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Relatos Ardientes

Mi cita secreta en los baños del centro comercial

En internet se hacía llamar Bizcocho, y el nombre le quedaba perfecto. No era un cuerpo de gimnasio: era estrecho de hombros, con una barriga blanda que se le marcaba bajo la camiseta y unos brazos sin esa dureza que tanta gente persigue. A mí me gustaba justamente eso. Me atraían sus curvas, los pliegues que le hacía la piel cuando se sentaba, esa forma suya de abandonarse al placer sin pelearse con el espejo. Llevábamos semanas frente a la webcam, los dos a solas en nuestras habitaciones, sacándonos la polla el uno al otro a horas raras, y ya no nos bastaba con corrernos mirando una pantalla.

Yo soy un hombre maduro, casado, pasada la cincuentena, y eso me obligaba a una logística que él no entendía del todo. Tenía que hacer encajar la cita con un hueco de coche libre y con que mi mujer no preguntara demasiado. Bizcocho lo tenía más fácil. Rondaba los treinta, compartía piso o seguía con sus padres, nunca lo dejó claro, y para él escaparse una mañana no suponía ningún problema.

Después de varios intentos fallidos, conseguimos cuadrar un día. Él propuso el sitio y la estrategia: los aseos de un centro comercial grande, en las afueras, a primera hora, cuando las tiendas apenas levantan la persiana.

—Hay varios baños repartidos por todo el recinto —me escribió—. Te digo cuál en cuanto llegues. Tú date una vuelta y disimula.

Disimular. Como si supiera hacer otra cosa a estas alturas de mi vida.

Llegué con el estómago encogido y la polla ya medio dura dentro del calzoncillo, sabiendo lo que venía. Di una vuelta por las galerías a medio despertar, con los empleados subiendo rejas y el olor a café recién hecho de la cafetería de la entrada. Me crucé con un par de señoras mayores y con un repartidor empujando un carro. Cada persona que pasaba a mi lado me parecía una amenaza, aunque nadie me miraba siquiera. Cuando me llegó el mensaje con el baño exacto, respiré hondo y caminé hacia allí intentando que mis pasos parecieran los de cualquiera.

***

Empujé la puerta y el corazón me dio un vuelco. No había casi nadie, lo lógico a esa hora. Solo un chico, casi al fondo, lavándose las manos con una calma que no terminaba de creerme. Lo miré de reojo mientras fingía buscar algo en el bolsillo. ¿Sería él?

Me miró por el reflejo del espejo. Y en esa mirada, en la manera en que se quedó quieto un segundo de más, lo supe. Él se estaba preguntando exactamente lo mismo que yo.

Era más bajo de lo que había imaginado por las fotos, y también un poco menos corpulento, como si la cámara le hubiera regalado un cuerpo que en persona era más modesto. Pero era él. Tenía que serlo. Me acerqué al cubículo que quedaba justo detrás y entré dejando la puerta entornada, una invitación silenciosa. Él seguía con las manos bajo el grifo, mirándome a través del espejo, sopesando la decisión.

Por un instante dudé. ¿Y si me había equivocado? El chico de la webcam podía ser cualquiera, podía haberse arrepentido en el último momento y haber mandado a otro, o no haber venido. Mi cabeza empezó a fabricar desastres. Pero el que tenía delante encajaba con el perfil y, sobre todo, no se iba. Seguía allí, con el agua corriendo, esperando una señal más clara.

Se la di. Me desabroché el cinturón despacio, sin dejar de mirarlo, me bajé la bragueta y me saqué la polla por encima de la goma del calzoncillo. La tenía a medio empalmar, gruesa, con el glande ya asomando bajo el prepucio. Se la enseñé sin pudor, sujetándola por la base para que se le hiciera la boca agua desde el otro lado del baño.

Abrió mucho los ojos y se relamió. Después giró la cabeza hacia la entrada del baño, nervioso, como un animal que husmea el peligro antes de comer. Yo también lo oí: pasos, una cremallera, al menos dos hombres más entrando a los urinarios del otro lado. Bizcocho no lo dudó. Cruzó los pocos metros que nos separaban, se metió en el cubículo conmigo y cerró el pestillo a su espalda.

***

Nunca sé qué espera el otro en estos encuentros furtivos. No hay tiempo para preguntarlo, y preguntarlo lo arruinaría todo. Así que me dejé llevar y le puse las manos en el pecho. Era blando, cálido, exactamente como lo había imaginado las noches frente a la pantalla. Le subí la camiseta hasta la altura de las tetillas y le pellizqué una, y él soltó un jadeo apretado contra los dientes. Le pasé las palmas por la barriga floja, por esos michelines que en la webcam me obligaban a correrme antes de tiempo, y le apreté la carne entre los dedos. Ese tacto me lo iba a llevar conmigo, lo supe enseguida: una de esas sensaciones que uno guarda para masturbarse a solas, mucho después.

Él, en cambio, no quería que lo tocaran demasiado. O tenía prisa, o estaba demasiado tenso para entregarse a las caricias. Dio un paso atrás, me apartó las manos con suavidad y me agarró la polla con la suya, todavía húmeda del grifo. El roce frío de sus dedos alrededor del glande me hizo apretar los dientes para no hacer ruido. Me la meneó un par de veces, apretándola de arriba abajo, sacándose la piel del prepucio hasta dejarme el capullo hinchado y brillante. Y entonces, sin perder un segundo, se desabrochó sus propios pantalones, se los bajó hasta los tobillos junto con el calzoncillo y se arrodilló frente a mí sobre el suelo de baldosas.

Le vi la polla asomando entre las piernas, más corta que la mía pero gorda, ya durísima, con una gota transparente colgando de la punta. Se agarró primero los huevos, se los apretó, y después se puso a machacársela con la mano derecha mientras con la izquierda me guiaba la mía hacia su boca.

La abrió y me tragó de golpe, sin ceremonia, hasta que noté el fondo de su garganta cerrarse alrededor del glande. Tuve que morderme el labio para no gemir. Sabía lo que hacía. Usaba la humedad de su boca y de su saliva con una destreza que me desarmó. Yo me había imaginado mil veces ese momento, y la realidad lo superaba: el calor, la presión justa de sus labios apretados contra el tronco, la lengua recorriéndome la vena de abajo, el roce áspero de su barba incipiente contra los huevos cada vez que se hundía del todo. Eso último me encendía de una manera que no esperaba.

Me chupaba con hambre real. Sacaba la polla hasta la punta, me lamía el frenillo con la punta de la lengua, dejaba caer un hilo de saliva sobre el capullo y volvía a tragársela entera, ayudándose con la mano en la base. Cada vez que salía a coger aire, me la meneaba deprisa, apretándola, sin dejar que se enfriara. Una mano la mantenía sobre mi vientre, sujetándome; la otra la tenía pegada a su propia verga, machacándosela con la misma urgencia con la que se estaba mamando la mía.

Iba rápido. Demasiado rápido, casi. No buscaba alargarlo ni disfrutar del juego: buscaba un premio concreto y avanzaba directo hacia él. Comprendí entonces cuál era su deseo, lo que llevaba semanas insinuándome sin decirlo del todo. Quería que me corriera en su boca, tragarse hasta la última gota, y eso significaba que no habría nada más, que no probaría el culo de él esa mañana. Me pareció bien. Yo también prefiero la boca o la mano en estos sitios de paso, donde cualquier ruido al otro lado de la puerta te recuerda dónde estás.

Al otro lado, de hecho, alguien tiró de la cadena. Bizcocho ni se inmutó. Siguió mamando con la misma cadencia, tragándome hasta el fondo, respirando por la nariz como quien lleva años entrenando para no ahogarse con una polla en la garganta. Yo cerré los ojos y me concentré en él, en la mano que me sujetaba y en la boca que no aflojaba. Me imaginé escenas que no íbamos a vivir: a él de espaldas contra la pared del cubículo, sujetándose al depósito de la cisterna, con el culo apretado contra mi ingle y mi polla enterrada hasta los huevos en su agujero; me lo imaginé amasándole la barriga y los costados con las dos manos, embistiéndolo de pie, tapándole la boca con la palma para que no gimiera cuando entrara alguien. La fantasía me empujó al borde más rápido de lo que quería.

Le acaricié la mejilla para avisarle. Sentí, incluso, cómo mi glande abultaba por dentro. Él asintió sin separarse, preparado, y dejó que yo tomara el control mientras seguía machacándose con la mano. Le sujeté la cabeza con las dos manos, agarrándole del pelo corto, y moví las caderas despacio al principio y luego sin freno, follándole la boca a fondo, venciendo la resistencia tibia de su lengua y golpeándole el fondo de la garganta con cada empujón. Él respondió apretando los labios, cerrando el círculo, chupando con más fuerza en cada retirada, llevándome justo a donde los dos queríamos llegar.

Cuando me dejé ir, fue largo, intenso. La primera descarga se la solté directamente en el paladar y noté cómo se le escapaba un gemido ahogado alrededor del tronco. Le seguí bombeando la boca a chorros, sin dejar de moverme, corriéndome dentro con esa mezcla de alivio y vértigo de saber que estaba vaciándome en la garganta de un desconocido a tres metros de una galería comercial llena de gente normal. Él tragaba sin parar, apretándome los huevos con la mano libre, ordeñándome hasta el último espasmo.

***

No quise abusar. Hice ademán de apartarme, pero él me retuvo con la mano en el culo, terminando de exprimirme la polla a su manera, chupándome el glande con los labios muy apretados para no desperdiciar una sola gota. Cuando por fin me soltó, me pasó la lengua por debajo, limpiándome el frenillo, y me dio un último beso en la punta. Me dejé hacer hasta que ya no quedó nada que dar.

Entonces se puso de pie, y lo vi: él también estaba al límite. Se había estado tocando todo el rato y ahora tenía la polla morada, tensa, brillante de tanto machacársela con la mano llena de saliva. Me tocaba a mí devolverle la atención. Quise hacerlo. Lo deseaba de verdad. Le bajé la mano y lo agarré por la verga, dispuesto a corresponderle, a arrodillarme yo también y a metérsela en la boca hasta hacerlo correrse contra mi lengua. Lo encontré tan mojado, tan pegajoso entre los dedos, que entendí enseguida que aquello no era el principio de nada: era el final de su propio recorrido, su segunda subida en cuestión de minutos. Ya se había corrido una vez mientras me mamaba, sin que yo me diera cuenta, y ahora estaba a punto de hacerlo otra vez sólo con el roce. Saberlo me puso aún más, aunque ya no me quedara ni una gota de semen en los huevos.

Pero él se apartó. Negó con la cabeza, casi disculpándose con los ojos, y se subió los pantalones deprisa, embutiéndose la polla todavía dura dentro del calzoncillo. Bizcocho había venido a una cosa concreta, y por algún motivo que no me explicó, lo demás no entraba en sus planes. No insistí. En estos encuentros, los límites del otro se respetan sin discutir.

Abrimos el pestillo. Los aseos estaban vacíos otra vez. Me acerqué al lavabo y me arreglé la ropa con manos que todavía temblaban un poco. Si en ese momento hubiera entrado alguien, me habría visto guardándome la polla húmeda en el pantalón, pero asumí el riesgo con una tranquilidad que me sorprendió de mí mismo. Él, en cambio, no se lavó nada. Ni la boca, ni las manos manchadas de su propia corrida. Salió antes que yo, deprisa, sin mirarme.

***

Lo entendí todo unos segundos después, ya en la galería.

Una chica lo esperaba apoyada en una columna, mirando el móvil. Tendría poco más de veinte años, más rellenita que él, con ropa ajustada y demasiado maquillaje para esa hora de la mañana. Bizcocho se acercó, le dijo algo y se fueron cogidos de la mano hacia la salida. Aparentaba menos edad de la que tenía, pero ni de lejos lo suficiente como para que aquello pareciera otra cosa que lo que era. Me imaginé a la chica dándole un beso en la boca en el coche, sin saber que aquellos labios acababan de tragarse la corrida de otro hombre.

Mientras se alejaban, ella se giró un par de veces para mirarme bien, con una curiosidad que no supe descifrar. Yo me había quedado clavado en el sitio, observándolos, con la polla todavía pegajosa dentro del pantalón y esa sensación rara de haber compartido un secreto enorme con un desconocido que dos minutos después caminaba de la mano de otra persona.

Bizcocho evitó hablarme durante un par de semanas. Ni un mensaje, ni una conexión. Pensé que aquello había sido todo, una mañana y nada más. Hasta que un día, sin previo aviso, volvió a escribirme. Quería otro encuentro, decía, y subrayó la palabra: más amplio.

Me hice el duro. Le dejé los mensajes en visto, le contesté con monosílabos, le hice creer que ya no me interesaba. Y cuando lo tuve bien ansioso, con la polla dura pidiéndome verga por el chat a las tres de la mañana, le puse una condición. Una sola, pero clara: la próxima vez me abría el culo o no había nada. Sabía perfectamente que iba a aceptarla, porque los dos sabíamos quién mandaba ahora.

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Comentarios(7)

NataRosario

Que tension la que armaste desde el principio, me engancho desde la primera linea. Muy bueno!!

FernandoB77

Increible como transmitis tanto con tan pocas palabras. Se nota que lo viviste de verdad

SorpresaTotal

jajaja lo del espejo me mato, ese silencio que lo dice todo. Seguí subiendo relatos!

Valeria_mdq

Cortísimo pero redondo. Por favor una segunda parte con el mismo personaje??

PatricioR_bsas

buenísimo!!

CuriosaLectora22

Esto es confesion real o ficcion? lo contás con tanto detalle que parece vivido jaja. En todo caso muy bien escrito

Tomas_C

Me recordo a una situacion parecida que me paso hace años en una estacion de subte jaja. Ese momento de entenderse sin hablar es unico

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