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Relatos Ardientes

La cena de negocios que terminó en el baño a oscuras

Anoche, mientras pasaba sin rumbo los canales del televisor, me topé con un documental sobre el sur de Chile. Las montañas, los lagos, el acento de la gente. Y de golpe volvió a mí, intacta, aquella cena que tuve durante años guardada bajo llave. Nunca se la conté a nadie. Supongo que esta es la primera vez.

Yo tenía diecinueve años y vivía con un fastidio permanente hacia la vida social de mis padres. Ellos viajaban por trabajo a todas partes, y cada tanto convertían nuestra casa en una especie de embajada: una cena enorme para recibir a socios de Lisboa, de Toronto, de Santiago. Aquella vez los invitados venían de Chile. Los Belmonte. Una familia, según mi madre, con tanto dinero como peso, y de quienes dependía un contrato que mi padre llevaba medio año persiguiendo.

—Tienes que portarte impecable —me advirtió ella esa mañana—. Sé amable, sé discreto y, por favor, no pongas esa cara.

El problema es que esa misma noche era el cumpleaños de Lucas, mi mejor amigo, y yo llevaba semanas contando los días. Mi madre me lo había prometido. Pero los Belmonte habían movido la cena al sábado, y la promesa se evaporó.

—Mamá, dijiste que podía ir.

—Lo sé, Damián, y lo siento. Pero esta noche tenemos que parecer una familia de catálogo. Solo será un rato.

Me encerré en mi cuarto con un portazo y me dediqué a mirar por el teléfono las fotos de la fiesta a la que no iría. Cerca de las ocho, mi padre me entregó un traje gris que me quedaba estrecho de hombros y aún más estrecho de paciencia. Me lo puse igual. Solo un rato, me repetí, sin creérmelo.

El timbre sonó a las ocho y media en punto. Mis padres salieron disparados a la puerta, y desde el salón escuché el barullo de saludos, los cumplidos, las risas demasiado entusiastas. Yo me quedé fingiendo que acomodaba las copas sobre la mesa, en mi mejor papel de hijo modelo. Entonces entraron.

Mauricio Belmonte abría la marcha: estatura media, pelo oscuro peinado hacia atrás, una sonrisa de hombre acostumbrado a que le digan que sí. Su esposa, Renata, venía detrás, vestida de un rojo profundo, con los labios pintados del mismo tono y una elegancia que no necesitaba esforzarse. Y al final, contra todo pronóstico, apareció ella.

—No me habían dicho que traían a su hija —murmuró mi madre, sorprendida pero encantadora.

Daniela tenía mi edad, quizás un año más. Alta, de pelo castaño suelto, con un vestido azul noche que parecía cosido sobre su cuerpo a propósito. Una talla menos de la cuenta, ajustado justo donde tenía que apretar: los pezones se le marcaban bajo la tela sin sostén, y las caderas dibujaban una curva que obligaba a mirar dos veces. Me tendió la mano y luego se inclinó para darme dos besos, y su perfume me dejó sin saber dónde poner los ojos.

—¿No vas a decir nada? —me apuró mi madre, con dulzura y advertencia a partes iguales.

Saludé como pude. Nos sentamos a la mesa y, a partir de ahí, perdí la guerra. No podía dejar de mirarla. Ella lo notó enseguida, claro que lo notó, y en lugar de incomodarse sostuvo mi mirada un segundo de más, como quien acepta un desafío. Se pasó la lengua por el labio inferior, despacio, y yo tuve que apretar los dientes para no gemir en pleno brindis.

La cena transcurrió con esa normalidad insoportable de los compromisos. Mi padre y Mauricio hablaban de cifras; mi madre y Renata, de viajes. Y yo me removía en la silla porque el traje me apretaba y porque, debajo de él, mi polla se había puesto tan dura que dolía. La tenía atrapada contra el muslo, palpitando cada vez que Daniela levantaba la copa, cada vez que Renata soltaba una risa gutural mirándome de reojo. Llegó un punto en que el dolor era real y la mancha de líquido preseminal me humedecía la ropa interior.

—¿Te ocurre algo? —preguntó mi padre.

—Nada, la espalda. Cargué de más en el gimnasio y no encuentro postura.

Funcionó. Las miradas volvieron a sus platos. Y justo entonces, a Daniela se le resbaló un tenedor que cayó al suelo con un tintineo.

—Disculpen —dijo ella—. Qué torpe.

—Yo lo recojo —me ofrecí, demasiado rápido.

Me agaché bajo el mantel, palpé el suelo buscando el cubierto, y cuando alcé apenas la vista me quedé congelado. Daniela tenía las piernas separadas de par en par, sin ningún disimulo, y bajo aquel vestido azul no llevaba absolutamente nada. Vi su coño depilado, los labios brillantes, húmedos, hinchados de excitación. Con dos dedos se abrió la carne rosada para que yo lo viera bien, y un hilo de flujo transparente le colgaba de la entrada. Sonrió abajo, en la penumbra, mientras se pasaba la yema del índice por el clítoris, lento, para que no me quedara duda de que era una invitación.

Me incorporé tan de golpe que me golpeé la nuca contra el filo de la mesa. Las copas tintinearon, los adultos rieron por mi torpeza, y le devolví el tenedor con la mano temblando. Ella me lo agradeció con una sonrisa mínima, cargada de algo que no era inocencia. Lo hizo a propósito, pensé. Sabe exactamente lo que hace. Me llevé la servilleta al regazo para tapar el bulto que había crecido hasta ser imposible de disimular.

Aproveché el café para escapar a la cocina con la excusa de traer el postre. Necesitaba un respiro, agua fría, lo que fuera. Y fue ahí, apoyado contra la encimera, cuando me vibró el teléfono.

Un mensaje de un número que no tenía guardado. «¿Eres Damián? Me has puesto a mil durante toda la cena. Tengo el coño empapado desde que me miraste en el pasillo. Vi cómo te levantaste con la polla marcada bajo el pantalón. Déjame chuparte hasta la última gota.»

Leí dos veces. Tres. Está completamente loca, pensé, me ha escrito desde la mesa, con sus padres a un metro. El corazón me latía en la garganta y la verga se me endureció otra vez con un latido brusco. Tecleé con los dedos torpes: «Al fondo del pasillo hay un baño. Voy a apagar la luz. Dame dos minutos.»

***

Entré al baño sin terminar de creer lo que estaba pasando. Apagué la luz, dejé la puerta entornada y esperé en la oscuridad escuchando mi propia respiración. Pasaron unos segundos eternos hasta que oí los nudillos contra la madera.

—Soy yo —susurró una voz al otro lado.

Abrí. Una silueta se deslizó adentro y cerró con el pestillo. Sin decir una palabra, sin un preámbulo, sus manos buscaron mi cinturón y lo abrieron con una rapidez que me dejó atónito. No había timidez en aquellos dedos, solo una urgencia decidida. Me bajó el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas de un solo tirón, y mi polla saltó dura, apuntándole a la cara. La agarró con la mano derecha, cerró el puño alrededor del tronco y la apretó midiendo el grosor.

—Joder —susurró casi para sí misma—. La tienes gorda.

Sentí su lengua caliente en la base, subiendo despacio por la vena hinchada hasta el glande. Lo lamió en círculos, mojándolo entero, y después se lo metió en la boca de golpe, hasta el fondo. La punta me chocó contra la garganta y ella no se apartó: tragó, gimió con la boca llena y empezó a mamármela con un ritmo que me hizo apoyar las dos manos contra los azulejos fríos para no caerme.

Su boca trabajaba con una seguridad que no esperaba de alguien de mi edad. Chupaba fuerte al subir, dejaba caer saliva espesa al bajar, y de vez en cuando sacaba la polla entera para escupirle encima y masturbarme con la mano mientras me lamía los huevos, uno por uno, metiéndoselos también en la boca. Cada gesto suyo parecía calculado para llevarme al límite y retenerme ahí, justo en el borde, sin dejarme caer. Le agarré el pelo con una mano y le marqué el ritmo, follándole la boca con embestidas cortas, y ella lo aceptó como si lo hubiera pedido, con la garganta abierta y los ojos que yo intuía en blanco.

—Todavía no —murmuró cuando sintió que estaba demasiado cerca, apartándose con la barbilla brillante de saliva—. Quiero sentirte adentro. Quiero que me folles ahora mismo.

Se incorporó en la penumbra. La oí arremangarse el vestido hasta la cintura, la sentí girarse y apoyar las palmas contra la pared, sacando el culo hacia atrás. Le pasé la mano entre las piernas y me encontré con un coño ardiente, chorreando, tan mojado que dos dedos se hundieron enteros sin la menor resistencia. Los curvé, los saqué, los volví a meter, y ella empujó las caderas contra mi mano ahogando un jadeo.

—Métemela ya —siseó—. No aguanto más.

Le agarré la cintura, alineé la punta contra la entrada empapada y la penetré de una sola embestida, hasta el fondo. Sentí las paredes cerrarse alrededor de mi polla, calientes, apretadas, y ella arqueó la espalda mordiéndose el antebrazo para no gritar. Empecé a moverme con la misma intensidad con la que ella me había arrastrado hasta ahí. Le agarraba las caderas y la tiraba hacia atrás cada vez que yo empujaba hacia adelante, y el sonido de la piel chocando contra la piel resonaba en el baño diminuto por más que intentáramos ahogarlo.

La oscuridad lo volvía todo más denso: solo existían el tacto, el calor, los jadeos contenidos para que nadie en el comedor pudiera oírnos, y el chapoteo húmedo de un coño mojado tragando polla una y otra vez. Le metí una mano por debajo del vestido y le encontré las tetas pesadas, los pezones tiesos como piedras. Se los pellizqué y ella empujó todavía más el culo contra mi pelvis, tomándome tan hondo que la punta le tocaba el fondo con cada embestida.

Y entonces, sin aviso, alguien golpeó la puerta y la luz del techo se encendió de golpe.

Parpadeé, encandilado, intentando entender, con la polla todavía enterrada hasta la base y la mano cerrada sobre una teta que no había visto. Y cuando mis ojos se acostumbraron al resplandor, el corazón se me cayó al estómago. La mujer que tenía contra la pared, la que había recorrido con las manos durante esos minutos a ciegas, no era Daniela.

Era Renata. La madre.

—Mamá, date prisa —susurró la voz de Daniela desde el otro lado de la puerta—. Papá ya pregunta por qué tardas tanto.

Me quedé sin aire, pero mi polla siguió dura dentro de ella, latiendo, sin ninguna intención de bajarse. Las piezas encajaron de la peor manera posible: la hija no me había escrito para encontrarse conmigo, sino para abrirle paso a su madre. Eran un equipo. Lo habían orquestado todo, desde el tenedor hasta el mensaje, con una frialdad que me daba vértigo.

Renata se apartó despacio, dejando que la verga saliera de su coño con un ruido húmedo obsceno, y se giró hacia mí sin bajarse el vestido. Me miró de arriba abajo, se relamió y sonrió como quien ha ganado una apuesta.

—¿Qué pasa, Damián? —dijo sin un gramo de vergüenza, con mi flujo brillándole en los muslos—. ¿Tienes miedo de no estar a la altura de una mujer como yo? ¿O vas a acabar lo que empezaste?

La provocación me encendió una rabia extraña, una mezcla de orgullo herido y deseo que no supe separar. A plena luz, Renata era una versión más rotunda de su hija: las mismas tetas grandes que ahora tenía por fuera del escote bajado, los mismos labios del coño hinchados y goteando entre las piernas abiertas, solo que con años de saber exactamente lo que quería. Cerré el pestillo de nuevo.

—Ven aquí —le dije, sentándome sobre la tapa con la polla dura apuntando al techo.

Obedeció sin discutir, como si esa hubiera sido su intención desde el principio. Se levantó el vestido hasta la cintura, se subió encima de mí a horcajadas y se ensartó de un golpe seco, gimiendo ronca cuando la polla le entró entera. Se acomodó sobre mí, frente a frente, empezó a montarme con las manos apoyadas en mis hombros, y nos besamos con una furia que no tenía nada de elegante. Su lengua me follaba la boca al mismo ritmo con el que su coño me follaba abajo, y yo le apretaba el culo con las dos manos para clavarla contra mí en cada bajada.

Le bajé el vestido de un tirón y le liberé las tetas del todo. Las tenía pesadas, con las areolas anchas y oscuras, los pezones tiesos. Le mamé uno mientras le pellizcaba el otro, y ella soltó un gemido tan fuerte que tuve que taparle la boca con la mano libre. Me la mordió sin dejar de cabalgarme.

—Más fuerte —jadeó en cuanto le solté la boca—. Rómpeme el coño.

Cada vez que se movía, yo le marcaba el ritmo con las manos, la levantaba unos centímetros y la dejaba caer de golpe sobre mi polla, y ella respondía clavándome las uñas en los hombros, mordiéndome el labio, soltando un jadeo ronco que tuve que callar con un beso. Sentía cómo se le contraía el coño alrededor, cómo se le apretaba cada vez más, cómo empezaba a temblarle todo el cuerpo.

Del otro lado de la puerta, Daniela montaba guardia, y por el sonido entrecortado de su respiración no era difícil adivinar que se entretenía a su manera mientras vigilaba el pasillo. Escuché un chapoteo rápido, dedos moviéndose dentro de una carne mojada, y un gemido ahogado contra la madera.

—Rápido, mamá —insistió con la voz quebrada—. Papá se está levantando.

Aquella advertencia, en lugar de frenarnos, nos empujó al borde. Renata aceleró, rebotando sobre mi verga con una desesperación animal, y yo la sostuve con fuerza clavándole los dedos en las nalgas. Sentí cómo se corría: se le cerró el coño en espasmos, le tembló el vientre contra el mío, y ahogó un grito largo mordiéndome el hombro. La descarga suya me hizo estallar dos segundos después. Le hundí la cara contra su cuello y me corrí adentro, chorro tras chorro, vaciándome en su coño mientras ella seguía moviendo las caderas para exprimirme la última gota. Terminamos juntos, sofocando los gemidos contra el hombro del otro, temblando en aquel cuarto diminuto que olía a jabón, a semen y a riesgo.

Se levantó como si nada hubiera ocurrido. Sentí mi corrida escurriéndosele por el muslo mientras se acercaba al espejo. Se pasó dos dedos por la entrada, recogió el semen espeso que le goteaba, se lo llevó a la boca y lo tragó mirándome por el reflejo. Se alisó el vestido, se pasó los dedos por el pelo, recompuso la sonrisa de invitada perfecta. Antes de abrir, me miró por encima del hombro.

—Has estado mejor de lo que pensaba —dijo, y salió al pasillo.

Me quedé solo, con el pulso desbocado, la polla brillando de fluidos ajenos y el traje gris hecho un desastre, intentando entender qué demonios acababa de pasar. Apenas tuve tiempo. Un instante después, alguien volvió a golpear la puerta, y esta vez la voz que llegó del otro lado me heló la sangre.

—¿Damián? Soy Mauricio Belmonte. Abre esta puerta ahora mismo.

Me quedé inmóvil, con la mano en el pestillo, sin saber si lo que me esperaba al abrir era el final de mi vida o apenas el comienzo de algo mucho más enredado. Lo que ocurrió después es otra historia, una que durante años preferí no contarle a nadie. Pero esa cena, la del documental, la de los Belmonte, sigue tan nítida en mi memoria como si la luz del baño acabara de encenderse otra vez.

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Comentarios(8)

GonzaBA

Tremendo!!! me quede con la boca abierta. Uno de los mejores que lei aca

Mariela_curiosa

Por favor tiene que haber una segunda parte, no puede quedar asi

FernandoMdz

Me recordo a una cena corporativa que tuve hace unos años. No llegue a tanto pero entendi perfectamente esa tension que describis, es muy real 😅

JulietaKM

Quede con muchas ganas de saber mas... ¿hubo consecuencias despues de esa noche?

PatoBA2

buenisimo

ElenaConf

Me gusto como lo contaste, se siente autentico. Sin ser burdo pero con mucha tension, eso es exactamente lo que mas me atrae de las confesiones reales

LectorDesdePampa

La cena de negocios mas interesante de la historia jaja. Saludos

Serafin_Lector

Llevaba un tiempo sin leer algo que me enganchara desde el principio. El detalle del tenedor caido es un recurso genial para arrancar la historia. Espero que sigas escribiendo porque definitivamente tenes talento para esto

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