La confesión que terminó en su cama
Lo que voy a contar pasó después de demasiados meses de miradas largas, mensajes borrados y una tensión que ya no se podía disimular. No voy a usar nuestros nombres reales, así que diré que ella era Diana y que yo era Julián. Los dos adultos, libres, perfectamente conscientes de lo que estábamos haciendo y de lo mucho que lo habíamos deseado antes de atrevernos.
Salimos de cenar tarde, con ese silencio espeso que no es incómodo, sino peligroso. En el restaurante habíamos hablado de cualquier cosa menos de lo evidente, pero debajo de la mesa su rodilla no dejó de rozar la mía. Cada vez que lo hacía, me apretaba la mandíbula para no decir una barbaridad delante de todo el mundo.
Cuando llegamos a su casa, las llaves le temblaban en la mano. Yo iba detrás de ella, viendo cómo intentaba acertar en la cerradura con una respiración cada vez más rápida. Me acerqué por la espalda, le aparté el cabello del cuello y le mordí suave la piel mientras mis manos le rodeaban la cintura.
—Si sigo así, no voy a poder abrir —murmuró, con la voz ya rota.
—Entonces deja de intentar parecer tranquila —le dije al oído.
La puerta cedió por fin. Entró casi tropezando, dejó el bolso tirado sobre el suelo del recibidor y soltó las llaves sobre una consola con un golpe seco. En cuanto se giró, me agarró de la camisa y me besó con una urgencia que llevaba demasiado tiempo contenida.
No fue un beso bonito ni delicado. Fue un choque de hambre. Su lengua entró en mi boca con decisión, mis manos se cerraron sobre sus caderas y la empujé hacia adentro mientras seguíamos besándonos sin orden, chocando contra la pared y soltando pequeñas respiraciones entrecortadas.
—Sube conmigo —dijo, separándose apenas unos centímetros—. No quiero perder ni un minuto más.
La seguí escaleras arriba, mirándole el culo bajo el vestido ajustado, viendo cómo se quitaba los tacones a mitad del pasillo sin dejar de mirarme. Cuando entramos en su habitación, cerró la puerta con la espalda y se quedó quieta un segundo, como si necesitara comprobar que eso estaba pasando de verdad.
Yo también la miré en silencio. Era alta, morena, de ojos claros, y llevaba un vestido oscuro que le marcaba el cuerpo de una forma obscena. Tenía esa mezcla de nervios y decisión que me volvía loco. Me acerqué despacio, le puse una mano en la nuca y volví a besarla, esta vez más hondo, más lento, saboreándola.
Ella me desabrochó la camisa sin dejar de mirarme. Sus dedos temblaban un poco, pero no por duda, sino por exceso de ganas. Cuando abrió el último botón, me pasó la palma por el pecho desnudo y sonrió con incredulidad.
—No sabes cuántas veces imaginé esto.
—Yo sí lo sé —respondí—. Porque hice lo mismo.
Le bajé los tirantes del vestido con calma, disfrutando cómo su respiración se aceleraba. La tela fue resbalando por sus hombros, por su cintura, por sus muslos, hasta caer a sus pies. Debajo llevaba lencería negra de encaje que me hizo soltar un suspiro sucio, de esos que salen solos.
—Te pusiste esto para mí.
—Me lo puse sabiendo cómo ibas a mirarme.
La agarré de la cintura y la besé otra vez, más fuerte. Ella me mordió el labio y respondió apretando su cuerpo contra el mío, dejándome sentir el calor de sus pechos y la presión de sus caderas. Fuimos avanzando a ciegas hasta la cama, sin soltarnos, hasta que la hice caer sobre el colchón y me quedé de pie mirándola.
Se apoyó en los codos y me recorrió con la vista mientras yo me quitaba el pantalón y la ropa interior. Mi polla salió dura, tensa, ya húmeda en la punta. Diana se pasó la lengua por los labios y abrió un poco más las piernas sin dejar de sostenerme la mirada.
—Ven —ordenó, sin rastro de timidez.
Me arrodillé frente a ella. Empecé besándole los tobillos, luego las pantorrillas, subiendo despacio por la parte interior de sus muslos. Noté cómo los separaba más, invitándome a seguir. La tela de su tanga estaba empapada y al rozarla con la nariz ella dejó escapar un gemido grave, de puro alivio.
—Joder... sí...
Metí los dedos por los laterales del encaje y tiré de la prenda hacia abajo. Diana levantó las caderas para ayudarme. Cuando por fin se quedó desnuda de cintura para abajo, la observé un momento: abierta para mí, mojada, respirando con la boca entreabierta y una necesidad tan clara que no hacía falta decir nada.
Le di un beso justo encima del pubis y luego otro entre sus labios hinchados. Su cuerpo se tensó de inmediato. Pasé la lengua despacio, de abajo arriba, abriéndola, saboreando cómo se mojaba aún más para mí, y cuando rodeé su clítoris con la punta, soltó un gemido alto que llenó toda la habitación.
—No pares, no pares...
Le sujeté los muslos y me hundí entre sus piernas con ganas. Lamí su coño entero, alternando pasadas largas con movimientos cortos y rápidos sobre el clítoris. Cada vez que introducía la lengua un poco más, ella arqueaba la espalda y me agarraba del pelo con fuerza, guiándome contra su sexo húmedo.
Yo disfrutaba escuchándola perder el control. Sus gemidos ya no eran elegantes ni medidos; eran sucios, rotos, honestos. Le metí dos dedos de golpe mientras seguía chupándole el clítoris, y el cuerpo le tembló entero.
—Julián... joder... así...
Mis dedos entraban y salían empapados, doblándose dentro de ella mientras mi boca no dejaba de trabajar. Sentía cómo se iba cerrando cada vez más, cómo me apretaba, cómo sus caderas buscaban mi cara con desesperación. La cama rechinaba bajo sus movimientos y el aire se había llenado de ese olor caliente a sexo recién abierto.
—Me voy a correr —dijo casi suplicando.
Levanté la cabeza apenas un segundo.
—Todavía no. Quiero oírte pedirlo bien.
Me miró con los ojos brillantes, excitada por la orden.
—Entonces fóllame de una vez.
Eso era lo que quería oír. Subí por su cuerpo besándole el vientre, el estómago, el canal entre los pechos, hasta volver a su boca. Ella me recibió con un beso mojado, desesperado, y se rio al notar su propio sabor en mis labios. Yo también sonreí, pero no duró mucho: tenía la polla demasiado dura para perder más tiempo.
La agarré con la mano y la pasé lentamente por su coño. La punta resbaló entre sus labios empapados una y otra vez. Ella jadeó, moviendo las caderas para pedir más, para buscarla.
—No me tortures.
—Llevamos meses torturándonos solos —le contesté—. Ahora aguanta.
Le metí solo la punta y se quejó de pura necesidad. La saqué, la volví a rozar y esta vez entré un poco más. La noté abrirse, ceder, recibirme con calor. Nos estábamos mirando cuando la empujé por completo dentro de ella. El gemido nos salió a los dos al mismo tiempo.
Se quedó inmóvil un segundo, con la boca abierta y las uñas clavadas en mis hombros. Yo también necesitaba ese instante. Su coño me apretaba de una forma obscena, húmeda y caliente, como si me hubiese estado esperando exactamente así.
—Joder, sí —murmuré—. Por fin.
Empecé a moverme despacio, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar hondo. Cada embestida arrancaba un gemido distinto. Sus piernas se fueron abriendo más, sus talones se clavaron en la cama y sus manos bajaron por mi espalda hasta apretarme el culo, obligándome a meterla más fuerte.
—No tan lento —me exigió—. Quiero sentirte de verdad.
Le obedecí. El ritmo cambió enseguida. Mis caderas empezaron a golpear con más fuerza, mi polla entraba y salía húmeda, dura, resbalando en ese coño que ya estaba completamente abierto y dispuesto para mí. El sonido del choque de nuestros cuerpos se mezcló con sus gemidos y con mis respiraciones cortadas.
La besaba entre embestida y embestida, le mordía el cuello, le lamía el lóbulo de la oreja, mientras una de mis manos le apretaba un pecho por encima del sujetador. Ella se retorcía debajo de mí, excitada, hambrienta, diciendo mi nombre como si se le estuviera quemando en la lengua.
De pronto me rodeó con las piernas, apretó el abdomen y giró nuestros cuerpos con una soltura que me sorprendió. Quedó encima de mí sin sacarse la polla, y verla así, montándome con el pelo desordenado y la cara enrojecida, me puso todavía más duro.
Apoyó las manos en mi pecho y empezó a cabalgarme. Primero con un ritmo largo y profundo, dejando que la sintiera entera. Luego más rápido. Más sucio. Sus caderas subían y bajaban, su coño tragándome una y otra vez mientras sus pechos rebotaban contenidos por la lencería.
Le desabroché el sujetador por la espalda sin apartar la vista de ella. La prenda cayó a un lado y por fin tuve sus tetas desnudas delante. Las agarré con hambre, sintiendo cómo sus pezones se endurecían entre mis dedos. Diana gimió más fuerte y se inclinó hacia mí para meterme uno en la boca.
La chupé con ganas, alternando una teta y otra mientras ella seguía follándome arriba, jadeando, empapándome el abdomen con el vaivén de su sexo. Yo le amasaba el culo, a veces apretándolo, a veces soltándole una palmada seca que hacía que se estremeciera y se moviera todavía con más rabia.
—Así... así... no pares —repetía.
El roce de su clítoris contra mi pelvis la estaba volviendo loca. Se notaba en cómo se aceleraba, en cómo sus músculos empezaban a temblar, en cómo me apretaba cada vez que bajaba del todo. La miré un momento: la boca abierta, los ojos entrecerrados, el sudor pegándole mechones a la cara.
—Te vas a correr encima de mí —le dije.
—Sí... sí, joder... me voy a correr...
Le sujeté las caderas y empecé a impulsarla yo desde abajo, clavándole la polla a un ritmo duro. Eso fue suficiente. Diana dejó caer la cabeza hacia atrás y explotó en un orgasmo brutal, apretándome dentro de su coño con espasmos tan fuertes que casi me hace acabar con ella. Se derrumbó sobre mi pecho temblando, gimiendo sin vergüenza, mientras yo seguía dándole embestidas cortas, alargando su sacudida.
Le besé la boca despacio mientras recuperaba aire. Le acaricié la espalda, le aparté el pelo de la cara y sentí cómo seguía palpitando alrededor de mi polla. Estaba sensible, agotada y aun así tenía esa sonrisa de quien no piensa parar.
—No hemos terminado —susurró.
Se apartó de mí, salió lentamente de mi polla y se colocó en el borde de la cama. Apoyó las manos en el colchón y me ofreció el culo con una seguridad que me hizo apretar los dientes. Su espalda arqueada, las nalgas en tensión, los muslos aún marcados por mi agarre. Era una invitación demasiado clara.
Me levanté detrás de ella y le di una palmada fuerte. La marca roja apareció al instante sobre su piel. Diana gimió y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Más duro.
Le acaricié la marca con la palma antes de volver a golpearla. Después le sujeté las caderas, coloqué la polla en su entrada húmeda y se la metí de una sola embestida hasta el fondo. Gritó, no de dolor, sino de puro exceso de placer, y el sonido me desordenó por dentro.
Empecé a follarla de pie, agarrándola con firmeza. Cada empujón hacía temblar la cama. Sus nalgas rebotaban contra mi pelvis y sus pechos se rozaban con la sábana a cada movimiento. Le recogí el pelo con una mano, haciendo una coleta improvisada, y tiré ligeramente para levantarle la cara.
—Mírame.
Lo hizo. Tenía los ojos húmedos, no de tristeza, sino de intensidad. De sentir demasiado. De estar entregándose del todo.
—Así —jadeó—. Fóllame así.
Apreté más fuerte y aceleré. Mi polla entraba y salía con un sonido mojado, espeso, cada vez más sucio. Ella empujaba hacia atrás para recibirme, buscando que llegara hondo. Entre gemido y gemido me pedía más, más duro, sin cuidado, como si hubiera estado esperando meses precisamente esta brutalidad.
Le di otra palmada en el culo y luego le bajé la mano entre las piernas para buscarle el clítoris. En cuanto empecé a frotarlo, su cuerpo casi cedió. Las piernas le temblaron, los brazos apenas la sostuvieron y su coño me apretó de golpe con violencia.
—No puedo... no puedo... joder...
—Sí puedes. Córrete otra vez.
La orden le terminó de romper el control. Se corrió con un gemido largo, sucio, sacudiéndose entera mientras seguía follándola por detrás. Sentí cómo se mojaba todavía más, cómo su cuerpo chorreaba y se contraía alrededor de mi polla. La sostuve por la cintura para que no se desplomara del todo y seguí unas cuantas embestidas más, disfrutando cómo se rendía al espasmo.
Cuando paré, respirábamos como si hubiéramos corrido una maratón. Diana se giró despacio, me pasó una mano por el pecho y me besó con una ternura inesperada, todavía desnuda, todavía jadeando, todavía con la cara encendida.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Se arrodilló en el borde de la cama y me miró desde abajo. Mi polla seguía dura, brillante, manchada con su excitación. Ella la rodeó con la mano y soltó una sonrisa lenta al notar su grosor. Luego acercó los labios y besó el tallo antes de pasar la lengua desde la base hasta la punta, saboreándose a sí misma sobre mí.
Tuve que apoyarme en la cama para no empujarle la cara de inmediato.
—Joder, Diana...
Me la chupó primero despacio, como si quisiera provocarme. La punta desaparecía entre sus labios, húmeda y caliente, mientras su mano marcaba un ritmo firme en el resto del tallo. Después fue metiéndosela más, respirando por la nariz, mirándome de vez en cuando con esos ojos claros llenos de malicia.
Le acaricié el pelo mientras ella seguía bajando. Mi polla entró más y más en su boca hasta tocarle la garganta. Se atragantó un poco, apenas un segundo, y en lugar de apartarse soltó un gemido que vibró alrededor de mí y me hizo soltar una maldición.
—Así me vuelves loco.
Ella entendió enseguida. Mantuvo el cuello relajado y dejó que yo empezara a marcar el ritmo con las caderas. No fui brutal, pero sí firme. Le follé la boca despacio al principio, viendo cómo la saliva le resbalaba por la barbilla, cómo sus labios se abrían para recibirme entera, cómo su lengua me apretaba por debajo cada vez que salía y volvía a entrar.
El espectáculo era obsceno. Tenía una mano apoyada en mi muslo y la otra sobre mi polla, ayudando en la base cuando yo le entraba hasta la garganta. Cada vez que levantaba la vista para mirarme, me costaba no correrme en ese mismo instante.
—No pares —le pedí, ya sin fingir control—. No pares ahora.
Ella aceleró la mamada por su cuenta. Sacaba y metía la polla con una mezcla de hambre y técnica que me desarmó. La saliva brillaba en su boca, en su barbilla, en mis huevos. Mis caderas empezaron a perder el ritmo, señal de que estaba al borde.
Se apartó justo a tiempo, sin soltarme del todo. Me pajó rápido, con la boca abierta y la lengua fuera, mirándome fijo mientras yo terminaba de romperme. El orgasmo me subió desde el abdomen hasta la garganta y me corrí con un gemido seco, soltándole chorros calientes sobre la cara, la boca y la lengua.
Diana no apartó la vista. Recibió la corrida entera con una expresión de puro orgullo, siguió moviendo la mano hasta exprimir las últimas sacudidas de mi polla y luego se pasó la lengua por los labios, saboreando parte del semen antes de sonreírme.
Me senté en la cama, todavía temblando, y la atraje hacia mí. Nos besamos así, desnudos, sudados, con el cuerpo todavía encendido y el pulso aún acelerado. Luego cayó a mi lado y se quedó pegada a mi pecho.
Durante unos minutos no dijimos nada. Solo respiramos. Yo le acariciaba la espalda, ella me dibujaba círculos en el abdomen, y los dos sabíamos que aquella noche no había sido un accidente ni un impulso tonto. Había sido la consecuencia inevitable de todo lo que veníamos callando.
—Supongo que esta era la confesión que me faltaba hacerte —murmuró.
—¿Cuál?
Levantó la cabeza y sonrió, todavía con la mirada brillante.
—Que llevaba demasiado tiempo imaginando exactamente cómo ibas a follarme.
Le besé la frente, luego la boca.
—Y yo llevaba demasiado tiempo esperando comprobar si la realidad iba a ser mejor.
—¿Y lo fue?
La agarré del muslo, apretando lo justo para hacerla reír.
—Mucho mejor. Y esto recién empieza.
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