Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Seduje al de mantenimiento en mi escapada al hotel rural

Ilustración del relato erótico: Seduje al de mantenimiento en mi escapada al hotel rural

Reservé tres días en un hotel rural perdido entre las colinas de la sierra porque necesitaba apagar el teléfono y dejar de pensar. Llevaba meses funcionando en piloto automático: trabajo, casa, trabajo. Me prometí que ese fin de semana sería solo para mí. No imaginé hasta qué punto iba a cumplir esa promesa.

Cogí la suite más grande, una con terraza propia y un jacuzzi orientado al valle. La primera tarde bajé a la piscina. Apenas había dos parejas, ajenas a todo, así que extendí la toalla en un rincón del césped, me quité el vestido y me quedé en biquini. No me atreví a hacer topless con gente cerca; no era mi estilo llamar la atención de esa manera.

Me bañaba un rato y volvía a tumbarme al sol. Fue entonces cuando lo vi. Un hombre del servicio de mantenimiento, con pantalón corto y camiseta de tirantes por el calor de julio, revisaba unas tuberías cerca del muro. Tendría unos treinta y ocho años, la piel morena y un cuerpo fibrado, de esos que se ganan trabajando y no en un gimnasio. No paraba de mirarme. Y yo, lejos de incomodarme, estaba encantada.

Hacía demasiado tiempo que nadie me miraba así. En casa me había acostumbrado a ser invisible, una más entre reuniones y plazos de entrega. Aquella mirada ajena, descarada y a la vez vergonzosa, me devolvía una versión de mí misma que creía perdida. Me incorporé un poco sobre los codos, sin prisa, dejando que el sol me marcara la silueta, y noté cómo él se detenía un instante en mitad de su tarea antes de volver a fingir concentración.

Me quedé traspuesta unos minutos sobre la toalla. No recuerdo qué soñé, pero desperté con el cuerpo encendido, con esa inquietud cálida en el bajo vientre que hacía tiempo no sentía. Miré alrededor buscándolo y ya no estaba. Recogí mis cosas para subir a la habitación, y al levantar la vista lo descubrí en el tejado, ajustando algo bajo el sol.

Así que ahí estabas.

Subí a la suite con una idea tonta rondándome la cabeza. Salí a la terraza y miré con disimulo hacia el lateral del edificio. Se le veía perfectamente, aunque él trabajaba de espaldas, de cara al lado contrario al mío. No sé si fue por la siesta interrumpida o por las semanas de sequía, pero decidí meterme en el jacuzzi completamente desnuda, con la excusa de que el biquini no me dejara marcas.

De reojo lo vi girar la cabeza hacia mi terraza, una vez, dos veces, fingiendo que comprobaba algo en las tejas. Cada mirada robada me recorría la espalda como una corriente. Yo me comportaba como si no existiera, como si estuviera sola en el mundo, y esa actuación me excitaba más que cualquier contacto.

Al salir del agua no me sequé. Me tumbé en la hamaca, boca arriba, en el punto exacto donde sabía que él podía verme sin que pareciera evidente. Dejé que el sol me acariciara la piel mojada mientras notaba el peso de su atención sobre mí. Era un juego silencioso, y yo iba ganando.

***

Cuando terminó en el tejado, lo vi bajar. Para entonces ya tenía un plan completo en la cabeza. Llamé a recepción con mi voz más inocente.

—Disculpe, creo que la ducha de mi suite gotea, y la persiana de la terraza no cierra bien. ¿Podrían enviar a alguien?

—Por supuesto, señora. En diez minutos sube el técnico de mantenimiento.

Colgué con el corazón acelerado. Diez minutos. No quería resultar demasiado descarada de entrada, así que me puse solo la parte de abajo del biquini y una camiseta corta, ligeramente transparente, de esas que con la luz adecuada marcan todo lo que hay debajo. Me solté el pelo, me miré en el espejo y respiré hondo. Cuando sonó la puerta, abrí como si nada.

Era él. De cerca, con la frente perlada de sudor y los antebrazos marcados, resultaba aún más imponente. Le sostuve la mirada un segundo de más.

—Hola. Es la persiana de ahí y el grifo del baño —dije, señalando hacia dentro—. Si no le importa, mientras tanto yo me meto en el jacuzzi.

—Sin problema —respondió, y su voz salió un poco ronca.

Se puso a examinar el mecanismo de la persiana. Yo, de espaldas a él pero sabiendo que me observaba por el rabillo del ojo, me quité la camiseta despacio. Me quedé en topless y me metí en el agua caliente. Sentí su mirada clavada en mi nuca, bajando.

Al rato salí a por una copa de vino blanco de la nevera.

—¿Quiere tomar algo? —pregunté, ofreciéndole la botella.

Tragó saliva. Sus ojos se fueron directos a mi pecho antes de volver a mi cara.

—Cuando termine, gracias.

Sonreí para mis adentros. Salí de nuevo a la terraza, cogí el bote de crema solar y me unté el cuerpo entero con una lentitud deliberada, girándome hacia un lado y otro, dejando que él lo viera todo desde el reflejo del cristal de la puerta. Después me sumergí otra vez en el jacuzzi, fingiendo una calma que no sentía.

—Voy al baño a mirar lo del grifo —dijo desde dentro—. Igual tardo un poco.

—Tómese su tiempo —contesté.

***

Pasaron cinco minutos. La curiosidad pudo conmigo. Salí del agua sin hacer ruido, descalza sobre las baldosas tibias, y me acerqué con sigilo hacia el baño. La puerta estaba entornada. Lo que vi me dejó sin aire.

Estaba de espaldas, de cara al lavabo, con el pantalón bajado hasta los muslos y la camiseta fuera. Se masturbaba despacio, con la cabeza ligeramente inclinada, conteniendo la respiración para no hacer ruido. El grifo, por supuesto, ya estaba olvidado.

No lo pensé. Avancé los últimos pasos sin que me oyera y pegué mis pechos desnudos contra su espalda ardiente. Con una mano cubrí la suya, la que se movía, y con la otra le sostuve con suavidad entre las piernas. Se sobresaltó como si lo hubiera pillado un rayo y soltó un gemido ahogado.

—Tranquilo —le susurré al oído—. No pasa nada. Sigue.

Lo mantuve de espaldas un momento, acariciándolo despacio, sintiendo cómo temblaba bajo mis manos. Luego lo hice girarse. Sus ojos estaban oscuros, perdidos, sin rastro del trabajador discreto de hacía un rato. Lo besé. Un beso lento al principio, que se volvió hambriento enseguida, con su lengua buscando la mía y sus manos sin saber dónde posarse, como si no creyera que aquello fuera real.

Empecé a bajar. Recorrí su cuello con los labios, su pecho, su vientre tenso, dejando un rastro húmedo con la lengua mientras me arrodillaba sobre la alfombrilla. Él se apoyó en el borde del lavabo, con los nudillos blancos de apretar el mármol.

Lo besé primero alrededor, sin prisa, lamiendo la piel sensible de la cara interna de sus muslos, escuchando cómo su respiración se rompía en jadeos cortos. Cuando ya no aguantaba más, me lo llevé a la boca. Lo sentí duro, caliente, latiendo contra mi lengua. Entraba y salía, cada vez más profundo, con un ritmo que yo controlaba mientras lo sostenía con las manos.

—¿Quieres que siga? —pregunté, mirándolo desde abajo.

—Sí —jadeó—. Por favor, no pares.

Aceleré. Apreté los labios y dejé que mis manos le sujetaran las nalgas, marcándole el compás. Lo noté tensarse, a punto. Entonces sus dedos se enredaron en mi pelo y, sin previo aviso, me empujó hasta el fondo de la garganta. Sentí la primera descarga golpear caliente, y otra, y otra más, con mi cabeza apretada contra él y el aire empezando a faltarme.

Y, sin embargo, en lugar de incomodarme, aquella falta de control me arrastró. Mi propio cuerpo, que llevaba toda la tarde al borde, se descontroló sin que yo lo tocara. Tuve un orgasmo intenso, inesperado, que en ese instante apenas registré entre el vértigo y la falta de aire.

Tragué hasta la última gota. Su sabor era abundante y, curiosamente, ligeramente dulce. Cuando por fin me aparté y tomé aire, me quedé un momento de rodillas, con la frente apoyada en su muslo, recuperándome del propio temblor que aún me recorría las piernas. Después lo miré desde abajo. Estaba deshecho, con la espalda contra la pared y la respiración hecha pedazos, sin palabras.

Me levanté despacio, disfrutando del poder de aquel silencio. Él no sabía qué hacer con las manos, con la mirada, con el hecho de que la huésped de la suite acabara de arrodillarse ante él. Esa torpeza repentina, después de lo seguro que se había mostrado mirándome toda la tarde, me pareció lo más excitante de todo.

—El grifo sigue goteando —le dije, limpiándome la comisura del labio con el pulgar y una sonrisa.

Él soltó una carcajada nerviosa, todavía recuperando el aliento.

***

No volví a verlo hasta el último día, cuando me cruzó en el aparcamiento mientras cargaba la maleta. Me sostuvo la mirada un segundo, asintió con una media sonrisa cómplice, y siguió su camino sin decir nada. No hizo falta.

Vine a aquel hotel a desconectar, a olvidarme de todo durante tres días. Y vaya si lo conseguí. Aún hoy, cuando necesito escaparme un rato dentro de mi cabeza, no pienso en las colinas ni en el silencio del valle. Pienso en una puerta entornada, en una espalda ardiente y en lo fácil que es, a veces, dejar de ser la mujer prudente que todos creen conocer.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (1)

Nati_Rosario

Increible relato!! lo lei dos veces jajaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.