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Relatos Ardientes

Me desnudé bajo la lluvia frente a mi casa

Hola otra vez, soy Romina. Este es mi segundo relato por aquí, así que espero que hayan leído el anterior. Soy del norte, de Hermosillo, y para quien no conozca la zona les cuento que el clima es desértico de verdad: casi nunca llueve, y cuando lo hace, la ciudad entera se vuelve un caos porque nadie está preparado. Yo, en cambio, soy de las raras a las que les encanta la lluvia.

Lo que les voy a contar pasó hace un par de veranos, cuando todavía vivía con mis papás. Fue una de esas noches de finales de agosto en que por fin se rompe la sequía. Durante el día había estado lloviznando, ese chipichipi pegajoso que deja el aire húmedo, y cerca de las once de la noche la cosa se puso seria. Empezó a caer con ganas, pero sin relámpagos, que es como a mí me gusta, porque los truenos me dan un miedo ridículo.

Me desperté con el ruido del agua golpeando la ventana. Dormía como siempre, con una camiseta y un calzón cómodo, nada sexy, puro confort. Miré el reloj: pasadas las once. Y se me metió la idea en la cabeza. Quiero salir a mojarme.

Abrí un cajón y saqué una playera negra larga, de esas que me quedan tipo blusón, tan larga que tapaba por completo el calzón que traía debajo. Parecía que no llevaba nada más que esa playera. Me la puse y salí al patio en puntitas.

El agua estaba deliciosa, fresca, perfecta. Me quedé un rato dejando que me empapara y después me metí corriendo, segura de que en cualquier momento alguien iba a salir a regañarme. Pero no. Me asomé al cuarto de mis papás y los dos dormían profundamente. Nadie se había enterado.

Y ahí, en lugar de volver a la cama, pensé una travesura más grande.

***

¿Y si salgo a la calle? Lo pensé despacio, midiendo el riesgo. Con esa lluvia casi no había gente afuera, y a esa hora menos. Aun así no soy tonta: tomé las llaves de la camioneta de mi papá y las de la puerta principal. La idea era simple. Si pasaba cualquier cosa, me metía en la camioneta y me encerraba. Inteligente, ¿no?

La camioneta es una van grande, estacionada justo en la entrada, entre dos arbolitos que tenemos a los lados. No son muy frondosos, apenas dan sombra, pero para mi plan eran perfectos: me cubrían bien por los costados y, al tener pocas hojas, dejaban pasar el agua. Desde ahí podía ver a lo lejos si alguien se acercaba caminando. Y los autos casi no eran problema, porque la van me tapaba.

Abrí la puerta principal despacio, sin hacer ruido, y me asomé. Calle vacía, solo la lluvia. Salí y me recargué contra la camioneta, entre los dos árboles. Por precaución abrí la puerta trasera, miré hacia ambos lados y, aunque no venía nadie, me metí igual un rato. Desde adentro estuve vigilando como quince minutos. Pasaban luces de algún auto a lo lejos, pero nada más.

Cuando me convencí de que no había nadie, volví a salir y me apoyé en la van, otra vez en medio de los arbolitos, pero ahora dejé la puerta sin seguro, por si tenía que meterme rápido.

El agua caía fría y rica sobre mí. Me quedé otros quince minutos disfrutándola. Yo decía que no me veía sexy, porque parecía que solo llevaba una blusa negra y larga. Pero empecé a notar cómo se me ponían duros los pezones, no sé si por el agua helada o por algo más. No se transparentaban todavía, simplemente se marcaban contra la tela. Me reí sola y me volví a meter al auto.

***

El problema fue que ya había mojado el asiento. Pensé que mejor iba por una toalla para no empapar la camioneta por dentro. Entré a la casa con todo el sigilo del mundo y, otra vez, nadie se dio cuenta.

En mi cuarto noté el otro detalle: el calzón con el que dormía estaba empapado. La playera lo tapaba entero, pero igual me lo quité para ponerme otro. Y mientras buscaba cuál, me vi en el espejo. Con o sin calzón me veía exactamente igual, porque la playera lo cubría todo. Total, da lo mismo, pensé, y decidí salir solo en tanga. Si veía a alguien, me metía a la camioneta y listo.

Tomé la toalla y volví a la calle, esta vez bastante más atrevida. Antes de nada miré a los dos lados: pasaban de las doce y la calle seguía sola, idéntica a como la había dejado. Me metí primero a la van y extendí la toalla cubriendo todo el asiento, desde el respaldo hasta abajo, para poder sentarme encima sin mojar nada.

Acomodada la toalla, eché otro vistazo desde adentro. Vacío. Y seguía lloviendo fuerte. Entonces salí, me recargué de nuevo en la camioneta por fuera y, disfrutando del agua, se me ocurrió otra travesurilla.

Levantarme la playera hasta el ombligo.

Y lo hice, pero rapidísimo, no llegó ni a tres segundos. Me dio risa, porque me acordé de cuando era porrista en la prepa: en una pirámide tenías que aguantar diez segundos la formación, si no, no contaba. A ver, Romina, respira. Tomé aire, me asomé entre los árboles y ahí empezó el nerviosismo bueno, esa adrenalina, el corazón latiéndome rápido. ¿Y si alguien me ve? Miraba las ventanas, todas apagadas. Era entre semana, casi la una. Imposible que hubiera alguien.

Respiré hondo otra vez y me levanté la blusa hasta la cintura. Me recargué en la camioneta y sentí el metal mojado contra la piel, porque me había quedado en tanga. Esa sensación fría junto con la adrenalina me prendía muchísimo.

***

Estiré la playera por detrás para que se quedara arriba y me incliné hacia adelante, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, para poder espiar entre los árboles. Otra vez nada. Sé que volteaba a cada rato, pero tenía que estar segura.

Cerré los ojos, tomé valor y me la saqué entera, aunque sin sacar los brazos de las mangas, de modo que la playera quedó colgando en mi nuca, lista para volver a ponérmela de un solo jalón. Y empecé a contar. Uno, dos, tres. Súper nerviosa, con ese cosquilleo de pirámide en el estómago, pero ahora mezclado con la excitación del peligro. Llegué al diez y me la acomodé de vuelta. No me la creía. Me había atrevido.

Me metí otra vez a la camioneta, me senté sobre la toalla y me sequé un poco. Estaba feliz, excitada por lo que acababa de hacer. Y entonces noté que tanto el sostén como la tanga ya estaban empapados. Ay, Dios, ¿por qué me hiciste tan loquita?

Y sí, se me vino a la mente justo lo que están pensando. ¿Y si me los quito también y me quedo solo con la blusa? Ahí dentro de la van me quité la playera, me solté el sostén y me bajé la tanga. La traía en la mano cuando me cayó el veinte: no había revisado si la calle seguía sola. ¿Y si justo pasaba alguien y veía movimiento adentro? Igual, una vez encuerada, no había vuelta atrás.

Eché un vistazo. Nadie. Eran la una y media, la lluvia seguía. Me puse la playera, ahora sin absolutamente nada debajo. Esa sensación de la tela cayendo directo sobre la piel desnuda es increíble, fresca y descarada a la vez.

***

Abrí la puerta y salí. Me recargué de nuevo contra la camioneta, ya afuera, y dejé que la lluvia me cayera encima. Sin sostén, la tela mojada se me pegaba al cuerpo y se marcaba todo, los pezones duros, la forma del pecho. Y no solo arriba: la playera mojada se me pegaba también a las caderas, dibujándome entera. En la oscuridad cualquiera habría jurado que no llevaba nada.

¿Qué estoy pensando? ¿En serio, Romina? ¿Te vas a atrever a tanto? Tenía una conversación entera conmigo misma, tratando de convencerme. Tal vez en otra ocasión. Pero una voz me respondía: ¿Y si nunca se vuelve a dar una noche así? Y tenía razón. Una oportunidad como esa no se repite.

Me incliné otra vez en ese ángulo, sacando la cola, ya en modo descarado total, y revisé a los dos lados. Solo lluvia. Volteé a las ventanas: todas oscuras. Entonces, sin pensarlo más, me enderecé, crucé los brazos, agarré la playera por el borde —que me llegaba más o menos al muslo— y me dije: sin pensarla, porque si lo piensas te tardas horas. Y jalé hacia arriba.

La playera salió por completo y quedó hecha bolita en mi mano derecha.

Lo hice. Sin red, sin la tela en la nuca para taparme de un movimiento. Me quedé paralizada, sintiendo las gotas frías caer directo sobre mi piel desnuda. Nervios, excitación, todo a la vez. Nunca había imaginado hacer algo así, y sin darme cuenta me había metido sola en esa locura. Miré hacia abajo y me cayó el veinte de dónde estaba: parada en plena calle, frente a mi propia casa, completamente desnuda bajo la lluvia.

***

Y entonces, claro, me acordé de la regla. Tonta, no he contado los diez segundos. Si no, no cuenta. Respiré hondo y empecé.

Uno, dos. Mi respiración ya iba más rápida. Tres, cuatro. Un cosquilleo me recorría entero y empezaba a humedecerme por dentro, y eso no era la lluvia. Cinco, seis. La excitación era brutal: nervios, sentirme deseable y peligrosa, todo junto. Siete, ocho. No podía creer que apenas ocho segundos se sintieran como una eternidad. Nueve, diez. Los diez segundos más largos de mi vida.

Levanté la cara para sentir el agua caer sobre ella y pensé: ¿podrás aguantar más, Romina? Once, doce. Sonreí con esa sonrisita pícara que sé que tengo. Trece, catorce. Las gotas me bajaban por el cuello, entre los pechos, por el vientre. Quince, dieciséis. Me mordí el labio, como tantas veces lo hice para coquetear, pero esta vez de verdad. Diecisiete, dieciocho. Sentía cómo me escurría por los muslos algo que se perdía con la lluvia. Diecinueve, veinte. No podía creer lo prendida que estaba, que hubiera llegado tan lejos sin siquiera tocarme.

Veintiuno. Eres una loquita, y te encanta. Veintidós. Me mordí el labio otra vez al llegar al orgasmo, ahí, parada y desnuda en la calle, con la lluvia cayéndome encima.

Como pude abrí la puerta de la camioneta y me dejé caer sobre la toalla, todavía con los espasmos recorriéndome. Me hice bolita en posición fetal hasta que volví en mí.

***

Pasaron unos minutos en las nubes antes de reaccionar. Me puse otra vez la tanga, el sostén y la playera, y miré el reloj: pasadas las dos. Esos veintidós segundos se me habían hecho eternos. Y, fíjense, en el orgasmo ni siquiera había puesto el seguro de la puerta. Menos mal que antes alcancé a meterme y no quedarme tirada en plena calle.

Entré a la casa y, como esperaba, todos seguían durmiendo. Nadie supo nunca de mi travesura. Me fui a mi cuarto, me cambié, me puse un cachetero bien sexy porque me sentía justo así, y me acosté con una sonrisa.

Y sí, lo que se imaginan: al día siguiente me enfermé. Pero no me arrepiento de nada. Desde entonces no se ha vuelto a dar la misma situación, esa combinación perfecta de lluvia, madrugada y calle vacía. Aunque, la verdad, no sé si me atrevería a tanto otra vez… o si me atrevería a más.

Cuéntenme qué les pareció. Si les gustó, les sigo contando las más atrevidas. Saludos.

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