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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el despacho de mi asesor fiscal

Las Navidades del año pasado me dejaron un regalo que jamás habría imaginado. Durante casi un año trabajé en casa de un hombre mayor, cuidándolo y haciéndole compañía. Tenía nietos y sobrinos de sobra, pero casi ninguno encontraba un hueco para sentarse a su lado un rato.

Don Aurelio y yo congeniamos desde el primer día. Jugábamos a las cartas, al ajedrez, paseábamos por el parque cuando el tiempo acompañaba y, sobre todo, hablábamos durante horas. Él me contaba mil historias de su juventud y yo lo interrumpía a cada paso, muerta de curiosidad, pidiéndole un detalle más. Eso le encantaba.

Una noche se durmió y ya no despertó. Se fue en paz, sin sufrir, y a veces pienso que no merecía menos.

Volví a buscar trabajo y entré como dependienta en la sección de lencería de unos grandes almacenes en pleno centro de Valencia. Me gustaba el oficio: ayudar a las clientas a elegir, recomendar telas, adivinar tallas con un golpe de vista.

Cuál fue mi sorpresa cuando, medio año después, me llamó un abogado. Habían abierto el testamento de don Aurelio y había dejado algo para mí. Debía presentarme al reparto.

Cuando llegué a la notaría me recibió una sala llena de caras largas. Habría unas quince personas, todas de pésimo humor. Reconocí a casi todas por las historias que el viejo me había contado tantas tardes, riéndonos juntos de sus manías.

El notario empezó a leer y entonces entendí aquel recibimiento tan frío. Don Aurelio había decidido dejarme su piso de la avenida del Puerto, un dúplex precioso con terraza y un balcón en cada habitación, valorado en más de un millón de euros, con todo lo que había dentro.

Todos me miraban con un odio que se podía cortar, mientras el abogado del difunto sonreía con cierta malicia. Como golpe final, don Aurelio había dispuesto que los impuestos y los gastos del legado salieran de la propia herencia. Recibía la casa entera sin soltar un solo euro.

Bien hecho, viejo amigo.

Firmé y me marché dejándolos a todos cuchicheando, seguramente insultándome a media voz. Me llevé algunos recuerdos: el tablero de ajedrez, unas fotografías, un montón de libros viejos que él adoraba. Y puse el piso en venta.

No tardó nada en venderse. De pronto era millonaria. Pero la siguiente sorpresa me la llevé yo: en la declaración de la renta me tocaba pagar una barbaridad. Mis compañeras del trabajo me aconsejaron llamar a un asesor fiscal.

Por lo visto había trabajado años en la zona y, aunque ya no atendía como antes, medio barrio seguía acudiendo a su despacho para sus papeles. Todo el mundo hablaba maravillas de él y confiaba ciegamente en su criterio.

***

Me presenté con la carpeta llena de documentos y lo que encontré no era lo que esperaba. Adrián era un hombre joven, más o menos de mi edad. Rondaba los cuarenta, pero vestía con un estilo moderno que le quitaba años.

No era muy alto, y eso, no sé por qué, me hizo sentir cómoda al instante. Las gafas de montura fina le daban un aire de chico formal y aplicado.

Me llamó la atención su pecho marcado bajo la camisa ajustada, los hombros, los brazos. Ni rastro de la barriguita típica de los hombres de esa edad: se adivinaba un vientre liso, quizá con algo de músculo.

Fue amable y cercano desde el primer minuto, como si nos conociéramos de toda la vida. Tomó las riendas del asunto enseguida y eso me tranquilizó. Me sentía a gusto en aquel despacho, casi como en casa.

Quedamos para dos días después, cuando le llevara la documentación que faltaba. Me acompañó hasta la puerta.

Al despedirse me dio dos besos, tan cerca de la comisura de los labios que noté cómo me ponía roja de golpe. Mientras me besaba, su mano se deslizó por mi cadera. ¿O fue un poco más abajo?

¿Me ha rozado el principio del trasero? Salí a la calle confundida, sin saber si había pasado de verdad o me lo había inventado.

Durante todo el camino de vuelta no pude pensar en otra cosa que en su mano sobre mi cuerpo y en sus labios tan cerca de los míos. Tenía mariposas en el estómago, el calor de su tacto pegado a la piel, su voz repitiéndose en mi cabeza. Cuando llegué a casa, la ropa interior se me había empapado.

***

Dos días más tarde volví convencida de que todo había sido cosa de mi imaginación, un simple malentendido. Y aun así, por alguna razón que no me supe explicar, me puse mi mejor conjunto de lencería.

En la reunión me explicó conceptos que no entendía: ganancia patrimonial, valor de adquisición, gastos deducibles. Parecía tan inteligente, tan seguro, que mi mente se escapaba una y otra vez al recuerdo de su mano y no lograba enterarme de nada.

—Acércate, te lo enseño en el ordenador y lo verás mucho mejor —dijo.

Me acerqué y él se colocó detrás de mí. Sentía su aliento en la nuca y su mano apoyada en mi cadera. Un calor extraño me subió por las piernas hasta la garganta.

Cerré los ojos sin pensarlo, ladeé la cabeza y entreabrí los labios. Su dedo quedó junto a mi boca y un deseo que no pude frenar me hizo atraparlo con la lengua y chuparlo despacio.

Él deslizó la otra mano por debajo del vestido. Llevaba medias, así que tenía vía libre. En un arrebato me tomó por la cintura y me sentó sobre la mesa, apartando el tanga con el pulgar para tocarme.

Yo ardía. Lo notaba humedecerse bajo sus dedos. Adrián se agachó, abrió el tanga hacia un lado y empezó a lamerme: primero la cara interna de los muslos, despacio, luego los labios, arriba y abajo, hasta detenerse justo donde más lo necesitaba.

No podía estar más excitada. Sentía los pechos hinchados, los pezones duros, y no me quedó más remedio que tocármelos, primero acariciándolos y después apretando cada vez más fuerte.

Cuando me mordió con suavidad, se me escapó un jadeo largo que no supe contener.

Nadie me había puesto así nunca. No podía pensar, solo sentía que iba a estallar. No aguanté más y me corrí en su boca, gimiendo como una loca mientras él no se apartaba.

Después me besó. Tenía un sabor salado en los labios.

—Me encanta oírte —murmuró—. Tienes una perla preciosa.

Al pegarse a mí noté su erección contra mi muslo y lo toqué por encima del pantalón. Estaba muy duro y me moría por verlo. Intenté desabrocharle, pero me detuvo la mano.

—Por hoy es suficiente. Es hora de irse a casa.

Me acompañó otra vez a la puerta y, al despedirse, volvió a tocarme el trasero, esta vez apretando bien un cachete. En ese instante empecé a adorar aquella rutina: mi cuerpo en sus manos. Con un empujón suave me dejó en la calle y cerró la puerta.

***

Me temblaban las piernas durante todo el camino. Había sido el mejor orgasmo de mi vida y no podía dejar de pensar en él. Revivía cada lametón, lo encendida que me había dejado, y otra vez estaba mojada solo de recordarlo. No paraba de imaginar cómo sería tenerlo dentro. Necesitaba desnudarme, tocarme, terminar lo que habíamos dejado a medias.

Llené la bañera de agua caliente y empecé a acariciarme. Primero los pechos, lamiéndome mentalmente igual que él, los pezones de nuevo duros y ardientes. Luego bajé por las piernas y no aguanté más: me metí un dedo imaginando que era él quien me poseía.

Un dedo no bastaba. Metí dos, después tres, mientras con el pulgar rozaba esa perla que tanto le había gustado. Imaginándolo entrar en mí, me corrí otra vez gritando su nombre contra el silencio del baño.

***

Al día siguiente regresé con más documentos. No sabía qué iba a pasar, pero me había comprado algo especial: un tanga abierto, pensado para que pudiera tomarme sin estorbos. Eso era lo que más deseaba. No me puse sujetador; quería que fuera él quien acariciara, apretara y mordiera mientras me hacía suya.

La reunión transcurría con una normalidad desesperante. Empezaba a perder la esperanza de que se repitiera nada de lo del día anterior.

En un momento se giró hacia el archivador para buscar una carpeta y entonces lo vi. Tenía el trasero de una estatua griega esculpida en mármol. ¿Cómo no me había fijado antes? Redondo, firme, de esos que dan ganas de morder.

No me contuve. Antes de pensarlo, le acaricié con las dos manos. Le recorrí entero, disfrutando de esa firmeza perfecta, y al apretar me fui calentando de nuevo, otra vez al borde.

Él se dio la vuelta y me besó con furia, metiéndome la lengua hasta el fondo. Buscó bajo mi falda, encontró el tanga abierto y rozó con los dedos.

—Ya estás mojada para mí —dijo, mientras me desabrochaba la blusa—. ¿Qué más has traído preparado?

Le gustó verme sin sujetador. Empezó a lamerme los pechos, primero acariciándolos y luego estrujándolos, mordiéndome los pezones con cuidado. Creí que me volvería loca de deseo.

Entonces me dio la vuelta y me apoyó contra la mesa. Se bajó el pantalón y, sujetándome por los hombros, me penetró de una embestida firme. Era tal como lo había imaginado. Empecé a gemir en cuanto lo sentí llenarme entera.

Sus manos subieron de nuevo a mis pechos y luego bajaron a mi clítoris. Pensé que no aguantaría más; los dos jadeábamos sin disimulo. De repente paró, salió y me giró otra vez.

—Todavía no —dijo.

Se sentó en la silla y me hizo montarlo. Entonces fui yo quien tomó el control. Me froté primero contra él, despacio, y luego lo guie dentro de mí. Bajaba muy lento, no quería que terminara, quería sentirlo todo mientras él me devoraba los pechos.

Al final no pude más y aceleré. Me corrí gimiendo de placer mientras él me metía los dedos en la boca. Casi al mismo tiempo gimió ronco y se vino también; noté su calor llenándome por dentro. Acabamos los dos a la vez, abrazados, sin aliento.

Esas fueron mis primeras visitas a mi querido asesor fiscal. El asunto era complejo, claro, y hubo que repetir muchas reuniones, en las que tuvimos tiempo de satisfacer aquella pasión de las formas más diversas.

Cada vez que tengo una duda acudo a él. Y, por supuesto, todos los años me hace la declaración de la renta. Y algunas cosas más.

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Comentarios (5)

LuciaNov

tremendo!!! me dejo sin palabras

Ramiro_Lec

Por favor continualo, quede muy enganchado y quiero saber como termino todo. Saludos

GabrielaBsAs

Ay, me hizo acordar a una situacion parecida que tuve en una reunion de trabajo. Esa tension que se siente en esos momentos es inconfundible jaja. Muy bien escrito

ValentinoVSR

Ahora voy a ver a mi contador con otros ojos... jajajaja. Muy bueno el relato

SabrinaLec

Me gusto mucho como contaste la tension antes de que todo pasara, esa parte fue lo mejor para mi. Se siente completamente real. Seguí escribiendo!!

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