El hermano de mi madrastra no podía dejar de mirarme
Lo cuento tal como pasó, sin adornarlo. Siempre fui consciente de cómo me miraban los hombres, y nunca me molestó: piel clara, ojos verdes, el pelo negro hasta media espalda y un cuerpo que el ejercicio mantenía firme donde tenía que estarlo. Caminaba por la calle y sentía las miradas pegándose a mí como sombras. No lo evitaba. Me gustaba.
Por aquella época pasaba algunos fines de semana en casa de mi padre. Él viajaba mucho por trabajo, así que la mitad de las veces llegaba y la casa estaba ocupada solo por su mujer, Carmen, y mis medios hermanos pequeños. Carmen y yo nunca nos llevamos del todo bien, y lo que voy a contar terminó de romper cualquier cosa que quedara entre nosotras.
El motivo tenía nombre: Andrés, el hermano de Carmen. Tenía veinticuatro años, me llevaba unos cuantos, y cuando se quedaba a dormir en la casa nadie pensaba nada raro. Era de la familia, al fin y al cabo.
Andrés no era guapo ni feo, estaba en ese punto medio que pasa desapercibido. Nos conocíamos desde hacía años, desde que su hermana se casó con mi padre, y al principio fue una relación de lo más normal. Pero yo crecí, mi cuerpo cambió, y un día noté que la forma en que me miraba ya no era la de antes. Tampoco yo era ninguna santa: sabía perfectamente lo que provocaba y disfrutaba provocándolo.
A esa edad me encantaba mostrarme. Vestidos cortos y ajustados, tops sin sujetador, pijamas que parecían lencería. En la calle o en casa, daba igual. A mi padre no le gustaba que anduviera así por la casa, pero mi padre casi nunca estaba.
***
Todo empezó unas vacaciones de verano. Andrés llegó a dormir una noche sin que yo me enterara, encerrada en mi cuarto. A la mañana siguiente bajé a la cocina como siempre, con una camiseta de tirantes finos, sin nada debajo, y un short de encaje que me quedaba a media nalga. Pensé que estaba sola.
No lo estaba. Andrés se había sentado en la mesa del comedor y, cuando fui hacia la cocina a servirme el desayuno, sentí su mirada recorrerme entera. Me giré despacio y ahí estaba, con la boca entreabierta, repasándome de los pies a la cara sin ningún disimulo.
—Hola, Andrés —dije, como si nada.
—Hola... —contestó, y casi no le salía la voz.
—Qué milagro verte por aquí.
—Lo de siempre —respondió, fingiendo una sonrisa tranquila que no se creía ni él.
Seguí preparándome el desayuno sintiendo sus ojos clavados en mi espalda, en mi cintura, más abajo. No me molestó. Al contrario: me subía el ego saber que un hombre se quedaba sin palabras solo por verme cruzar una cocina. Me senté frente a él, me preguntó cosas sin sentido y yo le respondí mientras lo pillaba mirándome de reojo una y otra vez.
Cuando me levanté de la silla, me ajusté el short y me bajé un poco el tirante de la camiseta, lo justo para que viera más de lo que ya estaba viendo. Funcionó. Se quedó embobado y yo me limité a sonreírle con toda la intención del mundo.
***
Más tarde, mientras tendía la ropa en el patio, lo tuve otra vez detrás. No despegaba la vista de mí, ni siquiera cuando colgaba mi propia ropa interior para que se secara. Se acercó.
—¿Te ayudo? —ofreció.
—No, gracias.
No dejaba de mirarme.
—¿Qué tanto miras? —le solté.
—Nada. ¿Está muy fría el agua?
—¿Por qué lo dices?
—Por nada. Mírate.
Me señaló el pecho. Con el frío del agua, los pezones se me marcaban a través de la tela fina, y sin sujetador no había forma de disimularlo. Me tapé con una sonrisa.
—Eres un atrevido, Andrés.
—No es culpa mía que tengas eso y no uses sujetador.
—Claro, tú no haces más que mirarme. ¿Te crees que no me doy cuenta?
—Es que ya eres toda una mujer —dijo, bajando la voz—. Una mujer así es difícil de no mirar.
Me puse roja, pero no de vergüenza. Mientras terminaba de tender, se colocó detrás de mí, me sujetó de la cintura e intentó besarme el cuello. En lugar de apartarme, me incliné un poco hacia atrás y le rocé el trasero. Sentí lo dura que la tenía. Esto va a terminar mal, pensé, y la idea me gustó.
***
A partir de ese día, cada vez que coincidíamos a solas, Andrés no perdía la ocasión. Me pasaba la mano por la espalda hasta el final, me daba un apretón, me susurraba cosas al oído. «Qué piernas», «qué labios», «quiero una novia como tú». Yo lo miraba, me mordía el labio y dejaba que siguiera. La tensión entre nosotros se podía cortar con un cuchillo.
Un día me puse unas mallas de ciclista tan ajustadas que se me marcaba todo, con un top sin sujetador. Andrés se quedó mirándome la entrepierna sin disimulo.
—¿Qué miras, bobo? —le dije, riéndome.
—Lo que se te ve —respondió, señalando con el dedo.
—Otra vez con eso.
Me miré y, en efecto, las mallas no dejaban nada a la imaginación. Me puse nerviosa y, a la vez, encendida.
—Así me gustan —murmuró—. Vistiéndote de esa forma, cualquiera se provoca. Estás para comerte.
—Eso se lo dirás a todas. Respeta.
Me fui a mi cuarto y me encerré un buen rato, hasta que Carmen me llamó para almorzar. En la mesa, Andrés no podía dejar de mirarme y de aguantarse la risa, y al final me contagió. Carmen lo notó. Notaba demasiado.
—Qué callados están. Digan algo —comentó, observándonos con una ceja levantada.
—Voy a llevar a los niños un rato al parque —añadió después—. Me demoro. ¿Vienen?
—No, yo tengo pereza, me voy a echar a dormir —dije.
—Yo tengo que terminar un trabajo de la universidad —se excusó Andrés.
Carmen dudó. Estoy segura de que ya sospechaba algo, pero al final salió con los niños. Y nos quedamos solos en la casa.
***
Dormí poco más de una hora y bajé al salón. Andrés estaba viendo la televisión, y cuando me vio aparecer se le iluminó la cara. Me senté en el sofá, un poco apartada, pero ninguno de los dos podía dejar de mirar al otro. La atracción ya era imposible de esconder.
Se fue acercando despacio. Primero me rozó el brazo, luego la espalda, después empezó a hacerme cosquillas, y con esa excusa fue subiendo las manos hasta mis pechos.
—Para, que me duele —protesté a medias, tapándome—. ¿Qué tanto miras?
—Nada.
—Sí, claro. Le voy a decir a Carmen.
—Díselo —contestó, sin dejar de sonreír.
Pero no paró. Me acariciaba los muslos sin ningún pudor, y cada roce me mandaba una corriente directa al centro del cuerpo. Yo lo miraba mientras él se tocaba por encima del pantalón, y la imagen me terminó de encender. Tenía los pezones duros y notaba la humedad creciendo entre las piernas.
—¿De qué color es la que llevas puesta? —preguntó—. Como no traes sujetador, igual tampoco traes nada debajo.
—¿Por qué te importa eso?
—Curiosidad. Se te marca todo. Bájate un poco las mallas, déjame verlo.
Me las bajé apenas un dedo, lo suficiente para enseñarle el borde de encaje.
—¿Contento? —le dije.
—Lo que quiero es quitártelas.
Lo miré, me reí, me lamí los labios.
—¿Ah, sí? Pues quítamelas.
No esperó más. Puso una mano en mi muslo y la otra en mi pecho y me besó. Le devolví el beso, le mordí el labio. Con la mano libre empezó a acariciarme por encima de la tela de las mallas, justo en el sitio exacto, y yo incliné las caderas hacia adelante para sentirlo mejor.
—¿Te gusta así? —preguntó.
Le dije que sí solo con la mirada. Estaba tan mojada que la tela se había empapado. Me bajó un tirante de la camiseta, me descubrió un pecho y se lo metió en la boca. Estábamos en lo mejor cuando sonó la puerta.
***
Era Carmen, que volvía con los niños. Me aparté de un salto y me cubrí como pude, pero ella se quedó parada en el umbral, mirándonos.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó.
—Nada —dijimos los dos, demasiado rápido.
Yo estaba agitada, roja, incapaz de disimular. Si Carmen hubiera tardado cinco minutos más, habríamos terminado en el sofá de la casa de mi padre. Me quedé sentada un rato largo y luego subí a mi cuarto. Las mallas estaban empapadas, como si me hubiera orinado encima. No era la primera vez que me pasaba; me bastaba con que me tocaran un poco.
Esa noche no pudo ser, pero la decisión ya estaba tomada por las dos partes. Andrés me deseaba y yo lo deseaba a él, y solo era cuestión de encontrar el momento.
***
El momento llegó la noche siguiente. Esperé a que Carmen se durmiera, me puse una pijama corta y suelta, sin nada debajo, y bajé al salón. Andrés seguía despierto frente a la televisión. El corazón me latía como un tambor y tenía ese vacío en el estómago que da cuando vas a hacer algo que sabes que no deberías. Me senté a su lado.
—Hola, Andrés —le dije, con la voz más baja que pude.
—Hola —contestó, repasándome de arriba abajo.
—¿Qué haces?
—Viendo una película. Estás muy guapa con esa pijama.
Subí las piernas al sofá y, despacio, las fui abriendo, dejándole ver que no llevaba nada debajo. Se le cortó la respiración. Me levanté y caminé hacia la cocina; me siguió al instante. Me sujetó de la mano, me pegó contra la nevera y me besó metiéndome la lengua, mordiéndome los labios mientras yo hacía lo mismo.
—Déjame ver —me pidió.
Me subió la tela fina de la pijama y empezó a acariciarme con el pulgar mientras me besaba el cuello. Yo ya estaba lista, lo había estado todo el día. Me bajó los tirantes, me descubrió los pechos y se entretuvo en ellos como si tuviera todo el tiempo del mundo. Después me giró contra la nevera, me dio una palmada y me tomó de la mano para llevarme a su cuarto, que estaba en la planta baja, lejos del de Carmen.
Entramos y me quité la pijama de un tirón. Estaba dispuesta a todo. Lo empujé sobre la cama y me coloqué encima al revés, para tenerlo a él mientras él me tenía a mí, y ninguno de los dos se quedó con ganas. Luego me senté a horcajadas y lo cabalgué moviendo las caderas como sabía hacerlo, mordiéndome la mano para no gemir en voz alta. La casa estaba en silencio y el silencio era lo único que nos protegía.
Después me puso boca abajo y me sujetó por las caderas, y tuvo que taparme la boca con la mano para que no se me escapara ningún sonido. Yo temblaba de arriba abajo y él no se cansaba. Fue una noche entera de empezar, parar para escuchar, y volver a empezar.
***
A partir de ahí, cada vez que iba a casa de mi padre y Carmen no estaba, lo aprovechábamos. Yo me hacía la difícil de día y de noche bajaba a su cuarto. Así fue hasta que una mañana Carmen nos encontró dormidos, desnudos, sin manera de inventar ninguna excusa. Creo que hacía tiempo que lo sabía y solo esperaba la prueba.
Desde ese día las cosas con ella cambiaron del todo. Le dije a mi padre que prefería quedarme en casa de mi abuela, lo cual me vino de maravilla: Andrés empezó a visitarme allí por las noches, donde nadie nos vigilaba.
Carmen nunca le contó nada a mi padre. Sabía que, si él se enteraba de que su cuñado andaba con su hija, la cosa terminaría muy mal para Andrés. Así que se lo guardó, y nosotros seguimos con lo nuestro un buen tiempo más.
Y así fue como el hermano de mi madrastra pasó a la lista de las cosas que confieso y que volvería a hacer sin pensarlo.