Mi mejor amiga me provocó hasta que me harté
Esta historia empieza mucho antes de la tarde que de verdad importa, así que déjame ponerte en situación. Hace unos años terminé los estudios y entré a trabajar en un taller pequeño, a casi una hora de la casa de mis padres. Fue el empujón que necesitaba para buscar algo que llevaba tiempo deseando: mi propia llave, mi propio espacio, una independencia que tardé en conseguir pero que por fin llegó un otoño cualquiera.
Lo primero que hice con esa libertad fue celebrarla. Llamé a una vieja conocida que vivía cerca de mi nuevo barrio y quedamos para salir. Esa noche me presentó a su grupo, gente que terminaría siendo importante para mí. De aquella primera salida nacieron amistades que todavía conservo, y una en concreto que me marcó más de lo que me hubiera gustado admitir entonces.
Recuerdo esa noche como si fuese ayer. Fuimos saltando de bar en bar, una copa aquí, un chupito allá, una cerveza más adelante, hasta que entramos en un local donde, según ellos, faltaba por aparecer una amiga que yo aún no conocía.
Y vaya sorpresa me llevé.
Allí estaba Carla, bailando en mitad de un corro de amigos como si el resto del local no existiera. Era menuda, de movimientos descarados, y bailaba bajando casi hasta rozar el suelo. Tenía el pelo teñido de un rojo encendido que esa temporada le quedaba salvaje, una cara bonita y una manera de mirar que iba directa al desafío. No era una belleza de revista, tenía sus cosas, pero había algo en su actitud que enganchaba más que cualquier rasgo perfecto.
La noche pasó sin más historia. Mucha gente nueva, conversaciones a gritos sobre la música y poco que recordar al día siguiente. Pero los fines de semana siguientes fueron tejiendo lo que al principio era curiosidad y terminó convertido en una amistad de las de verdad. Con Carla, sobre todo. Acabamos siendo inseparables, para lo bueno y para lo malo.
Y aquí viene la parte incómoda. Durante todo ese tiempo lo intenté. Muchas noches, muchos gestos torpes, muchos acercamientos que siempre chocaban contra la misma pared.
—No —me decía—, eres mi amigo y lo vamos a estropear.
Razón no le faltaba del todo. La amistad terminó estropeándose, sí, aunque por motivos que ninguno de los dos vio venir.
***
Cuando llegó aquel año raro que nos encerró a todos en casa durante meses, lo nuestro empezó a resquebrajarse. Yo vivía solo. Ella convivía con su madre, que andaba delicada de salud, así que decidimos probar a pasar el encierro juntos. Total, iban a ser un par de semanas, o eso creíamos. Las dos semanas se convirtieron en dos meses.
Y la convivencia fue un desastre. Demasiados roces, demasiado poco espacio y dos caracteres que chocaban a la mínima. Acabamos más distanciados de lo que habíamos estado nunca. Y no, antes de que lo pienses, los roces no fueron del tipo que probablemente hubiera mejorado el ambiente. Ojalá hubieran sido de ese tipo.
El encierro me dejó sin trabajo y, sin ingresos, no me quedó otra que volver a casa de mis padres con la cabeza gacha. Con el tiempo encontré otro empleo, conocí a una compañera y empecé una relación con ella. Y la amistad con Carla, que antes era de vernos cada fin de semana, pasó a ser de unas horas sueltas un día cualquiera al mes, si había suerte.
Fue justo en uno de esos encuentros forzados donde ocurrió lo que de verdad te quiero contar.
Porque por mucho que quedáramos e intentáramos recuperar el buen rollo, ya no era lo mismo. Y Carla tiene carácter. Demasiado. Y cuando quiere, se las apaña para soltarte pullas hasta dejarte sin paciencia.
—Es que ya no eres el de antes —decía.
—Desde que tienes pareja ni propones quedar —remataba.
Y un largo etcétera de comentarios que terminan hinchando a cualquiera. Yo siempre fui de aguantar, de tragarme las cosas y poner buena cara. Pero todos tenemos un límite, y el mío lo encontré una tarde de agosto.
***
Estábamos en su piso. Vive cerca de la costa, y desde su balcón se ven el mar y la piscina comunitaria, así que la tarde prometía. Teníamos un par de cervezas frías, el sol caía suave sobre la barandilla y hablábamos de tonterías, de esas conversaciones que no llevan a ningún sitio pero se disfrutan.
Hasta que empezó. Otra vez con las indirectas, otra vez picando donde sabía que dolía. Intenté esquivarlo, cambiar de tema, reírme. No hubo manera. Erre que erre, una detrás de otra, hasta que algo dentro de mí se soltó y me salió de las entrañas:
—Tía, cómeme los huevos y deja de dar por culo, que llevábamos una tarde de puta madre.
La frase quedó flotando entre los dos. Carla no estaba acostumbrada a que le contestara así. Conmigo siempre había sido la que mandaba, la que tenía la última palabra, y verme plantarle cara la pilló completamente fuera de juego.
—¿Qué has dicho? —soltó, levantando la barbilla.
—Lo que has oído. Pesada.
—¡Repite eso si tienes valor!
—Muy bien. Que me comas los huevos y cierres la boca de una vez, que cuando quieres buscar bronca se te da de maravilla.
—Qué valiente te has vuelto de repente —dijo, y se le marcó esa sonrisa torcida que ponía cuando quería provocar—. ¿Por qué no me callas tú? ¿Por qué no me obligas? Hablas mucho, pero a la hora de la verdad no haces nada.
Ahí me tocó el orgullo.
—¿Cómo dices?
—Lo que oyes. Vas de chulo, pero eres todo boca. Perro ladrador, poco mordedor.
No sé qué me pasó por la cabeza. Llevaba años haciéndome el dócil, el paciente, el amigo que aguantaba todo, y de golpe esa frase tiró de un hilo que ni yo sabía que tenía. Me levanté de la tumbona como un resorte. No lo pensé ni un segundo. En cuestión de décimas de segundo el bañador estaba en mis tobillos y la miré de frente.
—¿Qué? ¿Hay valor o no hay valor?
Carla se quedó muda. La boca entreabierta, los ojos clavados donde no esperaba mirar esa tarde, completamente paralizada. Era la primera vez en todos esos años que la veía sin una respuesta lista, sin una pulla preparada. Y reconozco que disfruté de ese silencio más de lo que debería.
—Parece que por fin conseguí callarte —dije, medio riéndome.
Y entonces, no sé de dónde, me vino el impulso de aprovechar el momento.
—Te he callado, y te voy a mantener callada un rato más.
***
Le puse la mano en la nuca, con firmeza pero sin brusquedad, y la atraje hacia mí. Tardó un par de segundos en reaccionar, los suficientes para que yo pensara que iba a apartarse de un manotazo y mandarme a paseo. Pero no lo hizo. Al contrario.
Lo que vino después me descolocó tanto como a ella el bañador en los tobillos. No solo no se apartó, sino que pareció encontrarle el gusto. Empezó despacio, casi jugando, con una sonrisa que ya no era de desafío sino de otra cosa. Como si toda esa tensión acumulada durante años, todas las pullas y los roces, hubieran encontrado por fin una salida.
Le solté la cabeza al poco rato. No hacía falta guiarla. Seguía ella sola, a su ritmo, sin que yo tuviera que indicar nada. Y yo me quedé ahí de pie, con el sol pegándome en la espalda y el rumor de la piscina de fondo, intentando entender cómo habíamos llegado a esto después de tanto tiempo dándole vueltas.
Cuánto tiempo perdido, pensé. Y solo hacía falta plantarse una vez.
Cuando terminó, se hizo un silencio raro entre los dos. Ni ella sabía muy bien qué decir, ni yo tampoco. Así que hice lo único que se me ocurrió: volví a mi tumbona, me senté tranquilo al sol y le di un buen trago a la cerveza, que ya estaba a medio templar.
—Parece que pinta buena tarde —dije, mirando al horizonte.
—Sí —contestó ella, con la voz un poco rota.
Y seguimos hablando como si nada hubiera ocurrido. De tonterías, de la piscina, de la gente que nos había presentado años atrás. Como dos amigos cualquiera disfrutando de una tarde de agosto. Pero los dos sabíamos que algo se había movido, que se había roto una frontera que llevaba años intacta.
Lo cierto es que sí ocurrió. Y no fue la única vez. Aquella tarde abrió una puerta que ninguno de los dos terminó de cerrar del todo, y con el tiempo hubo más, mucho más, hasta llegar a conocer otros silencios de Carla que nada tenían que ver con sus palabras.
Pero eso, créeme, es otra historia para otro día.