Mi mujer eligió al monitor del gimnasio y yo miré
El último año lo habíamos vivido a toda velocidad. La idea de abrir la pareja la propuse yo, pero quien acabó tirando del carro fue Lucía. Empezó por curiosidad y terminó devorando cada experiencia nueva como si llevara años esperándola. Su amistad con Noa, que se movía en el ambiente liberal desde antes que nosotros, le llenó la cabeza de fantasías que ni se atrevía a nombrar al principio.
En casa, sin embargo, todo era calma. Los niños cada vez más mayores y más independientes, las cenas más sanas, las miradas cómplices a media tarde. Lucía se cuidaba con una constancia que se le notaba en el cuerpo, y yo había sumado clases de boxeo a mis entrenamientos. El subidón que dejan los deportes de contacto se traducía en sexo más bruto, más hambriento. Habíamos pasado a follar casi a diario. Bastaba con que nuestras pieles se rozaran bajo las sábanas para que las manos volaran solas.
Con un poco de organización conseguíamos dos fines de semana libres al mes. Los niños se repartían entre las dos familias, y un dinero extra de unas inversiones que llevábamos con Marcos nos pagaba las escapadas. Casi siempre salíamos con la misma intención: ampliar horizontes. Las quedadas con Noa y Hugo, con Sara y Marcos, se sucedían, y los seis formábamos un grupo de disfrutones que se entendía sin necesidad de hablar.
El intercambio clásico empezó a quedársenos pequeño. Lucía descubrió que le gustaba quedar a solas con otros hombres, y yo descubrí, casi a la vez, que verla irse me ponía como nunca. Nos estábamos convirtiendo en algo distinto. Ella en una hotwife, yo en su cuckold.
La sensación de verla arreglarse para otro era difícil de explicar. Lo llaman compersión, pero para mí era más que eso. Algo adictivo que no sé poner en palabras, una mezcla de orgullo y deseo que me retorcía por dentro cada vez que la oía cerrar la puerta.
Lucía lo sabe y lo aprovecha. Disfruta del proceso de selección, de elegir, de jugar conmigo hasta el último detalle. Y luego, de contármelo todo mirándome a los ojos para no perderse ni una de mis reacciones. Esa noche quiso ir más allá. Quería que la acompañara a su próxima cita. Y la cita era con uno de los monitores de la sala de pesas del gimnasio al que íbamos los dos.
—He quedado el sábado con Bruno —dijo mientras se desnudaba para meterse en la cama—. El de los ojos verdes. Ese al que me quiero follar desde hace meses.
—Mmm. ¿Y dónde habéis quedado? —respondí, notando ya cómo se me endurecía bajo la sábana.
—En su casa. Dice que me va a hacer un entrenamiento personalizado en su gimnasio particular.
Su mano subió por mi muslo hasta cerrarse alrededor de mi polla. Empezó a masturbarme despacio, con firmeza, mientras me describía con detalle todo lo que pensaba hacer con el entrenador. Cuando notó que las palpitaciones me anunciaban el final, apretó el ritmo y bajó la voz.
—¿Sabes lo mejor de follarme a Bruno? Que tú vas a estar en primera fila. Sentado en una silla, justo delante. Y cuando él termine, vendrás tú y acabarás dentro. Quiero sentir las dos corridas mezcladas, sentirme llena y que, al sacarla, un chorro caiga sobre las sábanas.
Me corrí con esas palabras todavía en el aire. En cuanto recuperé el aliento, la agarré de la cadera.
—Siéntate en mi cara. Quiero tu sabor en la boca.
Lucía no se hizo de rogar. Trepó hasta el cabecero, abrió las piernas a ambos lados de mi cabeza y dejó caer la pelvis hasta apoyar el sexo sobre mis labios. No tardé ni un segundo en empezar a lamerla, despacio primero, hambriento después.
—Me encanta tu lengua —murmuró, moviendo las caderas—. Así la quiero siempre, dispuesta. Para mí y para quien yo te diga. A lo mejor te pido que prepares a Bruno antes. Mmm. Imagínate, verte comerle la polla delante de mí para que después me folle a mí.
La imagen me golpeó como una corriente. Mi polla, que apenas había bajado, volvió a ponerse dura del todo. Lucía lo notó, alargó la mano y empezó a acariciarme otra vez.
—¿Te pone esa idea? Pues si eso es lo que te pone, eso es lo que va a pasar. Vas a probar cosas nuevas. Muy nuevas.
No terminó la frase. Su cuerpo se tensó y empezó a temblar, presa del primer orgasmo de la noche. Sin perder un segundo se incorporó, se colocó de pie sobre el colchón con un pie a cada lado de mi cadera y descendió buscándome. Se dejó caer de golpe, alojándome entera dentro de ella. Una mano en mi cuello, la otra apoyada en mi pecho, empezó a cabalgar con una fuerza tremenda. El segundo orgasmo le llegó casi enseguida. Cuando se quedó quieta, se dejó resbalar a un lado y me abrazó.
—Buff. Estoy reventada de correrme así —dijo, y me besó con una ternura que entendí como el cierre de la noche.
La acaricié de arriba abajo, de la espalda al cuello, amasándole la piel empapada de sudor.
—Me encanta que me toques así después de follar —susurró—. Es el complemento perfecto.
—Te quiero —le dije al oído.
—Y yo a ti, cariño.
Se durmió en cuestión de minutos. Mi cabeza, en cambio, no me dejó descansar. La escena que me había descrito se repetía sola. Cuando estuve seguro de que dormía, deslicé la mano bajo las sábanas y terminé el trabajo que ella había dejado a medias.
***
Al día siguiente, al llegar a casa, Lucía me recibió en la cocina colgándose de mi cuello con un beso que me levantó el mástil sin el menor esfuerzo.
—Mira lo que me han mandado —dijo. Cogió el móvil, buscó en la galería y me enseñó la foto de una polla gruesa, recta, cruzada de venas marcadas—. Es Bruno. Dice que estaba inspirado y me lo ha enviado al mediodía.
—Buen instrumento. Si sabe usarlo, vas a disfrutar.
—Se me hace la boca agua. Ya le he dicho que vas a estar presente y le ha encantado la idea. Me ha contado que es bisexual, que no tiene ningún problema en interactuar contigo.
—Entonces perfecto. ¿Ya tenéis fecha?
—El domingo. Entrenamos en su casa y nos quedamos a comer y a pasar la tarde.
Nos miramos con cara de niños traviesos y nos sentamos a comer.
—¿Esta tarde vas a entrenar? —preguntó.
—Sí, tengo boxeo. Quiero pasar antes por la sala a calentar.
—Yo tengo clase con Noa. Dejaré a los niños con mis padres de camino.
Intentábamos volver a la normalidad, pero después de hablar así de sexo no había forma de bajar la calentura con una charla cualquiera. Al terminar de comer me levanté a recoger la mesa y Lucía salió al jardín.
—Voy a hacer café. ¿Quieres? —grité desde la puerta.
—Con hielo y un chorrito de crema de whisky.
Preparé las copas, eché dos cubitos en cada una y salí a la terraza. La estampa no me sorprendió lo más mínimo: Lucía estaba tumbada en la cama balinesa, las piernas abiertas, masturbándose mientras miraba el móvil. Me acerqué con su copa y comprobé que tenía abierta la foto de Bruno.
—Cómo te pone esa polla.
—Me pone todo el conjunto. La polla y el que la lleva puesta —dijo, acelerando la mano.
Me agaché y, mientras ella seguía castigándose el clítoris, le metí dos dedos. Nada más sentirlos dentro empezó a temblar y me clavó las uñas en el brazo.
—Me corro, ahhh. Sí, qué bueno.
—Te gustaría que en vez de mis dedos fuera su polla, ¿eh?
—Me encantaría. Quiero que me folle ya, que me reviente —dijo entre dientes.
Cuando se relajó, levantó la copa y propuso un brindis.
—Por mi cuckold.
—Por mi hotwife —contesté, chocando el cristal.
Me senté enfrente, mirándole el sexo brillante, y le dije que era toda una diosa. Ella sonrió cómplice y dio otro trago. Luego se fue a por los niños y yo me preparé para el gimnasio.
***
Llegué media hora antes de mi clase. Tras pasar por el vestuario, entré en la sala de pesas y lo primero que vi fue a Bruno, ayudando a una chica en una máquina. Volvió la cabeza al notarme, me guiñó un ojo y yo le devolví el saludo medio en broma antes de ponerme a lo mío. Media hora después me fui a la sala del ring y pasé más de una hora sudando, descargando testosterona contra el saco hasta quedarme vacío de tensión.
Al salir fui directo a las duchas. Me desnudé, me metí en un cubículo y eché el cerrojo a medias. Me enjaboné, volví a pulsar el agua y, justo entonces, la puerta se abrió. Bruno entró sin decir palabra. Se llevó un dedo a los labios, se giró para cerrar bien el pestillo y dejó caer la toalla.
Tenía el cuerpo definido, fibroso, muy bien proporcionado. Pero la sorpresa llegó cuando se volvió de frente. Igual de potente, igual de duro, y en medio destacaba aquella polla que ya conocía por la foto. En persona era todavía más impresionante.
Me dejó terminar de aclararme y se arrodilló. Empezó a chupármela con una habilidad que me dejó la polla como una piedra en segundos. Luego se levantó y nos masturbó a los dos a la vez, una en cada mano, con una maestría absoluta. Me llevó al límite en tiempo récord. Justo cuando iba a correrme se agachó otra vez, se metió la punta en la boca y succionó mientras seguía moviendo la mano. Fue tan intenso que casi llegó a dolerme, pero no quise que parara por nada del mundo.
Cuando me vacié, se puso de pie y me sonrió. Me sentí en deuda por aquel placer, así que le hice un gesto para tomar yo el mando. Al cerrar la mano alrededor de su polla me di cuenta de su tamaño real: no llegaba a abarcarla, el grosor era exagerado. De golpe me vino a la cabeza la imagen de Lucía disfrutando de aquel calibre, y eso me empujó. Aceleré el ritmo y, cuando un movimiento de sus caderas me avisó de que estaba a punto, agaché la cabeza sin pensarlo y le hice lo mismo que él me había hecho a mí cinco minutos antes.
Bruno me sujetó la nuca hasta vaciarse del todo. Era la primera vez que hacía algo así con un hombre, a solas, y descubrí que no me disgustaba en absoluto. Levanté la cabeza. Él sonreía con cara de pillo. Recogió la toalla y se inclinó hasta mi oído.
—El domingo terminamos la faena —murmuró.
Asentí. Abrió la puerta y salió, dejándome un sabor dulce en la boca y los huevos vacíos.
***
Cuando llegué a casa, los niños estaban en el salón. Los saludé y pasé directo a la cocina, donde Lucía preparaba la cena. Me acerqué por detrás, le toqué el culo y ella giró la cabeza para besarme con la boca abierta.
—Mmm. Tiene una polla deliciosa. Todavía llevas su sabor, cabronazo.
—Ya te has enterado. Ha sido él. Ha entrado en la ducha y…
—Ya lo sé. Me lo acaba de contar y estoy muy cachonda. Quédate tú con la cena, que necesito desfogarme. Imaginaros a los dos así me ha puesto enferma.
Salió de la cocina y subió a la planta de arriba. Yo me quedé entre fogones, sabiendo que estaba ahí arriba masturbándose por lo que había pasado, y eso volvió a ponerme a tope. La situación entera era de un morbo difícil de aguantar, y los dos lo estábamos disfrutando como nunca. Quedaba demostrado que muchas veces la imaginación pesa más que el juego en sí. Aunque, esta vez, lo que Bruno prometía para el domingo apuntaba a ser de primer nivel.
Faltaban pocos días para comprobar si todo lo que tenía guardado para nosotros era tan bueno como anunciaba. De momento, mi estreno a solas con otro hombre en las duchas del gimnasio había sido más placentero y más morboso de lo que jamás habría imaginado. Y con el factor sorpresa jugando de su lado.
Nunca había tenido sexo a solas con un hombre, más allá de algún roce durante un intercambio o un trío. Tampoco tenía ningún reparo en repetir. Pero aquello era distinto, y podía ser el primer paso hacia una bisexualidad que hasta entonces ni me había planteado. A estas alturas, con la vida que llevábamos Lucía y yo, eso ya no me importaba lo más mínimo.