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Relatos Ardientes

La confesión que me devolvió el cuerpo

Todavía recuerdo la última vez que vi a Damián salir por la puerta.

Llevaba una camisa clara mal metida dentro del pantalón, el cabello revuelto y esa prisa de siempre que a mí me sacaba de quicio. Iba tarde, como casi todas las mañanas, pero esta vez no se volvió para sonreírme. Esta vez se quedó con la mano en el picaporte, respiró hondo y me dijo:

—No quiero seguir con esto ahora, Vera. De verdad.

Yo tenía los brazos cruzados y el orgullo atravesado en la garganta. Le contesté con una dureza que ahora me sigue arañando por dentro.

—Claro, cuando te convenga hablamos. Como siempre.

Me miró con cansancio. Ni furia ni tristeza. Solo cansancio. Luego salió y cerró con cuidado, como si hasta el portazo le pareciera demasiado.

El almuerzo seguía sobre la mesa cuando sonó mi celular. Número desconocido. Lo dejé timbrar una vez. A la segunda, contesté.

Una voz masculina. Correcta. Tensa.

Me preguntó si yo era su pareja. Después dijo palabras sueltas que no pude ordenar del todo: accidente, cruce, impacto, identificación, no sobrevivió.

El teléfono se me cayó de la mano. Después me caí yo.

No recuerdo mucho de ese primer día. Solo mi propia voz llamándolo como una idiota, marcándole una y otra vez, escuchando su buzón, dejando mensajes empapados de llanto.

—Amor, por favor, contéstame. Dime que se equivocaron. Dime que sigues enojado y que vas a volver para terminar la discusión.

Pero no volvió.

Los días que siguieron fueron un pozo. El apartamento se quedó lleno de él: su vaso con una pequeña grieta, su silla frente a la computadora, su cepillo en el baño, el olor seco de su perfume todavía pegado a la ropa.

No comía bien. Dormía peor. Contestaba lo mínimo del trabajo porque no tenía otra opción. Habíamos levantado juntos una pequeña agencia de contenidos desde cero. Yo ponía la cara y el ritmo; él sostenía por detrás todo lo que yo no sabía o no quería mirar. Cuentas, pagos, plataformas, informes, incendios silenciosos.

Ahora cada archivo abierto era una prueba de su ausencia.

La única persona que no me invadió fue Mara. Me escribía poco. Preciso. Sin frases vacías.

«¿Necesitas que revise los pagos?»

«Sí.»

«¿Paso mañana por las carpetas?»

«Hazlo.»

Eso era todo. Nada de «sé fuerte», nada de «el tiempo cura». Le agradecí ese silencio más de una vez, aunque nunca se lo dije.

Mara era amiga nuestra desde hacía años. Había estado en cenas, viajes cortos, reuniones de trabajo y noches de vino donde Damián terminaba haciendo chistes malos solo para escucharme reír. También había estado en una noche que yo había guardado como una caja cerrada.

Una noche en la playa, dos veranos antes, cuando los tres nos emborrachamos un poco más de la cuenta y las miradas empezaron a durar demasiado.

No había sido una traición. Damián había sido el primero en decirlo, tumbado en la cama del hotel, con la ventana abierta y el mar sonando lejos.

—Si alguna vez pasa algo entre nosotros tres, quiero verlo todo. Quiero que sea con verdad, no a escondidas.

Yo me había reído entonces, nerviosa, creyendo que era otra fantasía para excitar la madrugada. Mara, sentada a los pies de la cama, nos miró con una media sonrisa y respondió:

—Si alguna vez pasa, será porque los dos lo quieran.

No pasó esa noche. Nos besamos entre risas, manos torpes y respiraciones rápidas, pero lo dejamos a medio camino. Al día siguiente nadie insistió. Se volvió un recuerdo cargado de electricidad, uno más entre tantos juegos, deseos compartidos y límites tocados con cuidado.

Después Damián murió y yo enterré también esa parte de mí.

***

Pasaron semanas. Tal vez meses. El tiempo dejó de funcionar con lógica.

Una tarde encontré una carpeta en la computadora con fotos de aquel viaje. Playa, terraza, cocina del departamento rentado, Damián burlándose de mí mientras yo posaba, Mara sacándole el dedo al lente y riéndose. Cerré la laptop con rabia, como si las imágenes me hubieran insultado.

Esa misma noche me metí a la ducha y me quedé inmóvil bajo el agua fría. Tenía el cuerpo dormido. No triste solamente. Dormido.

Recordé entonces una frase de Damián. Un martes cualquiera yo tenía dolor de cabeza y él venía molido del trabajo. Me dio una pastilla, se sentó en el suelo junto al sofá y, después de un rato en silencio, me dijo:

—Lo mejor de nosotros es que incluso rotos seguimos siendo nosotros.

En la ducha repetí esa frase varias veces hasta que se me quebró la voz.

No sabía quién era yo sin ese nosotros.

Dos días después Mara apareció en mi apartamento con una bolsa de compras, una carpeta de papeles y una botella de vino. No preguntó si podía pasar. Entró como quien viene a sostener una pared antes de que se caiga.

—Vas a comer algo —dijo.

—No tengo hambre.

—No te pregunté eso.

La dejé moverse por la cocina. Abrió ventanas, guardó recibos, me obligó a sentarme. Cuando me puso un plato enfrente, la miré bien por primera vez en semanas.

Seguía siendo una mujer brutalmente atractiva, pero no de una forma armada. Tenía el pelo recogido sin esfuerzo, ojeras parecidas a las mías y una boca que siempre parecía contener algo más de lo que decía. Era unos años mayor que yo, y en otro momento de mi vida yo habría notado enseguida cómo se le marcaban los brazos al alzar la olla.

Esa noche lo noté. Y me odié por notarlo.

Comimos casi en silencio. Después abrimos la botella. El segundo vaso me aflojó un poco la lengua y la rabia.

—Lo dejé ir enojado —solté.

Mara apoyó el vaso sin apartar los ojos de mí.

—Lo sé.

—No le dije que lo amaba.

—También lo sé.

—No sabes una mierda.

Ella tragó saliva. No se defendió.

—Sé que te estás haciendo pedazos con eso —dijo al fin.

La furia me subió desde el pecho. Me puse de pie tan rápido que casi tiré la silla.

—¿Y qué hago? ¿Me perdono porque sí? ¿Me repito que no fue mi culpa y ya? Se murió después de escucharme hablarle como si fuera una carga. Se murió y yo me quedé con esa última puta cara que le puse.

Mara se levantó también. No se acercó demasiado.

—Damián sabía que lo amabas.

—No estabas en su cabeza.

—No. Pero sí estuve en suficientes momentos para verlo.

Me eché a llorar con una violencia que me dobló el cuerpo. Mara me sostuvo cuando las piernas dejaron de responder. Me llevó hasta el sofá y me abrazó fuerte, sin frases. Mi cara quedó hundida en su cuello. Olía a jabón, a vino y a calle fría.

Hacía tanto tiempo que nadie me tocaba así que el simple peso de sus brazos me sacudió entera.

—Lo extraño tanto —le dije con la voz rota.

—Ya lo sé.

—Y no sé qué hacer con mi cuerpo. Está ahí, pero no soy yo.

La sentí tensarse apenas. Después me acarició la espalda muy despacio.

—No tienes que hacer nada hoy.

Levanté la cara. Nuestros rostros quedaron demasiado cerca. Vi cómo sus ojos bajaban a mi boca y subían de nuevo. Un segundo nada más. Lo suficiente.

—Eso también me da rabia —confesé.

—¿Qué cosa?

—Que a veces recuerdo... esa noche. La playa. Los tres. Y me siento una basura.

Mara cerró los ojos un instante.

—Vera...

—No por ti. Por sentir algo. Por seguir teniendo un cuerpo capaz de recordar placer cuando él está muerto.

Hubo un silencio espeso entre las dos. Ella me soltó apenas para mirarme de frente.

—Desear no es traicionarlo.

Yo negué con la cabeza, llorando todavía.

—No lo entiendes. A veces me despierto con la memoria de sus manos entre mis piernas y termino masturbándome llorando. Me corro y luego me dan ganas de vomitar. ¿Eso qué mierda dice de mí?

Mara no apartó la mirada. Su voz salió más baja.

—Dice que estás viva.

La frase me atravesó.

No sé quién se movió primero. Tal vez las dos. Lo que sé es que su boca acabó sobre la mía, suave al principio, como si todavía hubiera espacio para echarse atrás. Yo no me eché atrás. La agarré de la nuca y la besé con hambre, con rabia, con meses de no sentir nada y de pronto sentir demasiado.

Su lengua entró en mi boca despacio, probándome. Gemí contra sus labios y eso me asustó más que el beso. Hacía demasiado que no salía un sonido así de mí.

—Dime que pare —susurró, pegada a mi boca.

—No pares.

Volvió a besarme, esta vez más hondo. Su mano me subió por la cintura, por las costillas, hasta apretarme un pecho por encima de la camiseta. El pezón reaccionó enseguida, duro, sensible, casi doloroso. Solté aire por la nariz, temblando.

—Mírame —dijo.

Lo hice.

—Si seguimos, no voy a tratarte como de cristal.

Sentí calor en el bajo vientre por primera vez en meses. Crudo. Inesperado.

—No quiero que me trates como de cristal.

Me quitó la camiseta despacio, observándome como si quisiera darme tiempo para arrepentirme. No lo hice. Me saqué el sostén con manos torpes y me quedé desnuda de cintura para arriba frente a ella. Su respiración cambió al verme. Bajó la cabeza y me chupó un pezón con una avidez que me hizo arquear la espalda de golpe.

—Mierda —jadeé.

Mara me lamió en círculos, atrapándolo entre los labios, mientras con la otra mano me amasaba el otro pecho. No era una caricia cuidadosa. Era firme, húmeda, directa. Justo lo que mi cuerpo parecía estar rogando en silencio.

Me agarré de sus hombros cuando bajó besándome por el vientre y se arrodilló entre mis piernas. Todavía llevaba puestos los pantalones y eso me hizo sentir ridícula, expuesta. Ella me miró desde abajo y me desabrochó el botón sin dejar de sostenerme la mirada.

—Si quieres parar, para ahora —dijo.

—Quítamelos.

Lo hizo. Pantalón y ropa interior de una vez, arrastrándolos hasta mis tobillos. Después separó mis rodillas con las manos y soltó un suspiro áspero al verme.

—Estás empapada.

La vergüenza me duró medio segundo. Luego me agarró los muslos, me abrió más y me pasó la lengua de abajo arriba, lenta, entera, desde la entrada hasta el clítoris. El gemido me salió ronco, sucio, como si llevara años atrapado.

Mara no se detuvo. Me chupó el clítoris con precisión obscena, alternando succiones cortas con lengüetazos largos que me desarmaban las piernas. Cada vez que yo intentaba cerrarlas, me las volvía a abrir con firmeza.

—Quédate así —murmuró contra mi coño.

Metió dos dedos de golpe, profundos, y yo casi la pateé de la sacudida. Tenía la boca pegada a mi clítoris mientras los dedos entraban y salían empapados, doblándose dentro de mí hasta encontrar el punto exacto que me hizo ver blanco.

—Joder... sí... ahí —balbuceé.

Me estaba follando con la mano y con la boca, sin pausa, como si conociera de memoria la violencia exacta que necesitaba. El sonido de mi humedad, de su lengua, de sus dedos entrando y saliendo, llenó el departamento en un ritmo obsceno que me habría avergonzado en cualquier otro momento.

Esa noche solo quería más.

—No me trates suave —dije, casi sin reconocer mi propia voz.

Mara levantó la cara. Tenía la boca brillante.

—No pensaba hacerlo.

Me hizo girar y me empujó hasta dejarme de rodillas sobre el sofá, con el pecho contra el respaldo. Me bajó más la cadera y me abrió el culo con las manos para mirarme mientras su otra mano volvía a frotarme el clítoris por delante. El gemido que solté fue casi un grito.

—Así te quería —susurró.

Sentí un golpe de culpa tan fuerte como el deseo.

—Mara...

Me dio una nalgada seca. No brutal, pero suficiente para dejarme ardiendo.

—No te vayas de aquí. Quédate conmigo.

La orden me aterrizó en el cuerpo. Asentí, jadeando. Ella volvió a darme otra palmada, esta vez más fuerte, y el dolor breve se mezcló con el placer de su dedo mojado frotándome el clítoris. Después me metió tres dedos de una vez.

—Mierda —grité.

—Eso es. Dime cómo lo quieres.

—Más fuerte.

Me los clavó hasta el fondo y empezó a follarme la mano con un ritmo duro, constante, mientras con el pulgar me castigaba el clítoris en círculos rápidos. Cada embestida de sus dedos hacía sonar mi coño abierto y mojado. Yo empujaba hacia atrás como una desesperada, buscando más profundidad, más fricción, más castigo.

—Estás apretando como si no te hubieran tocado en años —dijo.

—Porque nadie me ha tocado.

—Pues hoy sí.

Me corrí con una violencia que me dejó sin aire. El orgasmo me sacudió los muslos, el vientre, la espalda entera. Sentí cómo me escurría sobre sus dedos mientras seguía moviéndolos, sin darme descanso, obligándome a atravesarlo completo.

—No, no, espera... —jadeé.

—Todavía no.

Me sacó los dedos solo para empujarme de nuevo boca arriba. Se quitó la ropa en segundos. Cuando la vi desnuda, adulta, segura, con esa expresión de hambre contenida, sentí otra oleada de calor más baja, más pesada.

Se sentó sobre mi cara sin pedir permiso. Instintivamente le agarré las caderas y le abrí los labios con la lengua. Su sabor me llenó la boca, espeso y salado. Mara dejó caer la cabeza hacia atrás y empezó a moverse sobre mí, frotándose contra mi lengua con pequeños empujes que se volvieron cada vez más impacientes.

—Así... así, joder —gimió.

Yo la lamía abierta, hundiendo la lengua todo lo que podía, alternando con chupadas al clítoris que le hacían temblar los muslos sobre mis hombros. Bajó una mano, me agarró del pelo y empezó a guiarme sin cuidado, usándome. Le gustaba mandar. Siempre lo había sospechado; ahora lo estaba probando.

Con la otra mano me metió dos dedos en el coño otra vez. Yo la chupaba mientras ella me follaba con la mano, y el placer duplicado me tenía perdida, húmeda, gimiendo dentro de su cuerpo.

Mara se corrió sobre mi boca con un gemido roto. Sentí cómo su pelvis se tensaba y después latía, cómo me apretaba la cara entre los muslos mientras yo seguía lamiéndola para sacarle hasta la última contracción. Se bajó de mí respirando fuerte, me miró un segundo y sonrió de una manera casi feroz.

—Ahora te toca otra vez.

Fue al bolso y sacó un arnés pequeño con un dildo negro que me hizo contener el aliento. Debió ver mi expresión, porque se acercó a la cama y me acarició la mejilla con los nudillos.

—Damián sabía que yo tenía esto —dijo en voz baja—. Aquella noche en la playa me pidió que no lo llevara porque quería ir lento contigo.

La mención de su nombre no apagó el deseo. Lo encendió de otra manera, cargándolo de memoria y de una ternura brutal que casi me hizo llorar.

—Él quería verme disfrutar —susurré.

—Sí.

—Entonces fóllame.

Mara se puso el arnés sin apartar los ojos de mí. Yo me abrí sola sobre el sofá, todavía temblando. Ella me sostuvo una pierna sobre su hombro y me frotó la punta del dildo por la entrada, empapándolo con todo lo que me seguía saliendo.

—Mírate —dijo—. Estás chorreando.

Luego entró despacio al principio, estirándome centímetro a centímetro hasta que tuve que morderme el labio para no gritar. Cuando estuvo dentro del todo, me dio un segundo apenas.

—¿Bien?

—Muévete.

La primera embestida fue profunda y seca. La segunda, más fuerte. A la tercera yo ya estaba agarrada de las sábanas, ofreciendo las caderas, abriéndome más para recibirla. El arnés golpeaba mi coño con un ritmo firme que me hacía rebotar el cuerpo entero. Mara sabía usarlo; no estaba jugando a nada. Me follaba de verdad.

—Así —decía entre dientes—. Así te quería oír.

Cada empuje me arrancaba un sonido distinto. A veces un gemido. A veces un insulto. A veces el nombre de ella. Me tocó el clítoris mientras seguía embistiendo y sentí que el segundo orgasmo se armaba demasiado rápido, como un nudo caliente subiendo por la pelvis.

—Voy a correrme —dije, deshecha.

—Pues córrete.

Aumentó el ritmo. El sonido del arnés chocando contra mi piel y de mi coño tragándolo una y otra vez era obsceno, húmedo, animal. Me vine gritando, con las piernas abiertas de par en par y la mano de Mara presionándome el vientre mientras seguía penetrándome hasta prolongar el orgasmo en espasmos casi dolorosos.

Creí que ahí terminaría, pero no. Me hizo ponerme a cuatro sobre la cama. Me lubricó con mis propias ganas, me abrió con los dedos y volvió a entrar por detrás, más profunda en esa postura, empujándome el cuerpo hacia delante a cada embestida.

Yo estaba llorando otra vez. No de tristeza pura ni de placer puro. De ambas cosas mezcladas hasta no distinguirlas.

—Lo siento —se me escapó.

Mara me agarró del pelo y me arqueó la espalda.

—No me pidas perdón por esto.

—No sé si es por ti.

—No importa. Sigue.

Me folló así, duro y constante, mientras con la otra mano me rodeaba la garganta sin apretar de más, solo recordándome que estaba ahí, que tenía un cuerpo, que seguía respirando. Yo empujaba hacia atrás al compás, ofreciéndole más, necesitando sentirla hasta el fondo.

—Dilo —ordenó.

—¿Qué?

—Que estás viva.

Una embestida me hizo gemir antes de poder hablar.

—Estoy... viva.

—Más fuerte.

—¡Estoy viva!

Se me apretó todo por dentro. Un tercer orgasmo me cayó encima como una descarga brutal. Me corrí temblando, con el clítoris latiendo y el coño contrayéndose alrededor del dildo mientras Mara seguía empujando unas cuantas veces más, sacándome gemidos rotos, hasta detenerse y apoyarse sobre mi espalda.

Las dos respirábamos como si hubiéramos salido de un incendio.

***

Después me llevó a la ducha. Me lavó el cuello, los pechos, el vientre, los muslos. No como una amante satisfecha, sino como alguien que sabe que a veces cuidar también es una forma de deseo.

Yo me apoyé contra los azulejos y la dejé hacer. Cuando terminó, me envolvió en una toalla y me llevó a la cama.

Nos acostamos desnudas, de lado, frente a frente. Yo esperaba sentir culpa. Una culpa limpia, inmediata, que pusiera orden. Pero no llegó así.

Llegó otra cosa. Un dolor menos helado.

—No quería olvidarlo —dije al cabo de un rato.

—No lo hiciste.

—Tenía miedo de que si volvía a sentir placer... lo estuviera borrando.

Mara me apartó un mechón húmedo de la frente.

—No se borra a quien te construyó por dentro. Lo que hicimos no lo reemplaza. Solo te devolvió una parte de ti.

Cerré los ojos. Pensé en Damián riéndose en la cocina, robándome besos con sabor a salsa, diciendo barbaridades para provocarme, hablándome de futuros imposibles en ciudades que ya no visitaríamos juntos. Pensé también en aquella noche de la playa y en cómo nos había mirado a Mara y a mí, como si el deseo pudiera ser una confianza más entre nosotros.

Lloré en silencio otra vez, pero esta vez sin sentir que me vaciaba.

—Él habría querido que no me muriera con él, ¿verdad? —pregunté.

Mara tardó en responder.

—Sí. Y tú lo sabes.

Nos quedamos calladas mucho rato.

Afuera seguía existiendo la ciudad: motos lejanas, un ascensor subiendo, algún vecino cerrando una puerta. Adentro, por primera vez en muchísimo tiempo, mi cuerpo no era una tumba. Era un cuerpo cansado, sensible, incluso adolorido entre las piernas. Pero mío.

Antes de dormir, Mara me besó la frente.

—No tienes que decidir nada mañana —murmuró.

—No voy a pedirte promesas.

—Bien.

—Pero quédate esta noche.

—Me quedo.

Le agarré la mano bajo la sábana y me dormí así.

No curada. No en paz. No convertida de pronto en alguien nueva.

Solo menos rota.

Y cuando desperté de madrugada, con el cuerpo todavía caliente y la cara pegada a su hombro, por primera vez en mucho tiempo no pensé en el último portazo. Pensé en otra cosa.

En que seguía doliendo. En que lo seguiría amando. En que todavía podía correrse la vida por dentro aunque una parte de mí se hubiera quedado para siempre con él.

Y en esa verdad, áspera y tierna a la vez, encontré mi confesión más difícil:

no quería morir con el recuerdo.

Quería aprender a tocar de nuevo el mundo sin dejar de extrañarlo.

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Valora este relato

Comentarios(7)

RomiC_21

excelente!!!

Einar

Qué bien escrito esto, se siente cada palabra.

DiegoSalta_ok

Por favor seguí con esto, necesito saber que pasa despues...

LauraCba_87

Me emocioné leyendo esto, me recordó a una etapa mia que creí que no iba a superar. Gracias por escribirlo.

Curiosa_99

Es autobiografico o es ficcion? porque suena muy real

ValeBaires

Relato hermoso, no esperaba que me tocara tanto. Sigue escribiendo!

MarcelinaT

Hace mucho no leia algo que me dejara pensando un rato despues de terminar. Muy bueno.

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