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Relatos Ardientes

La tarde que por fin crucé la línea con un compañero

Cuando conocí a Esteban, hace ya veinte años, él arrastraba una vida que a mí me parecía de otro planeta. Había estado en el ambiente del intercambio de parejas desde mucho antes de conocerme, y al principio yo escuchaba sus historias como quien escucha un cuento ajeno: con curiosidad, con un poco de escándalo y, no lo voy a negar, con una humedad incómoda entre las piernas.

Tardé un par de años en admitir que aquello no era solo un cuento. Que también lo quería para mí.

Hablábamos de nuestras fantasías hasta tarde, abrazados en la oscuridad. Las suyas eran de todos los colores, pero había una que repetía más que ninguna: ver cómo otro hombre me penetraba. A mí, en cambio, me atraían las mujeres. Solo las mujeres. Y eso fue lo que pasó durante mucho tiempo.

Fuimos a fiestas, compartimos cama con otras parejas, vivimos algún episodio con amistades cercanas. Pero en todos esos años yo solo me había acostado con mujeres. Notaba la paciencia de Esteban como se nota una corriente de aire: siempre esperando que yo aceptara a otro hombre, y ese momento, sencillamente, no llegaba nunca.

Hasta su cincuenta cumpleaños.

Esa noche, mientras los cuatro compartíamos la misma cama, lo sorprendí con la boca llena de un viejo amigo nuestro. Y algo se desató en él. Mientras yo seguía con aquel amigo, Esteban se colocó detrás de mí y me tomó sin preguntar. Tengo que confesarlo: lo disfruté mucho más de lo que jamás creí posible.

Las semanas siguientes fueron una fiesta privada. El sexo entre nosotros se volvió eléctrico. Recordábamos aquella escena en voz baja, y bastaba nombrarla para que se nos acelerara el pulso. Aun así, su deseo seguía intacto, agazapado. Quería verme con otro hombre dentro, y yo seguía cerrando esa puerta.

***

El que la abrió, sin saberlo, fue Marcos.

Marcos trabajaba dos escritorios más allá del mío. Llevaba semanas coqueteando conmigo con esa mezcla de descaro y simpatía que desarma. Una tarde, junto a la máquina de café, se inclinó hacia mí y me soltó:

—Si algún día te apetece, me apunto sin pensarlo dos veces.

Lo miré, le agradecí el cumplido y le contesté con una sonrisa tranquila.

—Tengo todo lo que necesito en casa.

Nos reímos, intercambiamos un par de bromas más y volvimos al trabajo. Esa noche, en la cama, le conté el episodio a Esteban. Por supuesto, sonrió de oreja a oreja.

—Deberías dejar que te lo hiciera y quitártelo de la cabeza —dijo, medio en broma, medio rezando.

—No, cariño. Te tengo a ti —respondí, acariciándole el pecho.

Por su expresión supe que volvía a estar decepcionado. Y, por primera vez, ese gesto suyo me dejó pensando.

Durante las semanas siguientes el coqueteo con Marcos no se apagó, al contrario. Y, casi sin darme cuenta, empecé a preguntarme cómo se sentiría su cuerpo contra el mío. Cómo sería tenerlo dentro. Me sorprendió pensar así, pero la curiosidad ya se había mezclado con el viejo deseo de Esteban y formaba algo nuevo, denso, que me costaba ignorar.

¿Y si lo hiciera? ¿Y si por fin le diera eso a mi marido?

Empecé a vestirme distinto para la oficina. Faldas más cortas. Tacones que no necesitaba. Provocaba a Marcos con descaro, dejándole entrever un muslo, una franja de encaje, una mirada sostenida un segundo de más.

***

Un martes me puse una falda especialmente corta. Sabía que Marcos pasaría por mi despacho en cualquier momento, así que me agaché frente al archivador, fingiendo buscar una carpeta, y me quedé así.

Lo oí entrar antes de verlo.

—Madre mía —murmuró desde la puerta—. Acabas de arruinarme el resto del día.

Solté una risita y giré la cabeza por encima del hombro.

—¿En serio? —pregunté, sin enderezarme del todo.

No respondió con palabras. Cruzó el despacho en tres pasos, me tomó de la cintura y me apretó contra él. Pude sentirlo, duro, presionando a través de la tela del pantalón. En ese instante me sentí dos cosas a la vez que no sabía que podían convivir: avergonzada y profundamente deseada.

Empujé las caderas hacia atrás. Él respondió. Durante un par de minutos nos frotamos así, despacio, sin besarnos, respirando cada vez más fuerte, fingiendo todavía que aquello no estaba pasando. Cuando por fin se apartó, nos miramos en silencio. Los dos sabíamos lo que íbamos a hacer. Solo era cuestión de cuándo.

Marcos salió del despacho sin decir nada. Yo me senté, las piernas temblando, y al notar la humedad entre los muslos supe que ya no había marcha atrás.

Pasé el resto de la jornada imaginándolo. No solo el momento con él, sino la cara de Esteban cuando se lo contara. Cuánto lo había esperado. Cuánta paciencia me había tenido. Esa idea me calentaba tanto como el propio Marcos.

***

El edificio se fue vaciando. La luz del atardecer entraba en diagonal por la ventana y teñía de naranja las paredes. Estaba recogiendo el bolso cuando Marcos entró, cerró la puerta con llave a su espalda y se quedó mirándome.

—Somos los últimos que quedamos —dijo, con la voz más grave que de costumbre—. Y no puedo irme sin hacerlo.

No me dio tiempo a responder. Me empujó contra la pared y me besó como si llevara semanas conteniéndose, porque así era. Su boca era impaciente, sus manos seguras. Sentí una de ellas subir por mi muslo, apartar la falda y, de un solo tirón, deslizar la ropa interior hasta el suelo.

Sus dedos encontraron de inmediato lo empapada que estaba. Eran largos, hábiles, y supieron exactamente dónde insistir. En cuestión de minutos noté que el primer orgasmo se acercaba, inevitable, mientras él me besaba el cuello con una lentitud que contrastaba con la urgencia de su mano.

—Me voy a correr —le susurré al oído.

No paró. Al contrario, hundió los dedos más adentro y yo me deshice contra la pared, mordiéndome el labio para no gritar, con el placer recorriéndome de la nuca a los talones. Fue intenso, descarado, distinto a todo lo que conocía. Y me sentí maravillosamente sucia.

Antes de que el temblor terminara, me apartó de la pared, me inclinó sobre mi propio escritorio y se acercó a mi oído.

—Ahora te voy a follar hasta que te corras otra vez.

Oí el cinturón, oí la tela caer. Después lo sentí presionar contra mí, buscando la entrada, y cuando por fin empujó tuve que agarrarme al borde de la mesa. Era grueso, me llenaba por completo de un modo que no esperaba. Cerré los ojos y me concentré en cada centímetro.

Empezó con embestidas largas y lentas, como tomándome la medida. Su respiración era contenida pero pesada, y poco a poco aceleró, clavándose más hondo con cada movimiento. Yo me sostenía como podía, jadeando contra los papeles desordenados de mi propio escritorio.

El segundo orgasmo me alcanzó de golpe, más fuerte que el primero. Las piernas dejaron de responderme; si no hubiera sido por la mesa, me habría caído. Nunca me había sentido tan poseída ni tan libre al mismo tiempo.

—¿Puedo terminar dentro? —jadeó, ya al límite.

No lo pensé.

—Sí. Dentro.

Lo sentí empujar hasta el fondo y quedarse ahí, temblando, vaciándose en mí con un gemido ronco. Me quedé inmóvil, absorbiendo cada espasmo, pensando en una sola cosa: en lo mucho que iba a disfrutar contándole todo esto a Esteban.

Cuando salió, me ayudó a incorporarme y me dio la vuelta con una delicadeza que no esperaba. Me sostuvo la cara un segundo, me besó despacio y recogió mi ropa interior del suelo.

—Tendremos que repetirlo —dijo, tendiéndomela.

Se vistió, me besó una última vez y salió por la puerta como si nada. Yo guardé la ropa interior en el bolso, todavía aturdida, y bajé al aparcamiento con las rodillas flojas.

***

El trayecto a casa se me hizo eterno y demasiado corto a la vez. Iba excitada, incrédula, deseando llegar. Al meter el coche en el garaje noté cómo me resbalaba por dentro lo que Marcos había dejado, y esa sola sensación volvió a encenderme.

Apagué el motor y entré casi corriendo. Esteban estaba en el salón. Me acerqué, lo besé y le hablé al oído sin rodeos.

—Acaban de follarme en la oficina. Y todavía lo tengo dentro. —Hice una pausa para sentir cómo se le cortaba la respiración—. Quiero que me inclines sobre el sofá ahora mismo.

No necesitó que se lo repitiera. Lo único que alcancé a oírle decir, mientras me doblaba sobre el respaldo, fue:

—Por fin. Por fin, mi amor.

Me tomó con una urgencia que no le conocía. Entraba hasta el fondo, fuerte, rápido, como si quisiera reclamar lo que otro había tocado primero. Gemía más alto que nunca, y yo me corrí un par de veces antes de que él llegara a su límite.

—Me corro —gruñó, y se vació dentro con una sacudida que sentí en todo el cuerpo.

Esteban casi nunca terminaba dos veces. Esa noche lo hizo. Unos minutos después volvió a embestir, otra vez al borde, y soltó un gemido largo y profundo al descargarse de nuevo. Su cuerpo temblaba contra mi espalda.

Cuando por fin se retiró, se dejó caer en el sofá, agotado y feliz como no lo había visto en años.

—No tienes idea de lo que ha sido follarte después de que lo hiciera otro —murmuró.

Me incliné, lo besé en la frente y le acaricié el pelo.

—Gracias por estos veinte años, cariño —le dije—. Voy a darme una ducha. Y luego, en la cama, te cuento cada detalle mientras me haces tuya toda la noche.

Me alejé hacia el baño en un estado de calma absoluta, casi de euforia tranquila. Dos hombres me habían deseado el mismo día. Mi marido había recibido, por fin, lo que llevaba media vida esperando. Y yo había descubierto una parte de mí que ni siquiera sabía que existía.

Esteban siempre dijo que algún día querría cruzar esa línea. Tenía toda la razón. Lo que no me dijo, porque seguramente tampoco lo sabía, es que una vez cruzada ya no quería volver atrás.

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Comentarios (5)

Lorena_Mdq

Que relato mas rico!!! me dejo con ganas de mas

CuriosaRosario

Me encanto como lo contaste, se siente muy real. Sigue escribiendo por favor!

PatoLect

Las confesiones son las que mas me gustan de todo el sitio, tienen ese toque de verdad que los relatos inventados no tienen. Muy bueno este

Lucas_cba

La tension del principio esta muy bien lograda, te engancha desde el primer parrafo. Excelente!!

MarcelaCBA

Me recordo a una situacion similar que tuve hace años... yo no crucé la linea pero me quedé pensando mucho tiempo en eso jaja. Gracias por animarte a contarlo

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