunda piel. Marisol, un conjunto negro ajustado que dibujaba sus curvas con elegancia provocadora. Renata, en un rincón, sostenía un vestido plateado que su amiga le había prestado.

—Es demasiado —susurró, intentando cubrirse con las manos.

—No lo es. Es perfecto para vos —dijo Camila, ayudándola a ponérselo mientras Marisol ajustaba los tirantes.

El vestido, corto y anudado tras el cuello, le dejaba la espalda al descubierto y le abrazaba la figura de un modo que al principio la hizo sentir expuesta. El brillo del tejido acentuaba el contraste con su piel clara.

—Sos un espectáculo —murmuró Marisol, dando un paso atrás para admirarla—. Ese brasileño de la playa te va a coger como si no hubiera mañana. Preparate.

—¡Marisol! —Renata se puso colorada, pero se rió.

—Es la verdad. Ese tipo te mira como si ya te estuviera desnudando. Y vos, boluda, sin ropa interior debajo, ¿eh? Que se moje por vos.

Camila le tiró la bombacha a la cara entre risotadas y Renata se la volvió a poner, pero se quedó pensando en las palabras de su amiga más de lo que quería admitir. Se miró en el espejo, todavía insegura. Pero la aprobación de sus amigas y el roce suave de la tela le fueron dando una confianza nueva. Se enderezó, levantó la barbilla y dejó que una sonrisa tímida pero segura le asomara a los labios. Por primera vez, la idea de atraer la atención de alguien —de ese hombre alto con la sonrisa descarada— no le pareció tan intimidante.

***

La fiesta entre las rocas parecía sacada de un sueño. Luces cálidas colgaban de un escenario improvisado, la música vibraba en cada rincón y el aire estaba cargado de una tensión eléctrica. Renata se movía al ritmo, sintiendo el vestido ajustarse a su cuerpo con cada paso. Las miradas empezaban a posarse en ella, pero solo buscaba una entre la multitud. Y cuando los ojos del más alto se cruzaron con los suyos, supo que la noche apenas comenzaba.

Camila desapareció enseguida con uno de los chicos; Marisol se dejaba llevar por el coqueteo del de pelo rizado. Renata se quedó más apartada, sosteniendo una caipiriña que apenas había probado, hasta que él apareció a su lado, su presencia llenando el espacio.

—¿Por qué tan lejos de todo? —preguntó, inclinándose con una sonrisa ladeada.

—Solo estoy mirando —respondió ella, la voz temblorosa.

—Tal vez necesitás algo más interesante que mirar —dijo él, ofreciéndole la mano—. ¿Venís?

Antes de que pudiera responder, Camila apareció, sudorosa pero radiante, y le dio un empujoncito.

—Hacelo, Rena. Es tu primera noche, no te quedes acá. Y usá la boquita, no seas tímida.

Desde la distancia, Marisol levantó su vaso en un gesto de aprobación. Con el corazón golpeándole el pecho, Renata aceptó la mano del hombre.

***

La playa estaba tranquila, pero no desierta. Algunos turistas paseaban por la orilla mientras el agua rompía con un ritmo hipnótico. Las luces de la fiesta parpadeaban a lo lejos como una promesa. Él la guiaba sin dejar de mirarla, y Renata sentía cada paso como un eco en el pecho.

Era enorme, un hombre cuya piel morena todavía brillaba por el baile. Hombros anchos, brazos que parecían capaces de levantar cualquier cosa. Cada movimiento suyo era deliberado, un despliegue de fuerza que la hacía sentir pequeña y, extrañamente, segura.

Se detuvieron junto a unas rocas grandes que ofrecían algo de intimidad. Cuando él la tomó por las caderas, sus manos cubrieron buena parte de su silueta. El toque no era suave: era directo, exigente. La empujó contra la piedra tibia y le apretó el culo con las dos manos, alzándola apenas para que sintiera el bulto duro de su verga contra el vientre. Renata tragó saliva. Ya podía adivinar, a través de la tela fina del pantalón, que aquello iba a ser mucho más grande de lo que jamás había probado.

—Más despacio… —susurró Renata. No era una negativa, sino una petición.

Él sonrió, y sus manos volvieron a las caderas con un ritmo más controlado. Se inclinó hasta rozarle el cuello con los labios y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Confiá en mí, pequena. Voy a hacerte gozar como nunca.

Le desató el nudo del cuello sin dejar de besarla y el vestido plateado cayó hasta la cintura, dejándole las tetas al aire bajo la luz de la luna. Los pezones estaban duros de excitación y del aire fresco. Él se detuvo un instante para mirarlas, con la boca entreabierta, como quien admira algo que no esperaba encontrar.

—Nossa… —murmuró, y se agachó a chuparle un pezón mientras el pulgar y el índice le apretaban el otro.

Renata se arqueó contra las rocas, ahogando un gemido. La lengua caliente le trazaba círculos, le tironeaba con los dientes justo lo suficiente para dolerle un poco, y después chupaba fuerte, como si quisiera dejarle la marca. Cuando pasó a la otra teta, ella ya estaba mojada, tanto que sentía la humedad bajarle por el interior del muslo.

La llevó a un rincón sombreado, donde la luna apenas dibujaba los bordes de sus cuerpos. Sin una palabra más, se arrodilló frente a ella y dejó que sus manos recorrieran sus piernas, subiendo despacio, como pidiendo permiso con cada centímetro. Renata observaba, la respiración entrecortada, los dedos aferrados al borde del vestido como buscando un ancla.

Le levantó la falda hasta la cintura y le bajó la bombacha por los tobillos con una lentitud que era tortura pura. La tela cayó sobre la arena, empapada. Él la olió sin disimulo, sonrió, y se guardó la bombacha en el bolsillo del pantalón.

—Eso me lo llevo yo —dijo, y le abrió las piernas.

Cuando la boca de él tocó la piel de su muslo, contuvo el aliento. No tenía prisa: sus besos trazaban un camino lento, deliberado, hacia el centro de ella. Le mordisqueó la cara interna de los muslos, dejándole marcas rosadas en la piel pálida, hasta que su nariz rozó los rizos oscuros que le cubrían el coño. Sopló despacio y Renata sintió un escalofrío que le subió hasta la nuca.

—Por favor… —jadeó, sin saber ella misma qué pedía.

Él sonrió contra su vulva y le dio un lengüetazo largo, de abajo hacia arriba, que la partió al medio. Renata soltó un grito ahogado y se aferró a las rocas para no caerse. La lengua del brasileño se instaló entre sus labios mojados y empezó a trabajarla con paciencia: círculos lentos alrededor del clítoris, después chupadas fuertes que le hacían temblar las rodillas, después dos dedos gruesos entrando de golpe hasta el fondo.

—Ay, dios mío… —gimió Renata, la cabeza echada hacia atrás—. Ay, no pares, por favor no pares…

Los dedos entraban y salían con un chasquido húmedo que se oía por encima del ruido del mar. Ella estaba tan mojada que le corría por la muñeca. La lengua no dejaba el clítoris, chupándolo, revoloteándolo, dándole un ritmo que la volvía loca. Renata subió las manos al pelo rizado de él, aferrándose sin vacilar, moviendo las caderas contra su cara sin ninguna vergüenza.

—Así, así, ahí mismo, no pares, me voy a correr, me voy a correr…

El orgasmo la atravesó como una ola cálida e implacable. Las piernas le fallaron, el coño se le contrajo alrededor de los dedos de él con tal fuerza que él soltó un gemido de aprobación desde abajo. Un chorro de flujo tibio le mojó el mentón y la barba, y Renata sintió que se le escapaba un gemido largo, obsceno, que rebotó en las rocas.

—Por favor… ya… —murmuró, la voz rota entre la vergüenza y el placer.

Él se incorporó despacio, se relamió los labios brillantes de ella y la besó hondo. Renata se probó a sí misma en su boca y en lugar de asquearla, le dio otra oleada de calor entre las piernas. Después él terminó de desatar los tirantes del vestido y la tela cayó por completo al suelo. Retrocedió un paso para mirarla, desnuda contra la roca, iluminada por la luna.

—Você é linda —dijo, la voz cargada de honestidad—. Y ahora quiero que me chupes la polla, pequena. ¿Podés con eso?

Renata bajó la vista un instante, pero cuando él volvió a besarla, su cuerpo respondió por instinto. Las dudas se le borraron.

—Ahora te toca a vos —dijo él con una sonrisa ladeada, tomándole la mano.

Ella entendió. Se arrodilló en la arena tibia mientras él se desabrochaba el pantalón y lo dejaba caer. Cuando la verga saltó frente a su cara, Renata contuvo el aliento. Era enorme: gruesa, larga, la piel morena estirada sobre venas hinchadas, la cabeza brillante y ya húmeda en la punta. Le tembló la mano al rodearla y descubrió que ni siquiera podía cerrar los dedos del todo alrededor.

—Dios mío… —susurró.

—Con calma —dijo él, acariciándole la mejilla—. Usá la lengua primero.

Renata sacó la lengua y la pasó despacio por la punta, recogiendo la gota espesa de líquido preseminal que se le escapaba. El sabor salado le llenó la boca y algo en su vientre se apretó de deseo. Le dio un beso húmedo en la cabeza y después empezó a lamer todo el tronco, de arriba abajo, dibujando el largo entero con la lengua, mojándolo hasta que brilló bajo la luz de la luna.

Cuando finalmente se metió la punta en la boca, él soltó un gemido grave, ronco, que la hizo querer más. Fue bajando poco a poco, apretando los labios alrededor de la carne caliente, chupando con fuerza. Al principio se atragantó cuando quiso tomar más de lo que podía y tuvo que retirarse, tosiendo, con los ojos llorosos. Pero volvió a intentarlo, más despacio, y consiguió que la verga le llegara al fondo de la garganta.

—Isso, pequena, así… —jadeó él, las manos hundidas con delicadeza en su pelo—. Bem devagar, sim…

Renata empezó a mover la cabeza, dejando que la polla le entrara y le saliera de la boca con un ritmo cada vez más seguro. La mano derecha le rodeaba la base, bombeando lo que no le entraba; la izquierda le acariciaba los testículos pesados. Cada reacción suya despertaba en ella una sensación de poder que no conocía: alguien tan seguro, tan imponente, ahora completamente entregado a su boca. Podía sentir la verga hinchándose todavía más entre sus labios, marcándole la lengua.

Se atrevió a más. Le pasó la lengua por debajo, se metió un huevo en la boca y lo chupó con cuidado, después el otro. Él soltó un juramento en portugués y ella sonrió con la boca llena. Cuando volvió a la verga, ya tenía práctica: la tomó hasta el fondo y aguantó ahí unos segundos, la garganta apretándose alrededor, la nariz enterrada en los rizos ásperos de él.

—Pequena… —murmuró él entre jadeos—. Ya casi… me vas a hacer correr…

Las palabras la alentaron en lugar de frenarla. Aceleró el ritmo, chupando con más fuerza, ordeñándolo con la mano y con los labios. Sus manos se posaron en el pelo de ella, pero no la forzaron: la guiaban con delicadeza. Cuando él llegó al final, todo su cuerpo se tensó y soltó un gemido largo que retumbó en la noche.

—Ah, porra, porra, tomá, tomá todo…

El primer chorro de semen le explotó contra el paladar, caliente y espeso. Renata se sorprendió, pero no se apartó. Tragó, y siguió tragando cada descarga, sintiendo cómo la polla le pulsaba entre los labios una y otra vez. Cuando por fin él se quedó quieto, ella siguió chupando despacio, limpiándolo con la lengua, hasta estar segura de no dejar nada. Después levantó la mirada, los labios algo hinchados y brillantes, y en sus ojos había algo nuevo: orgullo.

—Sos increíble —murmuró él, plantándole un beso en la frente—. Tragaste todo, minha safada.

***

La ayudó a ponerse de pie y la rodeó con los brazos, dejándola sentir el calor de su cuerpo. La noche todavía era joven, y aunque los ecos de la fiesta resonaban a lo lejos, para Renata el mundo se había reducido a ese rincón de la playa. Sintió, con sorpresa y un poco de deseo, que la verga que acababa de vaciarse en su boca ya volvía a endurecerse contra su vientre.

—¿Querés seguir? —preguntó él contra su oído—. Todavía no te cogí como te lo merecés.

Ella no respondió con palabras; un movimiento de cabeza bastó. Él se tendió sobre la arena, el cuerpo musculoso bajo el cielo nocturno, y con una sonrisa entre divertida y provocadora le dijo:

—Montate. Quiero verte cabalgarme.

La orden, simple y cargada de intención, le mandó una descarga por la columna. Verlo así, la polla erecta y brillante todavía por su saliva, apuntando al cielo, la intimidaba, pero también despertaba algo primitivo: la necesidad de tomar el control, de domar a ese hombre que parecía un semental.

Con la ayuda de su mano firme, se colocó a horcajadas sobre él. Apoyó la mano en la base de la verga y la guio hacia su coño empapado. Empezó a frotarse contra la punta, mojándola con su propio flujo, sintiendo cómo el glande le separaba los labios. Descendió despacio, sintiendo cómo su cuerpo se ajustaba poco a poco al tamaño. Los primeros centímetros ya le arrancaron un gemido: sentía el estiramiento, la carne dura abriéndose paso, la sensación intensa de ser llenada de a poco. Bajó otro tanto y se detuvo, respirando fuerte.

—Es… es mucho —jadeó.

—Tranquila —susurró él, las manos en sus caderas, sin empujar—. Vos mandás. Bajá cuando puedas.

Renata cerró los ojos, apretó los dientes y siguió bajando. Un tirón dulce la atravesó cuando la mitad ya estaba dentro. Se movió apenas, adelante y atrás, dejando que su cuerpo se acostumbrara, y a cada oscilación tomaba un poco más. Cuando finalmente lo recibió por completo, cuando sintió las bolas de él contra sus nalgas, un destello de orgullo la recorrió por dentro. Había logrado lo que un rato antes le parecía imposible. Estaba empalada hasta el fondo, sentía la punta apretándole el útero, y aun así quería más.

—Ya está —dijo casi sin voz—. Ya lo tengo todo adentro.

—Boa menina —gimió él—. Ahora fóllame, pequena. Movete.

Empezó a moverse, al principio con lentitud, apoyándose con las manos en su pecho. Subía casi hasta la punta y volvía a bajar, sintiendo cada centímetro entrar y salir. Los suspiros de ambos se mezclaban con el sonido del mar. Las caderas de Renata ganaron confianza y pronto entró en un ritmo natural, cabalgándolo con el culo golpeando contra sus muslos, las tetas rebotándole delante de los ojos hambrientos de él.

Él subió las manos y le agarró las tetas, apretándoselas, pellizcándole los pezones, y ella soltó un gemido que se le escapó desde el fondo. El placer crecía ola tras ola, arrastrándola más hondo. Cada vez que bajaba, la verga le tocaba un punto adentro que la hacía ver estrellas.

—Así, así, no pares —le pedía él—. Ese culo tuyo es una maravilla.

Renata se inclinó hacia adelante, buscó su boca y lo besó mientras seguía moviéndose sobre él. Ahora era él quien empujaba desde abajo, clavándole las caderas contra las suyas, haciéndola rebotar sobre su verga con cada embestida. El chasquido húmedo del sexo se mezclaba con el rumor de las olas.

—Date vuelta —dijo él de pronto, tomándola por la cintura—. Ponete en cuatro. Quiero cogerte por atrás.

Se desmontó con un jadeo, sintiendo el vacío repentino, y se puso en cuatro sobre la arena. Bajó el pecho, alzó el culo, y esperó. Él se acomodó detrás y le dio una nalgada que resonó en la noche. Renata soltó un chillido, mitad de sorpresa mitad de placer, y él le dio otra en la otra nalga.

—Que rico culo, pequena…

Volvió a metérsela de un solo empujón, hasta el fondo. Renata gritó de golpe. En esta posición la sentía todavía más profunda, tocándole lugares que no sabía que existían. Él le agarró las caderas con las dos manos y empezó a cogerla en serio, con un ritmo brutal, chocando su pelvis contra el culo de ella una y otra vez.

—Ay, sí, sí, así, cogeme fuerte, cogeme…

Las palabras le salían solas, sin filtro. Nunca había hablado así en la cama, nunca se había dejado ser tan puta, pero esa noche todo era diferente. Le agarraba la cola, le tiraba del pelo, le apretaba las tetas por atrás mientras seguía embistiéndola. Renata sentía el orgasmo acercarse, imparable, subiéndole desde las plantas de los pies.

—Me voy a correr otra vez, me voy a correr…

—Aguantá, aguantá, quiero acabar contigo —gruñó él, acelerando el ritmo hasta lo imposible.

Ella no aguantó. El orgasmo la partió al medio y la hizo hundirse en la arena, el coño apretándose alrededor de la verga en espasmos violentos. Un grito ahogado se le escapó de la garganta. Él siguió embistiendo unos segundos más, sujetándole las caderas para que no se le escapara, y después, con un rugido grave, se hundió hasta el fondo y se descargó dentro de ella. Renata sintió los chorros calientes llenándola, uno tras otro, mientras su cuerpo todavía temblaba en oleadas del orgasmo.

Cuando el clímax los alcanzó, fue como si el tiempo se detuviera. Las olas rompieron a lo lejos y el mundo pareció desaparecer un instante.

Él se retiró despacio y Renata sintió el semen escurriéndose entre sus muslos, tibio, abundante. Se dejó caer sobre la arena, boca arriba, la respiración errática. Él se tendió a su lado y la envolvió con los brazos, sosteniéndola con cuidado. Renata, por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente segura, completamente saciada, completamente cogida.

***

El camino de vuelta a la fiesta estuvo marcado por el sonido de las olas y el eco de sus pasos en la arena húmeda. Renata iba adelante, el vestido mal acomodado, los mechones pegados a la cara, sin bombacha porque el brasileño se la había guardado, y las piernas todavía temblándole un poco. Sentía el semen espeso escurrírsele lentamente por la cara interna del muslo con cada paso, y en lugar de darle vergüenza, le arrancaba una sonrisa secreta. Había algo más en sus ojos: una chispa nueva, una seguridad que nunca había sentido.

Detrás, él la seguía con el pecho descubierto y una sonrisa descarada, la mano posada con descaro sobre su culo, marcando una posesión que ya no la avergonzaba.

Camila fue la primera en notarlas.

—¡Ahí están! —gritó, corriendo hacia ellas—. Bueno, bueno, parece que nuestra Rena tuvo una noche interesante. Y mirá cómo camina, ¡la partió a la mitad!

—¡Contanos todo! —se sumó Marisol, con su calma habitual pero la mirada llena de curiosidad—. ¿Tan grande la tenía como parecía?

Renata trató de mantener la compostura, alisándose inútilmente los pliegues del vestido.

—No fue… nada —murmuró, con un tono que traicionaba la verdad.

—¿Nada? —rio Camila, cruzándose de brazos—. Tenés el semen chorreándote por la pierna, boluda. No parece que «nada» acabara de pasar.

El hombre, lejos de intimidarse, se acercó por detrás, le rodeó la cintura con un brazo y le metió la mano bajo la falda para acariciarle el culo delante de las amigas.

—Su amiga es una safadinha —dijo, guiñando un ojo—. Chupa como una diosa y coge como una loca. Va a volver por más, ya van a ver.

Renata dejó escapar un leve jadeo de sorpresa, pero no se apartó. En lugar de eso, levantó la barbilla, intentando proyectar una seguridad que recién empezaba a descubrir.

—Creo que nuestra Rena está aprendiendo rápido —dijo Marisol, la voz suave pero cargada de significado.

Las risas de sus amigas se elevaron por encima de la música, pero con un tinte de respeto. Renata había cruzado un umbral, y todas lo sabían. Su naturaleza tímida no iba a desaparecer del todo, pero esa noche, en una playa lejos de casa, había demostrado que podía ser mucho más de lo que siempre había creído.

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Comentarios(8)

Ayelén33

que bueniiisimo!! justo lo que necesitaba leer esta noche

Marcos_fdz

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo

SandraVelez

Me recordo a unas vacaciones en la costa que tuve hace anos... la playa de noche te suelta un poco jeje

NatyLectora

Lo de la amiga timida que de golpe se anima es muy real, bien captado en el relato

RubiaMar_86

Renata se robo la noche jajaja. tremendo relato

Lautaro_Sur

Excelente!! mas relatos de playa y verano por favor!!

LecturaPlena

Bien escrito y con buen ritmo, se lee rapido sin darse cuenta. Gracias por compartir

Caro_2691

Lo lei de corrido sin parar. Se siente muy autentico, eso es lo que mas me gusta de este tipo de confesiones

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