La hermana de mi mejor amigo volvió de Miami
A Diego lo conozco desde la primaria. Crecimos juntos, pasamos por la misma secundaria y, cuando salíamos del colegio, casi siempre terminábamos en el restaurante de su padre comiendo sándwiches cubanos de pie en la barra. Esa tarde, su papá nos recibió con las llaves del auto en la mano y un encargo: teníamos que ir al aeropuerto a recoger a Camila, la hermana de Diego, que volvía de Miami después de un año estudiando allá.
—¿Tu hermana? —pregunté mientras masticaba—. No me acuerdo de ella.
—Era una niña flaca cuando se fue —dijo Diego encogiéndose de hombros—. Vas a ver que ya no.
No le di importancia. Comimos rápido, pasamos por su casa a dejar unas cosas y manejamos hasta el aeropuerto con las ventanillas abajo, animados porque acababan de empezar las vacaciones. Yo iba pensando en cualquier cosa menos en quién bajaría de ese vuelo.
Y entonces la vi.
Una morena de piel cobriza, no muy alta pero por encima de la media, con una blusa de flores muy de moda en esa época y un short ajustadísimo que le marcaba las piernas y todo lo demás. Llevaba una cinta en el pelo y una sonrisa que parecía saberlo todo. Cuando Diego me la presentó, nos dimos un abrazo de bienvenida y nos quedamos un par de segundos de más con las manos tomadas. Lo justo para que yo notara que no llevaba sostén, y para que ella notara que yo lo había notado.
—Así que tú eres el famoso Diego dos —dijo, riéndose—. Mi hermano habla de ti como si fueras de la familia.
—Algo así —contesté, y no se me ocurrió nada más inteligente.
Cargamos su equipaje, que era una exageración.
—¿Qué traes aquí, Camila, media Florida? —se quejó Diego al meter una maleta en la cajuela.
—Unas pocas cosillas, no seas dramático.
Yo iba a subirme atrás, pero ella me tomó del brazo.
—Ni se te ocurra. Vente adelante, así platicamos.
Cuando abrió la portezuela y se inclinó para acomodarse, quedé un instante detrás de ella, demasiado cerca. Sentí el roce de sus caderas contra mi bragueta y ella se apoyó un segundo de más, meneando el culo apenas, lo suficiente para que se me pusiera dura al instante. Miré de reojo a Diego, pero estaba ocupado con el cinturón de seguridad. Camila se rió por lo bajo y terminó de subir, como si nada.
El camino de vuelta fue una conversación tonta y deliciosa: la escuela, el ambiente, los lugares que yo había visto en un viaje de excursión el mayo anterior. Ella se inclinaba hacia el respaldo para escucharme, y cada vez que lo hacía la blusa se le abría un poco y le veía las tetas moverse sueltas ahí adentro. Yo perdía el hilo de lo que estaba diciendo.
—Creo que le gustas a mi amigo —soltó Diego, mirándome por el retrovisor con una sonrisa.
Sentí que me ponía colorado. Camila estiró el brazo y me acarició el antebrazo con dos dedos.
—No lo abrumes —dijo—. Cuéntame, ¿a dónde fuiste? Y no le hagas caso a este.
***
Llegamos al departamento y subimos las maletas a su cuarto mientras ella se metía al baño. Aproveché para decirle a Diego, en voz baja, que disculpara si me había quedado mirando a su hermana de más. El código no escrito de entonces era claro: con las hermanas de los amigos, nada.
—Tranquilo, cuate —dijo, chocándome el puño—. Camila siempre llamó la atención. No es tu culpa.
Ella salió del baño, desempacó un rato y volvió con un regalo para cada uno. A Diego le dio algo envuelto; a mí me extendió un cinturón de piel con una hebilla que decía «paz y amor».
—Espero que te guste —dijo.
—Muchísimo. Qué detalle. —Me quité el cinturón viejo ahí mismo y me puse el suyo, y le di un beso en la mano para agradecerle.
Ella se rió, me jaló del cuello de la camisa y me dio un beso corto en los labios.
—Me caes bien. Galante pero tímido —dijo, y soltó una carcajada.
—Ahora la apenada eres tú, hermanita —se burló Diego.
Comimos lo que quedaba de los sándwiches, platicamos de las comunas y del amor libre, de cosas que ella había vivido allá y que a mí me parecían de otro planeta. Cuando llegó su mamá, me despedí y me fui a casa con el cinturón puesto y la polla todavía media dura dentro del pantalón.
***
Pasó una semana. Yo me fui unos días a Acapulco con unos tíos, y cuando volví me llamó Diego para invitarme a un paseo: quería llevar a Camila a conocer las ruinas de un viejo convento en la sierra, esas que están metidas en el bosque, y vendría también Renata, su novia. Dije que sí sin pensarlo.
Pasaron por mí temprano. Diego se bajó para que yo me acomodara atrás, junto a Camila. Saludé a Renata con un cumplido y a Camila le di un beso en la mejilla, pero acercándome al oído le dije:
—Tú estás mil veces mejor.
Se mordió el labio para no reírse.
—Huy, qué galante viene Mateo hoy —comentó Renata.
—Cuidado, Camila —dijo Diego desde el volante—. Le das la mano y se toma el brazo entero.
—¿Será? —respondió ella, y me tomó la mano sobre el asiento, sin que su hermano lo viera. Después la deslizó por debajo, por encima de mi muslo, hasta ponerla sobre el bulto que empezaba a crecerme en el pantalón. Ahí la dejó, apretando de vez en cuando, mientras miraba por la ventana con cara de no romper un plato.
Desayunamos enchiladas en un puesto del camino y caminamos hasta el convento. En una zona baja, donde el piso estaba húmedo y resbaloso, Camila perdió el equilibrio y la sujeté de la cintura antes de que cayera. A partir de ahí caminó delante de mí, apoyada en mis hombros, y cuando salimos a la luz se giró y me abrazó.
No fue un abrazo de gracias. Me rodeó el cuello y me besó en los labios, metiéndome la lengua sin permiso, pegando todo su cuerpo al mío, las tetas sueltas aplastadas contra mi pecho y las caderas restregándose contra las mías. La polla se me puso dura contra su vientre y ella la sintió, movió la pelvis en un roce lento, deliberado, y sonrió sin separar los labios.
—Estás bien caliente, Teo —me susurró al oído—. Se te siente todo.
—Vos me tenés así desde el aeropuerto.
Se rió, me mordió el labio inferior y se apartó justo cuando se escucharon los pasos de Diego y Renata volviendo del otro lado del muro.
***
Más tarde, el grupo bajó hasta un río que corría entre los árboles. Compramos chicharrón, aguacates y refrescos en un mercado del pueblo, y armamos un campamento improvisado en la orilla. Até las botellas con una cuerda y las dejé en el agua fría para que se enfriaran mientras las chicas preparaban unos tacos.
Camila se acercó y metió la mano en la corriente.
—Está helada —dijo—. ¿Has nadado en un río?
—Varias veces. Pero hay que tener cuidado, las corrientes engañan. —La miré quitarse los tenis y meter los pies—. Te ves preciosa así.
—Exageras.
—Es en serio.
Me incliné y la besé. Ella respondió enseguida, jalándome del cuello hasta que quedé sobre ella en el pasto. Mis manos recorrieron sus costados, sus caderas, sus piernas, que separó un poco para acomodarme entre ellas. Sentí el calor del coño a través del short, empujando contra mi bulto, y ella movió las caderas contra la mía en un vaivén corto y ansioso. Pero Renata nos llamó para comer y tuvimos que separarnos como dos adolescentes atrapados.
Después de comer, Diego y Renata desaparecieron un buen rato entre los árboles. Camila y yo recogimos todo y nos sentamos a platicar, aunque ninguno de los dos tenía ganas de hablar.
—Ya se tardaron —dije.
—Estarán por ahí, haciendo cositas —contestó, riéndose—. Se está cogiendo a Renata contra un árbol, seguro.
—Qué boca tenés.
—La misma que te comió hace un rato. ¿O no te gustó?
Le acaricié la mano y volvimos a besarnos. Esta vez la recosté con cuidado en el césped, mi cuerpo haciendo presión sobre el suyo, la polla ya durísima marcada contra su muslo. Subí la mano hasta sus pechos por encima de la blusa, notando los pezones tiesos como piedritas debajo de la tela, y me atreví a desabrocharle un par de botones. Le saqué una teta y le chupé el pezón moreno, tirándoselo suave con los dientes, mientras ella se arqueaba y me clavaba los dedos en la nuca.
—Ay, así, sigue así —jadeó.
Cambié al otro pezón y le pasé la lengua alrededor, mordisqueándoselo, hasta que le tembló la voz. Bajé la mano y busqué el cierre del short.
—No, espera —murmuró, poniendo su mano sobre la mía—. Puede venir mi hermano.
No insistí con el cierre. En lugar de eso deslicé la mano por la pernera holgada del short, encontré el borde de la braga y la hice a un lado. La tenía empapada. Los dedos me resbalaron entre los labios del coño sin ningún esfuerzo, y ella soltó un gemido ahogado en cuanto le rocé el clítoris.
—Estás chorreando, Camila.
—Me tenés así vos, imbécil —dijo, agarrándome la muñeca para guiarme.
Le metí un dedo despacio, luego dos, sintiendo cómo el coño se le cerraba caliente y apretado alrededor. Le busqué el clítoris con el pulgar y empecé a masajearlo en círculos mientras la bombeaba con los dedos. Ella suspiró, me abrazó fuerte y escondió la cara en mi cuello, mordiéndome el hombro para no gritar. Sus caderas empezaron a moverse solas contra mi mano, buscando más profundidad, más ritmo.
—Más rápido, más, así —pedía en un susurro.
Le clavé los dedos más adentro, curvándolos hacia arriba, sin dejar de frotarle el clítoris. La sentí temblar entera, apretar los muslos contra mi brazo, e intentar cerrar las piernas mientras se corría con un gemido largo y contenido, la mano apretando mi muñeca hasta hacerme daño.
—Ya, ya —dijo, agitada, riéndose y tapándose la cara—. Para, para que quedé bien sensible.
Saqué los dedos, brillantes y pegajosos, y me los llevé a la boca sin dejar de mirarla. Ella abrió los ojos y se mordió el labio.
—Cochino.
—Estás riquísima.
La besé. Tenía los labios fríos y el pecho subía y bajaba rápido. Escuchamos pasos entre la maleza y se incorporó de golpe, abrochándose la blusa y acomodándose el short, y para cuando Diego y Renata aparecieron tomados de la cintura ya estábamos sentados platicando de cualquier cosa. La polla todavía me palpitaba dentro del pantalón, dolorida, y tuve que cruzar las piernas para que no se notara.
***
Dos días después llamé a casa de Diego. Contestó Camila.
—Salió con mi papá —dijo—. Y mi mamá anda con sus amigas. Estoy sola y aburridísima.
—Si querés voy a hacerte compañía.
—Bueno. Aquí te espero, voy a la tienda mientras tanto. —Bajó la voz—: Y vení con ganas, ¿eh?
Tomé la bicicleta y pedaleé hasta su casa sudando, con la polla medio dura todo el camino de solo pensar en lo que iba a pasar. Me esperaba en la puerta con una minifalda amplia, sandalias sin medias y una blusa blanca que dejaba entrever el sostén rosa. Nos saludamos de beso, me tomó de la mano y me hizo pasar.
—¿Refresco? Vienes empapado.
—Por favor.
Mientras ella servía dos vasos y ponía unas papas en la mesa de centro, yo me refresqué un poco en el baño. Cuando salí me la quedé mirando.
—Qué hermosa eres —le dije, y no pude evitar bajar la vista a sus piernas morenas, descubiertas casi hasta el muslo.
Ella juntó las rodillas y cruzó las piernas, riéndose de mi descaro. Me senté a su lado, le puse la mano sobre el muslo y la besé antes de acomodarme. Hablamos un rato de sus amigas, del cine, de tonterías, pero yo apenas seguía la conversación, con la mano subiendo despacio por la parte interna del muslo.
—¿Qué tanto me miras? —preguntó con cara de inocente—. Me vas a gastar. ¿Me veo mal?
—Al contrario. Me tenés durísimo, Camila. Desde que abrí la puerta.
Le agarré la mano y me la puse sobre el bulto del pantalón. Ella abrió los ojos y sonrió, apretando por encima de la tela.
—Uy. Sí que estás listo.
Me acerqué, pasé la cara por su cuello, le dije que olía riquísimo y la besé de nuevo, metiéndole la lengua hasta el fondo. Esta vez ella separó los labios y, sin que yo lo pidiera, abrió las piernas para dejar que mi mano subiera bajo la falda. Sentí el encaje húmedo de la braga bajo mis dedos, la tela pegada al coño. La aparté a un lado y le pasé el dedo del medio por toda la raja, de abajo hacia arriba, hasta encontrarle el clítoris hinchado.
—Mmm, Teo —gimió contra mi boca.
La presioné contra el respaldo y nos devoramos a besos mientras yo la masturbaba en el sillón, los dedos entrando y saliendo, chapoteando con lo mojada que estaba. Ella se deslizó hacia la orilla del sofá, buscando más contacto, abriendo más las piernas.
—Sacame la blusa —jadeó.
Le bajé los tirantes con los dientes y la mano libre, le desabroché el sostén y le liberé las tetas, redondas y firmes, con los pezones marrones parados. Le atrapé uno con los labios y lo chupé fuerte, lamiéndolo, mordisqueándolo, mientras seguía metiéndole los dedos. Ella terminó de quitarse la blusa jadeando, recargada en el respaldo, la mano hundida en mi pelo.
—Bajá, bajá con la boca —me pidió, empujándome hacia abajo.
Seguí mi camino hacia el suelo, arrodillándome delante del sofá. Levantó las caderas para que le subiera la falda hasta la cintura y le arrancara la braga por completo. La tiré a un lado. Se abrió de piernas para mí, sin vergüenza, mostrándome el coño depilado, rosado, brillando de lo mojada que estaba. Le agarré los muslos y me lancé de cara.
Le pasé la lengua entera desde abajo hasta arriba, despacio, saboreándola, y ella gimió alto y me apretó la cabeza contra su sexo. Le lamí los labios uno por uno, se los chupé, hundí la lengua todo lo que pude dentro de ella, hasta que la escuché retorcerse. Después subí al clítoris y me quedé ahí, chupándoselo, dándole vueltas con la punta de la lengua, mientras le metía dos dedos y los bombeaba profundo.
—Ay, sí, así, no pares, no pares…
Se retorcía sobre el sofá con la mano marcándome el ritmo desde la nuca, las piernas cerradas alrededor de mi cabeza. Le acelaré los dedos y le chupé el clítoris con más fuerza, apretándolo entre los labios, hasta que su orgasmo la sacudió entera. Se corrió en mi boca con un grito ahogado, las piernas temblando sobre mis hombros, las caderas empujando contra mi cara.
—Ya, ya, Teo —pidió con la voz entrecortada—. Quedé muy sensible.
Me incorporé, con la barbilla brillante, y la besé. Le hice probarse en mi boca y ella gimió bajito. Ya estaba dejándome caer los pantalones cuando me detuvo con una mano en el vientre.
—Esperá. Vamos a mi cuarto.
***
Cruzamos el pasillo medio desnudos, ella aferrada a mí, yo con las manos en su culo desnudo bajo la falda arremangada. Antes de llegar al cuarto me tiró contra la pared, se arrodilló en el pasillo y me terminó de bajar el pantalón y los calzoncillos de un tirón. La polla me saltó afuera, dura, latiendo, apuntándole a la cara.
—Mirá qué polla más linda tenés —dijo, agarrándomela por la base con una mano.
Me pasó la lengua por toda la extensión, de abajo hacia arriba, y me lamió la punta como si fuera un helado. Después se la metió en la boca, entera, hasta el fondo, y me la empezó a mamar apretando los labios, mirándome hacia arriba con los ojos muy abiertos. Le agarré la cabeza y le sostuve el pelo hacia atrás para verle bien la cara mientras me chupaba.
—Así, así, seguí así —jadeé—. Qué rico mamás.
Sacaba y metía la polla en su boca con un ritmo perfecto, haciéndole ruido, la mano siguiendo lo que la boca dejaba. Cuando la sentí demasiado a punto de hacerme terminar, la levanté del pelo con cuidado.
—Al cuarto. Ya.
Se rió, me agarró la polla como si fuera una correa y me tiró hasta la cama. Destendió las sábanas de un manotazo, se sacó la falda de un tirón y se acostó boca arriba, abriéndose de piernas y llamándome con el dedo.
—Vení, cogeme ya.
Me coloqué entre sus piernas abiertas y me llevé la punta al coño, frotándola arriba y abajo por sus labios mojados antes de empujar. Entré despacio, disfrutando lo apretada y caliente que se sentía, la carne cediendo alrededor de la polla centímetro a centímetro, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y soltaba un gemido largo.
—Aaay, qué grande la tenés, Teo. Toda, metémela toda.
Empujé hasta el fondo y me quedé un segundo ahí, quieto, sintiéndola palpitar. Después empecé a moverme, lento, con embestidas profundas, besándole el cuello y las tetas, las manos en sus caderas. Camila levantó la pelvis para recibir cada embestida, me rodeó la cintura con las piernas y, abrazándome fuerte, me clavó las uñas en la espalda.
—Más fuerte, más fuerte, no me tratés como una porcelana.
Le hice caso. Le agarré las corvas, se las levanté hasta ponérselas contra el pecho y le empecé a coger duro, con embestidas secas que la hacían saltar en la cama y golpearse las tetas. El sonido húmedo de los cuerpos chocando llenó el cuarto, mezclado con sus gemidos, cada vez más agudos.
—Sí, sí, así, cogeme, cogeme fuerte, no pares…
La sentí apretar la polla con el coño de repente, como una mordida, y se corrió por segunda vez, vibrando entera contra mi cuerpo, jadeando junto a mi oído y clavándome los talones en el culo para que no parara.
Bajé el ritmo para que lo disfrutara y la giré de lado sin salir de ella, poniéndome detrás en cuchara, una mano en su cadera, los labios en la nuca. Le levanté una pierna con el brazo y volví a bombeársela desde atrás, despacio, hondo, chupándole el cuello, jugándole con un pezón entre los dedos. Sudorosos, nos movíamos coordinados, la polla entrándole y saliéndole con un ruido húmedo que me volvía loco.
—Estás riquísima, Camila. Qué coñito más apretado tenés.
—Es todo para vos, mi amor.
Después me empujó para acostarme boca arriba y se subió encima, con la polla todavía dentro. Apoyó las manos en mi pecho y empezó a cabalgarme, marcando su propio ritmo, subiendo y bajando lento primero, después más rápido, el culo golpeándome los muslos, las tetas rebotándole en la cara. Le agarré las caderas y la guié, empujándola hacia abajo cada vez que subía, clavándomela hasta el fondo.
—Mirame la cara mientras te la meto —le dije.
Me miró a los ojos, mordiéndose el labio, con el pelo pegado a la frente por el sudor. Le pellizqué los pezones, se los retorcí suave, y ella soltó un jadeo largo y aceleró.
Nuestras respiraciones se fueron acompasando y acelerando juntas. Le hice entender con la mirada que estaba por terminar, sin poder articular palabra. Ella entendió, dio unos últimos movimientos profundos, rebotando encima de mí con todo su peso, y se apartó justo a tiempo. Me agarró la polla con la mano y la bombeó rápido, y yo me corrí a chorros sobre la curva de su espalda y la parte baja de su culo, largos jets de semen tibio que la mancharon entera. La abracé, todavía agitado, y nos quedamos un momento quietos.
—No me pude contener —dije—. Apretabas demasiado rico.
—No importa —contestó, riéndose mientras se acomodaba a mi lado y se pasaba un dedo por la espalda para llevárselo a la boca—. Igual prefería sentirte así.
Reposamos un rato, pero ninguno de los dos quería desaprovechar la tarde. Al poco rato ya la tenía otra vez dura y ella se dio cuenta cuando se le apoyó en el muslo. Se rió, me agarró la polla con la mano y me la sacudió despacio hasta que estuvo bien firme. Nos pusimos frente al espejo grande de su cómoda, ella de rodillas en la cama con las manos apoyadas en la madera, y yo detrás, entrándole otra vez desde atrás, ahora sin apuro, mirándonos de reojo en el reflejo y sonriendo como dos cómplices.
Le agarré el pelo en una cola con la mano y tiré suave, haciéndole arquear la espalda. Le vi la cara en el espejo, la boca abierta, los ojos entrecerrados, las tetas balanceándose con cada embestida. Le pasé la otra mano por debajo y le froté el clítoris al ritmo de la polla, hasta que se corrió por tercera vez, temblando, dejándose caer sobre los codos y apretándome de nuevo el coño como un puño.
—Corrémela adentro esta vez —me pidió, mirándome por el espejo—. Quiero sentirte terminar dentro.
Le agarré las caderas con las dos manos y le empecé a coger a fondo, sin piedad, hasta que sentí el hormigueo subiendo por la polla. Cuando me vine descargué todo dentro de ella, chorro tras chorro, apretándole el culo contra mí para meterme lo más adentro posible. Me desplomé sobre su espalda, jadeando, todavía dentro, y ella me abrazó los brazos por debajo.
***
Nos metimos a bañar en el baño de sus papás, enjabonándonos uno al otro, riéndonos de lo que acababa de pasar. Le enjaboné las tetas con las manos, ella me lavó la polla despacio hasta ponerla dura de nuevo, pero nos dio risa y lo dejamos ahí. Cuando salí a la sala por mi ropa, encontré su braga rosa arrugada sobre el sofá, todavía húmeda, y sin pensarlo demasiado me la guardé en el bolsillo como recuerdo.
—¿Y ahora qué hacemos con Diego? —pregunté, abrochándome el cinturón que ella misma me había regalado.
—Nada —dijo, peinándose frente al espejo—. Esto es solo nuestro.
Me despedí con un beso largo, con la mano todavía metida bajo su bata acariciándole el culo, y pedaleé de vuelta a casa con la braga en el bolsillo y una sonrisa que no se me borró en toda la noche. Han pasado muchos años. Diego sigue siendo mi mejor amigo y nunca supo nada. Es la única confesión que todavía guardo entera, y la única que, si pudiera, no cambiaría por nada.





