El daddy del Mercedes que me buscó en el pinar
Aquella historia empezó como empiezan todas las que de verdad valen la pena: sin planearla. Era una tarde de mayo cualquiera, de esas en las que el sol calienta sin quemar y uno no sabe muy bien qué hacer con las horas muertas. Yo andaba tirado en el sofá, con la persiana medio bajada y el móvil en la mano, pasando perfiles sin demasiada fe.
Y entonces saltó su mensaje.
Era un hombre de Villanueva del Arzobispo, casado, como tantos. Uno de esos que se pasan media vida cumpliendo y la otra media buscando lo que en casa nadie les da. En su caso, según me dejó claro a los dos mensajes, lo que buscaba era una buena mamada. Una boca obediente que le hiciera flipar y le vaciara los huevos de hombre maduro como Dios manda.
—¿Dónde estás? —escribió—. Yo de viaje, por la zona de Quintanar. ¿Conoces algún sitio?
Hacía meses que no me comía una buena tranca. Meses con la boca seca y la garganta pidiendo carne caliente. Y por la forma de escribir ya se notaba que el tío iba en serio, que no era de los que dan vueltas y luego se rajan. Así que no me lo pensé demasiado.
—Conozco un sitio —le contesté—. Discreto. Dame diez minutos.
Abrí el mapa y empecé a buscar un lugar que nos sirviera. Necesitaba algo alejado, seguro, lejos de miradas curiosas. Me acordé entonces de una vieja discoteca a la que iba de joven, una que se llamaba El Faro y que cerró hace siglos, y de un pinar mediano que había justo al lado. Un sitio perfecto para el cancaneo, de esos que conocen los que conocen y nadie más.
Sin darle más vueltas, cogí las llaves del coche y puse rumbo allí. Ya iba empalmado dentro del vaquero, imaginándome la polla del desconocido y el peso que tendría en la lengua.
***
Llegué el primero y aproveché para estudiar el terreno. Soy precavido; los años te enseñan a serlo si quieres seguir disfrutando de estas cosas sin sustos.
A mano derecha había una pista de pádel cubierta donde unos cuantos, jóvenes y no tan jóvenes, le daban a la raqueta entre gritos y risas. Estaban lo bastante lejos como para no preocuparme. Lo que me ponía algo nervioso era la gente que paseaba por el pinar, con perro o sin él, porque hacía el día justo para que los maniáticos de las caminatas salieran de sus cuevas de Netflix y fútbol. Esos que se pegan una vuelta de veinte minutos para luego inflarse a cervezas en el bar y decir que llevan una vida sana.
Aun así, el sitio tenía recovecos. Aparqué de morro contra los árboles, en un claro al que solo se llegaba por una pista de tierra, y le mandé mi ubicación exacta.
Tardó poco. A los cinco minutos vi entrar por la pista un Mercedes GLC blanco, reluciente, de esos que se compran los hombres que han trabajado mucho y quieren que se note.
Aparcó a un par de plazas de la mía, con calma, sin prisas. Y cuando se bajó, lo entendí todo.
Era alto, de buena planta. Pelo blanco, barba blanca recortada con esmero, camisa de cuadros remangada hasta el codo y un reloj que pesaba lo suyo. Un daddy de manual. De esos a los que en el trabajo les llaman «don» y les guardan el sitio. De los que mandan en una reunión solo con bajar la voz. Y de los que, seguro, tenían una polla gorda y pesada esperando debajo del pantalón de pinzas.
Joder, qué suerte la mía hoy.
Disimuló un rato, como mandan los cánones. Sacó el móvil, fingió mirar algo, paseó la vista por el pinar como quien comprueba que no hay moros en la costa. Y luego, poco a poco, se fue acercando a mi coche.
Bajé la ventanilla.
—Sube, si quieres —le ofrecí, dando una palmadita en el asiento del copiloto.
Él negó con la cabeza y esbozó media sonrisa.
—Así mejor, ¿no? —dijo, apoyándose con el codo en el techo del coche, mirándome desde arriba—. Tú sentadito ahí, con tu boquita a la altura que toca.
Y tenía razón. Así, de pie junto a la puerta abierta, con él dominando y yo sentado, la cosa tenía otro punto. Más cruda. Más directa. Más de lo que ninguno de los dos había venido a buscar. La bragueta le quedaba justo a la altura de mi cara, y yo ya me relamía los labios sin poder disimular.
***
Yo ya tenía ganas de empezar. Demasiadas. Llevaba todo el camino imaginándomelo y la realidad superaba con creces lo que había fantaseado.
Estiré la mano y le toqué el bulto por encima del pantalón. Lo palpé bien, apretándolo, reconociéndolo entero por encima de la tela. Le noté los huevos gordos, colgones, y por encima un cipote que ya se adivinaba grueso incluso a medio gas. Se me hizo la boca agua.
—Vaya paquete que traes, papi —murmuré, apretando de nuevo—. Está pidiendo salir.
—Pues sácalo, nene. Que para eso lo traigo.
Le bajé la cremallera despacio, saboreando el ruidito metálico de los dientes al abrirse, y metí la mano dentro del calzoncillo. Lo saqué de dentro con cuidado, primero los huevos, gordos y peludos, y luego la polla, que salió pesando, cayendo hacia adelante como un badajo tibio.
Estaba caliente. Caliente y a medio gas, pero eso era cuestión de minutos y de ganas, y de las dos cosas yo iba sobrado. Era gruesa, bien formada, con el capullo todavía medio tapado por un prepucio grueso de macho maduro. Le olí los huevos primero, hundiendo la nariz en ese pliegue caliente entre pierna e ingle, y me llené de su olor: sudor de coche, colonia cara y macho de cincuenta y tantos con las pelotas cargadas.
Abrí la boca y me lo metí entero.
Siempre me ha gustado ese instante exacto. El primero. Cuando la sientes pasar entre los labios, rozar la lengua por primera vez, todavía tibia, todavía sin endurecer del todo. Es como destapar algo que no sabes cómo va a salir.
Mamé despacio, con técnica, sin atragantarme y sin prisa. Le pasé la lengua por debajo del glande, buscándole el frenillo, y noté cómo se estremecía apenas lo rocé. Le retiré el prepucio con los labios, lentito, dejándole el capullo al aire dentro de mi boca, y le di una lamida larga por toda la punta. Estaba salado, con esa gotita transparente que asoma cuando la sangre empieza a mandar.
La fui trabajando con la lengua, subiendo y bajando, ayudándome con la mano en la base. Le escupí un pegote gordo encima y lo esparcí con el puño, arriba y abajo, mientras seguía chupándole la punta con los labios apretados. Y él fue respondiendo, creciendo, poniéndose duro dentro de mi boca hasta que apenas me cabía. La verga se le levantó del todo, tiesa como un poste, con las venas marcadas y el capullo hinchado, morado, brillando de mi saliva.
—Madre mía, cómo la chupas, nene —murmuró, con la voz tomada—. Qué maravilla. Qué boquita tienes, hijo de puta.
No era el primero que me lo decía. Todos los que han pasado por mi boca han acabado diciendo lo mismo: que mamo como el mejor, que no se esperaban algo así. Y encima me lo trago. ¿Dónde vas a encontrar algo mejor que eso?
Le agarré los muslos por encima del pantalón para sentir cómo se tensaban. Le colé la otra mano por la bragueta abierta y le atrapé los cojones, calentitos y pesados, rodándolos en la palma, tirando con suavidad de la piel. Él me puso una mano en la nuca. No para forzar, sino para marcar el ritmo, para acompañar. Esa mano firme de hombre acostumbrado a que las cosas se hagan a su manera.
—Así, cariño, así. Métetela toda. Trágala hasta abajo.
Y yo obedecía. Abría más la garganta, aflojaba la mandíbula y bajaba hasta que la nariz me chocaba con la cremallera y los pelos blancos me hacían cosquillas en la barbilla. Ahí me quedaba unos segundos, sintiéndole latir en el fondo del cuello, tragando saliva contra su cipote para que se estremeciera. Cuando ya no aguantaba, subía despacio, dejando un hilo grueso de baba colgándome de la boca a la punta de la polla.
***
Y entonces, como pasa siempre que la cosa empieza a ponerse buena, apareció gente.
Una familia. Padre, madre y un crío pequeño que correteaba unos metros por delante. Venían por el pinar, todavía lejos, pero acercándose.
Solté la polla de golpe y él se la guardó con una habilidad de profesional, como quien lleva toda la vida haciéndolo. Yo me incorporé en el asiento y fingí buscar algo en la guantera, con la boca aún llena de baba y de sabor a rabo. El corazón me iba a mil, mitad por el susto, mitad por la calentura cortada de cuajo. Tenía la polla del daddy todavía tatuada en la lengua, dura, palpitando, y me costaba pensar en otra cosa.
La familia, por suerte, no llegó hasta donde estábamos. Se quedaron entretenidos jugando con unos gatos que parecían vivir entre los pinos, un par de michinos flacos que se dejaban acariciar por el niño. Estuvieron un rato y luego dieron media vuelta por donde habían venido.
Me pregunté si el padre habría visto al maduro apoyado en mi coche y se habría imaginado lo que pasaba. Y si era así, si quizás él también era de los que entienden de estas cosas, de los que algún día también se acercan a un pinar con la excusa de estirar las piernas.
Mientras tanto, los del pádel seguían a lo suyo, ajenos a todo. Pensé en qué pasaría si a uno se le escapaba la pelota hacia nuestro lado y venía a buscarla. Pensé en lo fina que era la línea entre el morbo y el marrón. Y decidí que prefería no pensar y concentrarme en lo importante: terminar lo que había empezado y sacarle esa corrida de las pelotas al muy cabrón.
—¿Seguimos? —le pregunté, mirándolo hacia arriba con los labios brillando todavía.
—Ya te digo —contestó él, abriendo otra vez la puerta del coche y bajándose la bragueta sin pudor—. Que me la has dejado a punto de reventar, hijo.
***
Volví a sacársela y esta vez no me anduve con delicadezas. La tenía otra vez tiesa antes de que me diera tiempo a agarrársela, empinada, roja, con el capullo hinchado y una gota gorda de líquido preseminal colgando de la punta. Se la lamí de un pase, saboreando ese anticipo salado, y me la tragué de golpe hasta el fondo.
La necesitaba, y él me necesitaba a mí. Me la metí hasta el fondo, una y otra vez, dejando que rozara la garganta, tragándomela del todo hasta que se me saltaban las lágrimas y volvía a subir para coger aire. Le hacía ruidos guarros con la boca, gluglú de saliva mezclada con el chapoteo de la carne, y él respondía apretándome más la nuca contra su ingle.
—Trágala, joder, trágala entera —me susurraba entre dientes—. Que no te dé pena. Que para eso está.
Empecé a machacársela con la mano y la boca a la vez, un puño girando en la base y los labios trabajándole todo el capullo, apretando fuerte, chupando con ganas. De vez en cuando le bajaba a los huevos, me los metía uno a uno en la boca, se los rodaba con la lengua, se los ensalivaba enteros mientras le seguía masturbando la polla a dos manos. Él se apoyaba con las dos manos en el techo del coche, con la cabeza gacha, mirando cómo desaparecía y volvía a aparecer entre mis labios.
—Qué guarro eres, cabrón. Qué guarro. Así, con los huevos también.
Le hice caso. Le pasé la lengua por debajo, buscándole el perineo, apretándole ahí con la yema del pulgar mientras seguía chupando la verga. Él se derretía. Lo notaba en cómo le temblaban las piernas, en cómo apretaba los dientes para no hacer ruido, en esos jadeos contenidos que se le escapaban entre dientes.
—Sigue, cariño, sigue —pedía en voz baja—. Que te llevas premio. Que esto va para ti. Toda entera, hasta la última gota.
Y vaya si me lo llevé.
Le noté cómo se le tensaban los cojones, cómo se le subían pegados al cuerpo, cómo se le ponía la polla aún más dura justo antes, esa señal inconfundible de que ya no había marcha atrás. La verga se le engrosó dentro de mi boca, palpitó dos veces contra mi lengua, y él soltó un gruñido ahogado.
—Ahí va, ahí va, trágala…
Apreté el ritmo, sin soltarla, sin dejar de trabajarla con la lengua, y entonces noté el primer chorro caliente en el fondo de la boca. Salió con fuerza, espeso, dando contra el paladar, y detrás vino otro, y otro, y otro más. Me llenó la boca de semen caliente, tanto que me costaba tragarlo al ritmo que salía. Notaba los pulsos de la verga contra los labios, cada latido soltando otro pegote gordo dentro de mí.
No me aparté. Al contrario. Me lo tragué todo, hasta la última gota, saboreando la textura, el sabor espeso y salado de la corrida de un papi goloso que llevaba quién sabe cuánto tiempo guardándola. Me alimenté de él, despacio, recreándome, apretándole la polla con los labios de arriba abajo para ordeñarle hasta la última perla que le quedara dentro. Se le escapó una gotita blanca por la comisura y me la recogí con el dedo para chupármelo delante de él, mirándole a los ojos.
—Hijo de puta… —masculló él, con una sonrisa cansada—. Menuda fiera.
Solté un suspiro largo. Él dejó caer la cabeza hacia atrás, aún jadeando, con la verga latiéndole todavía en el aire, ahora blanda, brillante de mi saliva y de los restos de leche que no llegué a atrapar.
Sí. Me llevé el premio. Y bien abundante.
Le di un último repaso con la lengua para no dejar nada, le limpié el capullo con los labios, le besé la punta como quien despide a un buen amigo, y lo solté con cuidado. Él se subió la cremallera con las manos todavía algo temblorosas.
—¿A que ha merecido la pena? —le dije, relamiéndome sin disimulo, con el sabor todavía pegado al paladar.
—Ah, ya te digo —contestó, soltando una risa ronca—. Como una catedral.
***
Se quedó un momento apoyado en el coche, recuperando el aliento, mirándome con una mezcla de gratitud y picardía que solo tienen los hombres maduros. No hubo más palabras. No hacían falta. En estos encuentros sobra todo lo que no sea lo que acababa de pasar.
—Igual repetimos otro día —dijo al fin—. Cuando vuelva por la zona. Y a lo mejor la próxima te doy por el culo, si te dejas.
—Aquí estaré —respondí, sonriendo—. Y con el culo bien puesto, papi.
Subió a su Mercedes blanco, arrancó con ese ronroneo discreto de los coches caros y se fue por la pista de tierra levantando un poco de polvo. Lo vi alejarse por el espejo retrovisor hasta que el pinar se lo tragó.
Me quedé un rato más, con el sabor todavía en la boca y una sonrisa tonta de satisfacción. Todavía tenía el regusto salado de su leche pegado al fondo de la garganta, y me lo relamí con gusto varias veces antes de arrancar. Luego encendí el motor y puse rumbo a casa, a mi pueblo, a veinte minutos de allí.
Vivo en una zona donde conseguir cancaneo no es nada fácil. Hay que buscarlo, hay que tener paciencia, hay que conocer los sitios y a la gente. Pero precisamente por eso, cuando lo consigues, cuando cae un encuentro como el de aquella tarde, sabe el doble de bien.
Aparqué frente a casa, me miré en el espejo, me arreglé un poco el pelo y me limpié la comisura de los labios, por si quedaba algún rastro delator. Y mientras subía las escaleras pensé que aquel daddy del Mercedes volvería. Lo sabía. Esa gente siempre vuelve.
Y yo, desde luego, pienso estar esperándolo. Con la boca abierta y el culo listo.
Continuará.





