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Relatos Ardientes

El desconocido del autobús que no debí dejar tocarme

Hace ya un tiempo de esto, pero hay tardes en que vuelve a mí entera, como si pudiera oler otra vez el aire caliente de aquel autobús. Tenía veintitrés años recién cumplidos y me creía dueña de mí misma. Voy a contarlo tal cual lo recuerdo, sin adornarlo, porque si empiezo a maquillarlo dejo de reconocerme en la mujer que fui esa noche.

Soy morena, no muy alta, de esas que nunca se consideraron bonitas pero siempre fueron coquetas. Tengo el cuerpo grueso y unos pechos que, lo quiera o no, llaman la atención. Por entonces vivía pegada a los leggings y las camisetas de manga larga, y aquel día no fue distinto.

Venía de una tarde con amigos que viven al otro lado de la ciudad. Eran casi las seis y se notaba el cambio de turno en el tráfico: las calles atascadas, las paradas reventadas de gente. Para mi mala suerte —o mi buena suerte, todavía no lo decido— el autobús que me tocó iba lleno hasta la puerta.

Subí casi a empujones, como siempre, buscando un hueco en el pasillo. No había asientos, así que me quedé de pie, sujetándome de la barra, dejándome arrastrar hacia el fondo en cada parada. Al principio sentí un roce en las nalgas y ni le presté atención. Con tanta gente apretada, siempre pasa algo así.

Pero unos minutos después aquello cambió. No fue un roce: fue un agarre, casi un apretón firme. Giré la cabeza como pude entre la marea de cuerpos, buscando al culpable.

Era un hombre mayor que yo. Tendría unos cincuenta, pero se notaba todavía fuerte, alto, con ese aire masculino de otra época. Pelo corto bien peinado, camisa metida por dentro, pantalón de mezclilla con cinturón. Me miraba sin disimulo, sin la menor vergüenza, como si tuviera todo el derecho del mundo.

Apenas pude moverme para encararlo. Lo veía de reojo, y él, lejos de retirarse, aprovechaba cada subida y bajada de pasaje para reacomodarse justo a mi espalda, en la posición perfecta para tocarme a su antojo. Yo estaba nerviosa, el corazón me latía en la garganta, pero algo —todavía no sé qué— me impidió decir una sola palabra.

Él lo entendió enseguida. Comprendió que tenía vía libre.

Sin dudarlo, empezó a masajearme las nalgas con la palma abierta, despacio, constante, arrimando su bulto contra mí. Y yo, en lugar de gritar, sentí que algo se encendía. Me puse caliente. Me dio rabia conmigo misma y me puse caliente igual.

***

De pronto se liberó un asiento junto a la ventana y me dejé caer en él. Respiré hondo, intentando calmarme, pero la respiración me salía entrecortada. Estaba excitada y no quería estarlo.

Un atasco dejó el autobús casi detenido, avanzando metro a metro. La señora que iba a mi lado se levantó para bajar y entonces ocurrió lo previsible: el hombre que venía tocándome aprovechó para sentarse junto a mí. Pensé, ingenua, que sentado ya no podría hacer gran cosa. Me equivoqué de lleno.

Empezó por la pierna. Primero un roce que fingía ser accidental, después la mano entera apoyada en mi muslo, midiéndome, comprobando si yo reaccionaba. Al ver que no apartaba nada, que ni me movía, entendió que me tenía acorralada. Y yo no entendía qué me pasaba por la cabeza, por qué me sentía tan inquieta y tan despierta a la vez.

El hombre lo notó. Me rodeó con el brazo como si me conociera de toda la vida y, de forma tan repentina que no me dio tiempo a nada, me besó. Pegó su boca a mi oído y me dijo en voz baja:

—Solo déjate llevar.

Aquello me terminó de encender. Sentí su mano subir por mi pierna hasta el muslo, hasta la entrepierna, y me mordí los labios para no hacer ruido.

Empezó a tocarme por encima de la ropa, sus dedos presionando la tela del legging. Con la mano libre tomó la mía y la llevó hasta su bulto, mirándome fijo, con una media sonrisa casi burlona. La tenía dura, y yo, sin pensarlo, la apreté como si fuera una de esas pelotas antiestrés.

Estaba completamente entregada y se lo demostraba sin querer: me besaba, me tocaba, lo tocaba. Era algo que hasta entonces solo había visto en películas para adultos. Nunca en vivo. Nunca a mí.

***

Perdí la noción del tiempo. Cuando quise darme cuenta, ya era de noche fuera. En un instante él se detuvo, me dio un beso brusco, me tomó de la mano y me dijo:

—Aquí bajamos.

Apenas pude reaccionar para ponerme de pie. No puedo creer que esté haciendo esto, pensé, y aun así lo seguí. Al bajar reconocí la zona: una franja de obras, edificios a medio levantar, algunas tiendas ya cerrando. El movimiento era mínimo, solo unos trabajadores echando el candado a sus puestos.

Él parecía conocer el lugar. Me abrazó por detrás y, mientras caminábamos, sentía su bulto empujándome la espalda baja. Avanzamos unos metros así hasta que comprobó que no había nadie alrededor. Entonces me detuvo y metió la mano dentro de mi legging.

Sentí sus dedos fríos bajar hasta encontrarme empapada. Al notarlo, sacó la mano, me miró y dijo:

—Ven aquí.

Me besó y me tocó entera, las nalgas, los pechos, todo lo que la ropa le permitía alcanzar. Después me llevó hasta una construcción sin cerrar del todo, un edificio en obra negra que alguien había dejado mal asegurado.

Entramos casi a empujones. Era un espacio crudo, de cemento y varillas, pero lejos de cualquier mirada curiosa. Yo me sentía ardiendo y, al mismo tiempo, las piernas no me respondían. Él volvió a besarme y a meter los dedos. Se me escapó un gemido corto, y ese sonido fue mi perdición.

Me levantó la camiseta y, de un movimiento, me soltó el sujetador. Tenía los pechos sensibles, los pezones erizados, esperando. Me los besó, me mordió suave, me dejó ahí, deseosa y dócil, sin ganas de resistirme a nada.

Se separó un momento y me ordenó con voz tranquila:

—Ponte de rodillas.

No lo pensé. Me dejé caer frente a él.

***

Desde abajo solo veía cómo se desabrochaba el cinturón y el pantalón. No era una niña inocente, ya había conocido a un par de hombres antes, pero ninguno así. La tenía grande, gruesa, y la sacó para ponerla a la altura de mi cara.

—A ver, te toca —dijo.

Empecé a besarla y a lamerla casi con torpeza, como si no supiera por dónde empezar. Tomé aire, tragué saliva y me la metí hasta donde pude. No me cabía entera; me atragantaba cada vez que intentaba llegar más al fondo, pero no quería parar.

Sentía cómo se movía, veía cómo apretaba las manos y cómo se le tensaba la cara. Descubrí en ese instante que eso me encantaba: provocarle aquellos gestos. Se la chupé un buen rato, hasta que me detuvo, me levantó y, de un tirón, me bajó el legging junto con la ropa interior.

Entonces se arrodilló él. Me lamió, me chupó, me succionó, me mordió suave, metió los dedos. Yo me mojaba más y más con cada movimiento. Cuando ya no aguantaba, se incorporó, me apoyó contra un muro bajo, me tomó las piernas, me las abrió y las levantó.

Sentí la punta buscando la entrada.

Entre gemidos y con la voz temblorosa, le pedí que se pusiera condón. Sabía de sobra que no lo haría, no en esa situación. Él soltó una respiración larga y, sin contestarme, empujó de golpe. Me llenó entero, de una sola embestida.

Era algo delicioso. Una así de gruesa que me dejaba sentir cada relieve. Entraba y salía despacio pero firme, hasta el fondo. Lo abracé y lo apreté con las piernas, y él entendió que me estaba gustando. Cambió el ritmo, empezó a embestir más tosco, más rápido, casi desesperado. Yo gemía sin parar, frenándome apenas para tomar aire y pedirle que no se detuviera.

***

Cambió de posición. Me tumbó contra el suelo, me echó las piernas sobre los hombros y cada embestida la sentía tocar el fondo. Me hablaba al oído, me decía cosas que en otro contexto me habrían dado vergüenza y que ahí me empujaban más al borde.

No pude más. El orgasmo me sacudió entera, lo apreté con todas mis fuerzas, temblando. Él no se detuvo: siguió embistiendo mientras yo me venía y, sin aflojar, me dijo entre dientes:

—Ahora voy yo.

Bajó la velocidad pero empujó más hondo. Sentí cómo se le tensaban las piernas, cómo se ponía rígido dentro de mí, y entonces terminó. Se vació por completo, jadeando, y yo me quedé ahí, gozando hasta el último temblor.

Los dos buscamos el aire. Salió de mí despacio. Él se rio, tranquilo, como quien acaba de hacer una travesura, y me preguntó si tenía con qué limpiarme. Me pasó unos pañuelos y salimos juntos de la obra, recomponiendo la ropa en silencio, como dos cómplices de algo que nadie más sabría.

Sobra decir que aquella no fue la última vez que me vi con ese hombre. Pero esa es otra historia, y todavía no estoy segura de querer contarla.

Pido disculpas si me he enredado en alguna parte. Es la primera vez que pongo esto por escrito y espero ir aprendiendo a contarlo mejor con cada relato.

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Comentarios (6)

Guti83

que relato... me dejo sin palabras. de lo mejor que lei en este sitio!!!

LectorNocturno88

Por favor sigue con la historia, quede con ganas de saber cómo terminó todo. No podes dejarnos así!

ValentinaNC

Me encantó la forma de contarlo, se siente completamente real sin ser exagerado. Sigue así!!

Rodrigo_ba

jaja tremendo, eso no se olvida

SandraLec88

Será autobiográfico o es inventado? porque se siente muy real. Quedé enganchada leyendo hasta el final

PabloEnrique

Me recordó a algo que me pasó hace años en el subte, esa sensacion de no saber si moverte o quedarte quieto es una locura. Muy bueno el relato, me revivió ese momento perfectamente.

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